EPISTÉMICOS

 


EPISTÉMICOS (LIBRO)


 


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LA FENOMENOLOGIA: “HUSSERL”

Autor: Prof. Gerardo Barbera

gerardojoba@gmail.com

Departamento de Filosofía

Facultad de Ciencias de la Educación

Universidad de Carabobo- Venezuela

 

La teoría del conocimiento propuesta  por Husserl en su tesis fenomenológica, describe el proceso mediante el cual se toma conciencia plena de los distintos “estados de conciencia”  propios del acto de conocer, que comienza en  “ el estado natural”, pasa luego a  “la fenomenología eidética”,  hasta llegar a la “fenomenología trascendental”.

La mayor dificultad que se puede encontrar para entender a plenitud las propuestas y fundamentos de la teoría del conocimiento del fenomenalismo de Husserl, consiste en que la misma no se presenta como un sistema racional y lógico de pensamiento filosófico, sino que se propone como un método que trasciende la misma racionalidad. La fenomenología no trata de “explicarse” dentro de un sistema de códigos lógicos de orden y de interpretación, se presenta como una “experiencia” propia del estado trascendental de la conciencia, que escapa a los límites de la racionalidad.

  De este modo,  la fenomenología se presenta como una forma de vida centrada en el conocimiento que se adquiere en la vivencia de una especie de “éxtasis gnoseológico” propio de la fenomenología trascendental, es una experiencia “mística”, “como quien escucha caer la lluvia”.

García Bacca (1963), en su libro, “7 modelos de Filosofar”, en el capítulo dedicado a Husserl (p. 196), utiliza el ejemplo del cubo de hielo sumergido en un recipiente lleno de agua, para explicar en qué consisten los tres estados de la conciencia descritos en la fenomenología de Husserl. El cubo de hielo pude encontrarse en el recipiente lleno de agua, de por lo menos tres maneras distintas. La primera forma, o la más natural en esta situación, consistiría en que el hielo flotase en el agua.  De igual manera, en el estado natural, la conciencia se concibe a sí misma como flotando en la realidad, sostenida por la realidad.

En el estado natural, la realidad se concibe como el fundamento de la existencia de la conciencia. La actitud natural de la conciencia es la pasiva, recibir el ser del mundo exterior. El conocimiento se presenta como lectura de una realidad que se impone con toda la fuerza de su objetividad radical y aplastante.

 La realidad se convierte en la fuente inagotable de estímulos constantes con la que se alimentaría la necesidad de conocimientos del “animal racional”,  que vive deslumbrado por la fuerza de una realidad que  se le impone desde afuera, frente a la cual la conciencia es “informada” en su pasividad eterna. Husserl (1949), en su texto “Ideas”, manifiesta el sentido de la actitud natural:

 

“Pongámonos esto en claro con detalle. En la actitud natural llevamos a cabo pura y simplemente todos los actos mediante los cuales está ahí para nosotros el mundo. Vivimos ingenuamente en el percibir y experimentar, en estos actos téticos en que se nos aparecen unidades de cosas, y no sólo aparecen, sino que se dan con carácter de lo “ahí adelante”, de lo real. Cultivando la ciencia natural, llevamos a cabo actos de pensamiento ordenados según la lógica de la experiencia...” (p.116)

 

Pero si dejamos el cubo de hielo flotando por mucho tiempo en el agua, lo más lógico es que el hielo termine por derretirse, de manera que el cubo de hielo se integraría al agua del recipiente, y no habría diferencia entre el hielo y el agua.  Tanto el hielo, como el agua formarían una misma realidad. En el estado de conciencia de la fenomenología eidética, la conciencia se concibe a sí misma como parte de la realidad universal, en una especie de igualdad de condiciones.

Desde el estado de la conciencia de la fenomenología eidética, el conocimiento se da gracias a la relación entre la realidad exterior, y la capacidad activa de la conciencia de pasar de lo particular a lo universal. Siguiendo con ejemplo del cubo de hielo, supongamos que por un milagro de la naturaleza el hielo se hundiese hasta el fondo  del recipiente lleno de agua. En el estado  fenomenológico trascendental, la conciencia se concibe a sí misma como una realidad más firme que la del mundo exterior, hasta el punto de que sería la conciencia el fundamento de existencia de la realidad exterior. Sería como si de pronto, el mundo apareciese  como una carga, como un peso que la conciencia tiene sobre sus hombros.

 

 García Bacca (1963), presenta un resumen de los estados de la conciencia propuestos por la fenomenología de Husserl:

“En primer lugar: un estado en que flotamos en las cosas, en que parece que ellas nos sostienen, que tienen una existencia más firme que la nuestra propia; estado que llama Husserl    natural, instalación natural en el mundo. Segundo: un estado en el cual nuestra realidad se encuentra como en equilibrio respecto a las cosas, de manera que ninguna sostiene a la otra, ni ella a nosotros ni nosotros a ellas;  veremos corresponde al estado de fenomenología eidética;  y un tercer estado nuestro en el cual, lejos de que nos sustenten las cosas, parece como si nosotros la sustentásemos, como si hubiesen perdido ellas  de realidad, y se apoyasen en la nuestra, por más densa, por más consistente. A semejante estado, dicho ya sin metáforas, se denomina técnicamente estado de fenomenología trascendental” (p.198)

Ahora bien, ¿qué se entiende desde la tesis fenomenológica  por estado natural de la conciencia en el acto del conocimiento? Cada vez que Husserl expone alguno de los estados de la conciencia, cada estado debe ser interpretado sobre la base de la relación existente entre ellos. Así por ejemplo, el hombre,  en cuanto sujeto,  pude relacionarse con un objeto dentro del proceso de conocimiento, por lo menos de tres maneras distintas: en primer lugar, puede tener contacto directo con el objeto; segundo,  el objeto puede ser recordado, se da una relación indirecta a través de la memoria; y tercero, el objeto del conocimiento puede ser imaginado, creado por la mente.

En el estado natural, la conciencia se relaciona con el objeto en forma directa, sin intermediario.  Esta relación directa se logra a través del contacto particular y concreto por medio de los sentidos. En el  estado natural se prefiere al objeto real y concreto. Y  este objeto es captado con todo su peso ontológico, como  ser en sí mismo, e independientemente de la conciencia; y por supuesto, con mayor realidad que el objeto que se posee en la memoria, o el producido por la imaginación.

En el estado  natural de la conciencia, el sujeto concibe con preferencia ontológica  al ser dado directamente  en la experiencia concreta. Y es precisamente en esta relación cognitiva, de la conciencia en estado natural, donde el objeto del conocimiento es captado como una cosa plenamente definida.  El objeto se presenta ante  la conciencia como un concepto unívoco, sin la más leve sombra de sospecha, libre de cualquier estado de duda.

El objeto del conocimiento, en el estado natural de la conciencia se presenta bajo el manto de la certeza absoluta. Y es la certeza del conocimiento adquirido directamente de la realidad exterior y objetiva, la que produce el estado natural de la conciencia. La certeza es lo natural. Lo natural del conocimiento consiste en el poder conocer la realidad exterior con certeza, sin sombra de duda, tal cual como es en sí. El conocimiento se convierte en la búsqueda constante de la certeza, de la verdad absoluta que muestre el orden lógico de la realidad existente.

Y es esta certeza natural, el mayor obstáculo que impide el desarrollo de la conciencia hacia la fenomenología trascendental.

 En palabras de García Bacca (1963), se puede resumir las características del estado natural de la conciencia:

“Pero creo que puede estar ya suficientemente en claro cuáles son las preferencias que sentimos todos por dentro y que justifican el hablar, no teóricamente, sino concretamente, casi, como tangible con la mano, de un estado natural que se caracteriza primero por el sentimiento de certeza, por la búsqueda de la certeza en todos los órdenes; segundo, por tratarnos inmediatamente con cada objeto en particular, sin ambigüedad posible; y en tercer lugar, por querer percibirlo, notarlo directamente, sin intervención de la memoria ni de imaginación. Nos es menester explicar largamente este estado, porque como es común y corriente en que vivimos, lo experimentamos continuamente; por desgracia, según Husserl, porque es el estado que hace imposible hasta cierto  límite el colocarse en estado fenomenológico trascendental” (p.206)

Después de haber descrito algunos aspectos de la conciencia en su estado natural, surge la necesidad de avanzar hacia la presentación  del estado de la fenomenología eidética. ¿En que consiste la fenomenología eidética? El estado natural de la conciencia permite al sujeto ser informado por el objeto, en una relación directa con el mismo.

Pero el conocimiento de cada objeto en particular, no es lo propio de la ciencia, ni de la filosofía.

Por otra parte, la ciencia persigue  la universalidad de sus teorías. Se trata de describir al perro, como un ente general, y no a la mascota en particular.

Pero, la fenomenología eidética es el paso de trascender a la conciencia natural, en donde el conocimiento es la relación entre un sujeto y un objeto particulares y concretos, al conocimiento   de contenidos esenciales y universales. Es decir, en la fenomenología eidética, el conocimiento no se refiere a la cosa concreta, sino a la esencia como objeto del conocimiento.

Para alcanzar el conocimiento de la esencia, durante el proceso de la fenomenología eidética, la conciencia despoja al objeto de sus características particulares, hasta descubrir como objeto de sí misma, a la esencia, o eidos universal, que ya no puede ser reducido a la cosa concreta del estado natural. En el proceso mediante el cual la conciencia despoja al objeto de sus particularidades, el sujeto deja de ser pasivo y se convierte en el descubridor de su propio objeto de conocimiento, que no le viene dado de una manera directa o natural.

Por tanto, el encuentro con la esencia, con el eidos no se da en forma natural, el eidos no se toca con las manos, es fruto del despojo que la conciencia realiza al objeto.

En el proceso de la fenomenología eidética, “el cubo de hielo se deshace”. La conciencia se siente parte activa de la realidad del universo. Es en este proceso, en donde la conciencia, al superar en su intimidad la objetividad particular de la cosa concreta y material, deja en entredicho la antes objetividad absoluta de la realidad material, tal cual como se daba en el estado natural de la conciencia.

La objetividad del mundo material y particular de cada objeto, comienza a perder la firmeza de su existencia, ya no se impone con la misma fuerza. En la fenomenología eidética, la conciencia se concibe a sí misma como protagonista del conocimiento. Ya no se ve intencionada por el objeto material, objetivo y particular propio de su estado natural. La conciencia se comienza a percibir intencionada, ya no por las cosas concretas y particulares, sino por la esencia, por los eidos.

Para lograr el estado propio de la fenomenología eidética, se hace necesario un cambio de actitud frente a la realidad material. Se trata de vivir la experiencia de superar el estado natural de la conciencia, en donde el objeto siempre se muestra extremadamente pesado, demasiado material, compacto, macizo. Se trata de comenzar un proceso que nos permita ver al mundo exterior, más allá de lo permitido por el objeto particular, mirar a cada objeto desde una experiencia mística.

En esta experiencia mística, la conciencia descubre que puede despojar al objeto de sus particularidades. De pronto, los objetos dejan de ser pequeños, grandes, lindos, feos, reales, irreales, amarillos, verdes, claros, oscuros..., al punto de que el objeto concreto comienza a perder la consistencia de su existencia objetiva. El objeto particular, propio del estado natural, desaparece lentamente, perdiendo su consistencia material y transformándose en un ente casi flotante, sin peso, fantasmal. Y ese objeto fantasmal, que aparece de pronto en la conciencia eidética ya no es tan objetivo.

Cuando el objeto pierde todas sus características particulares, dando paso a la aparición de la esencia o del eidos, se completa la primera etapa de la fenomenología eidética. Luego, la conciencia se descubre intencionada por la esencia; una esencia que ha cortado cualquier lazo de unión con las vicisitudes del objeto material y particular. El eidos se convierte en un ser para la conciencia; es decir, en un fenómeno. La descripción del fenómeno es el proceso del conocer propio de la  fenomenología eidética.

Este eido que la conciencia ha purificado de toda particularidad no posee en sí mismo  una consistencia de existencia objetiva; Es decir, su existencia no se impone. De tal manera, que la conciencia se debe colocar en una actitud de “epoché”, en donde la misma existencia del eidos tiene que ser colocada entre paréntesis.

 La conciencia tiene que evitar ese hábito propio del estado natural de la necesidad de fundamentar su propia existencia en el acto de afirmar o negar la realidad.

 

La conciencia tiene que despojarse de su subjetividad natural, que tiende a la afirmación o negación, y a la elaboración de juicios. Se trata de adquirir el  hábito, o la actitud de neutralidad subjetiva frente al objeto. No afirmar, no negar, mantenerse en espera de la aparición del eidos, tal cual es en sí mismo. Y luego describirlo, negándose a cualquier intento de definición objetiva.

 

Cuando aparece el eidos tal como es en sí mismo. Y se logra la epoché, o la neutralidad de la conciencia, que se niega a afirmar o a negar, cuando no se pretende la definición objetiva de un ente; la conciencia en el estado de la fenomenología eidética se descubre intencionada en su imaginación por el eidos. El eidos se convierte en el objeto de conocimiento, ya no de la lógica, o de la actitud racional del estado natural de la conciencia, sino en la imaginación

Es allí, en la imaginación, donde la conciencia consigue esa actitud neutral frente al eidos, se pierde la necesidad de definir al objeto en su supuesta objetividad absoluta. En la imaginación la conciencia es libre, y el eidos se presenta tal cual como es en sí.

El conocimiento se establece en un proceso en donde la conciencia  y el eidos trascienden el conocimiento racional, hacia el estado de la fenomenología eidética de la conciencia, en donde el conocimiento rompe todos los límites de la supuesta objetividad  del objeto y de los límites de las leyes lógicas de la conciencia natural.

El estado fenomenológico trascendental de la conciencia es consecuencia de la fenomenología eidética, en donde la conciencia puede lograr por un proceso minucioso de abstracción despojar al objeto de sus características particulares, hasta quedarse con el eidos esencial. Y además, en la fenomenología eidética se colocaba la existencia del objeto entre paréntesis, en una actitud neutral de la conciencia. Pero, ¿puede la conciencia, realmente, colocar entre paréntesis su propia actividad subjetiva?,  ¿puede la conciencia ser neutral?, ¿puede la conciencia colocar entre paréntesis su propia existencia, y esperar en actitud neutral que de manera espontánea aparezca el eidos en su naturaleza real?

Si la neutralidad de la conciencia propuesta  en la fenomenología eidética fuese posible, entonces no sería diferente a la actitud natural, en donde la conciencia se concibe a sí misma en actitud pasiva. Bastaría con interpretar la pasividad como una actitud neutral en donde la conciencia era informada por una cosa  material y objetiva.

La misma posibilidad de la fenomenología eidética, se explica desde una conciencia activa, que no puede ser neutra. La conciencia es activa en el proceso del conocimiento. La cuestión fundamental consiste en saber hasta dónde llega la actividad de la conciencia dentro del proceso cognitivo.

Precisamente, la fenomenología trascendental parte de la naturaleza esencial de la conciencia y de la naturaleza de la actividad de la misma en el proceso cognitivo en donde se trasciende lo  dado de manera natural en el objeto.

 Este proceso de trascender el dato de la experiencia objetiva se da en la intimidad de la conciencia. Es decir, el eidos es un fenómeno, un ser en y para la conciencia, cuya naturaleza dependerá de la actividad de la conciencia.  Husserl (1949) hace referencia a la naturaleza intencionada de la conciencia:

“La realidad en sentido estricto tanto la de la cosa tomada en su singularidad como la del mundo entero, carece esencialmente (en nuestro riguroso sentido) de independencia. No es en sí algo absoluto que se vincule secundariamente a algo distinto, sino que en sentido absoluto no es, literalmente, nada, no tiene, literalmente, una “esencia absoluta”, tiene la esencia de algo que por principio es sólo intencional, sólo para la conciencia,  algo representable o que aparece por o para una conciencia”. (p.115)

La conciencia se plantea a sí misma, en la fenomenología trascendental, como intencionada, como conciencia de algo. No puede existir la conciencia no intencionada. Siempre la conciencia lo es de algo. Y este algo, ya sea un pensamiento, una idea, una fantasía, un sueño, una sensación, un sentimiento..., no determina la naturaleza de la conciencia en sí misma, que consiste en ser intencionada. Pero, la naturaleza del objeto del conocimiento sí depende de la actividad de la conciencia.

 La conciencia es quien determina  dentro de sí misma la naturaleza del  objeto conocido, trascendiendo cualquier  reducción de  su actividad a la mera pasividad propia del conocimiento natural y objetivo. En el libro “Ideas”, Husserl (1949) presenta un párrafo en donde describe la actitud trascendental de la conciencia, como forma de superación de las ciencias naturales:

“La reflexión puede, sin duda, llevarlo a cabo todo y traerlo a la vista de la conciencia para que lo aprehenda; pero esto no basta para llevar a cabo una reflexión fenomenológica, ni para que la conciencia aprehendida sea la conciencia pura. Consideraciones radicales de la índole de las que hemos hechos son, pues, necesarias para llegar a conocer que hay, incluso que puede haber, algo así como el campo de una conciencia pura que no es parte integrante de la naturaleza, y que no lo es hasta el punto de que la naturaleza sólo es posible como una unidad intencional motivada en él por relaciones inmanentes. Consideraciones semejantes son necesarias para conocer, además, que semejante unidad se da y tiene que estudiarse teóricamente en una actitud enteramente distinta de aquella en que se tiene que estudiar la conciencia “constituyente” de esta unidad o sea toda conciencia absoluta. Las mismas consideraciones son necesarias, por fin,  para que en vista del miserable estado en que en vano nos esforzamos por hacer filosofía bajo el lindo nombre de una visión del mundo fundada en la ciencia natural, se ponga en claro que la investigación trascendental de la conciencia no puede significar una investigación natural, ni presuponer ésta como premisa, porque en la actitud trascendental que es propia de ella queda por principio colocada entre paréntesis la naturaleza” (117)

 

En lo esencial, la conciencia se convierte en el fundamento de la realidad. Todos los sentidos y definiciones que damos  a las cosas, son  creaciones en la intimidad de la conciencia.

 

García Bacca (1963) hace referencia a la capacidad creadora de la conciencia:

 

 

“Cuando espontáneamente, por la espontaneidad creadora de la conciencia, nos configuramos de modo que no nos interesa la realidad ni presente, ni pasada, ni futura, ni definir, ni valorar, sino simplemente el hecho de tener algo presente, estamos imaginando; nos hemos modalizados de imaginación; cuando nos automodelamos de modo que nos interese tener algo presente como afirmable, como afirmable en delimitación, estamos pensando.

Cada objeto puede constituirse de modo original por modificaciones de la conciencia, superponiendo, sintetizando, diversos modos de mi realidad consciente, --pensamientos, quereres, imaginaciones”. (p.225).

La fenomenología trascendental consiste en describir a la conciencia intencionada en sus diversas formas de concebir y crear el objeto de su conocimiento, trascendiendo lo dado en la experiencia. Se trata de abarcar el problema del conocimiento por el lado de la naturaleza esencial de la conciencia intencionada y trascender lo dado en el estado natural de la conciencia.

El conocimiento verdadero no se origina en el estudio de la cosa externa, no se alcanza leyendo el libro de la naturaleza. Todo lo particular se convierte en esencia, y toda esencia es creación íntima de la conciencia trascendental. Y es ahí en el estado trascendental de la conciencia donde se encuentra el punto de partida del conocimiento propuesto por el método fenomenológico.

 

 

           BIBLIOGRAFIA

 

HUSSERL. E. (1949) “IDEAS”  México. Ed. Fondo de Cultura Económica.

GARCIA. J.D. (1963) “ 7Modelos de Filosofar” Caracas. Ed. UCV.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL EXISTENCIALISMO: JEAN PAUL SARTRE

 

* Breves referencias biográficas

 

Jean Paul Sartre nació en la ciudad de Paris el 21 de junio de 1905. Sus padres fueron Jean Baptiste Sartre y Anne Maire Schweitzer. Su padre muere el 17 de septiembre de 1906 a causa de una fiebre asiática contraída en uno de esos viajes que realizó como oficial de marina. La muerte del padre es la primera experiencia cercana de la soledad, angustia y de la muerte. Ya desde sus inicios y despertar a la vida la muerte se hace experiencia existencial; es decir, Sartre es un niño huérfano de padre. La muerte no es un tema teórico, sino una experiencia vital y significativa.

Por otra parte, es conveniente hacer algún comentario sobre el matrimonio de los padres de Sartre. Este aspecto del primer matrimonio y del nacimiento de Sartre resulta un elemento interesante a resaltar.  Al respecto  Arenal (2005) nos comenta algunos aspectos de la vivencia de Sartre frente a su nacimiento, la figurea materna y el matrimonio de sus padres:

“En su autobiografía “Las palabras” cuenta Sartre cómo fue el fugaz casamiento de su padre Jean Baptiste Sartre y su madre Anne Marie Schweitze: “En 1904 en Cherburgo, siendo ya oficial de marina y padeciendo de las fiebres de Conchichina, mi padre conoció a Anne Marie Schweitzer, se apoderó de aquella muchachota desamparada, se casó con ella, le hizo un hijo al galope, a mí, y trató de refugiarse en la muerte. Él afirma que su madre cuidaba a su marido con dedicación, pero sin llegar a la indecencia de amarlo. No había conocido mucho a mi padre, ni antes ni después de la boda, y a veces tenía que preguntarse por qué a este extraño se le había ocurrido morir en sus brazos” (p.4)

A partir del año 1915 comienza sus estudios en el  Liceo Henri IV, de la ciudad de Paris donde conoció desde niño a su gran amigo el escritor Paul Nizan autor, entre otras obras de las novelas Antoine Bloyé (1933)  y La Conspiración (1938). Este amigo moriría  en la Batalla de Dunquerque luchando contra el ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial en el año de 1940. El mismo año en que es capturado y hecho prisionero Sartre. Así, el horror experimentado en la guerra le va formando en el absurdo de la existencia humana y en la seguridad lógica de la imposibilidad de la existencia de un Dios que permita tanta monstruosidad.

 

En el año de 1917 su madre Anne, quien se había vuelto a casar con Joseph Mancy,  a quien había conocido por ser amigo de su hermano George. Después del matrimonio se trasladan a la Rochelle, una ciudad francesa que estaba poblada aproximadamente por  cincuenta mil habitantes al principio del siglo XX. La Rochelle es un pequeño puerto de la fachada atlántica de Francia.

Es precisamente en este pueblo donde queda en manos de su abuelo materno Charles Schweitzer, quien  realmente le inicia en el camino de la intelectualidad y le guía en el descubrimiento y lectura de la literatura griega clásica, de los románticos europeos, para lo cual, el abuelo le inicio en el aprendizaje  elemental del griego y del latín.

A los 17 años obtuvo el diploma de educación secundaria baccalaureat y al igual que muchos jóvenes inquietos intelectualmente y de la clase media comenzó una carrera de formación universitaria en la École Normale Supérieure, donde curiosamente, a pesar, de tener inclinaciones hacia los estudios de filosofía, no le fue muy bien en los exámenes finales y quedó último en su promoción. Tal vez, se encontraba solo, y para él la soledad era el entorno  del sin sentido existencial, como síntoma del absurdo y de la muerte.

 

 

Sin embargo, por cosas del destino, quedar relegado y tener que postergar su carrera tuvo un aspecto de vital importancia, ya que así conoció a una joven estudiante de filosofía llamada Simone de Beauvoir, que era muy inteligente, hermosa y amable; se puede decir que la conexión entre ambos fue instantánea y duró para toda la vida. También conoció a Raymond Aron, Paul Nizan y  Maurice Merleauu-Ponty, entre otros. Definitivamente fue una época de crecimiento intelectual y de compañerismo importantes en su crecimiento personal y filosófico.

Por  cuestiones políticas y el ambiente de guerra  de la Europa de la época, el servicio militar era obligatorio. Así, Sartre comenzó el servicio militar en el año 1929 y duraría 18 meses. Al terminar, le ofrecieron su primer cargo como profesor en el Lycee (escuela secundaria) en el noroeste de Francia. Al mismo tiempo, Simeone entró a trabajar en un Lycee en Marsella al sur de Francia.

Sin embargo, ni siquiera la distancia pudo separarlos, cada vez que podían se encontraban con todos sus compañeros para compartir sobre las investigaciones filosóficas y para beber cerveza. De hecho, fue durante uno de estos encuentros, cuando el amigo de ambos Raymon Aron, invitó a Sartre a estudiar fenomenología en Alemania. La fenomenología era la filosofía nueva, que se oponía a todo lo viejo, hediondo a escolástica.

 

A Sartre le pareció interesante la idea de conocer las nuevas corrientes fenomenológicas. Le fue otorgada una beca en el año 1932, y en septiembre de 1933 viajó a Berlín a estudiar la filosofía de Edmund Husserl, con quien compartió experiencias durante un año, y donde aprovechó todo cuanto pudo para asimilar los principios elementales de la fenomenología, de la cual captó con mayor intensidad el aspecto existencialista de la misma.

Después de sus estudios de fenomenología comenzó su producción bibliográfica. Efectivamente, los años previos a la segunda guerra mundial fueron demasiado productivos; muchos jóvenes intelectuales sabían que la guerra era un hecho inminente, que era cuestión de tiempo; por  tanto, se dedicaron a escribir con mayor intensidad.

 La existencia, la duración vida biológica no era prometedora, sino angustiante y absurda. La guerra destruía la posibilidad de tomarse en serio los proyectos de vida personales y familiares.

En cuanto a la producción literaria y filosófica,  Sartre publicó  La Psicología de la Imaginación (1936), La Trascendencia del Yo (1937) y La Náusea (1936), su obra literaria más conocida. Al principio existió una línea extremadamente delgada que separaba las cuestiones filosóficas propuestas por la fenomenología y los temas relacionados con la psicología.

El 21 de junio de 1940 los alemanes lo toman prisionero. Parecer que durante la estadía en prisión no se bañaba, ni se afeitaba, por lo que se hizo la fama de sucio y descuidado; tal vez una muestra externa de la angustia y la apatía que sentía frente al absurdo de la vida del ser humano. La muerte real y concreta de amigos y compañeros era un hecho cotidiano y por motivos irracionales. En efecto, durante este año de prisión comenzó a desarrollar y a escribir su obra central: El Ser y la Nada, que terminará en plena guerra en el año 1943. No es difícil comprender el ánimo existencial que le inspiró para escribir esta obra de ontología fenomenológica.

Logra escapar en marzo del 1941, gracias a un soborno aceptado por algunos soldados alemanes. Aprovecha y se esconde en Paris, cambiando radicalmente su aspecto físico con la intención de no ser reconocido, tiene suerte y logra retornar al cargo de profesor que tenía antes de la guerra. 

 

Al igual que otros intelectuales, se siente comprometido con la causa de su país, que permanece invadido por los alemanes, y conforman un grupo al que llaman “socialismo y libertad”. Este grupo se disuelve casi al nacer, pero es el primer contacto serio que Sartre tiene con algunos intelectuales de izquierda, quienes ven en el desarrollo del capitalismo la causa de las guerras mundiales.

Las ideas de sus obras, especialmente, las escritas desde la perspectiva existencialista, conmovieron la vida intelectual de los jóvenes de Paris, quienes captaron de inmediato en estos escritos, un modo distinto de hacer filosofía. Así, de pronto, el existencialismo se puso de moda, ya que se adaptaba el clima de muerte y sin sentido que dejaba a su paso la segunda guerra mundial. Sartre fue invitado a varios países a dictar conferencias sobre el tema y el contenido de su fenomenología existencial. Además, sus ideas se difundieron a través de la nueva revista que había fundado  Les temps moderns.

En esta época, Sartre entabló amistad con Maurice Merleu Ponty quien le inspiró a  revivir la tendencia política hacia la izquierda marxista. Y esta vuelta hacia el marxismo, le lo separó del desarrollo de la filosofía existencialista, justo en el momento de mayor auge de la misma, ni siquiera terminó la esperada segunda parte del Ser y la Nada. De pronto, una nueva corriente filosófica: El Estructuralismo, más adaptado al estudio de lo social comenzó a llenar el vacío intelectual dejado por el abandono del existencialismo.

 

 De hecho, el pensamiento existencialista comienza a ser sólo un recuerdo nostálgico, calificado de burgués y de caprichoso por los nuevos científicos sociales estructuralistas y marxista.

Como es conocido, en 1960 sale a la luz el primer volumen de ese gran esfuerzo intelectual por construir una epistemología dialéctica de corte marxista: Crítica de la Razón dialéctica. Prometió presentar el segundo volumen, pero no lo logró. Sartre tenía sensibilidad por la justicia social, pero no pudo convertirse totalmente al marxismo, simpatía política que abandonará definitivamente en los principios de los setenta. Siempre prefirió la vida bohemia. Por otra parte, a Sartre se le concedió el premio Nobel de literatura en 1964, que rechazó por motivos políticos. Sartre no quería ser un pensador que apoyase al sistema imperialista capitalista, y aceptar el premio Nobel lo hacía cómplice del estado de injusticia social generado por el sistema social de la cultura occidental.

Finalmente, su salud se vino abajo, bebía y fumaba demasiado. Jean Paul Sartre murió el 15 de abril de 1980 envuelto en vida y pensamiento en su filosofía existencialista, la cual, de hecho, jamás abandonó. Como un resumen y esquema de la vida y obra de Sartre, se presenta una breve cronología biográfica al respecto:

·         Nace en Paris el 21 de junio de 1905

·         Su padre muere a causa de una fiebre en el año 1906

·         Sartre sufre leucoma, manchita blanca en la córnea transparente del ojo, que corresponde a una opacidad de esta con pérdida de su sustancia, y pierde algo de visión.

·         En 1915 estudia en la Escuela Enrique IV de Paris

·         Su madre se casa con Joseph Mancy en 1916, y la familia se traslada a la Rochelle.

·         En el año 1924 se matricula en la Escuela Normal Superior de Paris, en donde estudia filosofía y conoce a sus mejores amigos, entre ellos a Simone de Beauvoir.

·         En 1926 termina su tesis, que luego da origen a su libro La imaginación

·         En 1928 es colaborador de la traducción de la obra K Psicopatología general, de alemán Karl Jasper.

·         En 1931 es nombrado profesor de filosofía en la Haya

·         En 1932 obtiene una beca para estudiar la fenomenología de Edmund Hussel y  Martín Heidegger en Alemania.

·         En 1936 publica sus dos primeras obras: La Imaginación; y la Trascendencia del Yo.

·         Publica su obra más conocida  La Náusea, en el año 1938.

·         En 1943 publica El ser y la nada. Conoce a Albert Camus

·         En 1945, finalizada la segunda guerra mundial, junto a Merleau Ponty funda la revista Les Temps Modernes.

·         En 1948 publica ¿Qué es la literatura?

·         Publica El Diablo y el buen dios. En 1951.

·         En 1952 ingresa al partido comunista francés

·         En 1960 edita Crítica de la Razón dialéctica.

·         En 1964 publica  Las Palabras. Recibe el premio Nobel de literatura, el cual rechaza.

·         En 1971 publica el Idiota de la Familia. Sufre dos ataques cardíacos, y queda casi ciego al padecer hemorragia en su ojo sano.

·         Muere en París el 15 de abril de 1980.

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 Reflexión sobre la fenomenología existencia de Jean Paul Sartre

 

 

La filosofía existencialista coloca en  el punto de partida de sus propuestas filosóficas la pregunta por el ser de las cosas, desde una perspectiva fenomenológica; parte de una opción epistémica y ontológica. Se cuestiona  la realidad objetiva y externa a la conciencia, y se cuestiona la naturaleza ontológica del sujeto, en cuanto conciencia que da sentido humano al objeto externo.

El existencialismo propuesto por Sartre es una mirada fenomenológica  del ser desde las diferentes perspectivas posibles, en que pueda ser abarcado por la conciencia. En efecto,  en todas las cosas que nos rodean: la silla, la mesa, el árbol, el hombre, el mar, la soledad, la angustia, la muerte, el cadáver, el niño, la niña, la lluvia, la guerra, la sociedad,... siempre existe un elemento común, por muy distinta que sea la naturaleza del objeto en cuanto fenómeno que aparece frente a una conciencia. Esto que tienen en común y en igual medida todas las cosas que nos rodean  es el  “ser”: la silla es, la mesa es, el árbol es, el hombre es, el mar es, el cadáver es, la muerte es, el niño es, la madre es, etc.

Sin embargo,  aunque el ser es común a todas las cosas que nos rodean, no es captado de una forma “clara y distinta” en la experiencia cognitiva. Si tratamos de buscar lo específico de ese ser  en las cosas concretas, nos defraudamos. Por más que se busque captar  el ser en el agua del mar, sólo podrá encontrarse agua salada; el ser del mar se me escapa,  no se puede distinguir el ser  como existiendo aparte del agua salada.

Lo mismo pasa con todas las cosas que nos rodean; tienen el ser, pero no lo muestran. Ese elemento que le otorga el ser a cualquier elemento objetivo o subjetivo se encuentra frente a frente con nuestra conciencia, pero no se deja atrapar, no se puede definir, sino a través de absurdas tautologías lógicas. El ser de una obra de arte, el ser de la montaña, el ser del amor, el ser del concepto, el ser de un hombre muerto por un par de zapatos, todo aquello a lo que le podemos atribuir el ser simplemente se encuentra arrojado como un algo raro y extraño a la conciencia.

Ante esta realidad, el existencialismo sostiene que las cosas “son”; pero el ser de las cosas  no puede conocerse directamente a través de la experiencia sensible, ni puede ser definido a través de un proceso de abstracción de esencias objetivas que permitan la elaboración de conceptos y la construcción de juicios lógicos.

 

 La experiencia sensible me relaciona con las cosas, pero no con ese presente pero desconocido elemento común en todas las cosas que llamamos ser, objeto de estudio de una disciplina filosófica como lo es la Ontología. El ser  en sí mismo no es captado a través de los sentidos, solamente podemos captar las cosas en su pluralidad, como siendo distintas.

No es lo mismo el señor Pedro, que el cadáver de Pedro, aunque entre ambas realidad solamente haya transcurrido diez minutos de diferencias. Y si ni siquiera podemos captar la igualdad en el ser entre el señor Pedro, a quien se acaba de saludar, y pasado algunos momentos transformado en el cadáver de Pedro; menos se podría captar el ser como elemento común  entre una gotas de lluvias y una bala asesina. Todo está ahí, lo podemos tocar, describir, imaginar, todo menos aquello que le da el ser.

Por otra parte, cuando  me coloco, supongamos, frente a un viejo que pide dinero para comer, y digo: “el hambre es...”, hago una afirmación que supone, que yo sé y estoy consciente de que el hambre “es”. En el acto de tomar conciencia de que el hambre “es”, se establece una relación de conocimiento entre el sujeto y el fenómeno del hambre. Esta experiencia implica la existencia del ser propio del  sujeto que conoce y el ser del hambre que es conocida.

 

La pregunta es ¿cómo puedo captar el hambre? Me explico, lo que realmente veo es a un anciano casi calvo, con el rostro aburrido y cansado, con la mirada opaca, con un caminar demasiado lento y adolorido como quien espera morir, un anciano de mano temblorosas, de voz alcohólica, que ni siquiera tiene ganas de hablar, solamente extiende una mano con la esperanza de recoger algunas monedas; sin embargo, ahí estaba el hambre.

 Lo mismo puede decirse de los cuatros niños que esperan que el papá aparezca con una bolsa llena de panes y dos litros de leche para cenar. Están ahí sentados, mirando la vieja televisión. No tienen reloj, pero saben la hora, el más pequeño le dice a la mamá que tiene hambre; la madre le dice que pronto llegará el papá con la comida. Son niños, no se están muriendo, luchan por vivir, están creciendo como pueden; pero ahí, en la espera del papá que les traerá pan y leche como siempre lo hace, en esos rostros y en el niño que llora está la misma hambre que se ve en la cara del viejo que pide para comer. En el viejo y en los niños de aquel barrio está la misma hambre de siempre frente a la conciencia que mira y recuerda.

 Cuando veo  un rostro, establezco una relación de conocimiento, en donde me descubro como sujeto que conoce, y como un ser distinto al rostro del otro. Descubro que entre es rostro ajeno  y yo existe una distancia, que  permite  diferenciar entre el sujeto y el objeto, como fundamento de la posibilidad de una relación de conocimiento.

Efectivamente, el sujeto y el objeto se presentan como dos polos distintos, que no pueden ser reducidos a una sola realidad; siempre habrá un sujeto distinto a un objeto que es conocido. El conocer como acto es único, un solo movimiento, un solo momento, pero siempre de dos elementos: sujeto y objeto. El sujeto es sujeto, y el objeto permanecerá siempre como objeto. La distinción es la única posibilidad ontológica del conocimiento del fenómeno.

De hecho, la conciencia  existe en sí misma como posibilidad y sujeto del conocer, posee su propio ser, la conciencia es en sí un ser. Y  el ser del objeto es en sí, sin necesidad de la conciencia. El objeto en cuanto ser no tiene nada que ver con la existencia de ningún tipo de conciencia. El objeto es ser en sí mismo totalmente arrojado en el mundo, sin ningún sentido, y sin ninguna necesidad ontológica o metafísica de ser conocido o interpretado por una conciencia como condición de su propia realidad como ente del universo. El objeto es un ser en sí mismo y punto.

 Ahora bien,  el existencialismo coloca la ontología de la conciencia absolutamente distinta a la realidad ontológica del objeto. Esta independencia ontológica entre el ser de la conciencia y el ser del objeto se convierte en el fundamento de la libertad del ser y del hacer de la  conciencia en cuanto sujeto. De este modo,  la conciencia en cuanto acción de conocer es en sí misma acción libre y no sujeta a ninguna naturaleza del objeto a conocer. 

En efecto, este ser independiente de la conciencia hace del hombre un ser absolutamente libre, condenado a elegir; por tanto, estructuralmente ético y responsable de su existir personal y social. Efectivamente, el un hombre es un ser indeterminado, no acabado, no preelaborado; es un ser en caminos de libertad.

De allí pues, que el conocimiento sólo es posible si existe “distancia” entre la conciencia y el objeto.  El ser de la conciencia es distinto al ser del objeto. ¿Qué significa todo esto? Para conocer, el sujeto se coloca a distancia del objeto, fuera del objeto, distinto al objeto,  con una forma de ser no idéntica al modo de ser del objeto.

Por tanto, al ser del objeto, sólo se le puede conocer desde el no-ser del mismo. Es una posición epistémico en donde conciencia y objeto nunca podrán coincidir, y esa no coincidencia es la condición de existencia de la conciencia que se descubre como distinta al objeto en cada acto de conocimiento.

Evidentemente,  cuando afirmo que la silla “es”, afirmo que yo no soy silla. Así pues, se hace referencia al ser de la silla y al no-ser de la silla. Al ser del objeto se le conoce siempre desde su no-ser. Hasta aquí nos hemos encontrado con tres elementos distintos presentes en el acto cognitivo: el objeto, el sujeto y el no-ser.

 Por consiguiente, las cosas son externas a la conciencia. Pero, el ser de las cosas no es captado de manera directa  por  la  conciencia  a  través  de   los  sentidos.  ¿Cuál es, entonces, el objeto del conocimiento aprehendido de forma inmediata por la conciencia a través de los sentidos? : Sería simplemente aquello que aparece ante ella. Es decir, “El fenómeno”.

El ser de las cosas que aparece  como objeto del conocimiento inmediato para la conciencia es el fenómeno, un ser para la conciencia. Lo que Sartre llama “el para-sí”, que es distinto al ser en sí del objeto que es  opaco, indeterminado  y oscuro.

De esta manera, cuando el sujeto se coloca frente a un objeto y afirma su ser, “el lápiz es”, se entiende por fenómeno la forma en que el lápiz aparece ante el sujeto, sería lo que realmente capta el sujeto y lo puede describir como algo externo y ajeno a la conciencia.

 El fenómeno es el objeto del conocimiento tal cual como aparece para la conciencia. El fenómeno, en cuanto es lo que aparece, hace referencia necesariamente a una conciencia que lo capta. El ser del fenómeno se fundamenta en el ser de la conciencia. No puede existir fenómeno sin conciencia. En efecto, el ser del fenómeno es un ser para la conciencia, y  a la inversa, la conciencia intencionada hace referencia al fenómeno, y no al ser en sí de la cosa, que siempre es externo a  ella. El fenómeno se presenta como el objeto del conocimiento empírico y racional. El ser en sí de la cosa permanece fuera de la conciencia y no es percibido por la experiencia empírica, ni por la racionalidad, el conocimiento es fenomenológico.

 Ahora, los elementos presentes en el proceso cognitivo son cuatro: el ser en sí de la cosa, el no-ser, la conciencia, y el fenómeno. De  estos cuatro elementos, tres hacen referencia a la conciencia: el no-ser, el fenómeno y  la conciencia. ¿Pero, el ser en sí de las cosas?

Sartre llama al ser de la cosa, “el ser en sí”, lo material. La silla que tengo frente a mí posee el ser en sí en cuanto es materia, cuyo ser lo es sin relación a la conciencia, y  su ser en sí no puede ser reducido a un estado de conciencia. Cuando digo que la silla es, lo que conozco en realidad es el fenómeno, y no el ser en sí de la silla, el cual permanece  indiferente a la actividad cognitiva del sujeto.

El ser en sí de la cosa no le es dado a la conciencia de forma inmediata, entonces, ¿cómo es posible afirma su realidad, si lo único que se percibe es el fenómeno?, ¿es el fenómeno una mentira, una ilusión, una creación, un invento? Lo que ocurre es que  el fenómeno es el ser del objeto en cuanto captado por una conciencia; y el ser en sí es el ser tal cual como es en sí, sin necesidad de ser captado por una conciencia.  Al ser en sí nos acercamos en la medida en que se establece su diferencia con el fenómeno.

El fenómeno, en cuanto es captado por una conciencia, se hace dependiente, en su propio ser, del ser de la conciencia que lo percibe. Se encuentra bajo los límites del sujeto que lo percibe, conformando la naturaleza intencionada de la conciencia.

Cuando veo la mesa que está frente a mí, lo que capto en la conciencia es el fenómeno de la mesa elaborada por el intelecto gracias a los estímulos externos recibidos por los sentidos receptores del ser humano, pero la forma de aparecer del fenómeno está condicionada por las vicisitudes  de la misma conciencia del sujeto: enfermedades, nivel cultural, edad, pueblo, sociedad, vivencias, motivaciones, intereses, etc.

El fenómeno en cuanto es percibido por una conciencia, se hace relativo a las condiciones concretas del sujeto.  El ser en cuanto fenómeno siempre es relativo a la conciencia.

Pero el ser en sí, en cuanto  externo e independiente de la conciencia,  es absoluto. No depende de ninguna conciencia, ya sea inmanente o trascendente, finita o infinita, para ser lo que es. Se basta a sí mismo.

Eso es precisamente lo que significa ser en sí.  Foulquie (1948) en su libro “El existencialismo” expresa esta naturaleza particular del ser en sí: “A primera vista lo en sí constituye la plenitud del ser. Lo en sí es macizo, sin vacío alguno, es desprovisto de conciencia. En-sí, significa idéntico a sí mismo” (p.97)

El ser en sí, al no depender de la conciencia, no está rodeado de ese no-ser, o esa  nada que permite el conocimiento.  El ser en sí resulta ser compacto, macizo como una bala de cañón, sin vacío, lleno de sí mismo e impenetrable.

 Sartre (1960),  en su libro, “El ser y la nada” define al ser en sí: “El ser en sí está pleno de sí mismo, y no cabe imaginar plenitud más total, adecuación más perfecta del contenido al conteniente: no hay el menor vacío en el ser, la menor fisura por la que pudiese deslizarse la nada” (p. 124)

 El ser en sí no es objeto del conocimiento racional, condicionado por  las leyes de la lógica. Como el ser en sí, lo es sin necesidad de la conciencia, lo es sin necesidad lógica, el ser en sí carece de razón de ser.  Verneaux (1968) en su texto de “Historia de la filosofía contemporánea”, haciendo referencia al existencialismo de Sartre, describe la naturaleza del ser en sí: “El ser es, pues, un puro hecho, sin causa y sin razón. Por lo tanto, en términos lógicos diremos que es contingente, y en lenguaje literario que está de sobra” (p. 235)

La consecuencia más obvia de la ontología del existencialismo fenomenológico de Sartre, consiste en declarar que el mundo exterior, las cosas en cuanto son en sí están de más y carecen de cualquier orden de existencia, y su valor se reduce a la valoración relativa a una conciencia.

Ahora bien, del hecho epistémico trasciende a la valoración ética. Lo que es aplicable al mundo de los objetos, será apropiado para el ser de cualquier persona, en cuanto que todos somos materia y ser en sí, el objeto está de sobra, el hombre carece de sentido, es una pasión inútil; es decir, está de sobra.

El en-sí es caos absoluto e impenetrable, carece de valor, no puede ser objeto de valoración. Y en el caso de que el mundo sea valorado, no sería más que una ilusión o enajenación de la conciencia subjetiva. “El mundo está de sobra”, parece la frase valorativa de la realidad propuesta por este existencialismo sin lógica racional. De este modo, se llega al extremo contrario de la tesis de Parménides de la identidad entre pensamiento lógico y ser; y se propone la imposibilidad de la identidad entre pensamiento lógico racional y ser.

Ahora bien, frente a un mundo externo a la conciencia que está de sobra, que no necesita de la conciencia para ser lo que  es en sí, ¿cuál es el papel del sujeto?, ¿cuál es la tarea del hombre histórico?, ¿qué es la ciencia? Por lo demás, aunque el ser en sí es compacto e impenetrable, resulta claro que podemos por lo menos afirmar su realidad, ¿cómo es posible tener contacto con un ser impenetrable por la razón? La opción de Sartre partirá de una descripción fenomenológica del hacer de la conciencia.

Cuando se dice, “la mujer es”, se implican dos cosas, primero, saber que la mujer es. Segundo, saber que se sabe que la mujer es. Este segundo saber, indica que todo conocimiento implica saber que se conoce. Siempre que conozco estoy consciente del hecho del acto cognitivo como actividad personal. No sólo se es consciente del contenido del objeto del conocimiento, sino también del acto mismo de conocer. Conocer implica estar consciente del acto cognitivo como un hecho personal y solitario.

El conocimiento es cuestión de conciencia. Al decir, “conozco la violencia”, puede ser transformado por la afirmación, “tengo conciencia de que conozco la violencia”. El objeto “violencia” aparece en la conciencia. La violencia existe para mí, solamente en la medida en que aparece en mi conciencia, aparece como fenómeno, que puede ser dibujado como cosa externa que me impresiona.

Pero al mismo tiempo, mi conciencia existe en la medida en que es conciencia de algo, la forma de existencia de la conciencia es siendo intencionada, en el sentido de no ser idéntica a su objeto de conocimiento. Pero está intencionalidad de la conciencia solamente es posible en cuanto es impresionada por un objeto o por un hecho concreto y determinado. La intencionalidad puede ser sufrida por la conciencia.

Tener conciencia del acto cognitivo, implica la separación radical de la conciencia con el objeto externo a la misma. Coplestón (1959), en su texto de “Filosofía Contemporánea”,  haciendo referencia al existencialismo de Sartre, expone la naturaleza de la conciencia: “Como hemos visto, la conciencia es siempre conciencia de algo. Implica, por tanto, distancia de algo, o negación de algo. La conciencia es separación-de “(p. 9).

Ser consciente, implica de hecho,  que no hay identidad posible entre la conciencia y ese “algo”.  La conciencia se coloca fuera, a distancia; lo hace objeto.

Cuando digo “la violencia es”, soy consciente del ser de  la violencia, la tengo frente a mí, como algo distinto a mi subjetividad, es lo que aprehendo, lo extraño; lo otro. La violencia es el otro, con su cara de dolor, de rabia, con sus manos llenas de sangre, de odio, de rencor. La violencia impresiona la conciencia desde el rostro humano del otro. La violencia es un hecho, es una amenaza y está ahí en la mirada del extraño, en la sangre del asesinado, la violencia es Caín y es Abel.

La conciencia siempre lo es de algo; es decir, la conciencia siempre es conciencia del ser, y ser conciencia del ser es colocarse a distancia del ser, diferenciarse del ser, hacerse distinto al ser, colocarse fuera del ser; surge la pregunta: ¿qué separa a la conciencia del ser?: La Nada.

La conciencia, al ser conciencia del ser, aunque sea del ser en cuanto fenómeno, se hace distinta al ser. Ser consciente es tener conciencia de la posibilidad de no identificarse con el ser, saberse diferente del ser. Aunque siempre la conciencia implica relación con el ser, siempre se es consciente de algo; es decir,  del ser, y nunca se es consciente de la conciencia en sí misma. La conciencia siempre está intencionada por el ser, que es lo otro, lo distinto, lo no idéntico. La conciencia nunca se descubre a sí misma, nunca está intencionada por sí misma. La conciencia se presenta como un vacío en donde se refleja el ser. Mientras que el ser-en-sí es compacto e idéntico a sí mismo; la conciencia es vacía y nunca idéntica a sí misma.

La conciencia se presenta como no idéntica a sí misma, como lo que ella no es, trata de encontrar su propia identidad, se busca constantemente a sí misma, aunque esta búsqueda sea  eternamente frustrada.  Esta búsqueda de sí misma, coloca a la conciencia en una actitud interpretativa de la realidad, como identificando a cada objeto, como la que da sentido a todo lo que le rodea. Este dar sentido es su necesidad existencial.

Precisamente, en este mismo acto, al descubrirse  siempre intencionada por un objeto distinto a ella misma,  al que identifica y da sentido; también descubre en ese objeto, su propio no-ser; su propia nada, como condición de su ser. La conciencia se descubre como dadora de sentido y como creadora de su propia nada, se puede decir que la libertad de la conciencia significa perseguirse a sí misma en una carrera de antemano frustrada y absurda, así es la libertad fundada en la ontología nihilista de la conciencia.

Por otra parte, ¿Cómo puede una conciencia nihilizadora, vacía en sí misma, sin posibilidad de identidad, llegar a percibir el ser-en-sí?  La percepción de la realidad externa es un hecho, pero, ¿cómo ocurre el contacto entre la conciencia y el mundo exterior?; y desde el punto de vista epistemológico, ¿cuál es valor del conocimiento adquirido a través de esta percepción?

 

Recordemos que el ser-en-sí existe sin necesidad de una conciencia. El ser-en-sí es materia pura, algo macizo, sin forma, sin sentido, sin razón de ser, que está de sobra... Una silla, un lápiz, el árbol; todas  las cosas  siempre aparecen encerradas en un nombre; se presentan como objetos con formas y características determinadas por una conciencia. Sin la conciencia, las cosas pierden su nombre y su sentido;  y serían materia oscura e impenetrable. La conciencia ilumina al ser. Las cosas sin la conciencia no tendrían orden lógico.

De hecho, el ser-en-sí es caótico. La conciencia, desde el no-ser, desde la nada, recorta y determina al ser en objetos con nombres y les otorga sentido racional. Paradójicamente, nuestro mundo surge de la nada propia de la conciencia.

Cuando la conciencia percibe un objeto, ocurre un doble movimiento, en primer lugar, aparta el objeto del ser-en-sí general y único  y lo convierte en  una cosa  con forma propia, le otorga límites, lo recorta como si fuese algo distinto al resto del ser material; y en segundo lugar, le da un nombre y un sentido, haciéndolo racional y lógico. Es un movimiento positivo, en donde la conciencia aísla a un objeto del resto de las cosas, para conformarlo según la lógica racional que constituye su naturaleza en función de la comprensión del mundo externo.

Segundo, la conciencia ignora al resto del ser, lo envía a la nada, lo nihiliza para poder conocer al objeto como un ente en sí.

 Es decir, en el acto de conocimiento de un objeto al que se le determina y se le da un sentido, en ese acto el resto del universo es igual a la nada. La percepción solamente puede realizarse gracias a la capacidad nihilizante de la conciencia, que le permite aislar a un objeto del resto del ser-en-sí.

La otra condición de la percepción es la existencia en-sí del objeto. La conciencia ilumina al ser, le da un sentido. Paradójicamente,  la nada es la luz  y el ser-en-sí es la oscuridad. Pero la realidad del ser no se reduce al pensamiento. La conciencia no es el fundamento de la existencia del ser-en-sí. El hombre no crea al ser, se encuentra con la realidad.

Por  tanto, lo que ocurre es que la conciencia no llega al ser-en-sí  en la misma forma en que llega al fenómeno. El fenómeno aparece como un ser para la conciencia, el fenómeno es racional, como envuelto de una cierta racionalidad que lo hace comprensible.

El fenómeno tiene explicación, razón de ser, tiene causa y efecto; encaja perfectamente dentro de los parámetros de la conciencia lógica racional y empírica.  Pero el ser-en-sí es tal cual, en cuanto que no es para una conciencia, esto lo hace inaccesible para la misma, por lo menos, en cuanto a una  conciencia lógica  racional.

 

 

Pero es bueno aclarar un punto central en el problema del conocimiento planteado por Sartre: la conciencia no se reduce a la actividad racional; es decir, racionalidad lógica y conciencia no se identifican plenamente, en el conocimiento del fenómeno se dan dos hechos: La intuición y la racionalidad. La conciencia no construye el fenómeno, sino que va hasta el objeto, y éste se hace presencia directa. Es decir, el objeto es intuido por la conciencia, o como afirma Sartre (1966) en su obra, El Ser y la Nada:

“No hay conocimiento sino intuitivo. La deducción y el discurso, impropiamente llamados conocimientos, no son sino instrumentos que conducen a la intuición (…) Y, si se pregunta qué es la intuición, Husserl responderá, de acuerdo con la mayoría de los filósofos, que es la presencia de las cosa en persona a la conciencia. El conocimiento pertenece, pues, al tipo de ser que describíamos en el capítulo anterior con el nombre de “presencia a…” Pero hemos establecido, justamente, que el en-sí no podía jamás ser presencia por sí mismo. No vemos, pues, obligados a invertir los términos de nuestra definición: la intuición es la presencia de la conciencia a la coz”. (p.235)

Se explica, que durante la intuición, la conciencia  “siente” la presencia del objeto, de esta manera se abre una puerta hacia el ser-en-sí, por lo menos se puede sentir su presencia. ¿Cómo es posible la percepción del ser-en-sí a través de la intuición?

La única manera es “borrando” del fenómeno todos los elementos de racionalidad, desnudarlo,  quitarle la pintura, despojarlo hasta del nombre. Nuño, J. (1971), en su texto “Sartre”, plantea el despojo que en la intuición se le hace al ser del fenómeno hasta desnudarlo completamente:

“Si se persigue la experiencia metafísica que, a la larga, conduce a la náusea, lo primero que pasa es que las cosas se liberan de sus nombres. Y, por lo tanto, el hombre, conferido de sentido por medio de las palabras con que se tapa la inerte existencia, queda rodeado de cosas en estado de puras cosas”. (p. 21)

El  hombre solamente puede captar el ser en sí, desde una experiencia extraña, a la que Sartre llama: “Náusea”. Este sentimiento es la forma intuitiva de captar el ser sin el sentido racional que  le proporciona la conciencia. Por tanto, es una experiencia extraña fuera de lo común y desde esta extraña náusea, el hombre se encuentra inmerso en un mundo, o en una realidad carente de sentido, de    seres monstruosos, deformes, “que están de sobra”. En esta experiencia de encontrarse en un mundo sin forma y sin sentido, capaz de producirle náuseas, el hombre siente una angustia profunda, que se convierte en la mayor sensación de soledad que alguien pueda imaginar: un universo solitario, en donde el hombre sería la nada de un planeta insignificante; el hombre se convierte en un niño que llora en la soledad de un cuarto oscuro e infinito. Es como  si toda la vida anterior hubiese sido un sueño.

De pronto, las cosas pierden sus nombres y sus relaciones, ya no existen clavos y maderas para formar una silla. Todo se reduce a un simple estar de cosas deformes.

Por eso, este estar sin más, sin ser algo determinado, se llama “existencia”, mientras que las cosas determinadas y aisladas, con  un nombre que le dé sentido, se llama “esencia”. Sartre reduce, de esta manera, la existencia al mero hecho de “ser ahí”. En cambio, que la esencia se refiere al sentido que la conciencia otorga a la cosa, el “ser así”. Así, pues, la existencia precede a la esencia. Primero es el “ser ahí”, que el “ser así”. Sin duda, que la esencia “hombre” se da en la existencia concreta y cotidiana de cada persona, cada cual construye su esencia nunca acabada, “el hombre es una pasión inútil”.

En la intuición descubrimos que las cosas no poseen, en cuanto  ser-en-sí, esencia alguna, solamente están arrojadas sin poseer ninguna determinación. La náusea proviene del acecho de la existencia, y la angustia proviene al descubrir que la realidad no tiene sentido, en cuanto  es ser-en-sí, en saber que el sentido de la realidad es cuestión de la conciencia  que enfrenta a las cosas, sin contar con ningún criterio exterior a ella misma, que le sirva como postulado para darle sentido a la realidad.

 

Ahora bien, resulta imposible vivir en una eterna náusea, esta experiencia, que es la única que nos permite intuir al ser-en-sí, no es espontánea, se llega a ella solamente a través de la opción existencialista  epistemológica. Las cosas que nos rodean tienen un nombre que las identifica, poseen una esencia determinada que les da un sentido aparente, y esto se da, porque es propio de la conciencia humana escapar del absurdo. La conciencia tiene por necesidad que darle un nombre y un sentido a todos los objetos.

En el fondo, todo lo anterior indica que el hombre está obligado a elegir constantemente el sentido de la realidad, esta es la función de la razón, para esto surgen las esencias. Esta elección, la realiza el hombre sin tener ningún parámetro exterior a él mismo, la ética  y la moral es opción personal, sin ninguna regla previa, sino una libertad absoluta que no lleva jamás al compromiso con el otro, sino a la vida solitaria y absurda en espera de la muerte. La conciencia está condenada a la elección eterna del sentido.

¿Y la esencia de la conciencia? La conciencia se percibe como lo distinto al ser-en-sí, nunca llega a identificarse con el ser-en-sí. Lo que indica, que el ser-en-sí no constituye la naturaleza de la conciencia. Por otra parte, la conciencia tampoco puede ser quien origina su propia esencia, resultaría absurdo que se conciba a sí misma antes de existir.

 

 La conciencia en cuanto tal, no posee una esencia determinada, se descubre como un vacío incapaz de ser objeto de su propia actividad cognitiva, siempre está intencionada por lo otro, lo diferente, condenada a la presencia de lo extraño. Y lo extraño produce angustia y terror por ser desconocido y opaco.

 Esta nada del hombre se manifiesta en su sentimiento de angustia y soledad. El libro es un libro, pero, ¿el hombre, qué es? El hombre se ve arrojado a elegirse constantemente a sí mismo sin ningún destino, y sin ninguna posibilidad de éxito. El hombre está condenado a ser libre para la muerte, para lana, para la desesperanza, para el absurdo.

 En el fondo la ética y el compromiso social carecen de sentido, ya que no tiene finalidad. El mismo hombre es un proyecto condenado al absurdo, qué razón fundamenta una opción moral o política cualquiera. Por otra parte, el otro  al conocerme me convierte en objeto, en un ser en sí, sin sentido y sin razón, “el otro es el infierno”, frase que condensaría las opciones epistemológicas y antropológicas de la fenomenología ontológica de Sartre.

 

 

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

 

Arenal, H (2005) A la búsqueda de un ídolo caído. (Documento en Línea) La Jiribilla (Revista digital cubana) Disponible en: http www.lajiribilla.cu

 

Coplestón, F (1959) Historia de Filosofía. México.Ed.Fondo de Cultura Económica

 

 

Foulquie, R (1948) El Existencialismo. México. Ed. Fondo de Cultura Económica.

Sartre, J (1966)  El ser y la Nada. Buenos Aires- Argentina: Losada

 

Verneaux, R (1968) Historia de la Filosofía Moderna. Barcelona-España: Herder

 

Nuño, J (1972) Sartre. Caracas- Venezuela: UCV

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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FUNDAMENTOS DE “LA HISTORIA DE VIDA” COMO ESTRATEGIA DE INVESTIGACIÓN

 

RESUMEN

La Historia de vida se presenta como una opción válida para el estudio de la cultura popular que se vive en los personajes de los barrios marginales de las ciudades más importantes de Venezuela. En este sentido, se presenta una fundamentación ontológica centrada en la concepción de una realidad material compleja en sí misma, y que por lo tanto, no puede ser abordada satisfactoriamente desde una concepción atomista y mecánica propia de la mentalidad racional y analítica de la Modernidad.  Por otra parte, se entiende que la realidad, en su complejidad trasciende la lectura “objetiva racional” de la Modernidad y se propone la Hermenéutica como opción epistemológica, de modo especial, en el área de las ciencias sociales. Y es desde estas dos opciones cuando cobra sentido La Historia de vida como estrategia metodológica.

Palabras Clave: Complejidad, Hermenéutica, Historia de Vida

*  La complejidad como opción ontológica

El método de investigación es una opción epistemológica que se hace desde un fundamento ontológico. Es decir, desde una determinada concepción de la realidad, o del ser en sí del universo. Por tanto, el  método supone mucho más que la simple elección de “pasos” que facilitan el estudio, requiere de un fundamento ontológico y de una opción epistemológica, en función de una realidad compleja en sí misma.

Al respecto Morin (2006) utiliza el término “estrategia” como el adecuado para optar por una metodología: “El método es obra de un ser inteligente que ensaya estrategias para responder a  las incertidumbres. En este sentido, reducir el método a programas es creer que existe una forma a priori para eliminar la incertidumbre” (p. 32) Pero la incertidumbre, el desorden, el azar son elementos constitutivos de la realidad.

En esencia, la metodología sugiere una ontología a la cual responde. En este sentido, la Modernidad inaugurada  por Descartes ha sido coherente: a la conciencia analítica, matemática y racional  del sujeto, le correspondió una realidad esencialmente concebida como pura extensión medible y cuantificable.

 

Así pues, había una concordancia continua entre conciencia y naturaleza, o si se prefiere, entre sujeto y objeto. ¿Por qué la conciencia era analítica y el  método matemático? Sencillamente porque la realidad exterior era en sí misma “una cosa extensa” cuya esencia era la cantidad y la extensión, sus medidas y su peso.

En este sentido, Moreno (1993), describe el pensamiento cartesiano: “Pero dado que la materia es extensión, y además inerte,  el movimiento del universo es pasivo, extrínseco al mismo, que carece de energía. De ahí un universo máquina. Están fijadas las bases para el mecanicismo y determinismo de la ciencia” (p.226)  De hecho, la realidad  se adaptaba perfectamente a las leyes de la lógica racional y al cálculo matemático, lo que no entraba en este esquema no era considerado objeto de la ciencia.

 Así pues, la relación coherente entre la conciencia propia de la Modernidad y de la concepción ontológica a la que respondía, ha producido avances significativos y aún insospechados en el área de las ciencias físicas. Efectivamente, sería absurdo negar los avances de la humanidad en cuanto al conocimiento científico y de la correspondiente producción técnica y su desarrollo industrial. No quiero ser de los que reniega del conocimiento científico y técnico de la modernidad, escribiendo sobre  la “muerte del sujeto” en mi computadora particular de última generación comercial, disfrutando de un agradable “aire acondicionado”.

Sin embargo, se trata de situar las cosas. Tal vez, la problemática consiste en las visiones miopes y reduccionistas del concepto de conocimiento científico, pretendiendo que solamente desde la conciencia analítica, matemática y racional se puede hablar con propiedad del conocimiento científico, y que por  tanto, todo objeto del conocimiento científico tiene que ser reducido a lo matemático. De  modo, que en el fondo, la única ciencia es la física y su única expresión la matemática.

Ahora bien, ¿puede ser el hombre considerado un objeto de estudio de la ciencia dentro de este esquema?, para algunos sí, para otros no. Y la diferencia entre unos y otros, es principalmente ontológica, y en consecuencia epistemológica.

Es decir,  esta disputa epistemológica abarca, principalmente,  el área de las ciencias “humanistas”, es decir, de las ciencias que estudian el fenómeno humano en cuanto persona y en cuanto a su ser social. En efecto, esta disputa se ha vivido y se vive con mayor intensidad principalmente en la Psicología y en la Sociología.

Evidentemente, en este trabajo se propone una opción desde una ontología que no se reduzca a sus dimensiones matemáticas, sino, que entienda que la realidad  es un conjunto infinitos de sistemas complejos, en donde todas las dimensiones tendrían que ser  consideradas como   partes fundamentales de la misma.

 En efecto, el ser entendido como complejidad no puede ser reducido a simple objeto de estudio desde la razón analítica y matemática, en búsqueda de un conocimiento científico exacto y expresado en resultados precisos propios de la matemática. Efectivamente, si la conciencia analítica de la Modernidad ha sido cuestionada en el estudio de las ciencias físicas, con mayor razón ha resultado insuficiente para comprender el fenómeno humano en todas sus dimensiones.

 En todo caso, la realidad la concibo como una complejidad de relaciones que se complementan y se interfieren entre sus elementos, y no como una suma atómica de elementos que puedan ser separados. La cosa es más complicada, ningún elemento de la realidad consigue su plena comprensión desde su individualidad, sino dentro de un sistema de relaciones. Desde una concepción de la realidad como complejidad, resultan interesantes las ideas de Morin (1999), en cuanto a un universo conformado por una red interminable y compleja de sistemas en constante relación:“Todos los objetos clave de la física, de la biología, de la sociología, de la astronomía, átomos, moléculas, células, organismos, sociedades, astros, galaxias constituyen sistemas. Fuera de los sistemas, no hay sino dispersión de partículas. Nuestro mundo organizado es un archipiélago de sistemas en el océano del desorden. Todo lo que era objeto se convierte en sistema. Todo lo que era incluso unidad elemental, se convierte en sistema” (p. 121)

 En efecto, la ciencia de la Modernidad, desde su concepción analítica puede aislar a su objeto de estudio y analizarlo como una mónada independiente hasta del mismo sujeto que la conoce, y de este modo, logra manipular y conocer su objeto de estudio en función de la utilidad y de la creación tecnológica, pero, no puede, ni parece interesarle la comprensión total del objeto de estudio, ni las implicaciones antropológicas y sociales del conocimiento y la manipulación alcanzada. De este modo, conocimiento y utilidad coinciden.

Por otra parte, en el área de las ciencias sociales, que se enfrentan al problema humano, el conocimiento útil no parece suficiente. La realidad se presenta como parte de la humanidad, y no como lo meramente manipulable y útil. El hombre se concibe como parte de la realidad, en constante relación natural con lo externo. Así, pues, entendida la realidad como compleja, como una red interminable de relaciones en donde el hombre es parte de estas relaciones, inmerso en el universo, la relación entre el sujeto y la realidad no puede reducirse a la tradicional relación de sujeto vs objeto, cuya finalidad era el conocimiento matemático de una realidad extraña y manipulable, sino la interacción del hombre con una realidad en eterna relación en donde él está implicado.

De este modo, el problema de la ciencia se hace un problema de sentido de la existencia, pues, el conocimiento de la realidad me implica, lo que se dice de la realidad, se dice del hombre. Por  tanto, la ciencia va más allá de la “lectura objetiva” de la realidad, hacia la comprensión de la misma.

Es decir, el conocimiento matemático de la realidad es necesario e importante, pero no suficiente en sí mismo, sino como parte de un sistema integral de  comprensión de la realidad física, orgánica, antropológica y social, que le es propia al ser humano.

En este sentido, la investigación científica se torna compleja, especialmente en el ámbito de las ciencias sociales, y este es precisamente el reto epistemológico que se emprenderá en este estudio. Efectivamente, la cuestión del método debe responder a la siguiente pregunta: ¿cómo  realizar una investigación científica en el área de las ciencias sociales?

Ahora bien, antes de abordar en modo específico la opción metodológica, cabe destacar que la realidad, entendida como mundo físico es complejidad relacional en sí misma, de modo que el objeto como individualidad es una manipulación epistemológica, que en el mejor de los casos “sirve”, es útil y promueve la supervivencia del homo sapiens en el planeta. Pero, la razón científica analítica no permite la completa comprensión ni siquiera de la realidad física, menos del fenómeno humano y social.

Así pues, frente a una realidad compleja hay que optar por una epistemología adecuada a dicha complejidad, que aceptando los datos de las ciencias físicas, procure la comprensión humana y existencial de la realidad integral del universo, integrando lo personal y la social en la historia vital de la cultura y sus significados existenciales.

En este sentido, se opta por un camino distinto al señalado por el tradicional método científico, basado en la razón y el análisis y en las leyes mecánicas de las cusas y efectos. De hecho, se elaborará una  Estrategia Metodológica que responda a la naturaleza compleja de la realidad, y que no pretenda una lectura objetiva de la misma. Se trata de buscar el modo cualitativo de investigación que permita acercarse al fenómeno social, en búsqueda de comprender la maraña de eventos, acciones,  interacciones, retroacciones, determinaciones, azares, en constante relación que componen la trama social en su cotidianidad.

 No se trata de registrar que el 80% de los niños de los sectores marginales tienen problemas de desnutrición, sino, entender, comprender y sentir lo que es el hambre de un niño. Por  tanto, la finalidad de las ciencias sociales va más allá de la manipulación del hombre y de la sociedad, se persigue la comprensión del fenómeno humano y su vida social, entendiendo que se trata de realidades complejas insertas en una realidad universal compleja en sí misma.

Por otra parte, el conocimiento del homo sapiens no se limita a lo objetivo, sino a la comprensión existencia e integral de todo conocimiento, de aquí la necesidad de trascender el conocimiento basado en las “leyes” de las causas y efectos propias de una ontología atomista y simplista de la realidad, que pretende el conocimiento de ideas “claras y distintas” de un mundo ajeno al sujeto.

La ontología de la complejidad incluye sujeto y realidad en un mismo escenario, en donde la conciencia se dirige hacia la comprensión de su propia existencia a través del conocimiento del hombre y de la sociedad.

 Es decir, las leyes del mercado, el descubrimiento de una vacuna, el estudio de una determinada cultura, la filosofía, la religión, la física, la química, la astronomía, todas las parcelas de la ciencia constituyen un único saber propio del ser humano, que le implican y le orientan en su existir en la tramoya de relaciones más compleja que pueda imaginar, y que tienen que ver con la generación, permanencia y valoración de significados existenciales presentes en las historias de vida de cada persona y cada comunidad de la sociedad actual. De aquí la necesidad de una concepción epistémica cualitativa que favorezca la interpretación de la trama existencial del ser humano desde su misma historia de vida.

 

 

 

 

 

 

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La Hermenéutica como opción epistemológica

 

Frente a una realidad ontológica concebida como complejidad de relaciones compuestas de organizaciones y sistemas emergentes en modo de orden y desorden, de leyes y azares, de vida y de muerte, no es suficiente con una epistemología de ideas claras y distintas como lo sugiere la visión matemática del método propio de la Modernidad.    Ahora bien, además de conocerse en sus dimensiones de medidas matemáticas, y en sus “leyes” de causas y efectos, en función de la manipulación y la creación técnica, el conocimiento de la  realidad es un problema de comprensión integral humano.

En efecto, el ser humano no se conforma con el conocimiento lógico matemático y racional de la realidad, no se trata solamente de responderse por las supuestas causas de los fenómenos, sino, además, por su significado existencial. El conocimiento es vida, y la vida es complejidad existencial que no puede ser reducida a una sola de sus dimensiones, como lo es el conocimiento racional de la realidad.

 

De hecho, el hombre es una complejidad de razón e irracionalidad, de lógica y de locura, de cálculo y de sentimientos, de aciertos y de errores, de corporeidad  y de espiritualidad, de individualidad y de relaciones sociales, de alegría y de tristeza, de vida y de muerte, de amor y de odio, de fe y de incredulidad, de esperanza y desasosiego, de grandezas y de bajezas,  de moralidad y de inmoralidad, es bienestar y es marginalidad.

 Por otra parte, el ser humano es padre y es hijo, es madre y es hija, es esposo, es profesional, es sabio e ignorante. Además, puede ser considerado y creerse sujeto y objeto de estudio, pero no es una esencia aislable que pueda ser mostrada; el hombre es un misterio que vive en sociedad, que requiere ser abordado  desde el pensamiento interpretativo, cualitativo y complejo.

Dentro de este aspecto del proceso del conocimiento complejo,  Morin (2002) hace la siguiente propuesta:

Es un viaje  que busca un modo de pensamiento que respete la multidimensionalidad, la riqueza, el misterio de lo real y que sepa que las determinaciones cerebrales, cultural, social, histórica que experimenta todo pensamiento codeterminan siempre el objeto del conocimiento. Es a esto lo que llamo pensamiento complejo” (p.24).

En el fondo, se trata de trascender la visión reduccionista de la episteme de la Modernidad.

Efectivamente, esta complejidad humana y social no puede caber en un universo matemático de ideas claras y distintas. En consecuencia, la investigación en las ciencias sociales necesita un enfoque más adecuado para el estudio del ser del hombre y de la sociedad, que trascienda la búsqueda de las eternas definiciones. El hombre no encaja totalmente en las definiciones tradicionales, por tanto, la complejidad no pretenden definir o encuadrar en un concepto la supuesta esencia del hombre, lo que se intenta es comprender el sentido de la existencia del ser humano.

En el fondo, se sostiene que la opción epistemológica desde la  investigación cualitativa sería la adecuada para el estudio en el área de las ciencias sociales, y de modo específico para el estudio de los elementos de significados existenciales del latinoamericano, donde no se pretende encontrar algún rasgo “esencialísimo” que definiese el “ser en sí” del hombre latinoamericano, que lo distinguiese del resto de los otros pueblos del mundo.

 En efecto, cualquier definición que pretenda ser una esencia eterna de la naturaleza en sí del ser humano, se pudiese convertir en  un nuevo “cógito ergo sum” en función de un análisis absolutamente lógico-racional que mostraría, en el mejor de los casos, solamente un rasgo antropológico, con la ceguera cognitiva de reducir la complejidad del ser-persona a ese rasgo…y el ser humano  trasciende cualquiera de sus rasgos antropológicos.

No se trata de establecer las características raciales y sociales de una raza nueva, no se pretende definir bajo ningún esquema ni antropológico, ni psicológico, ni social “lo propio del mestizaje latinoamericano”, ya que la misma búsqueda de cualquier naturaleza esencial, o de cualquier característica particular que pretenda erigirse como “la esencia antropológica”  , sería una prolongación de la objetividad manifiesta en esa esencia antropológica encontrada, de igual modo como siempre se ha realizado desde la ciencia de la Modernidad, en donde quedaría  el mismo esquema tradicional de sujeto – objeto.

 De hecho, la opción epistemológica en este trabajo de investigación se centrará en la Hermenéutica, como matriz guía desde la cual se pretende la comprensión del fenómeno humano  como persona social, en un entorno concreto, desde su historia de vida. Ahora bien, no se persigue entender racionalmente el ser en sí del latinoamericano, ni encerrarlo en una categoría esencial, ya sea su estado social de marginado, dependiente, subdesarrollado, matriarcal, en relación con el otro, desde la religiosidad, como abierto a la esperanza, desde su autoestima, de su capacidad de supervivencia, o desde cualquier otra categoría social, antropológica, o filosófica. Ya que el hombre vive todas estas categorías y muchas otras a lo largo de su historia de vida. Toda definición es cerrada en tiempo y espacio; la comprensión es eternamente abierta.

 

De este modo, aunque se tengan en cuenta para el estudio de las historias de vida las categorías antes señaladas, no  se pretende  radicalizar una de estas categorías como la esencial, desde la cual fluyese mágicamente un modo específico de ser, una episteme, un significado existencial, y hasta un proyecto de vida.

 Cuando el resultado de una investigación antropológica y social, por muy cualitativa que sea, concluye en el descubrimiento de una nueva esencia que define al hombre, se trata de un modo distinto de hacer Modernidad, en donde quedaría intacto la distinción dualista entre sujeto y objeto. Y el conocimiento poco a poco se va cerrando, hasta quedar atrapado en sus definiciones…, hasta que la hermenéutica comienza a desaparecer, y aquello que había nacido como una alternativa de comprensión científica se diluye en el océano de las ideas muertas: “la familia es la célula fundamental de la sociedad”…,¿qué significado existencial representa esta definición de la familia a los adolescentes de nuestros bachilleratos? En el estudio hermenéutico de las historias de vida, una idea muerta, una definición muerta es aquella que carezca de significado existencial.

  En efecto, uno de los vicios que más se repiten consiste en convertir y reducir  la hermenéutica en un modo distinto, más narrativo de  de hacer la misma  ciencia propia de la Modernidad, dejando  intacto la relación dualista entre sujeto y objeto.

 Esta tendencia puede provenir de esa fuerza interna del sujeto propio de la cultura occidental y consumista de centrarlo todo en el “yo”. Y la hermenéutica exige un esfuerzo por despojarse de esa conciencia vital de dominio, o como lo explica Ricoeur (2003) refiriéndose a la necesidad de despojo del sujeto para poder interpelarse e interpretarse a sí mismo desde el texto:

“Si la referencia del texto es el proyecto de un mundo, entonces no es el lector el que principalmente se proyecta a sí mismo. Mejor dicho, el lector crece en su capacidad de autoprotección al recibir del texto mismo un nuevo modo de ser. De esta manera, la apropiación deja de parecer un tipo de posesión, una forma de aferrarse a las cosas; en lugar de esto, implica un momento de desposeimiento del yo egoísta y narcisista” (p.106)

Por eso, el proceso hermenéutico requiere de una especie de muerte del yo epistémico de la Modernidad que pretende dominar, construir y proyectarse, para que pueda surgir un investigador que sea capaz de descubrirse en la historia de vida del otro, que no solamente “vaya a ver, a contemplar, a observar, a registrar, a buscar”, sino, a escuchar, a guardar silencio, a meditar, a compartir, a sentirse frágil en su humanidad, a vivir su propia historia de vida.

 La hermenéutica que se plantea en este trabajo, tiene que ver con la interpretación y comprensión de una situación de vida entre el investigador y el sujeto que narra su vida.

Dentro de este marco de reflexiones, Gadamer (1999) presenta la comprensión hermenéutica como el modo de interpretación del problema humano:

“No es sólo que la tradición histórica y el orden de vida natural formen la unidad del mundo en que vivimos como hombres; el modo como nos experimentamos unos a otros y como experimentamos las tradiciones históricas y las condiciones naturales de nuestra existencia y de nuestro mundo forma un auténtico universo hermenéutico con respecto al cual nosotros no estamos encerrados en barreras insuperables sino abierto a él” (p. 26)

 

Es decir, ambos son sujetos de una misma historia. En lo referente al estudio de las historias de vida, no puede existir un sujeto y por otra parte, un objeto de estudio. De hecho, en el proceso de investigación a través de las Historias de Vida, como un modo y estrategia de investigación desde una opción hermenéutica, se entiende que se encuentran dos vidas en una misma historia.

En este sentido, se plantea que la relación entre Hermenéutica  como opción epistemológica y la Historia de Vida como estrategia y contenido de la investigación hermenéutica, representan las condiciones del punto de partida en el proceso de investigación en las ciencias sociales.

Pero, para que la relación sea coherente, el dualismo entre sujeto y objeto tiene que desaparecer por completo, o reducirse en modo tal, que el investigador se identifique y manifieste esa identificación con la historia de vida que escucha y que registra.

Así pues, la Historia de vida tiene que ser una opción ética de investigación que narre las dos vidas comprometidas en un mismo proyecto existencial dentro de un mismo marco de significados existenciales.

Por tanto, la Historia de Vida no se reduce a un registro de “datos objetivos” que permitan realizar interpretaciones subjetivas, pero no comprometidas. No se trata de “comentar una película”. En otras palabras, la historia que registra el investigador no le es ajena. En este aspecto, Moreno (2002) nos habla acerca de la importancia de la cercanía en la relación entre el investigador y el narrador: “Entre todas las formas posibles de historia, nos hemos decidido por la que arriba se ha definido como historia-de-vida pues nos parece esencial la relación presente y actual de quienes intervienen en su producción” (p.34)

 Así, pues, la relación profunda entre el investigador y el que comparte su historia es la condición y punto de partida del proceso de investigación de las historias de vidas.

 

Ahora bien, este modo de plantear la Hermenéutica y las Historias de Vidas como un proceso de investigación que permita encontrar elementos en torno al problema del sentido existencial de la vida, tanto del investigador, como de quien cuenta su historia de vida, sugiere que el investigador no sea extraño a la realidad con la que se compromete. En efecto, la comprensión de una vida individual y social desde opciones interpretativas requiere de alguien que esté en la capacidad de interpretar.

En este contexto,  resulta interesante el comentario de Córdova (1999) sobre la relación entre el investigador y el personaje que narra su propia vida: “Los gestos interactivos existen en toda la entrevista. Desde el principio se muestran y es necesario tomar en cuenta la familiaridad y la proxemia” (p. 53)

Y como lo interpretado es la vida de un sector de la sociedad muy particular, se requiere de un investigador que conozca y que esté comprometido existencialmente con esa realidad, de no ser así, las Historias de Vidas pueden reducirse a un sencillo registro de datos de una realidad ajena, que se interpreta desde la subjetividad del investigador.

En el fondo, se trata de un proceso de investigación que reconoce como válido todos los factores propios de la interacción entre los seres humanos, como parte del mismo proceso investigativo, y no solamente el aspecto racional académico.

 Es decir, en el proceso de Historia de Vida aparecen los sentimientos, los aspectos irracionales e incompresibles de la vida y  puede que aparezcan elementos que nada tenían que ver con “los objetivos de la investigación”.

En efecto, desde una opción hermenéutica se entiende que la investigación se hace en el camino, no sólo como desarrollo de un método, sino como aplicación, construcción y cuestionamiento de la idoneidad de un modo de hacer investigación en el área de las ciencias sociales.

Efectivamente, en el desarrollo de la investigación que se propone en este proyecto, se parte del hecho de que la hermenéutica es una opción en construcción y no un manual de soluciones, por  tanto, la Historia de Vida como opción ética de compromiso vital de investigación es un proyecto en construcción y no un programa infalible para la investigación, de modo que el mismo proceso de investigación resulta al mismo tiempo un proceso de aplicación y producción de la hermenéutica y de las Historias de Vidas, y un proceso de evaluación de las mismas.

 En definitiva, la Hermenéutica y la Historia de Vida son estrategias y no planes preconcebidos de acciones calculadas y de resultados previstos. Desde esta perspectiva, la investigación es un camino inédito, una aventura epistemológica.

 

***

La Historia de Vida como compromiso ético y existencial

 

Al inicio del siglo XX desde las mismas investigaciones empíricas, propias de las ciencias físicas, sobre todo, a nivel subatómico, la continuidad  ontológica del universo entró en crisis; es decir, la llamada “materia” no parecía ser tan homogénea en todos sus niveles. En este sentido,  la ley fundamental del empirismo de “causa y efecto”, que le daba esa sensación de poder absoluto de predicción y objetividad a las ciencias físicas resultó insuficiente para el estudio de las partículas subatómicas. En consecuencia, la ciencia con su método experimental entró en crisis como poder epistémico, no en cuanto a productor de tecnología.

De igual modo, en las llamadas ciencias humanas, o ciencias sociales, el método científico de investigación no produjo los resultados objetivos y exactos que se esperaban; por el contrario, el fenómeno humano en cuanto persona y en cuanto a comunidad resbalaba de las manos de las ciencias físicas. En definitiva, el método científico quedó extremadamente corto en su pretensión de reducir al hombre y a la sociedad a la “res extensa” y a las leyes de la racionalidad lógica-matemática propias de la episteme de la Modernidad.

Así, pues, dada la crisis en la ciencia  física, resurgió el interés por el enfoque cualitativo como opción metodológica para la investigación en las ciencias sociales, las cuales tienen como centro de investigación al ser humano, que es un ser complejo en sus formas de vida, en su conducta, en su mundo interno plegado de supuestas y ciertas contradicciones, un ser humano que trasciende cualquier definición y hasta cualquier abstracción esencial, cuyo estudio y comprensión  no ha podido ser reducido a la ley de  causa y efecto. En lo esencial, el problema antropológico no se resuelve satisfactoriamente en las leyes de la física, ni en cuadraturas lógica-matemáticas de viejas y nuevas concepciones  lógicas-racionales del fenómeno humano.

En este contexto, la Historia de Vida como proceso estratégico de investigación se presenta bajo el enfoque cualitativo, como modo opcional de abordar el problema del ser humano, de la persona que es un ser en relación con los demás, y que vive en una situación comunitaria concreta dentro de un espacio y tiempo determinado, en una situación de vivencia y generación de significados  existenciales, generalmente ajena a cualquier interés académico propio de los investigadores sociales.

Es decir, la vida es un hecho cotidiano. La existencia del hombre y de la comunidad es un hecho cotidiano en sí mismo.

 Por tanto,   los habitantes reales de las comunidades no  viven intereses “epistémicos”, ni “metodológicos” propios de las investigaciones científicas. De hecho, la vida concreta y cotidiana de cualquier comunidad se da sin la menor preocupación por los estudios sociológicos, filosóficos, psicológicos, ni teológicos. La vida humana personal y comunitaria es practicidad vital y no un “dato” a la mano del interés de los investigadores.

Ahora bien, en el proceso de investigación, desde el aspecto formal, la historia de vida es una narración. Sin embargo, no se trata de una elaboración literaria en función de la belleza del lenguaje. La historia de vida que se realiza dentro del área de la investigación social, no es meramente un arte creativo dependiente de la genialidad literaria de un sujeto solitario. Por el contrario, la historia de vida tiene que ser auténtica, espontánea, tal cual como surge del corazón de quien la narra, su vocabulario no debe ser cambiado o sacrificado en función de la precisión o delicadeza del lenguaje.

Efectivamente, en función de lograr una narración fiel a su fuente, se requiere que para fines del estudio de la historia de vida, ésta sea grabada y luego transcrita. De hecho, no debe ser reelaborada, ya que cualquier modificación distorsionaría la investigación. Se trata, por tanto, de un primer nivel de compromiso y de ética con el proceso de investigación, se  pretende elaborar el conocimiento y no de falsearlo en función de intereses ajenos a la vida que se investiga.

En este sentido, el profesor  Moreno (2002) presenta su criterio en cuanto a la espontaneidad y sinceridad del contenido de la historia de vida:

“No es que la espontaneidad necesariamente sea mejor garantía de veracidad si es ésta la que se busca, sino que, al eliminar los errores de expresión, de sintaxis,   las repeticiones, las desviaciones, las incongruencias, etc., cosa que puede hacerse muy bien en la autobiografía, se eliminan significativos elementos para el análisis de la realidad tal como se presentan en la vida cotidiana”(p. 25)

Por otra parte, la investigación de la historia de vida compromete la existencia del  investigador en lo narrado del sujeto que comparte la historia. No se persigue como finalidad que el investigador se convierta, de pronto, en uno de los personajes de la historia, sino que alcance el nivel de cercanía y confianza que le puedan permitir la comprensión  de la historia de vida compartida.

De hecho, Moreno (2004) sugiere el modo de cercanía que se requiere para investigar las historias de vida:

“Mi investigación tampoco partió de una preocupación académica ni solamente científica, sino de la vida, de la necesidad de comprender a fondo la vida que estaba viviendo en mi comunidad y la de esa misma comunidad. Mi formación me condujo, se diría que inexorablemente, a buscar esa comprensión en la ciencia social y sus métodos.

En este camino, me topé con la familia. El verbo es adecuado. Me di de bruces con ella, en efecto, porque no la andaba buscando y no sabía que todo me conducía a ella. Tuve que entender desde entonces que, si quería conocer comprensivamente la vida de mi comunidad popular, tendría que penetrar profundamente en la constitución de la familia.” (p.13)

 

En lo esencial, el estudio de la historia de vida requiere de la interrelación entre dos sujetos reales y presentes durante la narración de la misma. Si la relación del investigador, o de quien narra la historia, se establece con un ser imaginario, o no presente en el acto mismo de la narración, el resultado sería extremadamente subjetivo, y tal vez la creación  se convierta en un mundo de ilusiones e historias bellas, pero ajenas a la realidad cotidiana, ya que la participación del ausente dependería de la voluntad de quien realice el estudio de la historia de vida, o de quien narre la historia de vida.

En ambos casos, el investigador, a lo sumo, lograría el análisis de una biografía del narrador, que sería “el dato” con el cual elaboraría sus conclusiones. Y lo cualitativo sería reducido a un modo distinto de cartesianismo: el investigador es el sujeto, la conciencia, el que piensa; y la historia de vida, convertida en biografía sería el objeto, lo otro, lo pensado.

 

En efecto, el nivel real de la relación de compromiso existencial entre el investigador y el narrador de la historia de vida, establece la posibilidad de la comprensión como resultado de la relación entre los dos. De hecho, en el proceso de estudio de la historia de vida entre un narrador y un investigador interlocutor se da el hecho social como posibilidad de estudio comprensivo desde una visión hermenéutica. Precisamente, es el “entre” lo que permite que se desarrolle la comprensión de lo social en la historia de vida en sí misma.

En el fondo, esta relación existencial entre el investigador y el narrador de la historia de vida, no es simplemente un requisito técnico para el estudio de las historias de vida. Por el contrario,  tiene que ver, más bien, con el nivel de comprensión de la historia de vida compartida, ya que ésta no es “un dato objetivo”, sino lo que se interpreta. Y la interpretación no es “lectura objetiva de la naturaleza”, sino comprensión existencial. Y esta interpretación tiene que ver con los significados existenciales, que según Moreno (2002) sería “el conjunto integrado de practicación, vivencia, afectividad y simbolización” (p.XV).

Así, la actitud hermenéutica para el estudio de las historias de vida requiere de un investigador y de un narrador de la historia de vida  que pertenezcan al mismo mundo cultural de significados existenciales, intraducibles desde una concepción lógica-matemática de las ciencias sociales.

El estudio de la historia de vida se da en un mundo cultural concreto y vital, cargado de significados existenciales y complejos que suelen escapar al simple análisis lógico, cuantitativo  y objetivo del hecho social.

 En este sentido, González (2004) con respecto al contenido de la historia de vida, manifiesta la complejidad antropológica de los significados existenciales: “Algunos aspectos narrados son conscientes, pero otros no. Sobre los significados que hay en cada historia, la persona que narra no tiene control. Los significados habitan en la persona, son significados comunes a su grupo humano, y dirigen su modo de pensar, de hacer y de sentir” (p. 81)

De hecho, para poder participar en el proceso de narración y de estudio de la historia de vida, se hace necesario que el investigador pertenezca al mismo universo cultural desde donde surge la vida narrada, esta es una condición epistémica, es la única posibilidad hermenéutica, o como lo expresa Moreno (1998) desde la experiencia de su estudio de la historia de vida de Felicia Valera: “Si el conocedor está ubicado en un horizonte hermenéutico radicalmente distinto de aquel en el que tiene su existencia la historia, lo conocido será un artificio, una ficción técnica de quien la elabora”.(p.15) Y este es, precisamente, el primer reto del proceso de investigación de las historias de vida.

 

Efectivamente, en esta propuesta de estrategia y de proceso de investigación de las historias de vida, el investigador es necesariamente coautor de la historia de vida que se estudia, no es simplemente un testigo, tampoco es un personaje de la historia, es ante todo, fuente de significados existenciales. Y para que esto sea posible, el investigador debe pertenecer al mundo de vida de la historia de la cual es coautor.

No se trata, por tanto, de ser un profesional de la “empatía” a través de cursos y experiencias de inserción en lo popular; sino, de pertenecer al mundo de lo popular, si es que se pretende estudiar la cultura particular de ese sector social, enfocados desde la historia de vida de una persona de esa comunidad.

En efecto, cuando el investigador realiza un estudio de cualquier historia de vida, él debe pertenecer a ese mundo de vida que origina la historia de vida en particular. En otras palabras, el sector social y cultural al que pertenece el investigador, ese sector será el universo cultural de la historia de vida que se estudia, ya que los significados existenciales pertenecen a un sector cultural particular, y solamente desde ahí cobran su verdadero significado. Sin duda, la hermenéutica social se da desde la vida concreta y cotidiana. En el fondo, cada sector social es un segmento cultural de toda la humanidad, pero con sus propios significados existenciales.

 

 Ahora bien, precisamente esta condición existencial de la hermenéutica propia para el estudio de las historias de vida, la hacen una estrategia especial y de profundos alcances de comprensión de los distintos significados existenciales, que aparecen en el estudio de ellas mismas. Por tanto, en este contexto hermenéutico,  la historia de vida no es, pues, solamente un recurso para la investigación, o una técnica que se aplica, o un método que se sigue. La historia de vida es  la investigación en sí, es la fuente del saber que se persigue interpretar y comprender.

Por eso, la historia de vida es la misma para el investigador y para el narrador, ya que se trata de un mismo universo cultural de significados existenciales, que afloran en la vida narrada. En el fondo, la vida es cultura en existencia, desde la cotidianidad; es la historia de una comunidad a la que pertenecen el investigador y el narrador.

 De hecho, el investigador conoce ese mundo particular y conoce ese mundo de vida como un modo distinto de ser humanidad. En esencia, la historia de vida como investigación exige la opción por una comunidad concreta y exige como condición que el investigador pertenezca a esa cultura específica, como requisito que haga posible la hermenéutica en cuanto a la comprensión de los significados existenciales.

 

Ahora bien, siguiendo las pistas de las investigaciones que viene realizando el profesor Alejandro Moreno, y el equipo del Centro de Investigaciones Populares (CIP), en torno a las historias de vida dentro del sector popular, en este trabajo se opta por el estudio de la historia de vida desde el sector de los barrios marginales del sur de Valencia. En este sentido, el investigador se concibe como coautor de la historia de vida, en donde el mundo de vida propio de los barrios del sur de Valencia tiene que ser abordado desde su misma cultura particular, con sus significados existenciales que le dan una modalidad distinta a su existencia vital cotidiana. Así, pues, la investigación se encuentra abierta al descubrimiento de significados existenciales distintos. La vida del barrio no es un dato para ser cuantificado, es una historia de vida que pocas veces ha sido escuchada.

 

 

 

 

 

 

 

RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS

Córdova, V (1999) Historias de Vida.  Caracas-Venezuela: Fondo editorial Tropykos

Gadamer, G (1999) Verdad y Método I, Salamanca, España: Sígueme

González, V (2004) La interpretación de la vida de un venezolano popular y la investigación en orientación. Historia-de-vida de Evelia.Trabajo de grado presentado a la ilustre Universidad de Carabobo para optar al título de doctor en educación Valencia: Venezuela.

Moreno, A (1993) El aro y la trama, Caracas, Venezuela: CIP-UC

Moreno, A (1998)  Historia-de-vida de Felicia Valera, Caracas, Venezuela: CONICIT

Moreno, A (2002) Historias-de-vidas  e  Investigación, Caracas, Venezuela: CIP

Moreno, A (2004) Familia así, familia asá, en Heterotopía, mayo-agosto 2004, nº 27. Caracas, Venezuela: CIP

Morin, E (1999) El hombre y la muerte, Barcelona, España: Kairós

Morin, E (1999) El Método  I “La naturaleza de la naturaleza” Madrid, España: cátedra

Morin, E (1999)  El Método III “El conocimiento del conocimiento” Madrid, España: cátedra

Morin, E (2002) El Método II “La vida de la vida” Madrid, España: cátedra

Morin, E. y otros (2006)  Educar en la era planetaria, Barcelona, España: gedisa

Rocoeur, P (2003) Teoría de la interpretación, Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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