LA COMPLEJIDAD TRASCENDENTAL Y EL COMPROMISO EDUCATIVO
LA COMPLEJIDAD TRASCENDENTAL Y EL COMPROMISO EDUCATIVO
Autor: Dr. Gerardo
Barbera1 gerardojoba@gmail.com
Resumen
La
educación como proceso se presenta como compromiso de construcción de la
sociedad del nuevo milenio, desde una perspectiva humana. Esto implica la
trascendencia del positivismo y del conductismo como modos epistémicos y
metodológicos del proceso educativo. Afirmar que la educación es un proceso
humano, implica una visión realista del ser personal, comunitario, social,
planetario y trascendental de la existencia, y en consecuencia, plantearse los
retos educativos desde el Paradigma de la Complejidad como opción ontológica (la realidad como complejidad
en sí misma) y como opción antropológica (el ser humano como trascendencia). La
educación del siglo XXI centrada en el Paradigma de la Complejidad apunta hacia
la Trascendencia existencial, una ventana a la esperanza, un camino que ha
empezado, un llamado a la Paz.
Palabras Clave: Educación,
Antropología, Complejidad, Humanidad, Trascendencia.
TRANSCENDENTAL COMPLEXITY AND EDUCATIONAL
COMMITMENT
Abstract
Education as a process
is presented as a commitment to build the society of the new millennium, from a human
perspective. This implies the transcendence of positivism and behaviorism as
epistemic and methodological modes of the educational process. To affirm that
education is a human process, implies a realistic vision of the personal,
community, social, planetary and transcendental being of existence, and
consequently, to consider the educational challenges from the Complexity
Paradigm as an ontological option (reality as complexity in itself) and as an
anthropological option (the human being as transcendence). The education of the
21st century centered on the Paradigm of Complexity points towards the
existential Transcendence, a window to hope, a path that has begun, a call to Peace.
Key Words: Education, Anthropology, Complexity, Humanity,
Transcendence.
1 Licenciado en Educación mención
Filosofía (UCAB),
Especialista en Educación Superior (UC),
Magíster en Desarrollo Curricular (UC). Doctor en Educación (UC). Obras publicadas: “Ética, locura y
muerte”, “Ética, locura y muerte (segunda parte)”, “Reflexiones elementales en
torno a la ética”, “En torno al conocimiento”, “trascendencia”. “La Filosofía
de Cerca”. Profesor del Departamento de Filosofía Universidad de Carabobo.
Profesor de Filosofía Seminario Nuestra Señora del Socorro-Valencia.
Introducción
Desde el paradigma positivista se
concibe el proceso de aprendizaje
como tarea de fragmentación de las diferentes áreas del conocimiento, desde una
opción analítica de la ciencia y de todo el saber humano. Además, plantea
el positivismo una antropología del “individuo” y una ontología materialista
sujeta a leyes físicas, tal como lo afirman Beuchot y Sobrino (2003) al
referirse a la concepción de conocimiento científico aceptado desde el
Paradigma de la Modernidad: “Dentro de este relativismo empírico, la ciencia se
sostiene en la concepción mecanicista de la naturaleza, que garantiza la
validez de las leyes científicas, y en la posibilidad de expresar
cuantitativamente las leyes naturales,
es decir, en un matematicismo” ( p. 69)
Esta visión positivista implica una
ontología donde la realidad se entiende
como la suma de partes atómicas, que desde el proceso educativo y de
investigación, podrían ser separadas y estudiadas como entes aislado, sin tomar
en cuenta el resto de la realidad, tal como lo expresa Condilacc (2011) a
referirse al orden analítico del conocimiento, como el modo auténtico del saber
científico, y como garantía de veracidad: “Para hablar de una forma inteligible,
es preciso concebir las ideas en el orden analítico, que descompone y vuelve a componer cada pensamiento. En
efecto, si yo quiero conocer una máquina, la desarmaré para estudiar
separadamente cada una de sus partes”. (P.33)
El análisis se convierte en visión
científica. De hecho, en el área de la educación, los diseños curriculares casi
siempre responden al paradigma analítico y atómico del conocimiento. Esta
visión analítica y positivista se fundamenta en un sujeto que observa un mundo
ajeno; donde la subjetividad debe ser suprimida en favor de la objetividad que
la supone.
Sin embargo, desde la misma descripción
fenomenológica del conocimiento, se impone una relación ontológica entre el
sujeto y el entorno, entre la persona y su mundo que no es un conjunto de
partes separables y aisladas; sino, una realidad sistémica y compleja; como lo
sugiere Hartmann (2010) al indicar las dimensiones de relación del
conocimiento:
Lo que constituye la dificultad del
problema del conocimiento: que ni el sujeto se reduce a su ser-sujeto para el
objeto ni el objeto a su ser-objeto para el sujeto, proyecta precisamente más
allá de sí al propio tiempo esta dificultad, dando un primer punto de partida
para su solución. En virtud de esta su autonomía, sujeto y objeto
adquieren un rasgo fundamental común que los une: el ser. Sujeto y objeto se hallan
uno frente a otro como miembros de una sola conexión de ser, pertenecen a un
solo mundo real, en que todo lo existente se halla en diversas relaciones
actuales, determinándose y condicionándose recíprocamente de diversos modos.
(p. 378)
El positivismo, en cuanto paradigma
concibe la realidad como un conglomerado atómico de partes
perfectamente separables y aislables. Llevado al campo social, la persona se
convierte en individuo en sí mismo; y, en el área educativa, el alumno se
convierte en uno más del aula, que puede ser identificado con un número de la lista, y marcado con una evaluación
numérica. Desde el paradigma positivista se obvia la totalidad y se opta por la
partícula, dejando un mar vacío del conocimiento propiamente humano, como lo
afirma Hartmann (2005), al defender la posibilidad del conocimiento sistémico
de la totalidad como trasfondo de la experiencia del ente particular:
Tenemos que retornar a la ontología, porque
las cuestiones metafísicas fundamentales de todos los dominios de la
investigación en que trabaja el pensar filosófico son de naturaleza ontológica,
y porque estas cuestiones no se echan del mundo con ignorarlas “críticamente” o
esquivarlas. (p.2)
En este trabajo, se plantea la
posibilidad de una interpretación hermenéutica, como modo epistémico capaz de ir más allá de las insuficiencias cognitivas propias del paradigma del positivismo
clásico; el cual, se ha quedado en la noción de simplicidad analítica como
fundamento de la ciencia. Se abre el
camino a la reflexión sobre alternativas de una episteme compleja; como lo
plantea Morin (2003) al destacar la visión reduccionista e incompleta del
positivismo:
Pero si los modos simplificadores del
conocimiento mutilan, más que lo que expresan, aquellas
realidades o fenómenos
de los que intentan dar cuenta,
si se hace evidente que producen más ceguera que
elucidación, surge entonces un problema: ¿cómo encarar la complejidad de un
modo no-simplificador? (p.21)
Además,
trascendiendo lo estrictamente cognitivo, desde la
episteme de la Complejidad se
propone, como forma de convivencia, una cultura humanista y trascendental para
la paz y el cuidado del ecosistema planetario, como alternativa real de
supervivencia de la especie humana. Además, se proponen posibilidades de
opciones educativas fundamentadas en el Paradigma de la Complejidad, tal como
lo expresa Morin (2003), al referirse a la urgencia de un cambio real de
proceso educativo centrado en la necesidad de supervivencia del ser humano y
del ecosistema planetario: “El problema humano, hoy, no es sólo de
conocimiento, es un problema de destino, nos hemos convertido para nosotros
mismos en un problema de vida o muerte” (p.18).
Desde el Paradigma de la Complejidad, la
educación se transforma en un reto de promoción de un modelo antropológico
dentro del contexto del ecosistema planetario, como el verdadero hogar de toda
la humanidad. Este reto es trascendental en sí mismo, al optar por un ser
humano capaz de ir más allá de los límites de su “yo íntimo”. Se trata de optar
por una antropología trascendental, frente al materialismo antropológico de algunas tesis positivistas, tal como lo sugiere
Heidegger (2001), al referirse el problema del sentido de la vida:
El ser mismo relativamente al cual puede
conducirse y se conduce siempre de alguna manera el “ser ahí”, lo llamamos
existencia. Y porque la definición de la esencia de este ente no puede darse
indicando un “que” de contenido material, sino que su esencia reside en que no
puede menos de ser en cada caso su ser como ser suyo, se ha elegido para
designar a este ente el término “ser ahí”, que es un término que expresa
puramente el ser (p. 22)
Las propuestas epistémicas, antropológicas,
comunitarias, sociales, y planetarias planteadas desde la Complejidad
ontológica y antropológica, son cada vez
más admitidas como modelos alternativos del saber humano y conforman el punto de partida de nuevas opciones
trascendentales en el
ámbito de propuestas educativas para la convivencia. En el fondo, la educación trascendental
apunta hacia la antropología de la vida y la paz, totalmente contraria a la cultura
de la guerra, de las destrucción
tan evidente en la historia de la humanidad.
Desde la propuesta de una antropología
trascendental, la diferencia entre el ser humano y la bacteria no es reducible
a la cantidad. La conciencia humana
no puede ser solamente producto del “azar”, vivir no es solamente nacer,
crecer, reproducirse, morir. Lo antropológico, en cuanto a búsqueda de sentido,
no termina en la aceptación de la Nada absoluta; sino en la trascendencia
espiritual. Scheler (2006), nos muestra la eterna búsqueda antropológica como
modo de vivir la existencia envueltos en la Trascendencia:
Tras una historia de ya más de diez mil
años, estamos en una época en que, por primera vez, el hombre es para sí mismo
un ser radical y universalmente «problemático». El hombre ya no sabe quién es y
se da cuenta de que jamás lo llegará a saber. Sólo se volverá a tener juicios
fundamentados si se hace tabula rasa de todas las tradiciones relacionadas con
este problema y se contempla con el máximo rigor metodológico y con el más
grande estupor a ese ser llamado hombre. (p.13)
En definitiva, el presente ensayo es un
estudio hermenéutico en torno a los elementos educativos propuestos desde el
paradigma de la Complejidad, como opción centrada en una antropología
trascendental.
Complejidad y Educación
La episteme analítica del positivismo carcome
la estructura del actual sistema educativo en cuanto modo de aprendizaje
fundado en estrategias conductistas de didáctica, enseñanza y evaluación. El positivismo de la Modernidad ha estado presente
en la Cultura Occidental, no sólo como modelo
de ciencia; sino como modo ontológico y antropológico. Esta influencia
existencial y cultural del
positivismo se da gracias a sus logros y alcances
en el
área de las ciencias físicas y biológicas, con su
respectiva e innegable producción tecnológica en función del modo de producción industrial que aporta bienes y artículos de consumo
masivos y servicios a los individuos desde
un sistema de producción y comercio, que sin duda, moldea el modo cultural y
existencial del hombre actual.
En coherencia con esta cultura
positivista y tecnológica, el sistema educativo ha estado centrado en la lógica
racional, se cubre de contenidos abstractos, en un mundo de conceptos
universales, dejando de un lado la complejidad y trascendente de lo humano; dejando de lado algunas
dimensiones antropológicas y epistémicas significativas. La ontología que sostiene este modelo está centrada en la
concepción mecanicista del universo en su totalidad; como lo afirma Moreno (1993), cuando describe
el pensamiento cartesiano:
“Pero dado que la materia es extensión, y además inerte, el movimiento del universo es pasivo, que carece de energía. De
ahí un universo máquina. Están fijadas las bases para el mecanicismo y
determinismo de la ciencia” (p.226)
Generalmente se enseña “la tabla de
multiplicar”, “el nombre de las capitales de las naciones más importantes”, “la
estructura biológica de la célula”, “el átomo”, “informática”, “polinomios”,
“contabilidad”…, a nadie se le enseña “la felicidad de vivir en pareja”, “cómo
enseñar modales a los futuros hijos”, en el caso de los cristianos, “La
Historia Sagrada”. Las teorías del aprendizaje en el actual sistema educativo se fundamentan en el Conductismo como base
de la psicología educativa. El cerebro humano se concibe como un recipiente
vacío que debe ser llenado con los contenidos abstractos previamente elaborados
y empaquetados para el consumo.
Resulta alentador las ideas que Ortega y
Gasset (2005) señala en torno a las
diferentes dimensiones existenciales y afectivas del conocimiento humano como una reafirmación de
trascendencia frente a cualquier postura positivista y mecánica del
aprendizaje: “La verdad es que existo yo con mi mundo y en mi mundo, en verlo,
imaginarlo, pensarlo, amarlo, odiarlo, estar triste o alegre en él y por él, moverme
en él, transformarlo y sufrirlo”
(p.211) No es pues el
mundo una “cosa” totalmente externa y ajena a lo humano. El
ser humano a la expectativa, totalmente abierto en forma existencial a la interpretación del mundo, como lo afirma
Gadamer (2007) al considerar la apertura antropológica:
No es sólo que la tradición histórica y
el orden de vida natural formen la unidad del mundo en que vivimos como
hombres; el modo como nos experimentamos unos a otros y como experimentamos las
tradiciones históricas y las condiciones
naturales de nuestra existencia y de nuestro
mundo forma un auténtico universo hermenéutico con respecto al cual
nosotros no estamos encerrados en barreras insuperables sino abierto a él.
(p.26)
Esta apertura antropológica no se limita
a lo epistémico; sino, al encuentro con el Otro. El ser humano no es un
contemplativo y punto. La apertura incluye el encuentro, la relación con la
comunidad. Y este modo de existir desde el encuentro con la comunidad, hace del
hombre un ser esencialmente moral; lanzado a decidir entre la vida y la
destrucción como modo de relacionarse. La apertura antropológica se convierte
en un problema ético, educativo y trascendental que da sentido a la existencia
personal, comunitaria y humanitaria.
En torno a la dimensión de relación de
los seres humanos, Rodríguez (1987) hace referencia al convivir como el modo
existencial de todos los seres humanos: “La
existencia es un convivir,
un vivir con los otros. Se
evidencia esta convivencia en la transformación del mundo, en las decisiones
culturales, políticas, en el trabajo como condición fundamental de la
existencia, en el lenguaje como comunicación” (p. 5) Entonces, la vida es un
proceso educativo en torno al compromiso de la persona con los demás. El yo
personal consigue su razón de existencia en la trascendencia hacia el encuentro
con el Otro. Nada más alejado del ser
humano que educarlo desde la individualidad, desconociendo su naturaleza real
de convivencia con los demás.
En este sentido, Ramos (2000) enfatiza
la opción por un sistema educativo entendido como proceso personal y social,
que responda a las necesidades y características de la comunidad en la que está
inscrita las historias personales de los alumnos: “La
dimensión ética implica
que los
individuos necesitan un grupo de valores que orienten su
comportamiento social en un mundo cambiante, enfrentar los problemas con
sentido ciudadano, con autonomía
personal y conciencia comunitaria” (121) Los valores de convivencia son parte
esencial de la existencia concreta de las personas y comunidades, su enseñanza
debe partir de las historias de vidas de los alumnos y no solamente de
conceptos abstractos.
De hecho, en los sistemas educativos
basados en las dimensiones positivistas del saber, se le da importancia casi
exclusivamente a los contenidos
“lógicos-racionales”, sin valorar las otras dimensiones del ser humano, como la
fe religiosa, el amor de familia, el compromiso de servicio, el trabajo
comunitario, la vocación de servicio, como sentido de la vida.
La vocación de servicio surge de un ser
que trasciende lo estrictamente biológico, no explicable desde las opciones
materialista de corte físicos o biológicos de la naturaleza humana. Desde una
filosofía humanista trascendental, Max Scheler (2006), en sus opciones
antropológicas presenta al hombre como un ser espiritualmente libre, capaz de
trascender el nivel animal de los impulsos y de las necesidades establecidas
por el medio, lo cual considero como el fundamento
antropológico de la estructura ética
y vocacional de los seres humanos:
Si colocamos en el ápice del concepto de
espíritu una función particular del conocimiento, una clase de saber, que sólo
el espíritu puede dar entonces la propiedad fundamental de un ser “espiritual” es su independencia, libertad
o autonomía existencial – o la del centro de su existencia – frente a los lazos
y a la presión de lo orgánico, de la “vida”, de todo lo que pertenece a la “vida” y por ende también de la inteligencia impulsiva propia de
ésta. Semejante ser “espiritual” ya
no está vinculado a sus impulsos, ni al mundo circundante, sino que es “libre
frente al mundo circundante”, está abierto al mundo, según expresión que nos
place usar (p. 55)
Así pues, el conocimiento es una tarea
humana, con dimensiones personales y comunitarias. Realmente, este amor no
materialista por el saber, sería uno de los rasgos antropológicos condicionantes de la misma existencia,
tal como lo indica Morin (1999), en cuanto al proceso de aprender, desde la misma
historia de vida y no solamente como
un apéndice escolar, como una actividad de complemento de adaptación social:
“El conocimiento, que se halla al servicio del sujeto cognoscente, puede
también poner éste a su servicio, se convierte en uno de los rasgos más
originales de la condición humana” (p.140). Entonces, el conocer nunca es un
acto apartado de la vida real; sino, dimensión
ontológica del ser humano. Y cuando
este saber se adquiere en la historia de vida personal, comunitaria y social,
aparece el compromiso trascendental, que se fomenta desde los diferentes
procesos educativos y formación ética de todos los seres humanos.
Desde el Paradigma de la Complejidad, se
percibe que la desvaloración de la percepción compleja del conocimiento, ha
conducido al reduccionismo positivista de todo el proceso educativo; y, en
consecuencia, se descuidan dimensiones de responsabilidad referentes a la supervivencia de la vida y
del ecosistema planetario, y se ha optado por destrucción del ecosistema
y el fomento de la competencia violenta; entonces, la meta de superar este modo
de la episteme positivista, se convierte en la razón última de las propuestas
educativas en el Paradigma de la
Complejidad Trascendental.
La educación desde el Paradigma de la
Complejidad conlleva a las opciones trascendentales, o espirituales tal como lo
explica Davis (2014) al referirse a la importancia de la dimensión espiritual
como proceso de formación personal:
La iluminación espiritual no es una
línea hasta donde se debe llegar, ésta iluminación va llegando gradualmente. Se
debe dejar las influencias externas fuera. El estudio como práctica espiritual
se tiene que realizar con paciencia a través de la lectura de libros
espirituales, pero sobre todo hay que estar equilibrado y tranquilo en la parte emocional y
llevar una vida ordenada hasta la paz, lo que permitirá el conectarse con los
conocimientos e ir adquiriendo la iluminación poco a poco o esperando que
suceda repentinamente, y que llegue a la comprensión. (p. 48)
El paradigma cultural positivista de la educación, se propone
como meta el éxito individual. En consecuencia, se fortalece la lucha por el tener, el poder y el
placer, como valores fundamentales y como
indicadores del éxito personal, comunitario y nacional. Por tanto, se deforma
la formación basada en valores humanistas sobre
los vínculos de solidaridad, que cada persona debe desarrollar desde el entorno
familiar, escolar, grupal, como miembros de la comunidad.
Es decir, desde los procesos educativos
que se preocupan solamente en desarrollar “las potencialidades individuales”,
carece de sentido la formación
en valores de responsabilidad existencial, desde una antropología trascendental
centrada en el compromiso social, que promueva el cuidado de la vida y del
ecosistema planetario.
En lo esencial, desde la educación para el consumo
de bienes y servicios, se omite la
posibilidad de un sistema educativo alternativo, centrado en los valores sobre
el sentido trascendental de la existencia personal, comunitaria y de toda la sociedad,
que trascienden el reduccionismo positivista de una cultura
del éxito individual, como máximo valor antropológico de la existencia.
En definitiva, la educación se convierte
en un problema que trasciende la
realidad académica, permea nuestras vivencias personales y se transforma en
vocación de servicio comunitario en cada historia de vida concreta, real y
cotidiana. En este contexto, afirma Morin (2001), refiriéndose a la necesidad
de un proyecto educativo, que enseñe
los valores de una conciencia ecológica: “de allí se esbozan las dos grandes
finalidades ético-políticas del nuevo milenio:
establecer una relación de control mutuo entre la sociedad y los individuos por
medio de la democracia y concebir la Humanidad como comunidad planetaria”. (p. 7) La educación humana es una carga
ética de encuentro con todos los seres humanos y un proceso de compromiso con
la vida y el bienestar integral del ecosistema planetario.
El paradigma de una educación
conductista y positivista fomenta el interés
individualista del hombre del éxito. Este paradigma individualista del proceso
educativo de la sociedad actual, sumergida
en la cultura del mercado,
propone como finalidad la formación de un sujeto que siempre tiene que superar a las demás
personas para alcanzar sus fines y ser el “número uno”. En fin, la educación basada en el éxito personal va dirigida al
yo egoísta, a la formación del individuo
carente de solidaridad, el hombre ideal del pragmatismo individualista persigue solamente los beneficios
individuales; tal como se puede observar en el texto de Fernández y Cantón
(2017) al señalar su exaltación del éxito personal como horizonte existencial:
Al día de hoy, en nuestra sociedad,
tener éxito es una tendencia muy extendida con la que todos, en mayor o
menor medida, se pueden identificar: la necesidad de tener un cierto estatus social y económico, ser
reconocido y respetado, tener poder o sentirse admirado, encontrar una solución novedosa a algún problema, ser el primero en llegar, ser un visionario,
tener prestigio, dar conferencias, conceder entrevistas o ascender en la
jerarquía empresarial o académica. Ante este tipo de necesidades el individuo
utiliza con plenitud sus talentos y capacidades esperando que el éxito llegue
como una consecuencia acertada/feliz de realizar una buena actuación, una buena
«salida» (235)
En el fondo, la educación para el éxito
personal es un modelo de supervivencia donde vence el más fuerte, el más apto
para la guerra y la destrucción. De ahí la importancia de alternativas
educativas para la paz, el encuentro y el cuidado del planeta. Entonces, desde este modelo educativo
centrado en el éxito individual, los sujetos quieren
poseer cada vez más
bienes, se desentienden de las necesidades sociales, mundiales, universales; y algunas veces, colocan el bien común, en
franca oposición respecto de sus intereses privados.
Por otra parte, Morin (2002) manifiesta
su preocupación en cuanto a las dimensiones mundiales y planetarias de los
problemas que a primera vista parecen ser solamente conflictos de algunas
naciones, que supuestamente no afectan a la totalidad de la humanidad: “Al
convertirse en mundial, la política no sólo se ha ampliado a horizontes
planetarios: se ha dejado invadir por los problemas primeros, fundamentales, de
la vida y la muerte de la especie humana” (p.17)
Además, los actuales desastres ecológicos son consecuencias
de una visión positivista, utilitarista,
pragmática del mundo, donde el
entorno se explota, se consume, se
manipula; pero, no se considera el único hogar de la humanidad.
Ha sido evidente que la educación
centrada en el “individuo egoísta”, lleva
a la destrucción del ecosistema planetario; de ahí la urgencia de nuevas
alternativas educativas, que en palabras de Morin (1999) en su Método I, “La Naturaleza de la naturaleza”, plantean un modelo antropológico, que en sí
mismo se vive como relación ontológica con su ecosistema natural, una persona
formada en valores ecológicos y comprometido con su entorno humanitario, planetario
y universal: “Así, el ser humano forma parte de un sistema social, en el seno
de un ecosistema natural, el cual está en un sistema solar, el cual está en el
sistema galáxico, los cuales están compuestos por sistemas atómicos” (p.121). No se trata solamente de una opción
epistémica; tampoco de un “método sistémico” de investigación; sino, de una
realidad personal, comunitaria, social y ecológica sistémica en sí mismas,
donde el ser humano es parte esencial y comprometido en todas sus dimensiones.
No es una moda, o un simple modelo cursi
de educación ambiental; la solidaridad con el planeta es consecuencia de la
relación ontológica del ser humano con su planeta, como realidad concreta, con
un ser humano que siempre es dependiente de su ecosistema planetario; es decir,
los valores ecológicos son antropológicos de por sí, más allá del modo cultura
de una sociedad histórica y concreta.
Hacia una antropología trascendental
Partiendo de esta realidad ontológica y
antropológica, el reto educativo surge como relación y compromiso; es decir,
como toma de conciencia de la verdadera realidad del ser humano. Entonces, se
hace necesaria la implementación de un proceso educativo que refleje al ser
humano en interacción natural con la humanidad y con el planeta Tierra en el
que vivimos. Sin duda, ha llegado el momento de implementar una educación que
tome en cuenta la perspectiva sistémica, ecológica y espiritual del hombre, de
la humanidad, del planeta y del universo en su totalidad.
De hecho, esta formación educativa,
debería abordar las necesidades y
problemáticas humanas, incluyendo esa visión espiritual que eleva al ser humano
a los niveles más altos del Amor como manifestación espiritual y trascendental
de lo verdaderamente humano, tal como lo plantea Rahner (2014) al mostrar al
ser humano en búsqueda del sentido en el Ser Absoluto, como centro del Amor y
de la hermandad espiritual de toda la humanidad: “Debemos decir el Padre
Nuestro, al Padre de la Misericordia y al
Dios de todo consuelo, al Padre que no sólo es el misterio incomparable en sí
mismo, sino el único y supremo
misterio de nuestra existencia” (p.69)
El proceso educativo tendría que centrar
su interés y valorar la multiplicidad de elementos antropológicos que nos convierten
en seres humanos, así como la diversidad de relaciones comunitarias y sociales
que tiene cada persona. Se trata de un cambio de la filosofía antropológica del
paradigma positivista de la Modernidad y desarrollar una Filosofía de la
Complejidad, como fundamento de nuevas alternativas educativas, que se
complementen con las dimensiones espirituales del ser humano hacia un
Pensamiento Complejo Trascendental.
Ahora bien, se aclara que las propuestas
educativas desde el Pensamiento Complejo no son en sí misma una ruptura radical
con la educación actual. No se plantean alternativas educativas completamente
nuevas, desvinculada de los progresos y avances que han experimentado las
diversas ciencias y los distintos saberes alcanzados desde el paradigma positivista
de la Modernidad. Por ello, desde el Paradigma de la Complejidad, se da
especial énfasis a esta nueva visión compleja, global y sistémica de la
realidad y del conocimiento humano integral. En el fondo, se concibe el
conocimiento complejo en su
aspecto original de sabiduría, que incluye el área
de la ciencia, pero lo completa y trasciende.
Desde la episteme de la complejidad,
Morin (2001), sugiere que el desarrollo y devenir histórico del conocimiento
científico, debería integrarse en un currículum coherente, dentro de los diversos niveles educativos, tales como
la educación inicial, la básica,
secundaria, técnica superior
y universidad,
desde la visión integral del saber en general: “Esta
integración del conocimiento deberá fomentarse hasta la educación
universitaria, de modo que, en esas casas de estudio, se promueva la creación
de la Facultad de lo Humano o la Facultad de la Vida (p.38)”. La vida misma se
plantea como centro del proceso
educativo.
La educación integral desde la complejidad
no debe ser reducida a una formación para el trabajo; dejando lo verdaderamente
significativo al ámbito de las familias y de las iglesias. En consecuencia, la
educación desde la complejidad antropológica, no puede pretender excluir la fe
religiosa del corazón del hombre, y proponer al mismo tiempo una educación
humana, compleja e integral. La educación compleja es en sí misma
trascendental. Sin la dimensión
trascendental y espiritual del ser humano, la
complejidad es incompleta.
En definitiva, el ecosistema planetario
es condición y ocasión del conocer
humano, como una realidad antropológica integral y existencial. En lo esencial, el saber desde
la complejidad desarrolla lo antropológico en todas
sus dimensiones racionales, afectivas y trascendentales.
Desde el Pensamiento Complejo, se
propone la perspectiva sistémica e
integral que se caracteriza por ser interdisciplinaria, no solamente como
estrategia curricular; sino, como condición antropológica y ontológica del
conocer, en cuanto complejidad en sí mismos; y esto se traduce en la dimensión
interdisciplinar e integral, como ser en sí de la estructura del conocer humano; en lo esencial, el ser
humano no suma conocimiento, los integra, los vive, los hace cotidianidad. De
ahí la importancia de valorar las dimensiones trascendentales del ser humano
desde el Pensamiento Complejo.
No bastaría solamente con implementar
estrategias educativas, que produzcan una división curricular en cada uno de
los contenidos programáticos de algún nivel
de enseñanza inicial, o de un pensum universitario; sino, más bien, de un modo
opcional de afrontar el estudio científico y las áreas humanistas de manera
integral en su complejidad , tal como lo afirma Morin (2001), al referirse a la dimensión
antropológica y educativa
del conocimiento
integrado: “Tenemos que pensar el problema de la enseñanza
a partir de la consideración de que la aptitud para contextualizar e integrar
es una cualidad fundamental del pensamiento humano que hay que desarrollar
antes que atrofiar”. (p. 6) Pero esta contextualización siempre es existencial;
por tanto, incluye las dimensiones espirituales de los seres humanos.
De este modo, desde el proceso educativo
concreto y particular, se pueden integrar las ciencias naturales, las
ciencias humanas y todas las dimensiones propias de la cultura concreta y
cotidiana de las futuras generaciones en la construcción de lo humano, de lo
comunitario, de lo social en relación con el entorno planetario; y con las
dimensiones trascendentales desde la perspectiva “sistémica de la realidad”, como lo
plantea Bunge (1995), al describir lo real como un entorno de sistemas más
allá del simplismo epistémico de la visión atomista
del universo material: “El enfoque sistémico es una alternativa tanto al
individualismo (atomismo), como al totalismo (holismo). En otras palabras, el
enfoque sistémico invita estudiar la composición, el entorno y la estructura de
los sistemas de interés” p.34).
Se propone desde la complejidad, que
esta integración del conocimiento científico y humanista esté presente en los
distintos niveles de la educación, como opción
alternativa, como opción de formación epistémica, y no solamente como una asignatura más:
“desarrollo de habilidades del pensamiento”; “moral y cívica”, “el cuidado de
las mascotas”, “educación para el trabajo”, se insiste, no se trata
de aprender algunos
ejercicios; sino de vivirse de modo distinto.
Es en este sentido, Morin (2001) sugiere
una reforma cognitiva, desde el Pensamiento Complejo, “…que dé cuenta de que el conocimiento de las partes depende
del conocimiento del todo y que, a su vez, este conocimiento del todo depende
del conocimiento de las partes (p. 92); es decir, plantearse la educación desde
la complejidad ontológica,
epistémica, y trascender la visión simplista y atómica de la ciencia propia del
Paradigma de la Modernidad.
Es decir, se propone una opción desde el
Paradigma de la Complejidad Trascendental, que abarque
todo el sistema educativo mundial, que implique
tomar conciencia de la condición antropológica presente en
el conocer, entendida como una condición que es producto de historias de vidas personales y comunitarias, vividas en
complejas relaciones existenciales con otras personas y con el medio ambiente; y, que además, tome en cuenta la
fe religiosa de esas persona y de
esas comunidades, y no obviarlas. El cambio es epistémico, educativo,
existencial, cultural, religioso. El cambio es humano, o como lo plantea
Barbera (2006) en su texto Reflexiones elementales en torno a la ética,
al referirse al conocimiento como saber humano e integral, desde las
opciones ontológicas y metafísicas:
Solamente desde una ontología y una
metafísica como fundamento del saber, tiene coherencia la epistemología, la
antropología filosófica, la ética, la lógica, la filosofía de la educación, y
cualquier área del conocimiento filosófico; y, en consecuencia, cualquier
conocimiento alcanzado por el ser humano, ya sea filosofía, ciencia, o
religión; todo el saber humano se fundamenta en una ontología y en una
metafísica determinada, que plantea una forma de vida específica, ya sea
explícita o implícita, sea consciente o no la persona de la metafísica y de la
ontología con la que fundamenta sus opciones epistemológicas y existenciales.
(p. 10)
Esta es la razón de ser de todo proceso
educativo, concebido desde las alternativas del Pensamiento Complejo
Trascendental: la construcción de un mundo-hogar para todos los hombres, en una
sociedad-comunidad-familia. Desde el Pensamiento Complejo, se afirma que
solamente hay dos alternativas: o se
construye un mundo-hogar, o se corre el peligro de exterminio, que técnicamente
ya es posible, y tendría muchas posibilidades reales de ocurrir.
De esta manera, se plantea una
Antropología Filosófica Trascendental y una Filosofía de la Educación como
Complejidad Trascendental, en cuanto que apunta más allá de la Modernidad, como
paradigma positivista de simplificación.
Por tanto, la filosofía educativa se transforma en una red compleja de
significados, y en un proceso de enseñanza, que forma al hombre en todas sus dimensiones físicas, biológicas, culturales, trascendentales,
dentro de los retos que ya están presentes en la sociedad actual, tales como la
violencia política, las amenazas a la vida de la especie, las amenazas a la
vida planetaria, que unidos al mundo virtual de la Internet, conforman
múltiples fenómenos de la cultura concreta que se está viviendo en nuestras
sociedades y comunidades.
Desde la alternativa del Paradigma de
la Complejidad Trascendental se propone un proceso educativo destinado al ser
humano del futuro, antropológicamente abierto al diálogo, como modo de
existencia, un ser humano sin fronteras imaginarias, desde una ética del
compromiso como vocación de servicio y sentido trascendental de la existencia.
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