LA FENOMENOLOGÍA EXISTENCIAL COMO MÉTODO DE LA CONSTRUCCIÓN HISTÓRICA DESDE LA COTIDIANIDAD

 



 

LA FENOMENOLOGÍA EXISTENCIAL COMO MÉTODO DE LA                       CONSTRUCCIÓN HISTÓRICA DESDE LA COTIDIANIDAD

“LA GENTE EN LA PLAZA”

 

 

 

Gerardo Barbera*

 

Resumen

 

La fenomenología existencial se presenta en este ensayo como la oportunidad de acercarse a la realidad cotidiana de la gente de los pueblos de América Latina. La filosofía se convierte en el modo de vivencia del investigador en la búsqueda de alternativas a la mentalidad cuantitativa de los métodos sociológicos que convierten el estudio del hombre y de las comunidades en “datos estadísticos” incapaces de transmitir lo existencial presente en cada rostro de los empobrecidos quienes construyen en sus propias vidas la realidad histórica de los pueblos.

Palabras clave: Filosofía, fenomenología, existencia, cotidianidad.

 

 

 

 

 

 


*   Profesor del Departamento de Filosofía, de la Facultad de Ciencias de la Educación, de la Universidad de Carabobo. Licenciado en Educación mención Filosofía (UCAB), Especialista en Educación Superior (UC), Magíster en Desarrollo Curricular (UC), Doctor en Ciencias de la Educación (UC). Obras publicadas: “Ética, locura y muerte”, “Ética, locura y muerte (segunda parte)”, “Reflexiones elementales en torno a la ética”, “En torno al conocimiento” , “trascendencia”

 

Recibido: 12-03-2012      Aceptado: 15-06-2012

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tengo la vaga esperanza de que tal vez, por esas razones extrañas del destino, exista algún lector que aparte algo de su tiempo existencial para leer estas reflexiones filosóficas. ¡Cielos…! Sin querer he escrito una palabra referida a la Filosofía… ¡Dios! ¡Qué grave error! Estoy en un universo de conciencias que al escuchar, leer, mirar a lo lejos la palabra “Filosofía”, simplemente se apagan, dejan de funcionar. La Náusea es el pensamiento.

La Náusea es una masa informe, una especie de remolino oscuro y viscoso que lo contagia todo. “Terror al pensamiento”. Se acepta cualquier reto, menos el esfuerzo de pensar. Se puede trabajar todo el día con las manos, el corazón, los sentimientos, siempre y cuando no sea necesario pensar. El hombre actual que piensa y escribe reflexiones filosóficas está demás, sobra como los libros polvorientos y llenos de viejas polillas, como esas biblias negras que envejecen sobre cualquier armario sin que nadie las tome en cuenta ¡Qué muera el pensamiento!

La Filosofía carece de realidad ontológica, el pensamiento no existe, la reflexión ya no existe…, las escrituras van desapareciendo en la maldición del pasado, como se esfuman las leves luces de la tarde moribunda. ¿Qué nos queda? La Nada. La existencia no es más que la espera de la muerte. Se cultiva el cuerpo; si no se puede alcanzar la perfección de un Adonis moderno…entonces, se engorda acostado en el más cómodo colchón frente a la televisión, comiendo golosinas hasta que el aire  no pueda entrar en los pulmones. En  los cerebros del hombre actual sólo hay imágenes virtuales de sexo, dinero, poder, placer, comer, soñar, dormirrr, dormiirrr.

El pensamiento se identifica con la Nada. La Nada y el pensamiento ahora son una misma realidad. Si alguna vez hubo pensamiento, ya no  es, se ahoga en intimidades subjetivas, tímidas y carentes de vida, yacen bajo las sombras de huesos y gusanos de viejos filósofos enterrados en gloriosas tumbas. El pensamiento se va con la tarde gris en las alas del último rayo de sol. La Historia de la humanidad carece de motivos, de causas y consecuencias.  Las  calles   son  anónimas,  ningún  rostro  indica signos de vida. Los pasos de la gente se dirigen hacia ninguna parte. Sin embargo, todos miran el reloj, se apuran, tropiezan, se empujan,   se maltratan…, ya no existen razones con validez universal, nadie piensa en el sentido racional y lógico del vivir, se vive y punto, se hace el amor y punto, se conocen y punto, se tocan, se mienten,    se disculpan, se dicen “te amo”, y punto; al final, todos quieren descansar, de eso se trata, vivir para el descanso suave y tibio.

Lo más importante es la hora del reposo, llegar al hogar, una ducha fresca, espumosa, liviana; sentir las caricias de la noche, mirar un poco la televisión, recostarse sobre la almohada, sentir el peso del cuerpo, ir cerrando los párpados muy lentamente y… dormiiir, dormiiir…hasta que se desvanezca el mundo real. La ventana es el infierno, el vecino se debe reducir al silencio, a la tranquilidad, cero problemas, nada de fastidio, de bulla, de saludos indeseados, los vecinos estorban. La razón profunda de la existencia se manifiesta en el discurso político e hipócrita de los grandes líderes y de cual- quiera de nosotros en función de la propia comodidad existencial

¡Eso es la felicidad, vivir tranquilos como las aves que anidan en el lago del cisne azul! ¡Los pobres! Esos asustan, son feos, hediondos, la negación de la razón de existir, la muerte de toda esperanza, el rostro desagradable de la sociedad.

La vida actual se ha convertido en supervivencia cómoda del individuo que se esconde en la inmensa selva social, en donde la debilidad y la muerte del Otro es la fortaleza de los nuevos revolucionarios del siglo XXI. La miseria de la mayoría es la posibilidad de vida cómoda, confortable de los elegidos. La pobreza es el festín múltiple y de variados motivos sociales y antropológicos para escribir sobre la dignidad de los marginados y la liberación de los empobrecidos latinoamericanos, razón de inspiración para los intelectuales que se acarician el ombligo, mientras viven de ilusiones virtuales y eróticas. ¡Por favor, no tocar la puerta! La soledad erótica es el sueño de la mayoría de los intelectuales y escritores del nuevo milenio, ya sean de izquierda o de derecha, del centro, del este, del oeste, nada de eso importa en la intimidad de la habitación. ¡No toquen la puerta! ¡No molestar! ¡Viva el sexo virtual! La vida es un viaje placentero al inconsciente personal que se hace bajo la inspiración de la milagrosa Internet ¡Sexo! ¡Emociones! ¡Dinero! ¡Poder!, todo lo que el hombre ha soñado a lo largo de tantos siglos se hace realidad con tan sólo un “enter”. El Otro, el vecino estorba, si es pobre y feo que se muera de una vez. Lo virtual es el cielo.

Los libros, esos objetos raros, silenciosos, tienen hojas de papel, miles y miles de letras negras como las aves malditas. El viejo acaricia suavemente un libro, aparenta entender, hasta llega al punto de fruncir las cejas, sonríe, mira con nostalgia varonil el horizonte eterno y matutino, realmente huye de los Otros, busca desesperadamente la comodidad, la quietud espiritual o la nueva esencia secreta de la raza humana. No quiere conocer a nadie, sola- mente que lo vean y sientan angustia existencial cuando descubran en sus ojos que la vida humana se extingue silenciosamente, sin luz, para siempre, sin retorno ni esperanzas fantasmales. Ahora es simplemente un fantoche más de la vida, capaz de sostener un libro entre sus largos dedos, sin saber nada del contenido de los textos, hace años entendía y enseñaba a los más ignorantes, ya nada es igual, la subjetividad epistémica y afectiva se nutre del alcoholismo demente. El viejo está enfermo, no se siente un hombre, ni mira del mismo modo a las “muchachas de la plaza”.

El viejo Agustín Camacho juzga a esas mujeres, a los jóvenes de cabellera larga, a los curas afligidos de la catedral, a la porquería verduzca que dejan los pájaros sobre los bancos de la plaza. El viejo juzga: “son malos”, “son malos”, “nada sirve”. El Ser en es el reflejo de su vejez enferma, podrida. Así es la vejez, “nada sirve”, dolor en la sangre y en la mente, la perfecta imagen del alma en penumbras que se desvanece al ritmo de la tuberculosis, del hambre y la soledad de los condenados al basurero social. La vejez y la pobreza son la negación absoluta del valor de la existencia en este amanecer del nuevo milenio. Al llegar el otoño infinito, todo es gris, casi sin iluminación, como si el universo se apagara. Todo es compacto, sin movimiento, unidad total, eternidad. El ser es materia que penetra la conciencia hasta convertirla en piedra imbécil, sin subjetividad, ilusiones, sueños, poesías, novelas, princesas, unicornios, demonios, vampiros, viajes, diversiones…todo se extingue.

El viejo se hace fósil, polvo cósmico, sin valor, un rastro que nunca existió. El viejo es el hombre sin dioses, el verdadero rostro de una humanidad que anuncia falsos discursos religiosos y filosóficos al gusto de los clientes. Ahí, moribundo, sentado en ese banco frío y húmedo se apaga la filosofía antropológica. El viejo se muere como la luz en el horizonte, sin amigos, sin ayer, sin sueños, solitaria, pobre, con hambre, sin amigos, eternamente vacío, sin alma. Ni siquiera hay un pintor aficionado que dibuje el rostro de un viejo sin dientes, cara arrugada, mirada triste.

Las personas aparecen y desaparecen como si fuesen los minutos anónimos, sin importancia del tiempo perdido. A veces, el viejo deja de fingir que está leyendo, su mente navega sin rumbo en los supuestos existenciales, en lo que pudo haber hecho y no hizo, en los dioses del ayer lejano. La frustración le carcome las pocas horas que le faltan para dejar sus huesos en cualquier rincón oscuro. El tiempo es un huracán acelerado, la mente del viejo es demasiado lenta y vive del pasado, ya no hay espacio para el presente, ni futuro imaginable. El viejo no tiene   suficiente noción de su vida, por   eso no llora, nunca se comprometió en lucha alguna, su vida fue respirar de día y de noche bajo la influencia del alcohol barato. ¡Los seres espirituales le abandonaron hace siglos!

Ahora, el viejo juzga a toda la sociedad, “nada vale la pena”, comer, beber, orinar, defecar, emborracharse, perder toda la noción, sucumbir en el océano de imágenes del inconsciente, esperar la muerte, dejar caer los brazos como símbolo del fracaso de la razón y del espíritu, como la negación de la negación que niega la negación hasta que Hegel vuelva del sepulcro para corregir la esencia de ese fantasma al que llamó Conciencia Absoluta. En el fondo, la mente suele utilizarse muy poco, sólo el cerebro para sobrevivir. El viejo vivió como pudo. La plaza queda a pocas cuadras del cementerio. Él mira con desgano algunas cruces muy conocidas, ahí ya duermen los amigos sombríos, los que no están sentados en la plaza, consumiéndose como velas adormecidas. La vejez no deja espacio para la vida, el Ser no tiene sentido. La vejez es el hogar predilecto de la muerte, de la Nada absoluta con todo el dolor existencial, sin ideas, sin conceptos, sin racionalizaciones. La vejez es el rostro humano del infierno.

En la plaza de este pueblo se debate la posibilidad de justificación trascendental de la existencia del ser humano. El problema filosófico se vive profundamente en todas las plazas de la humanidad, la reflexión sobre la esencia del ser personal se resuelve en cada vida, en cada familia, en cada niño, en cada joven, en cada anciano. La existencia está en cada ser que respira y piensa. Lo que está más allá de la puerta del inconsciente, en la intimidad infantil y adulta es la conciencia de la existencia como trascendencia de la simple animalidad. La conciencia de ser una persona no brota de modo espontáneo, como los frutos de las flores. La conciencia es relación trascendental   de un sujeto con sus semejantes y con el entorno.   Si el Otro es una persona bien parecida, joven, adulto exitoso; si    el mundo fuese el hogar donde todo es transparente, puro, con       el aire más dulce y fresco; si la vegetación fuese primavera azul, clima templado, viviendas cómodas, telecomunicaciones de primer orden, empleos llamativos y prósperos; entonces, el hombre sería un ser especial, espiritual, angelical, “imagen de Dios”.

Las plazas de personas exitosas serían un libro abierto a la pretendida objetividad de la dignidad del ser humano, fuente eterna de las imágenes literarias de príncipes, princesas y reinados azules. La belleza juvenil de ojos brillantes sería el amor perfecto y razón de ser de toda vocación de servicio solidario con el Otro. La pobreza, el polvo enfermizo, el calor aterrador, la tuberculosis, la borrachera de la prostituta…ahuyentan al filósofo, al novelista, al poeta sensible y romántico. La filosofía de los pensadores del nuevo milenio es una obra de arte, una pintura paisajista que se elabora a las orillas del Río Sena a la luz de Paris.

La humanidad respira la esperanza de un nuevo milenio; sin embargo, pareciera que no hay reflexiones válidas que compro- metan la existencia, cualquier pensamiento filosófico en torno a los problemas ontológicos, antropológicos, epistémicos simplemente es arrojado al basurero. Las palabras escritas por filósofos como Platón, Aristóteles, Descartes, Espinoza, Kant, Hegel… valen menos que un helado de vainilla. A nadie le importa lo que se escribe en el área de la Filosofía. La mayoría de quienes escriben no leen sus propias reflexiones. Se elaboran tareas escolares en función de una maestría, doctorado. El Método de las tesis escolares destruye la reflexión filosófica, cómo pueden  surgir  pensamientos  serios en torno al problema de la existencia humana si lo encerramos en objetivos, marco teórico, marco metodológico, cuadros, gráficos    y las fulanas recomendaciones… toda esa basura opaca cualquier intento de pensar.

El tema filosófico se hace esotérico, propio de una élite de ancianos resentidos de la Segunda Guerra Mundial, quienes repiten algunos temas muy alejados de la Filosofía y se dedican a las “Ciencias Sociales”. El problema sobre la naturaleza del ser humano se escapa, se ha borrado de los textos actuales, nadie discute sobre el tema del ser humano, se prefiere escribir y hablar sobre el trabajo, la comunicación, la guerra, la violencia, el odio, el amor, el encuentro, la felicidad, el dinero, la alegría, los días felices, los medios de comunicación, la política, siempre desde lo medible y observable. ¿Cuál ha sido el resultado de todas estas ciencias sociales “objetivas y científicas”? La idiotez académica, que se profundiza lentamente en la conciencia del hombre del nuevo milenio. ¿Qué aportes podrían surgir desde la sociología sobre temas como el Infierno? Fácil: “enajenación”, “opio del pueblo”, “ignorancia”, “Edad Media”

¿Qué aportes pueden surgir desde las ciencias psicológicas? “Enfermedad”, “Temor”, “Angustia”, “El mundo del inconsciente personal y colectivo”. Sociología y Psicología dos amantes que huyen de Dios. Sociología y Psicología padres de la idiotez de la Nueva Era.

Se escribe y se habla de lo que sea, siempre que ayude a huir bien lejos de las preguntas fundamentales sobre la trascendencia del ser humano. Imaginemos un libro sobre antropología filosófica: “El infierno te espera”, si se trata de una novela de terror puede ser un Bestseller, pero si es un texto filosófico sobre el sentido teleológico de la existencia del hombre, no lo leerían ni siquiera los religiosos que predican de puerta en puerta. ¡El infierno! ¡Por Dios!, leer un libro sobre el infierno daría flojera. Además, quién piensa en esas cosas. ¡El infierno! ¡Qué bolas! ¡Qué pendejada más grande! Sin embargo, en una cultura occidental nutrida desde sus raíces por el cristianismo, la existencia del infierno como posibilidad de una condena eterna para aquellos que se apartan de Dios, tendría que ser un tema central de las reflexiones filosóficas.

¿Qué es el hombre? La pregunta central de la filosofía antropológica, a lo sumo inspira una sonrisita burlona a esos parlanchines europeos y a sus seguidores latinoamericanos recién vestidos con togas hipócritas que ocultan el vacío intelectual de la mayoría de los pensadores del nuevo milenio. Los “filósofos” actuales que recorren los pasillos de las universidades arrojan a las papeleras las reflexiones filosóficas sobre el sentido de la existencia del hombre.

¿Qué es el hombre? Una pregunta que arruga neuronas, un estorbo intelectual, un juguete de la Edad Media, un problema de esos religiosos, una muestra de la filosofía inútil, pérdida de tiempo. ¿Qué es el hombre? interrogante para empezar una conferencia sobre     el éxito en los negocios, el punto de partida para justificar una dictadura con ropaje de revolución, una tontería para hacer interesante una conversación de borrachos, el título de algún artículo para impresionar a los lectores; finalmente, pregunta para adornar la portada de un libro de filosofía antropológica destinado a los seminaristas católicos de esos países subdesarrollados. La Filosofía actual no compromete, ni siquiera entretiene. La Filosofía actual habla del “poder de los cristales”, “los números de la lotería”, “la personalidad y los astros”, “el color del aura”, “el color de tu ángel protector”. Los que son considerados pensadores y escritores de éxito, generalmente tienden a proponer “éticas mínimas para la convivencia”, “relativismo epistémicos”, “paradigmas mágicos”, “nihilismos éticos, epistémicos, espirituales”, “el dinero y la ética de la felicidad”, “amor y paz”.

En el fondo, el pensamiento se ha convertido en un bien de consumo, algo para vender a todos. Se escribe para el agrado, con la finalidad de contentar al lector, que todos queden satisfechos y felices, cómodos en sus lechos nocturnos leyendo lo que gusta, libros con sabor a éxito, lecturas que alejen de cualquier compro- miso, reflexiones que permitan alimentar el capricho intelectual. Se compra un vestido, zapato, un libro que me guste. El gusto, el movimiento económico del mercado determina lo que se escribe. Hasta escribir sobre la “Liberación del empobrecido” se ha convertido en un artículo de consumo, de compra y venta en función de la ganancia económica capitalista, elaborado por intelectuales “socia- listas radicales” que viajan a las capitales más hermosas y lujosas del mundo, exponiendo la filosofía de la liberación a personas que no tienen idea de lo que es un barrio miserable de los suburbios latinoamericanos. Ninguno de estos intelectuales vive en los barrios, ninguno dicta conferencia en las escuelas de los barrios o en las escuelas de los pueblos olvidados. Ninguno de estos pensadores liberadores de los pobres se ha sentado para hablar de esperanza al viejo que se muere en la plaza.

El viejo se levanta, camina hacia otro banco de la plaza, verá la vida desde otra perspectiva. ¡Ah! está leyendo sobre el espíritu mágico de los ángeles, se convertirá en un verdadero maestro de sabiduría. No está leyendo estupideces, se trata de los increíbles secretos del “Más Allá” que solamente pueden entender los elegidos y avanzados como él. Los muertos que vienen cada noche, después de la primera botella de aguardiente de caña, le explican todas esas cosas espirituales del otro mundo. Pero, ni siquiera eso lee, se conforma con sostener el texto frente a su cara y mirar de reojo las piernas semidesnudas de las mujeres de la plaza, aunque sabe que ya es demasiado tarde, la vida no volverá a llevarlo a los placeres de la cama con una mujer, ya se acabaron las píldoras… le esperan sus amigos, allá cerca del horizonte oscuro, al lado de aquellas cruces. No tiene dinero, no es nadie,  ya se está apagando,   tiene miedo   de ir a dormir… ¿y si no despierta?, ¿si amanece y sus ojos siguen cerrados, rígidos?, no quiere dormir,…estará en la plaza hasta que llegue la noche.

El miedo a la muerte lo diferencia de aquel perro sarnoso que camina sin sentido buscando restos de miserias para calmar la muerte, sin encontrar nada, sin ladrarle a nadie, sin agua, sin comida, sin saber que se desintegra lentamente hasta convertirse en un montón de carne putrefacta e inerte. Los animales no saben que se mueren, para ellos la experiencia de la muerte es como la de comer, copular, parir; no tienen preocupaciones trascendentales, no rezan a los dioses, simplemente viven y mueren. El viejo no es igual a ese perro, nunca lo ha sido. Él es un hombre, un ser especial, con dignidad, “imagen de Dios”. El viejo irá al cielo. El perro al morir se irá al “basurero de los dioses”, junto a los peces, las plantas que se cultivan en los jardines, las aves negras, las aves de colores, los gusanos, las vacas, el toro, el loro…todos los que alguna vez habitaron el arca de Noé.

Sin embargo, el miedo a la muerte consume la poca conciencia vital del viejo, representante antropológico de toda la humanidad. El perro parece feliz, indiferente, solamente está pendiente de comer lo que sea. El viejo se desploma existencialmente, se hunde en el lodo de su terror, le teme a desaparecer, a lo desconocido y profundamente negro de la muerte, a la seguridad objetiva de la muerte; teme a la oscuridad de la fosa, a los dos pétalos de algodón que colocarán en su nariz, le teme al infinito, a la lejanía del cielo, al demonio, al infierno… le teme a Dios. El perro se cansa de caminar y se duerme bajo la sombra del araguaney, hermoso árbol floreado de amarillas luces primaverales. La tarde muere.

 

Todo muere. Esa es la ley del existir, del estar ahí, del sentido… todo muere. La gente que conocemos se desvanece ante la mirada indiferente de la Conciencia Universal. La casa, el auto, el título universitario, los amigos, los padres, los hijos, la pareja que amamos, el conductor del transporte público, el señor de la panadería, nuestro primer amor, todo se desintegra en el espacio y en el tiempo. El ser del universo se hunde, no hay espacio que sostenga al espacio, ni tiempo que retorne eternamente sobre sí mismo, no existen líneas rectas, ni dirección alguna, izquierda, derecha, norte, sur, lejos, cerca. El universo se hunde, el vértigo existencial se convierte en  la sensación de la nada bajo nuestros pies, un cosquilleo que estremece. La solución sería cerrar los ojos, la mente, la razón, ignorando todo, lanzar por la ventana ese libro negro: “El infierno espera”. El viejo se hunde en el lodo de lo putrefacto, ya puede ver a los gusanos que surgen de sus calzados como asesinos desesperados por comerse sin compasión la carne nauseabunda y desagradable  de la piel  carcomida por la hambruna y la marginalidad extrema.  El final de la vejez de los empobrecidos se parece a la muerte de los perros abandonados y arrojados a la orilla de las carreteras de estos pueblos, ¡comida de buitres!, ¡todos somos comida de buitres, de gusanos sucios y blancos!

Ahí, en el absurdo caos de la plaza están los objetos, las cosas que no sirven, esas partes de la realidad que nadie toma en cuenta, un recipiente vacío de cerveza, un papel blanco y sucio, el viejo que  se está muriendo, una botella triste de color ámbar, una prostituta borracha, con el vientre hinchado, deforme, las famélicas palomas rutinarias, los árboles sin frutos, los mismos rostros de cada mañana, nadie toma la vida en serio. Un perro persigue a una de las ardillas, todos miran como si se tratase del espectáculo del día. La prostituta borracha se queda dormida en el banco más escondido  de la plaza, a nadie le importa que se esté orinando.

¿Qué es la vida? ¿Cuál el sentido de todo esto? ¿Existe Dios? ¿Todo es materia evaporándose para siempre? ¿Qué significa “siempre”, “nunca”? ¿Por qué puedo cuestionarlo todo? ¿Qué es la Conciencia? ¿De dónde la razón como cualidad interpretativa? ¿Azar? ¿Así de simple? No puedo caminar con una lámpara en la mano y preguntar a la gente sobre la esencia del ser humano. Aquí no hay personajes imaginarios, todos los héroes se quedaron en las bibliotecas y en la mente de algunos profesores. La plaza es la puerta al despertar filosófico, ahí camina el ser y el ente, la nada y la totalidad.

Aquí se entreteje la trama ética de los pueblos, se transforma a cada instante el principio espiritual del alma humana, el absurdo deja de ser una novela melancólica y descolorida. El rostro de cada persona ya no es un concepto, metáfora, símil literario, inspiración poética, imagen de algún ángel que da esperanzas de reencarnaciones cíclicas. El rostro de los pobres tiene nombre y apellido, se han estado muriendo de hambre desde el mismo día en que nacieron, sin esperanzas, sin metas, sin objetivos, abandonados, rezando a divinidades de ojos azules. Aquí la filosofía es una reflexión sobre la fealdad femenina que se aloja en la mirada de esas mujeres, parecen caricaturas propias de pesadillas nocturnas y dementes. La vida en estos pueblos es un mal sueño de alguna divinidad atolondrada y sin corazón.

Lo oscuro y paradójico es que en esta plaza se encuentra la fría realidad del sentido de la vida, no hay lugar para el engaño, los poemas, “el hombre del éxito”. Las preguntas surgen, ¿Tiene sentido filosófico, teológico, sociológico la existencia de estos personajes burlados por los espíritus extraterrestres? ¿La dignidad espiritual del ser humano se vincula de alguna manera al vientre deforme de esa prostituta? ¿De la boca abierta de la mujer que ronca surge el espíritu, la dignidad, el lenguaje, el pensamiento, el alma, el “Yo”, la conciencia, la cultura, la religión, la filosofía, la ciencia, sabiduría… o la muerte? ¿El rostro de esa mujer, la del anciano “nos hablan  del hombre”? ¿Dónde la esperanza? ¿Dónde la Fe? ¿Qué significó la frase “te amo” del primer hombre que se acostó con aquella mujer? ¿Para qué hizo la “primera comunión” el viejo que se muere? ¿Quién besará los labios de la mujer que ronca? ¿Cuál de ellos es sujeto? ¿Cuál de esos seres es objeto? ¿Libertad? ¿Fraternidad? ¿Igualdad?

El calor es tan húmedo que el pensamiento se evapora, se hace sustancia única con la náusea de la mujer que vomita. El perro corre desesperado para alimentarse, no dejará nada, come apurado antes que lleguen los otros animales. La vida en misma siempre lucha por sobrevivir, alimentándose de las miserias que salen de las entrañas de la mujer. Ese perro se tragará todo el vómito de la borracha, al igual que lo han hecho los mestizos de América Latina durante siglos. ¡Bueno, algunos! Los amos y los militares siempre han vivido cómodos en sus palacios de oro y de poder.

 

Desde el campanario de la iglesia se puede observar la totalidad infinita de la plaza, es una soledad densa, igual en cada una de sus partes, sin diferencias significativas  en sus elementos. La materia se manifiesta en movimientos de múltiples colores, sin combinación, sonidos que surgen sin ninguna lógica, nada de sistema ni de relaciones sistémicas infinitas e incontables, todo es invención ilusoria de una mente que busca mantenerse con vida alimentándose del entorno. El viejo sigue ignorado como de costumbre, no tiene con quien compartir, ni siquiera las palomas comen esas horribles migas de pan, no quieren contaminarse de vejez. Definitivamente, la vejez es la verdadera y triste esencia antropológica que no aceptaron los filósofos, se nace viejo, se nace para la muerte. ¡Atención, todos vamos a morir! ¡Todos envejecemos muy lentamente! ¡Nos apagamos! ¡Seremos arrojados como cualquier basura!

 

Las tres mujeres parecen payasas mal pintadas, los muchachos limpiabotas caminan en círculos mendigándole a la vida limosnas para justificar las horas absurdas y monótonas. El cura bendice a todos con un ritual casi mudo, “Diosss losss bendiiiiigga….”, ¿existe la bendición divina en aquellos rostros? ¿A ese viejo le interesan las bendiciones de los curas? ¿Qué es la vejez? ¿Etapa final de qué? ¿La vejez de un pobre…? ¿Nacer, vivir, envejecer? ¡Qué horror! ¡Manos temblorosas y mugrientas! ¡El Destino de los dioses! La vida es la vejez. La vida es la muerte. En la muerte no hay espacio, sensaciones, sensualidad, dinero, poder, sexo, tiempo, respiración. En la muerte se acaba el momento de comer, viajar, tan sólo te esperará un puñado de tierra amarillenta y pegajosa que te asfixiará eternamente.

La brisa llega como de costumbre para refrescar el cansancio del silencio humano. Aquí todo es caótico, descolorido, una materia homogénea, sin sorpresas, sin sabor, sin sentido, sin nada que   la ilumine. La conciencia no puede iluminar al Ser. La conciencia parece la enfermedad alienante, droga innata que permite ahuyentar el terror a lo inevitable. En la plaza conviven los insectos con las iguanas, las prostitutas con los borrachos, los perros con la basura, los olores nauseabundos con las flores de las trinitarias, el viejo con los muchachos limpiabotas. No se trata de una escena romántica, de una comunidad de vecinos que comparten lazos de significados existenciales del pueblo, o la episteme popular de una misma historia comunitaria.

Nada más ilusorio que esas teorías de análisis social, de metodologías subjetivas que pretenden ser válidas, poco tienen que ver con el tormento existencial de los habitantes de este caserío. Sin duda, la sociología no ha sido, no es y jamás será ciencia. Ningún cuadro, descripción fenomenológica, datos estadísticos o cualquier otro invento es reflejo objetivo de la realidad social. No hay modo de hacer dato objetivo al hombre sin convertirlo en cadáver. Ningún cuadro estadístico refleja el absurdo existencial de los personajes de esta plaza. Aquí no hay ninguna probabilidad de hacer ciencia. La Filosofía es el único camino que permite mirarnos en el espejo de la tragedia humana, de un modo existencialmente válido.

Sin el modo existencial, sin esa cercanía a la vida desde lo real y cotidiano, carecen de sentido la fenomenología, la hermenéutica    o cualquier otro intento cuantitativo o cualitativo de acercarse a     la trama vivencial de los seres olvidados. Este modo existencial es la vivencia que surge en la intimidad de la conciencia, cuando se cuestiona el sentido de la vida desde lo fenoménico que estalla en la propia historia de vida y no en una subjetividad vacía, virtual, alienante, inexistente producto de fantasías académicas. Si no hay la capacidad de sufrir lo fenoménico no habría posibilidad alguna de reflexión filosófica, ni antropológica. Tal vez, se hará política al servicio de los Amos de turno, así lo hizo el gran maestro Aristóteles con aquello del “animal racional”, ¡Claro! Racionales eran solamente los griegos de la élite social dominante, realeza, nobles, generales; por supuesto, animales eran todos los demás, griegos ignorantes, griegos del pueblo, esclavos y todos los hombres y mujeres de las otras culturas, los “bárbaros”.

La única posibilidad de profundizar en los temas de la filosofía antropológica sería desde la opción existencial, que no se reduce a frases emblemáticas al servicio del nazismo de Adolf Hitler, “El hombre es un ser para la muerte” ¡Descubrimiento colosal de Heide- gger ¡ Es decir, un animal mortal, como cualquier loro, perro, gato… rata, con la diferencia de que las personas se saben mortales, en otras palabras, un animal triste, melancólico, enfermo por la debilidad y el terror envuelto irremediablemente en la conciencia de la muerte.

En lo esencial, si un alemán es un ser para la muerte, cuya naturaleza es saberse mortal, toda historia personal o social sería el proceso de la muerte personal, comunitaria y social, la humanidad sería una manada anónima que se muere, desaparece. En este sentido, poco o nada vale la vida de un soldado alemán, nada vale un soldado de cualquier nación. Total, todos hemos nacido para morir, ¿qué podría valer la vida de un judío? Nada ¡Perdón! Con ellos se fabricaron la grasa para tocino, jabones; con sus huesos se hicieron buenos y resistentes botones para los uniformes de los soldados alemanes.

Heidegger despreció cualquier intento de metafísica, por ser la fundamentación filosófica que sustenta todo tipo de espiritualidad antropológica, nada más religioso que el pueblo Judío. Era lógico, sin Dios el hombre es un animal para la muerte. Heidegger sabía   lo que hacía, en su filosofía no había ingenuidad, inocencia; por el contrario, fue el perfecto cómplice. ¡La pregunta por el Ser! ¡Por Dios! Hasta en los comic se afirma que el hombre es un simple mortal, no hacía falta cuestionar el ser de las cosas desde el ser del ser que se cuestiona. Lo filosófico no es solamente preguntarse por lo que ya tiene una respuesta, una opción antropológica y ontológica, así la pregunta por el ser no es más que un modo de ensayo literario con algunos términos llamativos para justificar las opciones políticas que ya se tenían. Heidegger jamás se preguntó sinceramente por    el ser del ser que cuestiona al ser, solamente expuso sus propias opciones ontológicas y antropológicas. No hizo filosofía, hizo política al servicio de la aniquilación y la inmoralidad de un régimen asesino y despiadado, para lo cual redujo a la animalidad mortal a todos los hombres, aniquilando desde su filosofía toda metafísica.

Lo filosófico es la existencia que se cuestiona sinceramente, se atormenta sin conclusiones preestablecidas,  sin  importar  lo  que se encuentre en el camino; si hay que rectificar se hace, si hay que negar lo antes afirmado se hace, si hay errores se aceptan, lo importante es la sinceridad legítima en el cuestionamiento y avanzar en  el significado de la trama existencial, sufrir la tragedia humana, inquietarse frente a lo ilógico, irracional, mirar el rostro de la locura y no acostumbrarse. La conciencia existencial aparece en el vértigo, en la sensación de que todo se hunde, vomitar hasta ya no poder, quedar vacíos, sentir la angustia y el cansancio mientras la luz del sol se oculta hasta que nos quedemos dormidos esperando el nuevo amanecer.

Las vidas se vuelven un torbellino de infinitas posibilidades en el mundo subjetivo de las ideas, en las visiones virtuales, en los sueños de los poetas y en las lecciones universitarias; pero aquí, el cansancio se hace pesado y existencial, es como si todo se estuviese deteniendo para siempre, como si la finalidad de cualquier acto fuese la quietud mortal, como si todo estuviese definido desde siempre y para siempre. De pronto, la vida comienza a detenerse, como si el verdadero ser fuese el objeto, lo que está ahí sin razón, sin lógica, sin necesidad de una conciencia, como negación fenoménica, sin signos de vida humana, desarrollando la capacidad de no existir. Todo se transforma en cosa, en objeto, en basura. La vida humana cotidiana, su trama, sus sufrimientos, sus angustias, sus alegrías… todo es silencio y vacío, nadie sabe que existimos en esta Galaxia. Desde el campanario se respira el silencio y la oscuridad de la totalidad del ser, allá abajo todo parece una misma oleada que se detiene muy lentamente, como la vida del viejo que duerme en la plaza, es la muerte maloliente como la ropa íntima de la prostituta que sigue vomitando sobre las patas delanteras del perro amarillento y flaco tan parecido a la hambruna de miles de seres abandonados.

En el área de las investigaciones de las llamadas ciencias sociales, la hambruna de miles no es más que un dato numérico supuestamente estadístico, un reflejo matemático y objetivo de una realidad palpable y perfectamente  medible  que  inquieta  profundamente  la conciencia racional desde donde siempre nacen los discursos políticos carentes de fundamentación filosófica. Los datos esta- dísticos sobre la hambruna pueden ser la fuente de libros y de ensayos sociológicos acompañados de estremecedoras  fotografías e imágenes de la realidad de los desamparados, lo que haría surgir ensayos académicos y tal vez una que otra poesía, cuentos literarios, novelas preciosas productos de la conciencia afectiva, sentimental y amorosa, enajenada, sin compromiso real con una situación siempre ajena. Los escritores de novelas y los sociólogos generalmente son observadores tristes y enamorados de la dignidad espiritual o cultural de seres humanos. Los sociólogos, poetas, novelistas y narradores literarios no viven en los pueblos aislados   y moribundos de estos llanos cubiertos de miserias y lejanía. El investigador de éxito no se ensucia el perfil de su conciencia con la peste de esta gentuza.

 

El vómito de  la prostituta cuestiona la intimidad de la existencia,  no es una idea abstracta, un número  imaginario,  una  inspiración literaria motivo de lágrimas o de risas. El sentido deja de ser transparente, surge de las sombras irracionales. Ahora, la única reacción es correr al baño de la iglesia y vomitar, el asco lo invade todo con solamente imaginarse al  perro  tragar  desesperada- mente el líquido estomacal de la borracha. No es en la conciencia racional, ni en la conciencia afectiva, la escena del vómito está ahí como una vivencia trascendente al ser de la conciencia, pero no  hay posibilidad de neutralidad subjetiva, se vomita sin parar con todas las ganas de morir en el intento. La conciencia existencial se convierte en vómito desesperado, el vómito vuelve y vuelve en cada recuerdo, se hace parte elemental de la propia historia de vida. La tragedia del vómito sacude las entrañas de la Filosofía aprendida  en las aulas de la universidad. La fenomenología teórica captada  en aquellas lecturas formó el intelecto abstracto.

Sin embargo, en esta vivencia es cuando realmente comienzo a descubrir su verdadero sentido y se inicia el proceso de hacer fenomenología de lo existente, se cuestiona el mismo sentido antropológico o la posible razón de ser de la existencia de las personas y de la humanidad.    Se da vueltas y vueltas y el mareo lo invade todo, se vomita hasta perder la noción de la vida misma. De hecho, de la preocupación racional suelen ser elaborados los discursos políticos, las narraciones románticas, el amor a los pobres, la poesía revolucionaria    y toda la literatura de este nuevo milenio. La política compro- metida con el poder y la literatura alejada de la vida concreta, siempre surgen de la lógica racional al servicio del mercado y para el beneficio económico de los autores, sin importar los estilos literarios utilizados, la lógica del animal racional tiene múltiples e ingeniosas máscaras ideológicas de dominación. En esta plaza la situación es distinta, del vómito de la prostituta y del perro que     se alimenta de ese líquido estomacal, se descubre otra posibilidad alterna de vivir la filosofía fenomenológica existencial con todo su peso ontológico en la propia conciencia.

 

La plaza es tenebrosa, nada se modifica. El movimiento no existe en la intimidad de la totalidad, lo que vivimos es la sensación perfecta de la apariencia, pero nada parece real, ni siquiera la existencia del yo personal, la totalidad es negra, sin color, sin tamaño, sin existencia. El universo es eternidad ilógica, no apta para las neuronas de seres existentes que se creen el centro de las estrellas, cuando en realidad son miserias cubiertas de la nada. ¿A quién importa la existencia de esta plaza?, ¿Al Imperio?, ¿A la Oligarquía?, ¿A la Revolución?, ¿A los animales del bosque?, ¿A los peces del mar? Tal vez alguno de esos filósofos de la liberación muestre interés, curiosidad por esas fotografías, imágenes de las escenas vividas en las plazas pobres  de América Latina, quizás se inspiren para hablar de la pobreza de las miserables víctimas del imperialismo salvaje, dictarán charlas   y conferencias en los lujosos hoteles de Londres, Roma, Madrid. ¡Así suelen ser ellos! ¡Tan liberadores! De hecho, si la plaza desaparece todo seguiría igual. Nada humano importa a las estrellas, ni     a los planetas, ni al universo..., todo se reduce al polvo cósmico, la conciencia es polvo, la sangre es polvo, la historia es un montón de cenizas, los pueblos son cúmulos de cadáveres olvidados, la Filosofía es considerada actualmente como reflexión inexistente.

Desde el campanario se ve la plaza en su inercia amorfa. Es ahí, en la insignificancia de la existencia cuando se revela la Nada, como condición material y manipulable del ser del policía, del limpiabotas, de esas mujeres y del pobre viejo que se muere de tristeza. Aquí la soledad lo envuelve todo, la irritación se manifiesta en el calor insoportable, en ese deseo de correr lo más lejos que se pueda. La respiración se hace cada vez más enferma, las gotas de sudor fastidian, desesperan en el recorrido por la espalda húmeda, la visión se hace aburrida, no ocurre ninguna novedad. ¿Y si desaparece la vida en  el planeta?, ¿Si el Sistema Solar desaparece?, ¿Si no queda ninguna persona que respire?... Todo  sería igual, el universo quedaría en   su quietud absoluta. Toda la realidad ontológica universal sería lo mismo con el Sol o sin él, con la Tierra o sin ella, sin la plaza o  con la plaza, con el policía, con los limpiabotas, con las mujeres,  con el viejo Agustín o sin ninguno de ellos. ¿Qué puede importar la vida de ese viejo?, tal vez nada, pero en el fondo, se podría afirmar lo mismo de todas las personas del mundo. Si una vida no tiene sentido, todos vivimos en el absurdo existencial. Si la vida de ese viejo no tiene sentido, el universo está demás. Si el hombre es un animal, para qué la racionalidad. Si el hombre es un animal más   de este planeta, todo lo que existe se reduce a ilusiones alienantes de un simio parlante condenado a desaparecer como cualquier otro cúmulo de polvo cósmico perdido en la oscuridad del espacio.

Aquí estoy navegando como fantasma nocturno en el mundo de   las ideas de Platón, en esa realidad perfecta que sólo existe en las mentes esclavas y maravillosas. Ahora puedo tocar con estas manos la Idea Absoluta de Hegel ¡Claro que ese alemán tenía razón! La Idea Absoluta es real y palpable, se mueve allá en la plaza, ¿O más bien en mi cerebro?, ¿Será que el mundo de las apariencias sensibles despreciado por Platón es lo único que está ahí abajo? ¿Esa Idea Absoluta que se hace conciencia absoluta en la negación de lo “Otro” es el reflejo de la desesperación de una subjetividad animal que se muere? Ahí está lo “Otro”, la apariencia, lo sensible, la quietud, la insignificancia de la plaza, del planeta, del sol, de la Historia, de la Razón, de las Ideas. El mundo de las realidades perfectas e ideales se lo está tragando la tuberculosis de ese viejo. Aquí sólo hay casas olvidadas entre el monte y el calor de los Llanos inmensos y eternos como el dolor de la muerte. Si Platón y Hegel viviesen en este pueblo, tal vez morirían de tuberculosis.

Me siento en uno de los bancos de la plaza, comienza un nuevo proceso en mis vivencias, las cosas se acercan, están ahí, me miran, me acechan. Los árboles me observan, los limpiabotas juegan con una pelota de goma, puedo sentir la presencia del hambre que crece con los años, ellos son la miseria que se hace historia, la negación del porvenir. El hambre tiene rostro, tiene como catorce años, un cuerpo famélico, de piel enferma, de estatura de pueblo campesino, casi sin estudio. ¿Sabrán esos muchachos de esperanzas y de libertad, autoestima, vocación profesional? Crecerán, se reproducirán, se enfermarán y morirán. Seis muchachos con los zapatos rotos, de ropa vieja y sucia.

¡La inocencia, Dios! Son felices, juegan, gritan, corren. La Nada no ha llegado a la conciencia de estos muchachos, para ellos el Ser es la total plenitud y felicidad. Los adultos se encargarán de entristecerlos, algún día no tan lejano tendrán conciencia de sus miserables existencias, se compararán con otros jóvenes, se arrugarán, beberán licor barato hasta la locura, algunos se quedarán aquí para siempre, con un mundo pequeño de pocas calles, los otros irán arrastrándose a las ciudades y serán vendidos como esclavos y se encargarán de tragarse la basura, la mugre…, hasta quedar sin dientes y con las manos moribundas de tanto trabajar; tal vez, cuando la lluvia amenace con arrasar los ranchos de cartón de los cerros marginales, se acordarán de la belleza de esta plaza, de los días felices de hambruna enfermiza, recordarán la fealdad de los borrachos y de las prostitutas.

 

 

Los muchachos son el futuro, la promesa de la Patria, de la humanidad, son el destino, la esencia del ser personal que se desarrolla dialécticamente hacia ninguna parte. Los seis están arrojados en la plaza, con sus gritos, sus alegrías ingenuas, su desdén frente al hambre matutina, parece que quisieran destruir el peso de lo real con la inmediatez de su juego de pelota. Algún día se hundirán lentamente en licor hasta el absurdo, tal vez, para olvidar las penas amargas. Lo material, lo que está fuera de la conciencia no desaparece, es todo el tormento del hambre que les marcará hasta borrar cualquier destello de imaginación de una vida feliz. Así, pues, crecerán lentamente hasta que la naturaleza comience a consumirlos con los colmillos filosos parecidos a la imagen de la serpiente del Purgatorio.

El hambre es la naturaleza que se nutre de sangre y huesos desnutridos que dejará profundas heridas mortales en cada uno de esos cuerpos, de esas mentes. La inteligencia quedará reducida a la supervivencia. La persona es el hambre. La Ética es el hambre. La Política es el hambre. La Conciencia es el hambre. La Moral es el hambre. La Religión es el hambre. La Educación es el hambre. La Filosofía es el hambre. La Plaza de estos muchachos es el hambre, es la América Latina, es la Filosofía Popular, es el Imperio, es la Revolución, es el Planeta, Es su único Universo.

¡Dios! Recuerdo que todos esperábamos a que mi papá apareciera en el otro extremo de la calle del barrio, siempre traía en alguna de sus manos una bolsa repleta de panes y medio kilo de mortadela, así ocurría todas las tardes de mi infancia. Ahí esperaban los nueve hermanos a que apareciera la cena en las manos de mi papá. A veces se tardaba más de la cuenta, los minutos se hacían una eternidad, la siete de la noche, no llegaba, solamente hablábamos de comida, pensábamos en comida, olíamos comida; hasta que por fin, mi papá aparecía, corríamos como almas hambrientas a recibir al salvador. Esto se sigue repitiendo todas las tardes en casi todos los hogares de los barrios de América Latina. El hambre ha sido protagonista central en la historia de nuestros pueblos.

Aquí en la plaza, los muchachos corren de un lugar a otro, sin saber que su realidad, en el mejor de los casos llegaría a ser un número, un dato estadístico que a nadie importa, “37% de población menor de los dieciocho años vive en estado de pobreza extrema”. La sociedad de informes sociológicos destruye el rostro verdadero de las personas. La conciencia racional se justifica a misma. El poder no acepta el compromiso. No existen nombres, rostros, tamaño, madres, hijos, amigos. No existe el vecino, el compadre, el amor, el odio. Los sentimientos no existen. El universo es realidad material, medible, probabilidad, totalidad para la conciencia racional. Aquí no hay seres humanos, nadie sufre, llora, come. Aquí las tumbas no tienen almas. Todos se van al infierno del consumismo animal. El hombre consume a los más débiles. La humanidad es un profundo  y lúgubre océano donde los peces inferiores no tienen derecho a la vida, sino al hambre, a la esclavitud, a la muerte y al anonimato de una encuesta sociológica.

 

El pez grande cuando cuida a los más débiles, solamente se asegura de tener comida a la mano, pregunten a los Amos y a los militares, ellos siempre nos han protegido. El cuidado es más intenso cuando el amo supremo es militar, ¡“revolución” lo llaman! Siempre el amo militar se convierte en rey, su familia en la realeza, sus hijos en príncipes y sus amigos en la nobleza. En la revolución de los amos y de los militares el pueblo es la comida, el sufrimiento del pueblo es la bebida, el hambre del pueblo es la riqueza del rey, príncipes y nobles ¡claro!, las propinas para los generales. Todas esas revoluciones giran en torno al poder central de un rey semidiós que todo lo sabe, que todo lo puede, que salva a todos y a quien todos deben adorar. Los adversarios son traidores y merecen las más horribles de las torturas mortales.

 

 

Hace poco, un señor de traje nuevo llegó a esta plaza, reunió a todas las personas del pueblo. “Seguro tenemos cincuenta y cinco votos”. Eso era todo lo que valían las personas, nada más. Las prostitutas eran cuatro votos, los borrachos como cinco, claro y el voto del viejo moribundo. Las realidades cotidianas de cada persona no llegaban a ser consideradas ni siquiera como objetos. Los salvadores políticos se preocupaban por los galones de gasolina, las franelas, el equipo de sonido, las cervezas, por la hora, el clima, el calor, la oscuridad, los zancudos… Cualquier cosa era más importante que el rostro de la gente. Esa gentuza no era más que un miserable montón de votos. Apretar la mano de aquellos moribundos era un acto vergonzoso, daba asco el contacto con gente tan enferma y hambrienta. La ignorancia y la melancolía sin esperanza se vestían con una nueva camiseta, con el rostro del líder político de turno. Lo mismo hicieron  sus padres, sus abuelos, todos los espíritus de la noche que ahora  se lamentan por las calles de este pueblo. Cada uno de ellos se llenó el corazón de la revolución social prometida. Ahora vagan por las copas de los árboles, según el decir de los abuelos solitarios. Todos los muertos se cansaron de coleccionar camisetas democráticas.

 

El sol calienta la brevedad de la mañana. El tiempo no existe en el corazón de este pueblo. Las pregustas sobre el sentido de la existencia carecen de sentido y de existencia. Aquí el pensamiento   está demás. Sin embargo, es la humanidad en sus más enigmáticos secretos que se revela en estas vidas melancólicas. Esos muchachos jugando, el viejo que se muere, las mujeres agotadas por el degaste de la miseria, los borrachos impertinentes y delirantes, los políticos mesiánicos que a veces aparecen, las camisetas democráticas, el calor, el polvo amarillento que agobia, el sudor que recorre todo el cuerpo, las ganas de huir hacia la nada…, esa es la existencia, ahí está el sentido, ahí está el absurdo. Así es la vida, sin nada especial, arrojada al torbellino negro de la muerte. No hay sorpresas, la esperanza es un concepto alienante. El olor a comida en esas mesas del infortunio es la esencia de la humanidad. El ser humano es la única especie que cocina sus alimentos. El ser lo determina la calidad de la alimentación, si comes porquerías, eso eres.

La existencia no es una poesía romántica, no se trata del trinar de las aves, de los bellos ojos de la mujer amada, el canto de la sirena, las almas en el cielo, los hermanos de la sociedad sin lucha de clases, de la suavidad de la espuma de las olas, del amor entre dos corazones entrelazados en un mismo destino. La mujer de piel arruinada me está mirando y su esencia antropológica es la peste en su sangre. Ella me acusa, me asusta, me describe perfectamente la trama humana. Ella es madre de uno de los muchachos que está jugando en la plaza. Los dos están ahí, respiran, sufren, mueren de hambre. Tal vez, a la hora de dormir, la madre le enseñe algunas oraciones para que los espíritus los protejan de todos los males. Si tienen suerte, tomarán algo de café con algún pedazo de arepa, eso será todo, lo mismo de ayer, de hace años, lo mismo que cenaba la abuela, la otra abuela, y así… lo mismo que se come en este pueblo, las sobras de la sociedad de consumo.

Ninguna de esas mujeres vende su cuerpo por elegancia, no se trata de cambiar de vida, convertirse en una modelo de fama  internacional, de vivir con un hombre millonario que la lleve a mundos imaginarios. Aquí el sexo sagrado se vende por cualquier enlatado sobrante, o por una cerveza a media noche, por una botella de aguardiente de caña. El cuerpo carece de valor, ¡Ah, los filósofos y la dignidad del cuerpo humano! ¡Los filósofos y la dignidad del espíritu inmortal del hombre! ¡La dignidad de la mujer! ¡Hasta tiene fecha la dignidad de la mujer para ser celebrada en todo el mundo! La carne del ganado se compra y se vende a mejor precio.

 

 

El Alma, la Conciencia, el Yo, el Espíritu, la Dignidad, el Respeto, los Derechos Humanos…, nada de esas cosas pertenecen a la intimidad existencial de esta gente. Así, pues, la Dignidad del ser humano es un bien de consumo que se compra y se vende en el mercado, si no tienes dinero no eres un ser humano, no tienes alma, y tu cuerpo vale menos que la carne de pollo. Ni siquiera los espíritus o las ánimas milagrosas cuidan de esta gente. El ser propio de la humanidad no es más que una mentira, la verdad está en la mirada de esa prostituta, en la inocencia de esos muchachos, en la idiotez de los borrachos, en la falta de vida del anciano que acaba de abrir los ojos para mirar las mismas nubes incoloras de siempre. Todo me asusta, no se trata de una angustia teórica que se describe mientras se fuma pipa y se bebe vino, me asustan porque es mi propia historia, me hundo con ellos.

Aristóteles se inventó la más grandiosa de las ideas metafísicas, ideales, virtuales, “El Motor Inmóvil”. La explicación última de todo movimiento. El fantasma que aparta el absurdo infinito de la inercia eterna. Este fulano Motor Inmóvil ha sido elevado a la divinidad espiritual. En el fondo, esa cosa sería la presencia Omnipotente y Omnipresente del Ser Absoluto. En otras filosofías ha sido considerado la prueba más fehaciente de la existencia del mismo Dios. Nada más absurdo, pretender que la posible existencia de Dios se deba a la Lógica Racional de los humanos que habitan un planeta insignificante que pertenece a un sistema solar cualquiera. Aquí no hay Motor Inmóvil que valga, la razón lógica se hunde en la desesperación del hambre y de la miseria. Un iluminado profesor me dijo hace tiempo, “La miseria y la pobreza no definen a esta gente, ellos trascienden esas necesidades y buscan la esperanza más allá de cualquier desesperanza, ese es el misterio, esa es la dignidad del alma y del ser espiritual del hombre…”. En el cementerio de este pueblo se levantan cruces y cruces en honor a la esperanza fallecida. El reloj de aquel profesor cuesta más y es mejor apreciado que una noche de sexo con cualquiera de estas mujeres.

Las palabras escritas con el corazón enajenan. El filósofo del amor se hace cómplice malvado o ingenuo. Marta es una de las mujeres de la plaza, parece alegre, contenta; algo extraordinario le está ocurriendo, ya casi la convierten en la sirvienta, en el coleto, en la esclava de alguna familia en la ciudad de Valencia. Ella siempre ha soñado con salir de estas tierras, para conseguir un trabajo decente. Su piel oscura seguirá las mismas huellas que sus ancestros. Los señores tendrán una nueva televisión, refrigerador, aire acondicionado, Marta, una cocina, un juego de muebles, todo a buen precio. Esa es toda la esperanza de Marta, hasta ahí llega la “Dignidad del día mundial de la mujer”. Marta es una cosa a buen precio, tan útil como una aspiradora, tan valiosa como el lavaplatos, tan humanidad como la basura que tendrá el honor de sacar a la calle. Sus tres hijos quedarán aquí en el monte, hasta que el destino se los lleve a la marginalidad de los barrios de las ciudades importantes.

La mujer es el objeto más despreciado de la sociedad del nuevo milenio, se trata de arrastrarla hasta la desesperación. Marta no sabe nada de autoestima, ni de respeto por la dignidad de la mujer. Los escritos filosóficos de Simone de Beauvoir nada tienen que ver con la realidad antropológica de Marta. La mujer del pueblo saca un viejo espejo de su bolso, se mira fijamente, no le gusta lo que ve. Ahora, en ese momento infinito, la brujería del espejo la invade, la sociedad le acaba de transmitir el virus de la vejez. Marta se siente horrible- mente enferma, fea, desgarbada, no sabe si reír o llorar; se da cuenta de lo terrible que es la miseria, la mala alimentación, las noches sin dormir, las borracheras de mujer perdida, las pestes curadas a media, el sexo violento durante su niñez, los vestidos y pantalones recogidos. Así se siente, como una sobra maloliente que se seca bajo el sol absurdo de esta plaza.

Marta se olvida de todos, mira su rostro; piensa que su fealdad puede ser una ventaja. Esa es la verdadera razón por la cual la eligieron para ser una esclava desvalorizada. De eso se  trataba todo, su valor social era su propia fealdad, su apariencia miserable y enferma. La señora de la casa, la dueña de todos los objetos, tenía que comprar a una mujer bien fea, para evitar cualquier problema afectivo y sexual con el amo. Ese señor Pedro se adueñaba de todo, manipulaba cuanto había en la casa a su antojo. La señora Teresa  se cuidaría de comprar a una sirvienta lo más despreciable ante los ojos de cualquier hombre. Marta tenía el trabajo asegurado, tenía todo para fracasar en la vida, hasta convertir su existencia en la negación de cualquier teoría del amor y de la esperanza en el espíritu y la verdad. Marta era pequeña de estatura, delgada hasta la enfermedad, dentadura asquerosa, mirada asquerosa, hablar asqueroso, su vida era todo un asco.

La enajenación es la felicidad en los ojos del hambre. Marta es feliz. Ella espera que pronto le den la buena noticia de su contrato. Se marchará lejos, “más nunca volverá para este pueblo”. Si Dios le ayuda enviará algún dinero a sus hijos. El hijo mayor se llama Julián, juega con sus compañeros. Los juguetes son un palo de escoba y una pelota hecha con la cabeza de una muñeca que encontraron    en la basura. Él se quedará con la abuela y los otros dos hermanos, Francisco de ocho años y Mary de apenas cuatro años. Julián se ha pasado la vida entre tristezas, hambre y juego. A nivel de estudio hizo lo que pudo, llegó a sexto grado, no fue un alumno mediocre. Lo malo es que en el pueblo no hay un liceo. Parece  que su vida  ya está escrita, como la de todos sus compañeros. Algunos de ellos sueñan con ir a la milicia, si tienen suerte llegarían a ser policías. Para esto muchachos no existe la universidad, vocación profesional. Ellos son herederos de la dignidad de los que se mueren lentamente de hambre…

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

Lenz, J (1955) El moderno existencialismo alemán y francés / traduc- ción española de José Pérez Riesco. Ed. Sígueme – Salamanca- España.

Quiles, I. (1967) Sartre y su existencialismo. Ed. Espasa- Calpe. Madrid

– España.

Beauvoir, Simone de. (1986) La ceremonia del adiós, Conversaciones con Jean Paul Sartre (agosto-septiembre de 1974) Editorial Edhasa. Barcelona- España.

Sartre, J (1998) La Náusea. Ed. Losada.  Buenos Aires- Argentina.

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