LA FILOSOFÍA DE CERCA
LA FILOSOFÍA DE CERCA (LIBRO)
Gerardo Barbera
La filosofía
de cerca
B i b l i o t e c a
Ciencias de
la Educación
UNIVERSIDAD DE CARABOBO
Valencia, Venezuela
2016
UNIVERSIDAD
DE CARABOBO
Jessy Divo de Romero
Rectora
Ulises Rojas
Vicerrector
académico
José Ángel Ferreira
Vicerrector
administrativo
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Secretario
Rosa María Tovar
Directora
de Medios y Publicaciones
La filosofía de cerca
© Gerardo Barbera
1.a edición
digital, 2016.
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Hecho el Depósito de Ley
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Corrección: Robert Rincón
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Imagen de portada:
Coordinador de producción editorial: Marcos González
Valencia, Venezuela
Autor:
Prof. Gerardo Barbera L.
gerardojoba@gmail.com
Departamento
de Filosofía
Facultad de
Ciencias de la Educación
Universidad
de Carabobo – Venezuela
FILOSOFÍA DE
LA ESPERANZA
*
¡Dios, cómo pasa el tiempo, cómo pasa! Ya son más
de veinte años. “¡profesor!, ¡profesor!, ¡profesor!”. A veces se me olvida mi
nombre. Toda una vida enseñando Filosofía, ¡toda una vida! Y pensar que aún
recuerdo los primeros días: el aula de clases, los estudiantes del primer
semestre de Educación, cincuenta y cinco alumnos. Yo estaba lleno de
esperanzas, soñando nuevos amaneceres, mis ojos brillaban. A todos mis amigos
les hablaba siempre de lo mismo, de mis clases, de anécdotas, de la filosofía,
de los anhelos que florecían en mi alma. ¡Era hermosa la vida!, ¡eran hermosas
las mañanas!, ¡era hermosa la primavera! Ser educador es una aventura especial,
una vocación espiritual.
¡Cuántas gotas de lluvia he visto caer!,
¡cuántas palabras!, ¡cuántos encuentros!, ¡cuántos exámenes corregidos!,
¡cuántos rostros!, ¡cuántas noches de silencio!, ¡cuántos sueños que se han
ido! Se van las nubes, se va la tarde, ¡ahora son ancianos mis antiguos
compañeros! Los otros, ya están cansados, ¡cuántas tardes de café! ¡Cuántas
flores recogidas!, ¡cuántas lluvias sin sol!, ¡aquí no hay placas “en honor
a...”, pero dejaron recuerdos!, ¡dejaron la vida, dejaron sus sueños!, ¡Dios,
cómo pasa el tiempo, cómo pasa! Y los años se van y con ellos la vida. Sin
embargo, más allá del cansancio nos quedan las manos plenas de ese amor que se
ha compartido a lo largo del camino.
Ya mi caminar es pausado. Estoy cansado, como
si la existencia fuese una carga tan cotidiana. A veces, la ventana es tan
oscura, que me acuesto para no pensar en nada, y así soñar que el tiempo no
pasa y que todo es nuevo. ¡Dios, estoy tan cansado! ¡Pero lleno de esperanzas!
Se van los amigos, llega el invierno. Se van las fuerzas, llegan anhelos, los
sueños se hacen alumnos de rostros frescos. Y así como se fueron los viejos
profesores, llegan otros de caras sonrientes, como llega la tarde despejada,
tan tranquila, con ese sabor a hogar que me espera en los brazos de mi esposa.
Dios me ha bendecido al darme una familia, y una vocación de servicio que da
sentido espiritual al existir.
Mi esposa sabe que estoy cansado, que vivo de
recuerdos y de nuevos sueños, y me escucha; yo hablo y hablo. Ella me escucha,
llega la noche, estoy cansado, me besa: “Hasta mañana, deja de pelear, te vas a
enfermar”. Llega la noche, cierro los ojos. La vida está ahí, en el hogar, en
los hijos que ya viven lejos. Por muy larga que haya sido la jornada, mi
esposa siempre me espera. La vida es el encuentro, el amor. La filosofía es ese
camino de encuentros, de amor, de alumnos que aprenden, de profesores que
enseñan, de sueños, de esperanzas, de cansancio, de lejanía. La filosofía se
hace desde la vida, desde el cansancio, desde lo aprendido, desde lo enseñado,
desde los hijos, desde la esposa que duerme, desde los fracasos, desde la
esperanza, desde el trajín de los días; pero, sobre todo, desde los sueños que
Dios siembra en nuestras almas.
Tengo el alma llena de alegrías y de
cansancio. Todavía espero la luz del “horizonte”, “de un mañana mejor”, “de la
educación liberadora”, “de la formación de la conciencia”, “del crecimiento
personal”, “del ser, del hacer y del convivir”. Tengo más ilusiones que
fracasos. La educación ha sido el camino, aunque a veces parezca que no le
interesa a ningún gobierno. La vida, la educación trasciende lo formal, no se
deja atrapar, ni vencer por los límites de ningún sistema de gobierno. Es Dios
quien te llama a ser educador, se trata de una vocación espiritual, no de un
trabajo cualquiera.
A veces, el saber se ha hecho discurso, “voten por
mí”, “voten por mí”, “yo soy la salvación del oprimido”, “voten por mí”, “dejen
de pensar”, “voten por mí”, “yo soy el gobernante elegido”. Más allá
de esa gente, la vida vale la pena. La conciencia y la alegría son elementos de
la misma vida.
De tanto andar por estos pasillos, mi corazón se ha
hecho humano. Soy la esperanza tranquila, la quietud cargado de años; soy el
sol de primavera y el calor de las noches profundas; soy el esposo, el padre,
el hijo. Un saludo amoroso y una palabra que ha dejado huellas. Quiero seguir
el camino del encuentro, del enseñar sobre el sentido de la vida, sobre la
vocación docente. Y sé que la Nada existe, la llaman muerte, soledad, hambre,
tristezas, niños solos. Y la Nada es la muerte que se hace historia de vida en
cada hombre y en cada mujer sin esperanzas, sin horizontes. El hambre del Otro
cuestiona el sentido de la misma existencia, la soledad y la pobreza del niño
cuestionan la fe educativa, la vida nos llama a entregarnos a favor de los que
no tienen, a sembrar la esperanza el corazón de cada niño en cada escuela.
Mi experiencia docente ha sido un río de cascadas
profundas y de formación de conciencia, un huracán de vida y de encuentros, de
experiencias vitales. La educación no se parece a los dibujos de los libros,
donde “Roque corre a su casa”, “mi papá fuma pipa”, “mi mamá me ama”. Aquí, en
estos salones universitarios, aquí, en esta Facultad de Educación la vida
parece un torbellino de saber, de afectividad, de sueños, de planes, de
encuentros…, y siento miedo de que la Filosofía haya sido una película vieja,
un cuento infantil para que todos creamos en las esperanzas y en los sueños que
se forjaron en las lejanas noches de la infancia, ¿recuerdan?, aquellos días de
cantos y juegos. La filosofía nace en el niño.
¿Y si la filosofía nos mantiene en la infancia
eterna? ¿Y si todo es mentira?, “Tu casa se quema, corre Roque”. Por cierto, en
la escuela de mi infancia nadie se llamaba Roque. Sin embargo, me acuerdo de
“Roque”, de mi maestra, del patio de los recreos, de mi vieja escuela, de las
calles polvorientas del barrio. Esos maestros llenaron mi corazón de sueños que
se hicieron vida.
Ahora me encuentro pleno de años entregados a la
enseñanza, en búsqueda de lo fundamental y de la trascendencia espiritual. He
vivido muchos años sumergido entre la lógica racional y la aventura del
encuentro, tan llena de corazones y de sentimientos. ¿Cómo me siento? como el
mar de horizontes luminosos, viendo el nacer de nuevos
barcos, jóvenes enamorados besándose en la playa; me siento como un
atardecer soleado de quien ha entregado la vida.
Desde hace dos años tengo pesadillas, veo
millones de hombres y mujeres cantando himnos revolucionarios. No
puedo dormir, veo a esos hombres y mujeres desaparecer en un lago. Y en el
borde del lago, antes de caer, dejan las flores de la esperanza. Esos muertos
se van desnudos, con las manos vacías, con los ojos apagados gritando el nombre
de los maestros que no tuvieron. Y despierto, me lleno de fuerzas para seguir
formando a cada joven los secretos de una Filosofía de la Liberación, para que
ya no existan muertos sin esperanzas. La filosofía de la Liberación es un canto
de esperanza. Es un sueño que tiene que ser compartido para que se haga
realidad.
**
En la vida real dejaron de existir las hadas
madrinas con sus alas transparentes. Sin embargo, aún tengo los viejos libros
de cuentos infantiles. Leer se ha convertido en un reto caluroso, ¡por Dios,
hoy, en el mundo de la INTERNET…a qué niño le gustaría escuchar sobre un mundo
imaginario, justamente antes de dormir! En la era del nuevo milenio poco
importa arrojar un libro a la papelera. Ninguna lectura parece interesar, las
letras estorban, los libros son pesados, se caen lentamente de las manos. Son
pesados y desaparecen en las horas nocturnas del actual relativismo pragmático.
Sí, son esos intelectuales que duermen, comen y hacen el amor. Nada les importa,
jamás leerán un libro de Filosofía. Y yo vivo con ellos, y sé que
buscan el sentido, que desean saber, que buscan a tientas en la oscuridad…, y
cuando se cansen de las cosas, recogerán los libros…, y serán como niños.
Los alumnos llegan aquí, quieren ser licenciados en
Educación. Ahí están sentados, y me miran, como si yo fuese parte de su mundo,
son ellos la esperanza de la vida. Me escuchan, y yo hablo con ellos. Sí, aquí
en el salón, rodeado de tantos rostros que me miran; pero, me escuchan, y me
lleno de alegría iluminado por esa luz de la vocación docente. Me
acuerdo de las maestras, de las que me enseñaron el camino. A veces
llego a mi casa, y hablo cosas y cosas. Mi esposa me escucha y no sé si siente
alegría por mí; pero, me escucha de verdad. Ella sabe que no miento, que
realmente quiero tener sueños, los mismos sueños de la infancia, cuando
salíamos a correr por los patios de la escuela, ahí donde todavía juegan los
niños.
Aquí en la tierra de Bolívar, los pobres de siempre
se van de este mundo tan cansados y olvidados. Los líderes ofrecieron panteones
a sus escoltas y les cumplieron, llenaron de gloria los hombros de algunos
seguidores, y algunos de ellos murieron felices, y tal vez, se
fueron al cielo. Mientras el pueblo se queda haciendo colas, largas colas
mendigando un poco de harina de maíz. Y con ellos, en esas colas se encuentra
el sentido de la vida. Ahí, entre esa gente surge la esperanza, sin
revoluciones, sin imperios…, sólo esperanzas y sueños. Yo enseño para ellos y
sus hijos, la Filosofía es el encuentro; el estar ahí, tan sólo eso,
sosteniendo la mano de quien busca, del que aprende, de esos que ya no creen en
nadie. ¿Saben? Ahí vale la pena hablar de esperanza, no de revoluciones que no
llegan, ni de los falsos sueños del imperio.
¿Saben lo que me dijo un profesor de Filosofía, de
esos que pensaban liberar al pueblo, ustedes saben, “concientizándolos” con los
viejos conceptos comunistas de Marx? “La existencia plena se realiza en el
encuentro con el Otro, con el ser humilde que se muestra en los rostros
oprimidos, ¡con el pueblo! Yo quisiera que el profesor Julián estuviese aquí
conmigo. Julián se fue hace poco, ya hablaba solo, con la mirada perdida
tratando de encontrar los rostros populares de los que tanto nos habló. ¡Ojalá
estuvieses aquí, querido amigo! ¿Sabes? Aquí está el pueblo y yo estoy con
ellos. Sí, aquí mismo, en la misma cola, tratando de encontrar un pote de leche
en polvo, no es para mí, ni voy a revender, es para mi esposa, ella toma su
café con leche cada mañana y cada noche.
Aquí estoy haciendo la cola, rodeado de esos
rostros de los que nos hablaste profesor Julián, el rostro del pueblo está casi
deforme, la revolución que no llega, les ha robado la sonrisa. La
gente en la cola me asfixia, siento deseos de escapar de todos, es como si las
personas me robaran el espacio vital; como si de pronto, una fiebre terrible me
invadiese y siento un calor pegajoso que no puedo soportar. “Ese coleado
sáquenlo, fuera, fuera”. Yo también grito, no sé lo que está pasando en la
entrada del mercado, pero estoy indignado, cansado de todo y de todos. La
Guardia Nacional dispersa a la multitud con bombas lacrimógenas. Todos corren
hacia cualquier parte. La cola ha terminado por hoy, tengan la seguridad de que
mañana volveré, trataré de llegar una hora más temprano. Juro que no me van a
colear.
La Filosofía no es una esperanza enajenada, sin los
pies en la tierra. La Filosofía es un canto de esperanza que está ahí en la
mirada de la gente, en el caminar y sentir de los más necesitados.
***
En la vida real es una tarea titánica enseñar
Filosofía, es como hablar en idiomas desconocidos; sobre todo, en cuanto a la
dimensión formativa que deben cumplir las reflexiones filosóficas en la vida
concreta de alumnos y profesores de la universidad. De hecho, en la vida
cotidiana las clases de Filosofía no son tomadas en cuenta como principios del
pensamiento filosófico, y a veces, solamente hablamos de libros. La Filosofía
que se queda en los libros…, poco importa, lo que forma es la Filosofía que une
el libro con la vida.
Actualmente, ningún mar es profundo, parece que
todos se conforman con poseer un inmenso, casi infinito océano de información
pero, con dos centímetros de profundidad. Todos hablan y opinan de ciencia,
política, religión, y filosofías. Repiten los titulares de los diarios, las
investigaciones light de Wikipedia, los comentarios de
Twitter, y así, se estructura un conocimiento “Epistémico hermenéutico
sistémico ontológico y holístico” como tema de investigación de una tesis
doctoral típica de estos académicos del nuevo milenio. En las llamadas ciencias
sociales, se está perdiendo la dimensión antropológica en las investigaciones,
y se está construyendo un edifico de naipes, a fuerza de repetición de lo ya
escrito, gracias al corte y pega de internet.
Sin duda, los medios de comercialización muestran
más interés por los libros sobre los juegos de azar, la brujería,
los chismes en los diarios, las mujeres en bikinis, el precio de las bebidas
alcohólicas y el precio paralelo del dólar, que por las investigaciones
sociales, filosóficas y matemáticas, entre otras. La educación se hace un reto,
un nadar contra corriente, una tarea que a veces parece superar nuestras
fuerzas vitales. Es aquí en este espacio y tiempo de la información que aturde,
cuando cobra sentido la Filosofía de la Esperanza, ese llamado a detenernos a
pensar sobre el sentido de la vida. El educador no se conformar por luchar unas
cuantas monedas, busca el secreto de la vida en el Otro, en el que está a su
lado, busca en cada niño, niña, en cada joven, en cada mujer y en cada hombre
ese trozo de luz y de esperanza.
Para la cultura del Mercado, parece que la
filosofía no vale la pena, no produce ganancias económicas, o tal
vez, el pensamiento ha dejado de ser una mercancía. La formación filosófica es
contraria a los intereses de una revolución que no llega: “el revolucionario es
disciplinado y obedece”, cuando la revolución es dictadura…, el pensamiento
estorba. Cuando la Filosofía no es ganancia…el Mercado…, simplemente la arroja.
En realidad, para poder gritar consignas
delirantes, simplemente, hay que ser uno más, un bloque del edificio, una
burbuja en el mar. La dictadura es la muerte del sujeto. El pensamiento está
demás, estorba. Ahora, las lecturas se van hundiendo en el pasado de viejos y
polvorientos libros amarillos, tan húmedos como la muerte, tan inútiles como la
sombra de un cadáver, los dictadores solamente hablan del pasado y de un
presente que nunca llega.
El nuevo hombre de cualquier dictadura debe
obedecer, seguir las órdenes de todos los líderes elegidos por los dioses. Todo
reinado necesita vasallos; solamente el rey es sujeto, es el único con el
derecho de expresar libremente lo que piensa, las otras fichas del ajedrez
carecen de alma. Las dictaduras hacen del hombre un objeto, lo que se manipula,
lo desechable, un animal de carga, sin voluntad y sin esperanzas existenciales.
Las dictaduras son el reinado de los elegidos y la muerte de los que no tienen
nombres, de los anónimos, de los que nunca existieron. La dictadura es contraria
al hombre, a la vida y a la Filosofía de la Esperanza. La dictadura es la
negación de la existencia de Dios Padre.
A veces me invade la angustia al saber que la
Filosofía se presenta como una asignatura “extraña”, sin sentido, como un
registro histórico, sin forma, carente de razón; como una disciplina cuyo
título no interesa a la mayoría. El mundo se ha convertido en la jungla de los
sobrevivientes, seres desesperados por conseguir comida, vestidos, gasolina y
licor. No resulta fácil hablar de esperanza, no es fácil la solidaridad…, sin
embargo ese es el único camino de la vocación docente, ser los apóstoles de la
Esperanza.
Las dictaduras atrofian el cerebro, y sus
seguidores parecen aves sin nido, roedores hambrientos sin hermanos, sin
familia, sin deseos, perdidos y con la espalda doblada bajo el peso del terror
de saber que la vida no es más que un breve concepto. En la dictadura, todos se
convierten en cobardes que esperan ser devorados por la violencia en un
callejón sombrío, escuchando a lo lejos el lamento de las madres, mientras la
vida se va con la última gota, con el último suspiro, por eso ya nada importa.
La muerte está ahí, se puede sentir su humedad, está cerca, demasiado cerca,
rozando la ventana, tratando de entrar, todo está oscuro allá afuera, todos los
ruidos asustan. Se tiene miedo existencial de vivir. Y ahí estoy hablando de la
Fe, del Amor, de vocación de servicio, de lecturas formadoras de conciencia.
Aquí estamos haciendo la verdadera Patria, la que soñó Bolívar, Sucre y
Miranda.
De hecho, durante millones de clases la experiencia
ha sido más o menos la misma: los alumnos se sientan ahí, yo les hablo del
mundo racional, de escritos líricos, de los griegos, latinoamericanos, de
teoría del conocimiento, de filosofía de la educación, de ética, de valores, de
fenomenología existencial, de la realidad de América Latina, de la educación
liberadora, de la Pedagogía del Oprimido; Y ellos hablan de la
vida, de sus inquietudes, de lo que han leído, de sus temores, del trabajo que
pasan para llegar a clases. Yo les hablo de Esperanza, de que no aflojen la
lucha, de que lean, de que se formen, y que vayan a esas escuelas a sembrar
conciencia liberadora en las almas de esos niños.
Aquí, a veces se habla de deportes, de música, de
poesía, de cine, de política, de los aciertos y fallas de
la revolución que no llega. Todos vienen, se ven, nos vemos las caras y tomamos
café. Llegamos a la casa, tan agotados, mirando la blancura del techo, tan
agotados y dormimos; pero con el corazón lleno de vida, de poemas y de
esperanza.
Ayer, durante la lluvia del anochecer enterramos al
viejo profesor de Filosofía, todo era tan gris, pero con vida, con colores. Dos
mujeres lloraban, fue un héroe, y lo llora la Patria. Sin duda, a los que
vivieron para educar, y se fueron con el corazón sin semillas, tal vez allá en
el cielo, les regalen flores. La muerte no se lo lleva todo. La tierra fría de
la tumba se hace la morada pasajera y en altar eterno. El viejo amigo se fue
creyendo en la lucha por la esperanza. ¡Qué equivocado estaban todos! Si la
muerte muere no será en manos de ninguna revolución que no llega. El imperio
son ellos; sí, los que viven del engaño. Ahí está el capitalismo suave o
salvaje, dominante, fresco, con su rostro sonriente, y pleno de vitalidad. El capitalismo
es el Mercado que ahoga y destruye conciencia. La miseria de los pobres
coincide totalmente con el absurdo existencial. La Filosofía la
Liberación integral de los que nada tienen…, es el camino de la Esperanza.
La imagen en el espejo es muda, años tras años
hablando de Dios, de la Vida, de Filosofía, mensajes que llegan a las
conciencia de esos jóvenes, que me miran con asombro, se llenan de fe y de
confianza. Sin embargo, tengo las medias rotas, la misma camisa de hace años.
No tengo dinero, no tengo lujos, pero aquí estoy, y somos muchos los que
luchamos días a día, en cada salón, hablando de lo hermoso que es dar la vida
por el otro, por cada niño, niña, joven, hombre, mujer que nos llama.
¡Por Dios! Yo creo en lo que digo, soy un educador.
Siempre estoy tratando de encontrar algún mensaje educativo entre
las frases perdidas de algún filósofo. Todos me miran, y escuchan. Un alumno
mira el reloj, demasiado calor, yo miro el reloj, todos se van, y hablan de la
clase. Me siento tranquilo. Saludo a Miguel, un profesor recién llegado, no
tiene treinta años. Varios papeles rotos, hojas que ruedan al azar, el silencio
después de la despedida: “¡Adiós, Profesor, feliz fin de semana! Soy un
profesor, es una carga, no estoy solo, son tantos que estamos aquí dando clase,
día a día, llueva, se cobre o no, siempre volvemos después del fin de semana.
****
Por otra parte, en la Venezuela actual, se ha dado
el caso de que si algún alumno o algún profesor universitario ha tenido
contacto con textos filosóficos, puede que se trate de filosofías
promovidas desde la Nueva Era, o desde las religiones autóctonas, de esas que
enfatizan la identidad legítima en contra de las religiones alienantes e
imperialistas, tales como el cristianismo, que sigue siendo “el opio
del pueblo”; así pues, algunos grupos promueven la “santería” , una
religión cuyo gran sacerdote siempre es el dictador político de turno.
En lo esencial, desde la dimensión académica
y formación filosófica y cultural se trata de textos sin profundidad, libros
para el comercio, lecturas de fácil consumo, charlatanerías y sandeces tales
como: “el color del aura”, “la astrología y la suerte”, “el poder mágico de los
cristales”, “las esposas de Jesús”, “el milagro de los ángeles”, “las pirámides
extraterrestres”, “el poder de los números”, “el poder infinito de la mente”,
“cómo ganar amigos”, “los misterios del universo”, “los dioses locos”, “la
mirada de Satanás”, “técnicas de adivinanzas”, “el éxito del nuevo milenio”, y
todo lo que llame la atención de los compradores. Desde luego, este tipo de
filosofía comercial nutre satisfactoriamente el intelecto de algunos elegidos
por esos dioses del nuevo milenio; son las religiones fáciles, las que
solamente cuestan dinero. Ahí la Filosofía se hace alienante, no hay compromiso
con el Otro; se desvía lo esencial de la vocación docente.
Por ahí siempre andan esos sabios, se visten
de modo especial, medio hippie, medio poeta, o de filósofo moderno. Bueno, “son
lo máximo” a nivel de cultura y sabiduría, son especiales, diferentes a los
seres comunes, no sé cómo expresar ese aspecto angelical y extraño que les
rodea. Lo cierto es que caminan muy despacio, de mirada dulce, de voz pausada,
de palabras calculadas, parece que están dormidos, soñando, tocando flautas, guitarras,
cantan himnos religiosos, gritos de protestas. En ellos no hay encuentro con el
diferente, se hacen razas elegidas, la filosofía desaparece, los sueños propios
se esfuman…, y el mundo se hace extraño, ya no hay encuentro con la gente. Así
no hay Liberación, ni Filosofía de la Esperanza.
Por otra parte, hay toda una congregación de
hombres y mujeres vestidos totalmente de blanco, de pureza, de santidad, hablan
de la “mano de Orula”, del dinero que tuvieron que pagar por el “santo” o
protector espiritual, parece ser que entre más costoso sea el santo protector,
sería más poderoso. Ellos aseguran que esa es la verdadera religión del pueblo,
y según sus ideas, esa santería no sería “un opio del pueblo”, sino la
manifestación de poderes espirituales liberadores del malvado imperialismo.
Hay sabios de todas las edades, viejos, mediana
edad, jóvenes, adolescentes, y todos son vegetarianos, seres muy espirituales,
olorosos a varillitas mágicas, con pulseritas de metales preciosos; son los
sabios enajenados por el consumo capitalista. En cambio, los que dicen ser
revolucionarios andan de blanco, no se dejan tocar, olorosos a tabacos,
expertos bailadores de tambores; van a los cementerios, extraen huesos de
cualquier cadáver; anotan el nombre del difunto y luego colocan el hueso dentro
de un busto hecho de yeso, que se asemeja a un hombre con sobrero: “Miguel
González, yo te conjuro: En nombre de los Orichas bara lode, bara adage, bara
alana, y desde hoy serás mi ánima protectora” ¡Dios, quién sabe dónde iremos a
llegar con estas religiones “liberadoras, revolucionarias y populares”!. Estas
realidades oprimen, embrutecen, encierra a la gente entre el miedo y la
ignorancia. Somos educadores, la vocación de servicio forma conciencia en cada
ser personal, no demos la espalda, no confundamos, sembrar conciencia es un
canto a la Esperanza.
El esfuerzo de estos “elegidos” se centra en
ser diferentes, y que se les adore por esta diferencia, se sienten
infinitamente superiores a los hombres y mujeres comunes, como mi madre, mis
hijos, mi esposa, mis hermanos, la mayoría de mis colegas, de mis amigos, de
mis vecinos; seres sin poderes especiales, como la mayoría que conformamos el
resto de la humanidad. El mundo a veces confunde, demasiados mensajes, nada se
queda quieto, pero debemos parar, detenernos un momento, buscar claridad entre
las nubes; formarnos de verdad, dedicar tiempo a la lectura, trabajar sin
descanso por el Pueblo, que siempre espera lo mejor de sus educadores
formadores confiables y sinceros, llenos de amor y de esperanza.
Más allá de los discursos políticos, el capitalismo
es el fondo cultural de cualquier forma de vida en la actualidad. Todos estamos
sumergidos en las aguas del Mercado. El Mercado es lo vital, y su único valor
es el dólar. Si no me creen, pregúntenle a la nobleza venezolana, vean las
cuentas bancaria de todos esos millonarios, imperialistas o revolucionarios. Si
piensan que exagero, vean las chequeras de algunos de esos héroes de la patria.
Allá ustedes si creen que aquí se está gestando una
alternativa socialista del nuevo milenio más humana y diferente al capitalismo
salvaje. Yo no me creo esa fábula. ¿Recuerdan las canciones revolucionarias?
“La inocencia no mata al pueblo, pero tampoco lo salva, lo salvará su
conciencia y en eso me apuesto el alma”. La educación liberadora es el camino
de la verdadera revolución.
El Mercado es como una sombra que carcome,
siento que ese afán de tener y tener está dentro de mí, como un virus que me
arrastra; siempre necesito algo, quiero comprar y comprar; y luego no encuentro
un lugar donde guardar las cosas. El Mercado opaca el intelecto, la razón, la
sensibilidad; nos hace inservibles, muñecos que envejecen tratando de tener
vitalidad para consumir y consumir hasta el último suspiro. Según los
principios de la sociedad capitalista actual, si nos puedes comprar
es mejor morir. La Filosofía de la Liberación es otra cosa, es luchar y
comprometerse con la vida; trabajar por una humanidad cada día más feliz, menos
violenta; simplemente…, más humana.
He aquí el sentido de la vida en la cultura de la
globalización: comprar, ganar dólares, comprar. Si puedes comprar lo que
quieras, entonces eres un hombre de éxito, una persona feliz; nada importaría
ni la revolución, ni el imperialismo; el Mercado nos unifica; y, determina el ser
de las cosas y de las personas. Hasta mi muerte será un proceso comercial: me
venderán un velorio de lujo, funeraria costosa, ataúd de buena marca y el
cementerio más exclusivo de la ciudad. A veces me pregunto, si no podré comprar
un par de alas angelicales, una lira transparente y la salvación eterna. En el
Mercado globalizante se puede comprar el dios hecho a mi imagen y semejanza. Yo
confío en los alumnos, en esos nuevos educadores de estos tiempos difíciles; yo
confío en cada joven que entra al salón de clases y se va con la inquietud de
ser un educador y formador de las nuevas generaciones.
**
* * *
En el nuevo milenio el conocimiento pretende ser
reducido a una cosa que se vende, un aparato, un montón de hojas y
letras; sería una propiedad como cualquier otra. Aquí, en estos centros
comerciales se compra y se venden conocimientos; aquí, encerrados en el mundo
virtual, parece ser que todos saben de todo. Sin embargo, más allá de las leyes
del mercado, el conocimiento no es una inversión perdida, bien sea que se
compre o se venda como vulgar mercancía, siempre el conocer deja huellas. Leer
dejará huellas en la mente. El conocimiento es una buena compra cuando existe
el compromiso de formación desde la vocación docente. Yo tengo la casa llena de
libros. La mayoría de esos libros los compré porque estaban baratos; tengo
libros y revistas de temas inimaginables, y a veces los leo; pero, tengo libros
de filosofía que son un tesoro, una fuente inagotable de formación de
conciencia; y tengo libros latinoamericanos, de esa filosofía de la Liberación
donde se habla del hombre y del sentido de la vida.
Lo escrito es vida de un autor de carne y hueso, de
su época; por tanto, siempre posee algún nivel de validez en cuanto a sus
reflexiones y propuestas. Aunque en esta cultura del comercio, da igual su
contenido formativo, académico, científico, filosófico, teológico; lo que se
valora es el objeto de consumo; es decir, el libro tiene que ser bonito y
agradable, como cualquier florero destinado a ser un adorno arrojado al mundo
de la hipocresía, la falsedad y lo exterior. Los educadores buscamos lo que
vale para el espíritu, para la conciencia para la verdadera Liberación de cada
hombre y de todos los pueblos del mundo.
Encerrados entre las leyes tiránicas de la cultura
del Mercado, los escritores tienen que producir lo bonito, bueno y barato, de
eso se trata la gran producción de los intelectuales que se dejan
atrapar por las ilusiones y fantasías del nuevo milenio.
Ya no hay secretos, no hay sabiduría, no hay sectas
de sabios, adivinos, satánicos y brujos; parece que el mundo entero se
escondiese en lo más oscuro de una habitación privada; la conciencia se
encierra a sí misma en el secreto de la intimidad frente a una pantalla
virtual. Lo virtual se está haciendo reflejo de la conciencia. Lo virtual se
hace intimidad dentro de mi alma. Y sin embargo, la lucha por la libertad de la
conciencia sigue viva, no somos la otra orilla de la computadora; somos
libertad espiritual y trascendente.
Aquí no hay revolución, ni alternativas. El viejo
discurso de alternativas rusas murió sin haber vivido. El Mercado nos arropa
desde afuera hacia lo más profundo. Todos estamos condenados a la enajenación
desde lo virtual. Lo virtual es el sueño de los dioses hecho realidad, una
fantasía que se puede tocar, sentir, besar, adorar, repetidas veces. Sin
embargo, lo virtual no existe; entonces es perfecta, lo virtual
gusta porque es intimidad desechable. Hay una dimensión de lo
virtual que educa, que se hace útil e indispensable en todos los procesos
educativos; pero, también lo virtual se puede convertir en enajenación real y
destructora. Somos educadores, aprendamos y enseñemos a distinguir, a elegir
con consciencia.
En el fondo, la filosofía bonita se convierte
en un plato de comida rápida, insípida, grasienta, a bajo precio, con aderezos
exóticos. Se trata de una filosofía para el descanso, para leer
durante la vejez, mientras se disfruta de un vino francés a la orilla del mar
azul y eterno, la filosofía del nuevo milenio se disfruta y se muestra en el
modo de hablar y de vestir, esas lecturas de conjuros mágicos se consumen
lentamente mientras nos convertimos en ángeles evolucionados y revolucionarios
dolarizados. Nada más alejado de la realidad del compromiso desde una Filosofía
de la Liberación y de la Esperanza.
¿Quién puede pensar en la filosofía de la
liberación de los oprimidos? Para el Mercado, eso no existe. Y en todo caso,
sería un fastidio. Según la cultura del tener y del poder, a la liberación se
la tragó el Mercado. Según ellos, los pobres quedaron abandonados en
sus ranchos, en la selva, en los pueblos andinos. A los pobres los traicionó la
revolución que nunca llega. Si quieren comer y vestirse que hagan colas, que
compren las sobras y que se vistan de harapos. He aquí un fuerte reto real y
cotidiano de la verdadera vocación docente, desde una Filosofía de la
Esperanza.
En esta universidad muchos piensan que la filosofía
es un plato exquisito, un lujo para los elegidos de siempre, los que nacieron
para ser felices, como esos profesores universitarios, cuyos conocimientos
están a la altura de los avatares milenarios y de los líderes eternos: Marx,
Fidel, Lenin y Mao Tse Tung, entre otros. Así son realmente algunos de mis
colegas, hombres y mujeres que ya no desean dar clases; nada de eso, ellos son
especiales, desean dedicarse a la investigación, que la universidad les trate
de modo especial, como se merecen: viajes al extranjeros, años sabáticos,
permisos remunerados, oficinas personales, equipos de computación y todo lo
necesario para investigar, investigar, investigar y al final, entregan la
mismas tesis de siempre, o en el peor de los caso, compran una
tesis, publican el artículo ajeno; se compran el disimulado prestigio: un
traje, una toga especial, condecoraciones, botones por todas partes y una mente
en blanco. Aunque obtengan un triunfo aparente son la negación de la mayoría
que trabaja día a día en la formación de los futuros educadores del país.
Se trata de una academia sin compromiso, de un
ejercicio docente sin vida, solamente buscan dinero y aplausos, lo demás carece
de sentido para ellos, si tienen que pisotear, lo hacen; si tienen que mentir;
entonces, mienten. Una de esos personajes me juró porfiadamente que leyó
la Crítica de la razón pura mientras esperaba la llegada de su
padre en el aeropuerto de Maiquetía; otro profesor me recomendó, lo que a su
juicio era el libro de metodología más fácil, el Discurso del Método,
ahí, según él, se encontraban los pasos a seguir: planteamiento del problema,
objetivos generales, objetivos específicos, justificación, límites, alcances,
población, muestra, conclusiones y recomendaciones. Él me aseguró que conoció a
René Descartes, quien era un profesor del doctorado en Maracaibo. A Dios
gracias se trata de una ínfima minoría. La educación es compromiso real, es
sacrificio. La filosofía y la Esperanza es un camino difícil de compromiso y de
servicio desinteresado. La conciencia que se forja entre el compromiso y la
lectura se inicia en la Esperanza y en la verdadera Liberación personal,
comunitaria, social y de la nueva humanidad.
En el fondo se trata de profesores cuya formación
ha sido ajena a los contenidos tradicionales de la Filosofía Occidental, en
donde se enseñan asignaturas como: Lógica, Ontología, Metafísica Aristotélica,
Ética, Moral, Antropología Filosófica, Teoría del Conocimiento, Filosofía de la
Ciencia, Filosofía de la Educación, Epistemología, Historia de la Filosofía, y
las diferentes corrientes del pensamiento filosófico de la cultura occidental,
que son realmente las fuentes de nuestra academia, modo de ser y de pensar.
Estoy convencido que la cultura no es cuestión de
“parecer”, “yo opino”, “me gusta”, “no me gusta”. Generalmente se trata de
opiniones caprichosas, se parecen a esos peces del océano que son tan
originales que se la pasan gritando: “no me gusta el agua salada”, “no me
gustan la escamas”, “no pienso que sea justo esa ponedera de huevos”, “mejor es
la vida de los halcones machos”. Se nace y se pertenece a una cultura
determinada; y esa cultura conforma los elementos esenciales de nuestra
realidad: lenguaje, modo de caminar, de comer, de estudiar, lo religioso. Para
bien o para mal pertenecemos a lo que se llama la Cultura Occidental. La
formación filosófica se da dentro de esa cultura, así de simple. La realidad
latinoamericana da un matiz propio y original a la tarea filosófica; pero sin
obviar sus raíces occidentales.
Ah, he aquí el problema, la lectura de la filosofía
tradicional, de la cultura occidental no es sencilla, no son lecturas de fácil
consumo, no se trata de libritos de bolsillos para leer mientras se comparte un
café. Es decir, para adentrarse en la filosofía tradicional hay que ser serios,
dedicarle la vida, pero de verdad, son horas y horas enteras de arduo trabajo
intelectual.
La filosofía no se reduce al conjunto de
libros esotéricos que tratan sobre cristales, adivinanzas, psicología de
movimientos corporales. Claro, lo que ocurre es que a veces se leen los textos
de la filosofía tradicional y no se entiende nada o tal vez, muy poco. Leer
filosofía no una tarea agradable, como ir de compras, tomar cervezas y bailar.
El estudio real de la filosofía es extremadamente exigente. ¿Quién puede
afirmar que leer y comprender la Metafísica de Aristóteles sea
una tarea fácil y divertida? ¿Cómo hacer dinámicas grupales para entender la
ontología de Nicolai Hartmann?, ¿acaso son placenteras las lecturas de las
obras de San Agustín, Santo Tomás, Hegel, Marx, Kant, Husserl, Heidegger y
muchos otros autores?
¡Claro!, en la cultura del mercado y consumo
masivo, sería demasiado difícil comercializar una película sobre la Metafísica de
Aristóteles, el idealismo de Platón, o sobre la Crítica de la razón
pura, escrita por Kant. De seguro, no bastaría con una campaña publicitaria
señalando las ventajas en cuanto a la formación cultural que dejaría en el
público general, los argumentos y las reflexiones filosóficas de los
protagonistas; simplemente, porque las reflexiones verdaderas y la formación
cultural no se venden, lo que se vende es lo bonito, bueno y barato. Por
ejemplo, si la película se titulara “la homosexualidad salvaje de Platón y
Aristóteles”, y se presentan escenas pornográficas sería todo un exitazo,
pedirían a gritos una segunda parte; y se crearía toda una secuencia de
películas sobre los filósofos griegos.
Asimismo, lo más rentable sería escribir historias
ficticias “basadas en hechos reales”, se pueden hacer películas desde la
fantasía y la imaginación sobre las aventuras de los caballeros templarios, las
brujas de la Edad Media, el mago Merlín, y cualquier otro invento con ropaje de
historia real. Tal vez, se estén realizando algunas películas: “Verdaderas
enseñanzas de Jesús”, “el satanismo en la Iglesia católica”, “los oscuros
secretos de los papas”, “el dios gato”, “la serpiente venida del cielo”, “el
martillo de los dioses blancos”, “el cristal mágico del tigre tuerto”, “el
astuto cocodrilo”; en definitiva, lo que se vende son las rarezas y supersticiones
promovidas desde las mentes mercantiles de los gerentes de la Nueva Era,
quienes disfrazan sus intereses de ganancias económicas, en una fachada mítica.
En consecuencia, la verdad epistémica, la verdad
moral poco importan, no tendría ningún sentido plantearse la veracidad o la
falsedad de los criterios epistémicos, o de los juicios morales. De hecho, ya
poco interesaría el problema de la objetividad o subjetividad de los
conocimientos científicos, carecería de sentido plantearse el problema de la
trascendencia o de la inmanencia de los valores, daría lo mismo la
universalidad de los valores o el relativismo personal de los valores. En el
fondo, el problema de la existencia de Dios no tendría mayor importancia para
ellos; Dios ha sido convertido en un bien de consumo, si te agrada, cómpralo,
te vendemos el mejor de los dioses, uno que sea adaptado a tus caprichos; si no
quieres a Dios Padre, Creador del Cielo y de la Tierra; no hay problemas,
también se te puede vender una energía universal, natural, impersonal, que le
ofrece esa luz brillante a tu mente, convirtiéndote en parte de la “fuerza” del
universo, que te da poderes mágicos y especiales, para que puedas elevarte por
encima del común de los mortales.
Así, pues, desde esta realidad mercantilista, según
el límite de tu cuenta bancaria en dólares, así sería tu elevación espiritual:
puedes comprar dioses imperialistas, extraterrestres, y también sus dioses
mulatos, indígenas, malandros y todos dispuestos a venir del más allá a
continuar con el proceso de liberación de cada fiel.
En fin, desde la cultura del Mercado, la meta
consistiría en vender a como dé lugar, obtener el mayor nivel posible de
ganancias económicas; por eso, la cantidad de dólares que se obtengan por la
venta del libro, determina el nivel de sabiduría espiritual de los textos. No
exagero, si el libro, la película, lo que sea, se vende; entonces, allí hay
sabiduría especial, de la que gusta, de la enviada por seres divinos a través
de sus elegidos. ¿No me creen? Veamos, ¿cuántos libros de ontología se venden?,
¿cuántos de historia de la Iglesia?, ¿de teología moral?, ¿de antropología
filosófica? ¿Cuál escritor se ha hecho famoso escribiendo sobre tratados del
dogma cristiano?
Está bien, cambiemos de temas. ¿Qué escritor se ha
hecho famoso escribiendo sobre la historia del marxismo?, “la historia del
mercado”, “la vida y obra de Cristóbal Colón”, “la física nuclear”, “los nuevos
descubrimientos de la química”, “la literatura y la ecología”. Pareciera que el
conocimiento científico, filosófico, teológico, literario, histórico, entre
otros, están condenados a los basureros y a los rincones más amarillos y
olvidados de las bibliotecas moribundas, que sobreviven como reliquias húmedas,
como gusanos que huyen de la sequía. El saber se esfuma entre los discursos de
vendedores del nuevo milenio.
Por otro lado, los autores de estos libros de fácil
consumo se sienten elevados y sucesores de los grandes sabios de la humanidad.
En serio, ellos se creen sabios, y si el libro escrito sobrepasa el millón de
dólares en ganancias, estos autores se visten, caminan y hablan como seres del
cielo, avatares, ángeles encarnados superiores al resto de los mortales. Y si
el libro tiene que ver con “alternativas liberadoras”, igual, se creen
salvadores de los pobres, a estos liberadores nada les cuesta vivir muy
cómodos, como profesores de universidades importantes; ninguno de ellos, en la
actualidad vive en barrios, o se encuentran organizando sindicatos de obreros o
viven entre los campesinos de Cuba. Ellos son cómodos y “burguesitos” que
escriben sobre la “miseria en América Latina”.
En realidad, estos “liberadores” escriben bien, con
profundidad; pero, siguen repitiendo lo que oyeron, tocaron, sintieron desde
hace muchos años; y muy pocos de ellos han tenido el valor de despertar,
prefieren seguir viviendo tan cómodos y tan consumidores como cualquier otro
intelectual burgués del “imperio”. Y los intelectuales de izquierda, que
todavía no se han montado en el barco del placer consumista, andan vendiendo
“alternativas” en Venezuela, Ecuador, Argentina a ver qué consiguen; aceptan lo
que sea, desde un cursito de postgrado de 8.000 Bs (8 dólares), hasta un
“centro de investigación contra la dominación y el coloniaje”, y adulan a sus
líderes, a ver quién quita y les cambien de vida con algún carguito
burocrático, y tal vez, hasta se ganen una visa yanqui, así son ellos. Y Dios
quiera de verdad, que yo esté generalizando y exagerando.
En cuanto a la formación cultural en el Mercado del
nuevo milenio, resulta que el misterio se vende, las leyendas se venden, los
cuentos de hadas se venden, los secretos de las pirámides se venden, la
historia de los extraterrestres que vienen de otras galaxias, que se
presentaron como dioses se venden, los viajes al pasado y al futuro se venden,
la magia se vende. Por supuesto, lo raro se vende. Cuando el Mercado es la
fuente del saber se destruyen las bases mismas de la cultura de la humanidad,
para que surja la anarquía humana y espiritual; entonces, todos tendrán que
rendir culto al dios dólar, fuente espiritual de algunas sabidurías de estantes
del nuevo milenio.
En lo esencial, una cuenta bancaria en dólares
sería la garantía de la salvación eterna; si no posees dólares, miles de
dólares, millones de dólares, entonces, tendrás que vivir en el infierno,
rodeados de todos los empobrecidos y miserables; serás uno de ellos para toda
la eternidad, bien seas revolucionario o demócrata; al final, te espera una
larga cola, a ver si por casualidad sobra un paquete de harina de maíz, un pote
de leche, un kilo de carne, un jabón para quitarse el olor a miseria y
abandono.
Así, pues, toda esa literatura del nuevo
milenio que ataca lo más tradicional del pensamiento de la humanidad
occidental, amenaza con destruir la conciencia personal y comunitaria, y nos
está llevando lentamente a la anarquía del pensamiento: “todo vale”; al más
profundo relativismo moral, a la esclavitud y a la dictadura de la mayoría
sometida por focos muy personalizados y concretos de pequeños y grandes
imperios o reinados personales y hereditarios. De corazón les digo a todo
pulmón: Las promesas de cualquier religión o filosofía de estante es un fraude.
Sin saberlo, el nuevo milenio parece ser un
remolino que nos devuelve al tiempo de las monarquías. Los actuales príncipes
son tan caprichosos y destructivos como el Nerón de la antigua Roma, estamos en
las manos seductoras de los amos del Mercado; ¿no lo creen?, ¿quién puede vivir
sin un celular?, ¿para qué es el viagra?, simplemente para poder prolongar unos
cuantos años la capacidad de sexualidad en la cama. De hecho, prolongar el
placer sexual del existir, parece ser la verdadera propuesta de fundamento
antropológico y del sentido de la vida de imperialistas y revolucionarios.
Es decir, según la antropología del
mercado, si la vida no es placer sexual; entonces, mejor sería morir
que vivir una vejez inútil y vacía, tratando de no sufrir los dolores de un
cuerpo que se hunde en el tormento infernal de las enfermedades y sus fármacos;
entre más envejeces, más dolor, menos placer y más píldoras. De hecho, en una
sociedad sin compromiso, sin esperanza…, la vejez es el infierno.
***
***
El problema consiste en la esencia misma de la
Filosofía de la Esperanza frente a la Filosofía de la Muerte de las falsas
revoluciones y de la cultura del Mercado. La Filosofía molesta, cuestiona,
exige, no es fácil, no se aprende el contenido de toda la Filosofía clásica en
talleres, diplomados, seminarios, encuentros académicos; tampoco, se aprende
filosofía leyendo uno que otro libro de Edgar Morin. Aprender los rudimentos
propios de la filosofía lleva años de estudio formal, en universidades
especializadas en el área filosófica, igual pasa con la medicina, la
ingeniería, el derecho, y todas las áreas y carreras universitarias. De
profesores formados en Filosofía ha existido y existen muchos ejemplos dignos
en esta Facultad de Educación y de modo especial, en el Departamento de
Filosofía; profesores realmente comprometidos, que publican y que enseñan.
Estos ejemplos de vida entregada a la enseñanza de la Filosofía son personas
sencillas, cuya presencia siempre ilumina, sus enseñanzas siempre han sido de aliento,
desde la formación cultural adecuada que ha sido fuente de verdadera formación
de los futuros educadores de los niños y jóvenes venezolanos.
Algunas veces pienso, que ellos se
sienten caminando por la vida, dedicados a la enseñanza de una asignatura que
les ha dado sentido a la propia existencia. Es decir, predican. Entonces, en la
misma conciencia cotidiana del profesor de Filosofía, comienzan a surgir la
esperanza y liberación como fuentes de los contenidos filosóficos; el interés
se hace vida, el compromiso crece en la intimidad como una luz que fortalece la
identidad vital con la Filosofía del encuentro real y fraternal con el Otro.
En el vivir real y cotidiano de cada uno de estos
profesores crece el acercamiento hacia la ontología, la ética, teoría del
conocimiento, historia de la filosofía, metafísica, todo lo que aprendió en sus
años de formación juvenil. A veces, cuando el cansancio invade las venas de
estos profesores, comienzan a recordar viejas y lejanas anécdotas vividas en
los tiempos de estudiantes, o en sus primeros años de educadores, y
las comparten con los profesores jóvenes, que nos miran como deslumbrados,
entretenidos. Y de pronto, surge la energía académica y el deseo de producir y
de enseñar como una necesidad existencial que da sentido trascendental a la
vida misma. Y la filosofía comienza a volar como las gaviotas que aparecen tras
los veleros que navegan hacia horizontes de esperanza. La Filosofía es vida y
esperanza que se transmite de mano a mano, de corazón a corazón.
Sin embargo, en la actualidad existe el
peligro de que la filosofía se haga “ciencia positiva” en manos de algunos
sociólogos y psicólogos. En el universo académico, las llamadas ciencias
sociales están despedazando a la filosofía. Parece una revancha de ultratumba
del fallecido marxismo ortodoxo, ya nadie es filósofo, todos son
científicos sociales. Lo repito: científicos sociales. Para el Mercado las
reflexiones de Noam Chomsky son científicas, valederas; por el contrario,
la Ética de Spinoza sería un montón de palabras sin
importancia.
Efectivamente, para los académicos del nuevo
milenio, la debilidad de la filosofía consistiría en su aparente inutilidad,
dado que no resuelve problemas inmediatos, no beneficia la situación económica
de una persona. Entonces, parece que leer textos filosóficos sería una pérdida
total de tiempo, ni siquiera nos liberaría de los fantasmas y
demonios imaginarios. Además, los contenidos de los libros de filosofía no son
de fácil lectura, da la impresión de que están escritos para una élite de seres
extraterrestres, sin espacios, sin tiempos. Para el Mercado, y sus fundamentos
pragmáticos y positivistas, la filosofía consistiría en tratados antiguos que
no dicen nada y hablan de todo, ¿qué es el Ser?, y al final no hay respuesta,
el Ser es el Ser, la Ontología estudia al Ser en cuanto Ser. Sin embargo, estos
profesores de Filosofía, que veo en estos pasillos, son personajes sencillos,
jóvenes y no tan jóvenes, profesores que llegan, profesores que se van…, todos
ellos educadores por excelencia, formados adecuadamente para ser formadores; y
son gente normal que han vivido a plenitud la Filosofía de la Esperanza y la
han predicado.
Lo que realmente pasa, es que los contenidos de los
análisis filosóficos poco tienen que ver con el arte de “ganar amigos”; entre
otros lemas. Es decir, para algunos científicos positivistas y
pragmáticos, la filosofía se vive como lo más inútil, no sirve, no está en
función de solucionar problemas, no produce ganancias económicas, no es
divertida, no es un deporte, ni siquiera es una religión, no es un juego
virtual, no es un contenido psicológico de autoayuda. Entonces, para ellos, la
filosofía es valorada como una basura de hojas amarillentas.
El Mercado quiere una filosofía para el hombre del
éxito. He aquí la palabra clave “éxito”. En efecto, “éxito, luego existo”. El
mensaje se repite millones de veces a través de cualquier medio publicitario.
Claro, las leyes de compra y venta establecen que solamente en el Mercado se
encuentran los secretos del éxito. Por ello, quienes hacen colas para
sobrevivir son la negación del sentido de la existencia, son unos “perdedores”;
los perdedores de siempre, los que nacieron para perder, los que nunca han
ganado nada, los que han sido burlados por los dictadores y traidores de
siempre. Entonces, el Mercado determina el Ser en tanto Ser. Mercado y
Pensamiento son una misma realidad. El Mercado es el “sacerdote” del nuevo
milenio y de las nuevas revoluciones. El dólar es el néctar sagrado y adorado
por todas las sectas del éxito.
En cierto modo, siento que en la conciencia
existencial de muchos alumnos y profesores, la filosofía es una alternativa de
formación hacia una vocación de servicio y compromiso. Me consta que muchos
profesores y alumnos que he conocido en estos largos años, se identifican con
la Filosofía, la defenderían como una asignatura esencial en la formación de
los futuros profesionales que necesita la Patria. Sin embargo, no hay tiempo
para el descanso, para el descuido. Las leyes del Mercado y de los dictadores
ha sido clara; la ecuación es sencilla: es útil, luego importa. Es decir, la
Filosofía de la Liberación y de la Esperanza siempre es un peligro o un estorbo
para la antropología del Mercado y para la antropología de los dictadores.
Las asignaturas filosóficas están dirigidas a
responder interrogantes existenciales, tales como: ¿Cuál es el sentido de la
vida?, ¿qué finalidad se persigue con el proceso educativo?, ¿qué persona se
quiere formar?, ¿qué significa ser educador?, ¿vale la pena dedicar toda una
vida al servicio de la educación?, ¿cómo soportar el peso de la rutina propia
de la tarea educativa?, ¿cómo vivir sin ser apreciados profesionalmente por
nuestros vecinos?, ¿ser educador es optar por una vocación de servicio social a
favor de los más necesitados y desprotegidos de la sociedad?, ¿existe
revolución a favor de los más necesitados en Venezuela?, ¿estamos
condenados a la vida de miseria?, ¿existe alguna esperanza ante esta situación
difícil que estamos viviendo?, ¿hacia dónde vamos como sociedad?, ¿se trata de
salvarse a sí a como dé lugar, sin importar la suerte de los demás?, ¿hasta
cuándo nos seguirán hipnotizando con el retrato de un muerto?, ¿qué significa
hacer filosofía desde una universidad venezolana?, ¿Y Dios?, ¿Dios ha muerto?
La filosofía cuestiona y llega hasta los
tuétanos de la propia existencia cotidiana, nos señala los misterios de la
vida. La filosofía nos asusta, nos abre las puertas de lo desconocido y
profundamente oscuro, nos muestra el rostro de la liberación, de la esperanza y
también el rostro de la muerte. Ese es el verdadero motivo por el cual se le
condena al olvido, al rincón de lo indeseable, a la papelera del baño. Cuando
la filosofía cuestiona, se acerca a nuestra conciencia, no nos deja dormir
tranquilos, nos va consumiendo y se comienza a evaporar todo signo de
comodidad, y surge el educador que se compromete con una vida plena, para sí,
para la comunidad, para sus alumnos, para su Pueblo, para la humanidad.
De no ser así, la vida se convierte en la feroz
batalla contra el Otro, contra el enemigo. El rival, el diferente, el otro
sería el obstáculo. Según la antropología de la muerte, en el nuevo milenio,
nada debe cuestionar la lucha por el tener, solo importa lo útil, lo que
produce placer, lo que ayuda a acumular cosas. Por eso, la filosofía de la
Esperanza que cuestiona y concientiza se hace un estorbo para
cualquier dictadura. La ideología que impulsa a pisotear a todos los
enemigos se hace religión que esclaviza y lleva a la muerte.
¡Escucha educador, Que escuchen todos los hombres y
mujeres de la Tierra, el Señor es nuestro Dios, el Señor es el único
Dios, ámenlo con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con
todas las fuerzas!
“LA GENTE EN LA PLAZA”
*
Tengo la esperanza de que alguien lea estas reflexiones filosóficas. En
la actualidad, la lectura es un desafío poco atractivo, a veces está se
considera como un castigo escolar. Muy pocas personas leen un libro completo,
muchos se conforman con ver las portadas. De hecho este modo de valoración a
las lecturas se ha convertido en un reto para los educadores del nuevo milenio.
Estoy en un universo de conciencias que al escuchar la palabra “filosofía”,
simplemente se apagan, dejan de funcionar, la filosofía no preocupa a la
mayoría de las personas, a veces se le considera algo del pasado. La náusea es
el pensamiento para los seres que solamente se preocupan por el dinero, por el
placer, por la conquista del poder. Desde la antropología del Mercado, la
náusea epistémico, ese desdén, esa flojera, sería una masa informe, una especie
de remolino oscuro y viscoso que lo contagia todo. Vivimos en un planeta donde
el pensamiento es una amenaza que ningún dictador del siglo XXI soporta y que
no conviene a los intereses de la cultura del Mercado.
Cuando la cultura del Mercado nos invade, se acepta cualquier reto,
menos el esfuerzo de pensar. Se puede trabajar todo el día con las manos, el
corazón, los sentimientos; siempre y no sea necesario pensar. Desde la cultura
del Mercado, el hombre que piensa está demás, sobra como los libros
polvorientos y llenos de viejas polillas, como esas biblias negras que
envejecen sobre cualquier armario, sin que nadie las tome en cuenta ¡Qué muera
el pensamiento! ¡Qué viva el dictador de turno! ¡Qué muera la conciencia! Desde
las propuestas antropológicas centradas en el “éxito, luego existo” la sociedad
se hace pragmática, y el educador siente angustia y deseos de apartarse, de ser
diferente, de buscar el sentido de la existencia en el encuentro con el Otro,
en el compromiso de vivir y señalar con su ejemplo que es posible ser cada día
más humanos.
Además, la filosofía del relativismo propuesta por la cultura del
Mercado, en donde todo vale, carece de realidad ontológica, la historia del saber
se desvanece, la reflexión no existe en las vitrinas de los centros
comerciales, las escrituras van desapareciendo en la maldición del pasado, como
se esfuman las breves luces de la tarde moribunda. ¿Qué nos queda cuando no hay
compromiso? La Nada. Sin vocación de servicio, la existencia del hombre queda
sin ideales a la espera de la muerte. Cuando desaparece el alma, ¿qué
nos queda?, simplemente se cultiva el cuerpo; y si no se
puede alcanzar la perfección de un Adonis moderno, entonces, se engorda acostado
frente a la televisión, comiendo golosinas hasta que el aire no pueda entrar en
los pulmones. En el alma del hombre sin vocación de servicio, sin opciones
trascendentales, solamente hay imágenes virtuales de sexo, dinero,
poder, placer, comer, soñar y dormir. La Filosofía es la Conciencia de ser en
relación con el Otro. La filosofía es compromiso que da sentido trascendental a
la existencia.
¿Qué ocurre cuando el hombre no se siente llamado a la responsabilidad
existencial? El pensamiento se identifica con la Nada. La Nada y el pensamiento
serían una misma realidad. La conciencia del hombre moderno y consumista se
ahoga en intimidades subjetivas, tímidas y carentes de vida. Desde la
antropología de del consumismo, la historia del pensamiento occidental yace
bajo las sombras de huesos y gusanos de viejos filósofos enterrados en
gloriosas tumbas, que sirven de atracción turística para ganar algunos dólares.
Sin opciones trascendentales que den sentido a la existencia, el
pensamiento se va con la tarde gris muriendo sobre las alas del último rayo de
sol. La Filosofía es la búsqueda del sentido consciente a
la existencia. Cuando el pensamiento filosófico desaparece; entonces, la
historia de la humanidad carece de motivos, de causas y consecuencias; en el
fondo, no habría historia, solamente hechos que ocurrieron.
Actualmente, las calles son anónimas, ningún rostro indica signos de
vida. Los pasos de la gente se dirigen hacia ninguna parte. Sin embargo, todos
miran el reloj, se apuran, tropiezan, se empujan y se maltratan. Ahora no
existen verdades eternas, nadie piensa en el sentido racional y lógico del
vivir; para muchos la vida es solamente cuestión de gusto; y la filosofía una
cuestión de opiniones, en donde todo vale y nada vale.
Ya no hay poetas en la plaza, ni pintores. Se vive y punto, se hace el
amor y punto, se conocen y punto; se tocan, se mienten, se disculpan, se dicen
“te amo”, y punto; al final, todos quieren descansar, vivir para el sueño suave
y tibio. Lo más importante es la hora del reposo, llegar al hogar, una ducha
fresca, espumosa, liviana; sentir las caricias de la noche, mirar un poco la
televisión, recostarse sobre la almohada, sentir el peso del cuerpo, ir
cerrando los párpados muy lentamente y dormir hasta que se desvanezca el mundo
real.
Desde una filosofía sin compromiso, la ventana es el infierno, el vecino
se debe reducir al silencio, a la tranquilidad, cero problemas, nada de
fastidio, de bulla, de saludos indeseados, los vecinos estorban ¡Eso es la
felicidad, vivir tranquilos como las aves que anidan en el lago del cisne azul!
¡Los pobres! Esos asustan, son la negación de la razón de existir, la muerte de
toda esperanza, el rostro desagradable de la sociedad. La vida sin compromiso
es la negación de la vocación docente. El pobre es la negación de los intereses
de la cultura del Mercado.
Los pobres son los peones de la revolución que nunca termina
de llegar, los seres que estorban, los humillados de siempre, los pisoteados
por las mismas botas del poder. Los pobres son los números necesarios, se
utilizan, se explotan, se les miente, se les manipula, y luego se les arroja a
cualquier orilla. Y cuando el compromiso se reduce al discurso manipulador, no
hay compromiso real, no hay vocación de servicio, no hay ningún tipo de socialismo;
nada importa la gente en las colas, ni los salarios de hambre…, total, siempre
habrá a quien culpar.
Desde la cultura del Mercado, la vida actual se ha convertido en
la lucha por la supervivencia cómoda de los individuos que se esconden en la
inmensa selva social, en donde la debilidad y la muerte del Otro es la
fortaleza de los nuevos dictadores del siglo XXI, y de los empresarios sin
escrúpulos, ni moral humanitaria. La miseria de la mayoría es la posibilidad de
vida cómoda, confortable de los líderes de izquierda y de derecha. La pobreza
es el tema por excelencia utilizado por algunos sociólogos y
antropólogos superficiales y descomprometidos, para escribir sobre la dignidad
de los marginados y la liberación de los empobrecidos latinoamericanos.
¡Por favor, no tocar la puerta! La soledad cómoda, sin
compromiso real es el sueño de algunos intelectuales y escritores superficiales
del nuevo milenio, bien sean de izquierda o de derecha, del centro, del este,
del oeste; nada de eso importa en la intimidad de la habitación. ¡No toquen la
puerta! ¡No molestar! ¡Viva el mundo virtual! La vida es un viaje placentero al
inconsciente personal que se hace bajo la inspiración del milagroso internet:
¡Sexo!, ¡emociones!, ¡dinero!, ¡poder!, y todo lo que el hombre ha soñado a lo
largo de tantos siglos se hace realidad con tan sólo un “enter”. Desde el
intelectual absorbido por la cultura del Mercado, el Otro, el vecino
estorba, si es pobre que se muera de una vez. Lo virtual es el cielo
para los que viven en la filosofía de la comodidad. La educación es el clamor
de los más necesitados, que conmueve el corazón de los educadores y mueve a
salir de cualquier tentación de vida cómoda y sin compromiso real, para así
encontrar, desde su vocación docente, el sentido trascendental y espiritual a
la existencia.
**
Los libros, esos objetos raros, silenciosos, tienen hojas de papel,
miles y miles de letras negras. El viejo acaricia suavemente un libro, aparenta
entender; se acaricia la barbilla, sonríe, mira con nostalgia varonil el
horizonte eterno y matutino, realmente huye de los otros, busca
desesperadamente la comodidad, la quietud espiritual o la nueva esencia secreta
de la raza humana.
El viejo Agustín no quiere conocer a nadie, solamente espera que lo vean
y sientan angustia existencial cuando descubran en sus ojos que la vida humana
se extingue silenciosamente, sin luz, para siempre, sin retorno ni esperanzas
fantasmales. Ahora es simplemente un ser que se apaga, un revolucionario de
verdad, un hombre que todavía es capaz de sostener un libro entre sus largos
dedos. Ahora lee sin comprender nada del contenido de los textos, hace años
entendía y enseñaba a los más ignorantes, ya nada es igual, la subjetividad
epistémica y afectiva se nutre del alcoholismo demente. Agustín es un viejo que
deambula en la plaza esperando la muerte. Está ahí y su ser plantea el problema
del sentido de la vida. La vida de ningún hombre es ajena.
El viejo Agustín Camacho juzga a esas mujeres, a los jóvenes de
cabellera larga, a los curas afligidos de la catedral, a la porquería verduzca
que dejan los pájaros sobre los bancos de la plaza. El viejo juzga: “son
malos”, “son malos”, “nada sirve”. El Ser en sí es el reflejo de su vejez
enferma. Así es la vejez desde la antropología de la muerte, “nada sirve”,
dolor en la sangre y en la mente, la perfecta imagen del alma en penumbras que
se desvanece al ritmo de la tuberculosis, del hambre y la soledad de los
condenados al olvido social. La vejez y la pobreza son la negación absoluta del
valor de la existencia en este amanecer del nuevo milenio y para
todos los intelectuales del relativismo ético que promueven la
existencia cómoda y sin compromiso.
Los viejos son los rostros que aparecen en esas pancartas
publicitarias pidiendo y pidiendo casas, medicinas,
dinero; y los líderes políticos los abrazan, los besan hasta que den
los resultados de las elecciones. Luego, los líderes políticos se van de
vacaciones a las islas del Caribe, hasta que el mar y el sol purifiquen la piel
y no queden rastros de ninguno de aquellos abrazos y besos. La mayoría de esos
políticos viven para el placer, el tener y el poder.
Al llegar el otoño, todo es gris, casi sin iluminación, como si el
universo se apagara. Todo es compacto, sin movimiento, unidad total, eternidad.
El Ser es materia que penetra la conciencia hasta convertirla en piedra, sin
subjetividad, ilusiones, sueños, poesías, novelas, princesas, unicornios,
demonios, vampiros, viajes, diversiones todo se extingue. El viejo se hace
fósil, polvo cósmico, sin valor, un rastro que nunca existió. Desde cualquier
materialismo, el viejo es el hombre sin dioses, el verdadero rostro de una
humanidad que anuncia falsos discursos religiosos y filosóficos al gusto de los
clientes. Ahí, moribundo, sentado en ese banco frío y húmedo se apaga la
filosofía antropológica del placer, del tener y del dinero. Ahí se apaga el
materialismo. Ahí termina la vida sin Dios.
El viejo se muere como la luz en el horizonte, sin amigos, sin ayer, sin
sueños; solitario, pobre, con hambre, sin amigos; eternamente vacío, sin alma.
El viejo es la imagen de un hombre sin Dios. Ni siquiera hay un pintor
aficionado que dibuje el rostro de un viejo sin dientes, cara arrugada, mirada
triste. El viejo se muere en silencio, totalmente olvidado por sus camaradas de
la capital. Sin Dios, el viejo es la muerte de la humanidad entera.
Las personas aparecen y desaparecen como si fuesen los minutos
anónimos. A veces, el viejo deja de fingir que está leyendo, su mente navega
sin rumbo en los supuestos existenciales, en lo que pudo haber hecho y no hizo,
en los dioses del ayer lejano. La frustración le carcome las pocas horas que le
faltan para dejar sus huesos en cualquier rincón oscuro. El tiempo es un
huracán acelerado, la mente del viejo es demasiado lenta y vive del pasado, no
tiene espacio para el presente, ni futuro imaginable; sin la eternidad
desaparece el Hombre. El viejo no tiene suficiente noción de su vida, por eso
no llora, nunca se comprometió en lucha alguna, su vida fue respirar de día y
de noche bajo la influencia del alcohol . ¡Los seres espirituales le
abandonaron hace siglos! Tal vez el hombre encerrado en sus placeres no pensó
en la vejez; ahora, piensa en la muerte, y tiene miedo a la oscuridad, a la
Nada.
El viejo juzga a toda la sociedad, “nada vale la pena”, comer,
beber, orinar, emborracharse, perder toda la noción, sucumbir en el océano de
imágenes del inconsciente, esperar la muerte, dejar caer los brazos como
símbolo del fracaso de la razón y del materialismo, como la negación de la
negación que niega la negación hasta que Hegel vuelva del sepulcro para
corregir la esencia de ese fantasma al que llamó conciencia absoluta.
El viejo vivió como pudo. La plaza queda a pocas cuadras del
cementerio. Él mira con desgano algunas cruces muy conocidas, ahí ahora duermen
los amigos sombríos, los que fueron a miles de marchas a escuchar la esperanza
materialista, ahí yacen los que no están sentados en la plaza, consumiéndose
como velas adormecidas. La vejez del hombre sin Dios, no deja espacio para la
vida, el Ser no tiene sentido. Sin Dios, la vejez es el hogar predilecto de la
muerte, de la Nada absoluta con todo el dolor existencial, sin ideas, sin
conceptos, sin racionalizaciones. Desde el materialismo, la vejez es el rostro
humano del infierno. La vejez es la carga que le estorba a la
revolución que nunca llega. Para este socialismo, la vejez es un
gasto innecesario. El viejo es un inútil para esta revolución que nunca llega…,
y Agustín lo sabe…, los discursos de Marx se han ido, ahora sólo queda la
posibilidad o la negación de la eternidad. Dos modos: Filosofía de la Muerte, o
la Filosofía de la Esperanza.
***
En la plaza de este pueblo se debate la posibilidad de justificar la
trascendencia de la existencia del ser humano. El problema filosófico se vive
profundamente en todas las plazas de la humanidad, la reflexión sobre la
esencia del ser personal se resuelve en cada vida, en cada familia, en cada
niño, en cada joven, en cada anciano. La existencia está en cada ser que
respira y piensa. Lo que está más allá de la puerta del inconsciente, en la
intimidad infantil y adulta es la conciencia de la existencia como
trascendencia de la simple animalidad. La revolución que no llega se
dice marxista, materialista, el hombre que ellos forman consume,
crece, y muere; como cualquier animal del ecosistema planetario. La conciencia
de ser una persona, en cuanto a ser trascendente a la animalidad, no brota de
modo espontáneo, como los frutos del campo. La Filosofía Trascendental necesita
de educadores convencidos de su ser espiritual y trascendente, solamente en
Dios hay esperanza.
Si el Otro es una persona bien parecida, joven, adulto exitoso; si el
mundo fuese el hogar donde todo es transparente; si la vegetación fuese
primavera azul, clima templado, viviendas cómodas, telecomunicaciones de primer
orden, empleos llamativos y prósperos; entonces, sería muy cómodo afirmar que
el hombre es en sí mismo un ser especial, espiritual, angelical, “imagen de
Dios”. Pero, para que esto ocurra, la locura que estamos viviendo tiene que
desaparecer. Los dueños de la revolución que nunca llega son los
únicos que viven muy bien, acomodados en esta sociedad de consumo gracias a sus
cuentas bancarias en dólares. Los demás, los hombres y mujeres del Pueblo, se
la pasan haciendo cola, llevando sol, lluvia, humillaciones…, para terminar
pagando la rabia y la frustración con las cajeras del mercado o de la farmacia.
Las plazas de personas exitosas serían un libro abierto a la pretendida
objetividad de la dignidad del ser humano, fuente eterna de las imágenes
literarias donde los protagonistas son príncipes, princesas y reinados azules.
La belleza juvenil de ojos brillantes sería el amor perfecto y razón de ser de
amistad cómoda con el Otro. La pobreza, el polvo enfermizo, el calor aterrador,
la tuberculosis, la borrachera de la prostituta ahuyentan al filósofo azul , al
novelista, al poeta sensible y romántico que se inspira en los bulevares de
Roma. La filosofía sin compromiso de algunos pensadores del nuevo milenio es una
obra de arte, una pintura paisajista que se elabora a las orillas del Río Sena
a la luz de París.
La humanidad respira la esperanza de un nuevo milenio; sin
embargo, pareciera que no hay reflexiones válidas que comprometan la
existencia, cualquier pensamiento filosófico en torno a los problemas
ontológicos, antropológicos, epistémicos, simplemente se arrojan al rincón
solitario. Las palabras escritas por filósofos como Platón, Aristóteles,
Descartes, Spinoza, Kant, Hegel valen menos que un helado de vainilla. A nadie
parece importar lo que se escribe en el área de la Filosofía. Desde el
compromiso, el educador con vocación de servicio se esfuerza, lee, se educa a
sí mismo, comparte, reflexiona, produce reflexiones que surgen del encuentro
con sus alumnos, con sus compañeros, y nunca jamás deja de estudiar; y sobre
todo vive la Esperanza y la transmite solamente al sonreír, al saludar, al
compartir.
Desde el positivismo radical aplicado a las ciencias sociales, se
elaboran tareas escolares en función de una maestría, doctorado. El método de
las tesis a veces destruye la reflexión filosófica, ¿cómo pueden surgir
pensamientos filosóficos en torno al problema de la existencia humana…, si lo
encerramos en objetivos, marco teórico, marco metodológico, cuadros, gráficos y
recomendaciones? Ese esquema de investigación propia de las ciencias
físicas, en el área de lo humano podría opacar cualquier intento de pensar
desde la Filosofía del Compromiso.
Entonces, desde el Positivismo de la Modernidad, cuya finalidad es la
Ciencia y la Tecnología…, el tema filosófico se hace esotérico,
propio de una élite de ancianos sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial,
quienes repiten algunos temas muy alejados de la filosofía y se dedican a las
“Ciencias Sociales”. El problema sobre la naturaleza del ser humano se escapa,
se ha borrado de los textos actuales, pocas veces se discute sobre
el tema del ser humano, se prefiere escribir y hablar sobre el trabajo, la
comunicación, la guerra, la violencia, el odio, el amor, el encuentro, la
felicidad, el dinero, la alegría, los días felices, los medios de comunicación,
la política, siempre desde lo medible y observable.
¿Cuál ha sido el resultado de todas estas ciencias sociales “objetivas y
científicas”? La repetición académica, que se asimila lentamente en la
conciencia del investigador humanista del nuevo milenio. ¿Qué aportes podrían
surgir desde la sociología sobre temas como el infierno? Fácil: “enajenación”,
“opio del pueblo”, “ignorancia”, “Edad Media” ¿Qué aportes pueden surgir desde
las ciencias psicológicas? “enfermedad”, “temor”, “angustia”, “El mundo del
inconsciente personal y colectivo”. Sociología y Psicología dos amantes que al
vestirse de un inexplicable positivismo… huyen de Dios.
Desde la inmediatez epistémica, se escribe y se habla de lo que sea,
siempre que ayude a evadir las preguntas fundamentales sobre la trascendencia
del ser humano. Imaginemos un libro sobre antropología filosófica: “El infierno
te espera”, si se trata de una novela de terror puede ser un Bestseller,
pero si es un texto filosófico sobre el sentido teleológico de la existencia
del hombre, no lo leerían ni siquiera los religiosos que predican de puerta en
puerta. ¡El infierno! ¡Por Dios!, leer un libro sobre el infierno daría
flojera. Además, quién piensa en esas cosas.
¿Qué expondría un sociólogo positivista sobre el infierno? “¡El
infierno! ¡Qué pendejada más grande!”. Sin embargo, en una cultura occidental
nutrida desde sus raíces por el cristianismo, la existencia del infierno como
posibilidad de una condena eterna para aquellos que se apartan de Dios, tendría
que ser un tema central de las reflexiones filosóficas.
¿Qué es el hombre? La pregunta central de la filosofía antropológica, a
lo sumo inspira una sonrisita burlona a esos positivistas europeos y a sus
seguidores latinoamericanos. Los “filósofos positivistas” actuales que recorren
los pasillos de las universidades de todo el hemisferio occidental arrojarían a
las papeleras las reflexiones filosóficas sobre el sentido de la existencia del
hombre. ¿Qué es el hombre? Una pregunta que arruga neuronas, un estorbo
intelectual, un juguete de la Edad Media, un problema de esos religiosos, una
muestra de la filosofía inútil, pérdida de tiempo. Sin embargo, todo educador
vive desde una antropología de la Esperanza. La educación es en sí misma fe en
el Hombre, fe en Dios.
Desde el positivismo del Mercado, ¿Qué es el hombre? Interrogante para
empezar una conferencia sobre el éxito en los negocios; el punto de partida
para justificar una dictadura con ropaje de revolución, una tontería para hacer
interesante una conversación de amigos, el título de algún artículo para
impresionar a los lectores; finalmente, sería valorada como una pregunta para
adornar la portada de un libro de Filosofía antropológica, destinado a los
seminaristas católicos que todavía creen y enseñan esas tonterías para engañar
a la gente.
La filosofía que promociona el Mercado en función de las ganancias
económicas, no compromete, ni siquiera entretiene. La filosofía del
Mercado habla del “poder de los cristales”, “los números de la lotería”, “la
personalidad y los astros”, “el color del aura”, “el color de tu ángel
protector”. Desde el paradigma del Mercado, los que son considerados pensadores
y escritores de éxito, generalmente tienden a proponer “éticas
mínimas para la convivencia”, “relativismo epistémicos”, “paradigmas mágicos”,
“nihilismos éticos, epistémicos, espirituales”, “el dinero y la ética de la
felicidad”, “amor y paz”. La educación no es una moda; es un compromiso vocacional,
un modo de vida.
Desde la cultura del Mercado, el pensamiento se ha convertido en un bien
de consumo, algo para vender a todos. Se escribe para el agrado, con la
finalidad de contentar al lector, para que todos queden satisfechos y felices,
cómodos en sus lechos nocturnos leyendo de todo, libros con sabor a éxito,
lecturas que alejen de cualquier compromiso, reflexiones que permitan alimentar
el capricho intelectual. Se compra un vestido, zapato, un libro que me guste.
Al final, el gusto, el movimiento económico del mercado determina lo que se
escribe.
Hasta escribir sobre la “liberación del empobrecido” se ha convertido en
un artículo de consumo en función de la ganancia económica, elaborado por
intelectuales “socialistas radicales y revolucionarios” que viajan a las
capitales más hermosas y lujosas del mundo, exponiendo la filosofía de la
liberación a personas que no tienen idea de lo que es un barrio de
los suburbios latinoamericanos. Ninguno de estos intelectuales revolucionarios
viven en los barrios, ninguno dicta conferencia en las escuelas de los barrios
o en las escuelas de los pueblos olvidados. Ninguno de estos pensadores
liberadores de los pobres se ha sentado para hablar de esperanza al viejo que
se muere en la plaza. Ninguna está al lado de los que sufren, al lado de los
hijos de los campesinos y de los obreros…, los educadores sí están, no por
temporadas, sino toda la vida en actitud de encuentro y de compromiso
vocacional.
****
El viejo se levanta, camina hacia otro banco de la plaza, verá la vida
desde otra perspectiva. ¡Ah!, está leyendo sobre el espíritu mágico de los
ángeles, se convertirá en un verdadero maestro de sabiduría. No está leyendo
estupideces, se trata de los increíbles secretos del “más allá”, que solamente
pueden entender los elegidos y avanzados como él; ahora piensa que tal vez Marx
se equivocó y tal vez existan los espíritus de los muertos. Los muertos que
vienen cada noche, después de la primera botella de aguardiente de caña, le
explican todas esas cosas espirituales del otro mundo.
Pero, ni siquiera eso lee con seriedad, se conforma con sostener el
texto frente a su cara y mirar de reojo las piernas semidesnudas de las mujeres
de la plaza; aunque sabe que es demasiado tarde, la vida no volverá a llevarlo
a los placeres de la cama con una mujer, se acabaron las píldoras; le esperan
sus amigos, allá cerca del horizonte oscuro, al lado de aquellas cruces. No
tiene dinero, no es nadie, se está apagando, tiene miedo de ir a dormir ¿Y si
no despierta?, ¿si amanece y sus ojos siguen cerrados, rígidos?, no quiere
dormir; estará en la plaza hasta que llegue la noche. El materialismo jamás le
habló de esperanza.
Según el materialismo, el miedo a la muerte lo diferencia de aquel perro
que camina buscando restos de miserias para calmar la muerte, sin encontrar
nada, sin ladrarle a nadie, sin agua, sin comida, sin saber que se desintegra
lentamente hasta convertirse en un montón de carne inerte. Los animales no
saben que se mueren, para ellos la experiencia de la muerte es como la de
comer, dormir, parir; no tienen preocupaciones trascendentales, no rezan a los
dioses, simplemente viven y mueren. La revolución que nunca llega,
lo está convirtiendo en un perro de plazas, en un ser que solamente piensa en
comer lo que haya, lo que encuentre, lo único que le falta es ladrar.
Desde la Filosofía de la Trascendencia, el viejo no es igual a ese
perro, nunca lo ha sido. Él es un hombre, un ser especial, con dignidad,
“imagen de Dios”, no habrá revolución que nos robe la dignidad. Sin
embargo, el miedo a la muerte consume la poca conciencia vital del viejo,
representante antropológico de toda la humanidad. Si la vida del Viejo Agustín
no tiene sentido, tampoco lo tiene el Hombre, ni la Humanidad. El perro parece
feliz, indiferente, solamente está pendiente de comer lo que sea. El ser del
hombre, el ser de Agustín no se reduce a la materia. El hombre es trascendencia
espiritual. El hombre es imagen de Dios Padre.
El viejo se desploma existencialmente, se hunde en el lodo de su terror,
le teme a desaparecer, a lo desconocido y profundamente negro de la muerte, a
la seguridad objetiva de la muerte; teme a la oscuridad de la fosa, a los dos
pétalos de algodón que colocarán en su nariz, le teme al infinito, a la lejanía
del cielo, al demonio, al infierno, le teme a Dios. El perro se cansa de
caminar y se duerme bajo la sombra del araguaney. La tarde muere.
Desde el Positivismo antropológico y ontológico, todo muere. Según el
materialismo, esa es la ley del existir, del estar ahí, del sentido…, todo
muere. La muerte es un hecho, la gente que conocemos se desvanece ante la
mirada indiferente de la Conciencia Universal. La casa, el auto, el título
universitario, los amigos, los padres, los hijos, la pareja que amamos, el
conductor del transporte público, el señor de la panadería, todo se desintegra
en el espacio y en el tiempo. Desde el Nihilismo existencial y
ontológico, el Ser del universo se hunde, no hay espacio que
sostenga al espacio, ni tiempo que retorne eternamente sobre sí mismo, no
existen líneas rectas, ni dirección alguna, izquierda, derecha, norte, sur,
lejos, cerca. La Filosofía de la Esperanza Trascendental se hace opción
antropológica de compromiso social, la Filosofía de la Esperanza es un rotundo
NO al Nihilismo de izquierda o de derecha. La muerte no es el final del ser
humano.
Según la antropología del Nihilismo el universo se hunde, el vértigo
existencial se convierte en la sensación de la Nada bajo nuestros pies, un
cosquilleo que estremece. La solución sería cerrar los ojos, la mente, la
razón, ignorando todo, lanzar por la ventana ese libro negro: “El infierno
espera”. El viejo se hunde en el lodo, puede ver a los gusanos que surgen de
sus calzados, como asesinos desesperados por comerse sin compasión la carne
nauseabunda y desagradable de la piel carcomida por la hambruna y la
marginalidad extrema. De nada han servido los años de narcisismo, los años
dedicados los placeres del sexo libre y del vino. Sin Dios la vida se apaga, y
al final surgen los gusanos.
Ahí, en el absurdo caos de la plaza están los objetos, las cosas que no
sirven, esas partes de la realidad que nadie toma en cuenta, un recipiente
vacío de cerveza, un papel blanco y sucio, el viejo que se está muriendo, una
botella triste de color ámbar; una prostituta borracha, con el vientre
hinchado, deforme; las famélicas palomas rutinarias, los árboles sin frutos,
los mismos rostros de cada mañana, nadie toma la vida en serio. Un perro
persigue a una de las ardillas, todos miran como si se tratase del espectáculo
del día. La prostituta borracha se queda dormida en el banco más escondido de
la plaza, a nadie le importa que se esté orinando. Aquí no hay revolución. Los
hombres y mujeres empobrecidos de América Latina son el rostro humano del
compromiso al que estamos llamados; ahí están arrojados pidiendo nuestra ayuda,
la mano amiga de todos los educadores, los maestros, los profesores.
*****
¿Qué es la vida? ¿Cuál el sentido de todo esto? ¿Existe Dios?
¿Todo es materia evaporándose para siempre? ¿Qué significa “siempre”, “nunca”?
¿Por qué puedo cuestionarlo todo? ¿Qué es la conciencia? ¿De dónde la razón
como cualidad interpretativa? ¿Azar? ¿Así de simple? ¿Es el comunismo marxista
lo que nos espera? ¿El comunismo es cristiano? ¿Hacia dónde nos llevan estos
comunistas?
No puedo caminar con una lámpara en la mano y preguntar a la gente
sobre la esencia del ser humano. Aquí no hay personajes imaginarios, todos los
héroes se quedaron en las bibliotecas y en la mente de algunos profesores. La
plaza es la puerta al despertar filosófico, ahí camina el ser y el ente, la nada
y la totalidad. Aquí se entreteje la trama ética de los pueblos, se transforma
a cada instante el principio espiritual del alma humana, el absurdo deja de ser
una novela melancólica y descolorida. El rostro de cada persona ya no es un
concepto, o una metáfora, ni un simple símil literario, ni se reduce a ser una
inspiración poética, tampoco se trata de la imagen de algún ángel que da
esperanzas de reencarnaciones cíclicas.
El rostro de los pobres tiene nombre y apellido, se han estado muriendo
de hambre desde el mismo día en que nacieron, casi sin esperanzas, no saben de
metas, de objetivos para alcanzar el éxito; ahí están… abandonados, rezando.
Aquí la filosofía es una reflexión sobre la tristeza que se aloja en la mirada
de esas mujeres, parecen caricaturas propias de pesadillas nocturnas y
dementes. La vida en estos pueblos es un mal sueño de alguna divinidad
atolondrada y sin corazón, o la consecuencia funesta de una Antropología de la
Muerte ya sea de izquierda o de derecha. Esas mujeres eran las niñas del mañana
cuando empezó esta revolución, y le llenaron el corazón de cantos y promesas,
sin embargo, se quedaron esperando; a veces llega el camión de los pollos a
Mercal, eso es todo.
Lo paradójico es que en esta plaza se encuentra la fría realidad del sentido
de la vida, no hay lugar para el engaño, “Imagen de Dios”, “el hombre del
éxito” “el socialismo”. Las preguntas surgen: ¿Tiene sentido filosófico,
teológico, sociológico la existencia de estos personajes burlados por los
espíritus extraterrestres y por los revolucionarios del nuevo milenio?, ¿la
dignidad espiritual del ser humano se vincula de alguna manera al vientre
enfermo de esa prostituta?, ¿de la boca abierta de la mujer que ronca surge el
espíritu, la dignidad, el lenguaje, el pensamiento, el alma, el “Yo”, la
conciencia, la cultura, la religión, la filosofía, la ciencia, sabiduría o la
muerte?, ¿el rostro de esa mujer, la del anciano “nos hablan del hombre”?,
¿dónde está la esperanza?, ¿dónde está la fe?, ¿qué significó la frase “te amo”
del primer hombre que se acostó con aquella mujer?, ¿para qué hizo la “primera
comunión” el viejo que se muere?, ¿quién besará los labios de la mujer que
ronca?, ¿cuál de ellos es sujeto?, ¿cuál de esos seres es objeto?, ¿libertad?,
¿fraternidad?, ¿igualdad?, ¿revolución ?, ¿éxito?, ¿engaño?, ¿burla?,
¿lejanía?, ¿tristeza?, ¿muerte?, ¿nuevos compromisos?
El calor es tan húmedo que el pensamiento se evapora, se hace sustancia
única con la náusea de la mujer que vomita. El perro corre desesperado para
alimentarse, no dejará nada, come apurado antes que lleguen los otros animales.
La vida en sí misma, desde las leyes del Mercado será siempre lucha por
sobrevivir, alimentándose de las miserias que salen de las entrañas de la
mujer. Nunca habrá que olvidar que Jesús de Nazaret optó por esta gente, por
los pobres, por los olvidados. Jesús de Nazaret es la Esperanza, y fuente real
del compromiso existencial de trascendencia.
Desde el campanario de la iglesia se puede observar la totalidad
infinita de la plaza, es una soledad densa, igual en cada una de sus partes,
sin diferencias significativas entre sus elementos. La materia se manifiesta en
movimientos de múltiples colores, sin combinación, nada de sistemas, ni de
relaciones sistémicas infinitas e incontables.
El viejo sigue ignorado como de costumbre, no tiene con quien compartir,
ni siquiera las palomas comen esas horribles migas de pan, no quieren
contaminarse de esa vejez. Para el Mercado, el Viejo no vale. Para el
Positivismo, el Viejo se muere. Para el Marxismo, el Viejo estorba. Para la
Revolución que no llega, el Viejo es un voto que se puede comprar.
Para cualquier materialismo, la vejez es la verdadera y triste esencia
antropológica que no aceptaron los filósofos espiritualistas, se nace viejo, se
nace para la muerte. El materialismo siempre tiene el mismo mensaje: ¡Atención,
todos vamos a morir! ¡Todos envejecemos muy lentamente! ¡Nos apagamos! ¡Seremos
arrojados como cualquier basura! La muerte absurda es la eterna promesa de
todos los revolucionarios materialistas.
Las tres mujeres parecen muñecas mal maquilladas, los muchachos
limpiabotas caminan en círculos, mendigándole a la vida cualquier limosnas para
justificar las horas absurdas y monótonas. ¿Cómo se puede ser educador y no
inquietarse existencialmente, al ver tantos niños abandonados al azar de la
miseria y de la pobreza extrema?
El cura bendice a todos con un ritual casi mudo, “Dios los
bendiga”. ¿Existe la bendición divina en aquellos rostros? ¿A ese
viejo le interesan las bendiciones de los curas? ¿Qué es la vejez? ¿Etapa final
de qué? ¿La vejez de un pobre? ¿Nacer, vivir, envejecer? ¡Qué horror! ¡Manos
temblorosas y mugrientas! ¡El Destino de los dioses! La vida es la vejez. Sin
Dios, la vida es la muerte.
Sin Dios, todo desaparece al morir, no hay espacio, sensaciones,
sensualidad, dinero, poder, sexo, tiempo, respiración. Sin Dios, en la muerte
se acaba el momento de comer, viajar, te esperará un puñado de tierra
amarillenta y pegajosa que te asfixiará eternamente.
***
***
Aquí todo es caótico, descolorido, una materia homogénea, sin
sorpresas, sin sabor, sin sentido, sin nada que la ilumine. La conciencia no
puede iluminar al Ser. La conciencia parece la enfermedad alienante, droga
innata que permite ahuyentar momentáneamente el terror a lo inevitable. En la
plaza conviven los insectos con las iguanas, las prostitutas con los borrachos,
los perros con la basura, los olores nauseabundos con las flores de las
trinitarias, el viejo con los muchachos limpiabotas, todo aquello que la
revolución juró cambiar; sin embargo, ahí está la miseria
evolucionando en proyectos de muerte, pidiendo a grito solidaridad humana.
No se trata de una escena romántica, de una comunidad de vecinos
que comparten algunos lazos de significados existenciales del pueblo, o la
episteme popular de una misma historia comunitaria. Nada más ilusorio que esas
teorías de análisis social, de metodologías subjetivas que pretenden ser
válidas; y que poco tienen que ver con el tormento existencial de los habitantes
de este caserío. Sin duda, la sociología no ha sido, no es y jamás será ciencia
exacta, de resultados objetivos e incuestionables.
Ningún cuadro, ninguna descripción fenomenológica, datos
estadísticos o cualquier otro invento “científico” es reflejo objetivo de la
realidad social. No hay modo de hacer dato objetivo al hombre, sin convertirlo
en cadáver. Ningún cuadro estadístico refleja el absurdo existencial de los
personajes de esta plaza. Aquí no hay ninguna probabilidad de hacer ciencia. La
Filosofía de la Trascendencia es el único camino que permite mirarnos en el
espejo de la tragedia humana, de un modo existencialmente válido. La Filosofía
de la Trascendencia se convierte en profeta que grita las injusticias y las
mentiras de los políticos de turno. Por eso, el pensamiento es el enemigo a
vencer de todos los dictadores. Todo el que piensa es enemigo. El que obedece
sería el revolucionario perfecto para los fines de cualquier dictadura.
Sin el modo existencial, sin esa cercanía a la vida desde lo real y
cotidiano, carecen de sentido la fenomenología, la hermenéutica o cualquier
otro intento cuantitativo o cualitativo de acercarse a la trama vivencial de
los seres olvidados. La educación es compromiso con la gente que necesita
solidaridad humana.
Este modo existencial es la vivencia que surge en la intimidad de la
conciencia, cuando se cuestiona el sentido de la vida desde lo fenoménico que
estalla en la propia historia de vida y no en una subjetividad vacía, virtual,
alienante, inexistente o producto de fantasías académicas. Si no hay la
capacidad de sufrir lo fenoménico, no habría posibilidad alguna de reflexión
filosófica, ni antropológica; menos, se podrá vivir a plenitud la vocación
docente.
Tal vez, se hará política al servicio de los políticos de turno, así lo
hizo el gran maestro Aristóteles con aquello del “animal racional”, ¡Claro!
racionales eran solamente los griegos de la élite social dominante, realeza,
nobles, generales; por supuesto, animales eran todos los demás: los griegos
ignorantes, griegos del pueblo, esclavos y todos los hombres y mujeres de las
otras culturas, los llamados “bárbaros”. Los seguidores de cualquier dictadura
son revolucionarios y hombres nuevos para sus líderes; los Otros, los que
opinan diferente, serán “enajenados”, “imperialistas”, “burgueses”, “enemigos”,
“judíos”, “latinos”, “musulmanes”.
La única posibilidad de profundizar en los temas de la filosofía
antropológica sería desde la opción existencial y trascendental, que no se
reduce a frases emblemáticas al servicio del nazismo de Adolf Hitler, “El
hombre es un ser para la muerte” ¡Descubrimiento colosal de Heidegger! Es
decir, un animal mortal, como cualquier loro, perro, gato o rata, con la
diferencia de que las personas se saben mortales; en otras palabras, el hombre
sería un animal triste, melancólico, enfermo por la debilidad y el terror;
además, envuelto irremediablemente en la conciencia de la muerte, o de la
temporalidad finita de su ser.
En lo esencial, para Heidegger y para Hitler, si un alemán es un ser
para la muerte, cuya naturaleza es saberse mortal, toda historia personal o
social sería el proceso de la muerte personal, comunitaria y social; en
consecuencia, la humanidad sería una manada anónima que se muere, desaparece.
En este sentido, poco o nada valdría la vida de un soldado alemán, nada valdría
la vida de un soldado de cualquier nación. Total, todos hemos nacido para
morir, ¿qué podría valer la vida de un judío?: Nada…, ¡Perdón! Con ellos se
fabricaron la grasa para tocino y jabones; con sus huesos se hicieron buenos y
resistentes botones para los uniformes de los soldados alemanes.
Esa siempre ha sido la etapa crucial de todas las dictaduras
disfrazadas de revoluciones: aniquilar al contrario. Nunca debemos olvidar las
lecciones de la historia. Las dictaduras no dialogan. Las dictaduras se hacen
llamar revolucionarias. Las dictaduras aniquilan sin piedad y sin escrúpulos.
No lo olvidemos jamás. Ningún educador comprometido con los más necesitados se
somete libremente a dictadores de izquierda o de derecha, el compromiso es
siempre con las personas de carne y hueso que viven en cada plaza, en cada
pueblo.
Heidegger despreció cualquier intento de trascendencia metafísica, por
ser la fundamentación filosófica que sustenta todo tipo de espiritualidad
antropológica, nada más religioso que el pueblo Judío. Era lógico; sin Dios, el
hombre es un animal para la muerte. Heidegger sabía lo que hacía, en su
Filosofía no había ingenuidad, inocencia; por el contrario, fue el perfecto
cómplice. ¡La pregunta por el Ser! ¡Por Dios! Hasta en los cómics se afirman
que el hombre es un simple mortal, no hacía falta cuestionar el ser de las
cosas desde el ser del ser que se cuestiona para justificas “Los
Campos de Exterminio”.
Lo filosófico no es solamente preguntarse por lo que ya tiene una
respuesta, una opción antropológica y ontológica. Así, la pregunta por el Ser
no sería más que un modo de ensayo literario con algunos términos llamativos,
para justificar las opciones políticas que ya se tenían a favor del nazismo.
Heidegger jamás se preguntó sinceramente por el ser del ser que cuestiona al
ser, solamente expuso sus propias opciones ontológicas y antropológicas. No
hizo filosofía, hizo política al servicio de la aniquilación y la inmoralidad
de un régimen asesino y despiadado, para lo cual redujo a la animalidad mortal
a todos los hombres, aniquilando desde su filosofía toda metafísica
trascendental. Heidegger soñaba con un mundo sin Dios, dominado por la raza
aria, así de simple.
***
****
Las vidas se vuelven un torbellino de infinitas posibilidades en el
mundo subjetivo donde reinan las ideas, ya sea en las visiones virtuales, en
los sueños de los poetas y en las lecciones universitarias; pero aquí, el
cansancio se hace pesado y existencial, es como si todo se estuviese
paralizando para siempre, como si la finalidad de cualquier acto fuese la
quietud mortal, como si todo estuviese definido desde siempre y para siempre.
De pronto, la vida comienza a detenerse, como si el verdadero ser fuese el
objeto, lo que está ahí sin razón, sin lógica, sin necesidad de una conciencia,
como negación fenoménica, sin signos de vida humana, desarrollando la capacidad
de no existir. No es fácil vivir la Esperanza.
Desde la Filosofía de la Muerte, todo se transforma en cosa, en objeto,
en basura. La vida humana cotidiana, su trama, sus sufrimientos, sus angustias,
sus alegrías todo es silencio y vacío, nadie sabe que existimos en esta
galaxia, la vejez nos roba la existencia, nos convierte en zombis.
Desde el campanario se respira el silencio y la oscuridad de la totalidad del
Ser, allá abajo todo parece una misma oleada que se detiene muy lentamente, como
la vida del viejo que duerme en la plaza. No es fácil vivir la Esperanza.
En el área de las investigaciones de las llamadas ciencias sociales, la
hambruna de miles no es más que un dato numérico supuestamente estadístico, un
reflejo matemático y objetivo de una realidad palpable y perfectamente medible
que inquieta profundamente la conciencia racional, desde donde siempre nacen
los discursos políticos carentes de fundamentación filosófica trascendental.
Los datos estadísticos sobre la hambruna pueden ser la fuente de libros y de
ensayos sociológicos, acompañados de estremecedoras fotografías e imágenes de
la realidad de los desamparados. Todo un panorama que haría surgir
ensayos académicos; y, tal vez, una que otra poesía, cuentos literarios,
novelas preciosas productos de la conciencia afectiva, sentimental y amorosa…,
pero enajenada, sin compromiso real con una situación siempre ajena a los
científicos sociales. Es difícil vivir el compromiso de la vocación docente.
Los escritores de novelas y los sociólogos generalmente son
observadores enamorados de la dignidad espiritual o cultural de los seres
humanos. Los sociólogos, poetas, novelistas y narradores literarios muy pocas
veces viven en los pueblos aislados y moribundos de estos llanos
cubiertos de miserias y lejanía, ellos se visten de lujo, y acusan a todos de
imperialistas; ¡Ah, cómo les encanta el whisky! El investigador de éxito no se
ensucia el perfil de su conciencia con la peste de esta gente, llamada “el pueblo”.
El rostro de la prostituta cuestiona la intimidad de la existencia, no
es una idea abstracta, un número imaginario, una inspiración literaria que
motiva lágrimas. El sentido existencial deja de ser transparente,
surge de las sombras irracionales. El sentido existencial no es producto de una
acción subjetiva en la conciencia racional, ni en la conciencia afectiva, la
escena de la mujer dormida está ahí, como una vivencia trascendente al ser de
la conciencia, pero no hay posibilidad de neutralidad subjetiva. La pobreza es
la llamada a la vocación docente desde el Compromiso Trascendental.
La conciencia existencial se convierte en el rostro desesperado. El
rostro empobrecido vuelve y vuelve en cada recuerdo, se hace parte elemental de
la propia historia de vida. La tragedia del rostro adolorido sacude las
entrañas de la Filosofía abstracta aprendida en las aulas de la universidad. La
fenomenología teórica captada en aquellas lecturas formó el intelecto lógico y
racional. Sin embargo, en esta vivencia es cuando realmente comienzo a
descubrir su verdadero sentido y se inicia el proceso de hacer fenomenología de
lo existente, se cuestiona el mismo sentido antropológico o la posible razón de
ser de la existencia de las personas y de la humanidad. El rostro del Otro es
un llamado, es vocación de ser persona. Se da vueltas y vueltas… y el mareo lo
invade todo hasta perder la noción de la vida misma. El Otro es el modo humano
de la Trascendencia.
De hecho, desde la preocupación racional suelen ser elaborados los discursos
políticos, las narraciones románticas, el amor a los pobres, la poesía
revolucionaria y la literatura de este nuevo milenio. La política comprometida
con el poder de las revoluciones del nuevo milenio y la literatura alejada de
la vida concreta, siempre surgen de la lógica racional al servicio del Mercado
y para el beneficio económico de los autores. En el fondo, sin importar los
estilos literarios utilizados, la lógica del animal racional tiene múltiples e
ingeniosas máscaras ideológicas de dominación.
¿A quién importa la existencia de esta plaza?, ¿al imperio?, ¿a la
oligarquía?, ¿a la revolución?, ¿a los animales del bosque?, ¿a los peces del
mar? Tal vez, alguno de esos filósofos de la liberación muestre interés,
curiosidad por esas fotografías, imágenes de las escenas vividas en las plazas
pobres de América Latina, quizás se inspiren para hablar de la pobreza de las
miserables víctimas del imperialismo salvaje, dictarán charlas y conferencias
en los lujosos hoteles de Londres, Roma, Madrid. ¡Así suelen ser ellos! ¡Tan
liberadores y revolucionarios! ¡Tan bolivarianos!
Desde el materialismo, nada humano importa a las estrellas, ni a los
planetas, ni al universo, todo se reduce al polvo cósmico, la conciencia es
polvo, la sangre es polvo, la historia es un montón de cenizas, los pueblos son
cúmulos de cadáveres olvidados, he aquí la Antropología de la Muerte, no hay
esperanza, no hay fe, no admiten a Dios y se hunden en el Nihilismo.
Desde la antropología nihilista, en la insignificancia de la existencia se
revela la Nada, como condición material y manipulable del ser del policía, del
limpiabotas, de esas mujeres y del pobre viejo que se muere de tristeza. Desde
el nihilismo existencial, la soledad lo envuelve todo. Un filósofo nihilista,
que estuviese sentado aquí, probablemente sentiría que la respiración se hace
cada vez más enferma, las gotas de sudor le fastidiarían, sentiría el desespero
en el recorrido de las gotas de sudor por la espalda húmeda, la vida sería
aburrida, no podría sentir ninguna novedad. El Nihilismo intelectual es un lujo
de filósofos de las plazas del viejo continente.
Para el Nihilismo, toda la realidad ontológica universal sería lo mismo
con el Sol o sin él, con la Tierra o sin ella, sin la plaza o con la plaza, con
el policía, con los limpiabotas, con las mujeres, con el viejo Agustín o sin
ninguno de ellos. ¿Qué puede importar la vida de ese viejo?, tal vez nada, pero
en el fondo, se podría afirmar lo mismo de todas las personas del mundo. Si una
vida no tiene sentido, todos vivimos en el absurdo existencial. Entonces, todo
vale, lo bueno o lo malo da igual, total nada tiene sentido. Dios es el sentido
del compromiso vocacional de todo educador.
La revolución materialista de algunos dictadores sería un
canto al absurdo existencial y ontológico. Si la vida de ese viejo no tiene
sentido, el universo está demás. Si el hombre es un animal, para qué la
racionalidad. Si el hombre es un animal más de este planeta, todo lo que existe
se reduce a ilusiones alienantes de un simio parlante condenado a desaparecer
como cualquier otro cúmulo de polvo cósmico perdido en la oscuridad del
espacio. ¡Ah, a ellos les gusta la piscina y el whisky! ¡Dios está en la plaza,
no en esas piscinas! Con una botella de un vino lujoso, sería hasta cómodo filosofar
para el Nihilismo. Lo difícil es hablar de Dios, de Esperanza y de
Trascendencia a la gente de esta plaza.
Aquí estoy navegando como fantasma nocturno en el mundo de las ideas de
Platón, en esa realidad perfecta que sólo existe en las mentes. Ahora puedo
tocar con estas manos la idea absoluta de Hegel ¡Claro que ese alemán tenía
razón! La idea absoluta es real y palpable, se mueve allá en la plaza, ¿o más
bien en mi conciencia? ¿Será que el mundo de las apariencias sensibles
despreciado por Platón es lo único que está ahí abajo? ¿Esa idea absoluta que
se hace conciencia absoluta en la negación de lo “Otro”, es el reflejo de la
desesperación de una subjetividad animal que se muere?
Ahí está lo “Otro”, la apariencia, lo sensible, la quietud, la insignificancia
de la plaza, del planeta, del sol, de la historia, de la razón, de las ideas.
¡Sin Dios, no hay significados existenciales, ni trascendentales! El mundo de
las realidades perfectas e ideales se lo está tragando la tuberculosis de ese
viejo. Aquí sólo hay casas olvidadas entre el monte y el calor de los llanos
inmensos y eternos, como el dolor de la muerte. Si Platón y Hegel viviesen en
este pueblo, tal vez morirían de tuberculosis.
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****
Me siento en uno de los bancos de la plaza, comienza un nuevo proceso en
mis vivencias, las cosas se acercan, están ahí, me miran, me acechan. Los
árboles me observan, los limpiabotas juegan con una pelota de goma, puedo
sentir la presencia del hambre que crece con los años, ellos son la miseria
real que se hace historia, la negación del porvenir. Sin embargo, esos niños
son la verdadera razón de la vocación docente, ellos son el llamado al
compromiso y a la responsabilidad de todos los educadores.
El hambre tiene rostro, tiene como catorce años, un cuerpo famélico, de
piel enferma, de estatura mediana, casi sin estudio. ¿Sabrán esos muchachos de
esperanzas y de libertad, autoestima, vocación profesional? Sin educación,
simplemente, crecerán, se reproducirán, se enfermarán y morirán bajo el imperio
de la revolución que no llega. Seis muchachos con los zapatos rotos,
de ropa vieja y sucia. ¡La inocencia, Dios! Son felices, juegan, gritan,
corren.
La Nada no ha llegado a la conciencia de estos muchachos, para ellos el
Ser es la total plenitud y felicidad. Los adultos se encargarán de
entristecerlos, algún día no tan lejano, tendrán conciencia de sus existencias,
se compararán con otros jóvenes, se arrugarán, beberán licor barato hasta la
locura, algunos se quedarán aquí para siempre, con un mundo pequeño de pocas
calles; los otros irán a las ciudades y limpiarán la basura, la
mugre, hasta quedar sin dientes y con las manos moribundas de tanto trabajar;
tal vez, cuan do estén viejos, se acordarán de la belleza de esta plaza, de los
días felices a pesar de la hambruna enfermiza, recordarán a los borrachos y a
las mujeres de la plaza, y sabrán que la revolución que nunca llega fue una
ilusión y nada más.
Los muchachos son el futuro, la promesa de la patria, de la humanidad,
son el destino, la esencia del ser personal que se desarrolla dialécticamente.
Los seis están arrojados en la plaza, con sus gritos, sus alegrías ingenuas, su
desdén frente al hambre matutina, parece que quisieran destruir el peso de lo
real con la inmediatez de su juego de pelota. Lo material, lo que está fuera de
la conciencia no desaparece, es todo el tormento del hambre que les marcará
hasta borrar cualquier destello de imaginación de una vida feliz, no habrá
proyecto político que les engañe para siempre.
Sin solidaridad humana, que les brinde una oportunidad, seguramente el
hambre se convertirá lentamente en la naturaleza que se nutre de sus cuerpos
infantiles y dejará profundas heridas en cada uno de esos
cuerpos, de esas mentes. Sin educación adecuada, la inteligencia quedará
reducida a la supervivencia. Entonces, en lo real, la persona es el hambre. La
ética de esta revolución que no llega es el hambre. La política revolucionaria
parece ser el hambre. A la conciencia revolucionaria del nuevo milenio parece
no importarle el hambre de estos niños. La moral de algunos políticos es el
hambre. La religión de algunos políticos es el hambre. La filosofía de algunos
políticos es el hambre. La plaza de estos muchachos es el hambre, es la América
Latina, es la filosofía popular de las revoluciones militarizadas que se han
dado en la historia de nuestros pueblos, es el imperio de los falsos
revolucionarios, ha sido la revolución que engaña.
Aquí en la plaza, los muchachos corren de un lugar a otro, sin saber que
su realidad, en el mejor de los casos llegaría a ser un número, un dato
estadístico que a nadie importa, “37% de población menor de los dieciocho años
vive en estado de pobreza extrema”. La sociedad de informes sociológicos
destruye el rostro verdadero de las personas. La conciencia racional se
justifica a sí misma.
El poder no acepta el compromiso. No existen nombres, rostros, tamaño,
madres, hijos, amigos. No existe el vecino, el compadre, el amor, el odio. Los
sentimientos no existen. Para algunos políticos, el universo es realidad
material, medible, probabilidad, totalidad anónima. Aquí no hay seres humanos,
nadie sufre, llora, come. Aquí las tumbas no tienen almas. Todos se van al
infierno del consumismo animal. Para estos líderes políticos, el hombre de
éxito consume a los más débiles. Para ellos, la humanidad es un
profundo y lúgubre océano donde los peces inferiores no tienen derecho a la
vida, sino al hambre, a la esclavitud, a la muerte y al anonimato de una
encuesta sociológica.
Según la Filosofía de la Muerte, el pez grande cuando cuida a los más
débiles, solamente se asegura de tener comida a la mano, pregunten a los
diputados de la Muerte, ellos siempre nos han protegido. El cuidado es más
intenso, cuando el amo supremo es militar. Siempre, en América Latina, el amo
militar se convierte en rey, su familia en la realeza, sus hijos en príncipes y
sus amigos en la nobleza.
En la política de la Muerte, el pueblo es la comida, el sufrimiento del
pueblo es la bebida, el hambre del pueblo es la riqueza del rey, príncipes y
nobles, ¡claro!, las propinas siempre son para los seguidores fieles. Todas
esas revoluciones giran en torno al poder central de un rey semidiós que todo
lo sabe, que todo lo puede, que salva a todos y a quien todos deben adorar. Los
adversarios son traidores y merecen las más horribles de las torturas.
Hace poco, un señor de traje lujoso llegó a esta plaza, reunió a todas
las personas del pueblo. “Seguro tenemos cincuenta y cinco votos”. Eso era todo
lo que valían las personas, nada más. Las prostitutas eran cuatro votos, los
borrachos como cinco, claro y también sumaron el voto del viejo moribundo. Las
realidades cotidianas de cada persona no llegaban a ser consideradas ni
siquiera como objetos. Los salvadores políticos se preocupaban por los galones
de gasolina, las franelas, el equipo de sonido, las cervezas, por la hora, el
clima, el calor, la oscuridad, los zancudos…, el viejo, las mujeres y los niños
nunca tuvieron rostros humanos para ellos.
Cualquier cosa era más importante que el rostro de la gente. Para ellos,
esa gente no era más que un montón de votos. Para estos políticos,
apretar la mano de aquellos moribundos era un acto vergonzoso, daba asco el
contacto con gente tan enferma y hambrienta. La ignorancia y la melancolía sin
esperanza se vestían con una nueva camiseta, con el rostro del líder político
de turno. Lo mismo hicieron sus padres, sus abuelos, todos los espíritus de la
noche que ahora se lamentan por las calles de este pueblo. Cada uno de ellos se
llenó el corazón de la revolución social prometida; ahora vagan por
las copas de los árboles, según el decir de los abuelos solitarios. Todos los
muertos se cansaron de coleccionar camisetas revolucionarias.
El sol calienta la brevedad de la mañana. El tiempo no existe en el
corazón de este pueblo. Las preguntas sobre el sentido de la existencia carecen
de sentido y de existencia para cualquier líder político descomprometido. Aquí
el pensamiento está demás. Sin embargo, es la humanidad en sus más enigmáticos
secretos que se revela en estas vidas tan comunes en América Latina.
Esos muchachos jugando, el viejo que se muere, las mujeres
agotadas por el degaste de la miseria, los borrachos impertinentes y
delirantes, los políticos mesiánicos que a veces aparecen, las camisetas
revolucionarias, el calor, el polvo amarillento que agobia, el sudor que
recorre todo el cuerpo, las ganas de huir hacia la nada, esa es la existencia,
ahí está el sentido, ahí está el absurdo en que nos están hundiendo los
revolucionarios y políticos de turno.
Así es la vida desde la política y la lucha por el poder, sin nada
especial, arrojada al torbellino negro de la muerte, las personas poco
importan, la lucha es por el poder, tener y placer. Desde la antropología de la
Muerte, y desde el Nihilismo, no hay sorpresas, la esperanza es un concepto
alienante. Para ellos, el ser lo determina la calidad de la alimentación, si
comes porquerías, en eso te están convirtiendo; ellos se alimentan con los
manjares más lujosos que el Mercado les proporciona, quieren ser dioses.
****
*****
La existencia no es una poesía romántica, no se trata del trinar de las
aves, de los bellos ojos de la mujer amada, el canto de la sirena, las almas en
el cielo, los hermanos de la sociedad sin lucha de clases, de la suavidad de la
espuma de las olas, del amor entre dos corazones entrelazados en un mismo
destino. La mujer de piel arruinada me está mirando y su esencia antropológica
es el hambre en su sangre. Ella me acusa, me asusta, me describe perfectamente
la trama humana. Ella es madre de uno de los muchachos que está jugando en la
plaza. Los dos están ahí, respiran, sufren, mueren de hambre.
Tal vez, a la hora de dormir, la madre le enseñe algunas oraciones para
que los espíritus los protejan de todos los males. Si tienen suerte, tomarán
algo de café con algún pedazo de arepa, eso será todo, lo mismo de ayer, de
hace años, lo mismo que cenaba la abuela, la otra abuela; siempre han comido lo
mismo en este pueblo, las sobras de la revolución que nunca llega.
Ninguna de esas mujeres vende su cuerpo por elegancia, no se trata de
cambiar de vida, convertirse en una modelo de fama internacional, de vivir con
un hombre millonario que la lleve a mundos imaginarios. Aquí el sexo se vende
por cualquier enlatado sobrante, o por una cerveza a media noche, por una botella
de aguardiente de caña, la revolución lejana se quedó en promesas.
El cuerpo carece de valor, ¡Ah, los filósofos y la dignidad del
cuerpo humano! ¡Los filósofos y la dignidad del espíritu inmortal del hombre!
¡La dignidad de la mujer! ¡Hasta tiene fecha la dignidad de la mujer para ser
celebrada en todo el mundo! La carne del ganado se compra y se vende a mejor
precio. El alma, la conciencia, el yo, el espíritu, la dignidad, el respeto,
los derechos humanos, nada de esas cosas pertenecen a la intimidad existencial
de esta gente. Sin embargo, ellos son imagen del Dios Vivo y no de
letras muertas.
Así, pues, desde la cultura del Mercado, la dignidad del ser humano es
un bien de consumo que se compra y se vende. Si no tienes dinero… no eres un
ser humano, no tienes alma. Si no eres un líder político de prestigio…,
entonces tu cuerpo vale menos que la carne de pollo. Ni siquiera los
espíritus o las ánimas milagrosas cuidan de esta gente pobre. El ser esencial y
digno de la humanidad no es más que una mentira para los falsos políticos, la
verdad está en la mirada de esa prostituta, en la inocencia de esos muchachos,
en la idiotez de los borrachos, en la falta de vida del anciano que acaba de
abrir los ojos para mirar las mismas nubes incoloras de siempre. Todo me
asusta, no se trata de una angustia teórica que se describe, mientras se fuma
pipa y se bebe vino, me asustan porque es mi propia historia, me hundo con
ellos, me desespera no ver el final de esta pesadilla llamada liberación
socialista.
Aristóteles se inventó la más grandiosa de las ideas metafísicas,
ideales, virtuales, el Motor inmóvil. La explicación última de todo
movimiento. El fantasma que aparta el absurdo infinito de la inercia eterna.
Este Motor inmóvil ha sido elevado a la divinidad espiritual. En el fondo, esa
cosa sería la presencia Omnipotente y Omnipresente del Ser Absoluto. En otras
filosofías, este Motor Inmóvil ha sido considerado la prueba más fehaciente de
la existencia del mismo Dios. Nada más absurdo, pretender que la posible existencia
de Dios se deba a la lógica racional de los humanos, que habitan un
planeta que pertenece a un sistema solar cualquiera. Aquí no hay
Motor inmóvil que valga, la razón lógica se hunde en la desesperación del
hambre y de la miseria.
Un excelente profesor me dijo hace tiempo, “la miseria y la pobreza no
definen a esta gente, ellos trascienden esas necesidades y buscan la esperanza
más allá de cualquier desesperanza, ese es el misterio, esa es la dignidad del
alma y del ser espiritual del hombre”. En el cementerio de este pueblo se
levantan cruces y cruces en honor a la esperanza fallecida. El reloj de aquel
profesor revolucionario y bolivariano cuesta más y es mejor apreciado que una
noche de sexo con cualquiera de estas mujeres. El Compromiso es con esta gente,
y nunca con la idea abstracta de la pobreza. Dios está en la historia de esta
gente, no está en la definición de la pobreza. Dios es Vida, Dios es Amor…,
Dios no es una idea, o un teorema.
Margarita es una de las mujeres de la plaza, parece alegre, contenta;
algo extraordinario le está ocurriendo, ya casi la convierten en la sirvienta,
en el coleto, en la esclava de alguna familia en la ciudad de Valencia. Ella
siempre ha soñado con salir de estas tierras, para conseguir un trabajo decente
y digno, de esos que le prometieron los políticos de turno.
Los señores tendrán una nueva televisión, refrigerador, aire
acondicionado, a Margarita, una cocina, un juego de muebles, todo a buen
precio. Esa es toda la esperanza de Margarita, hasta ahí llega la “dignidad del
día mundial de la mujer”. Para la cultura del Mercado, Margarita es una cosa a
buen precio, tan útil como una aspiradora, tan valiosa como el lavaplatos, tan
humana como la basura que tendrá el honor de sacar a la calle. Sus tres hijos
quedarán aquí en el pueblo, hasta que el destino se los lleve a la marginalidad
de los barrios de las ciudades importantes.
La mujer es el objeto más despreciado de los políticos de la Muerte, de
aquellos que engañan al pueblo, se trata de arrastrarla hasta la desesperación.
Margarita no sabe nada de autoestima, ni de respeto por la dignidad de la
mujer. Los escritos filosóficos de Simone de Beauvoir nada tienen que ver con
la realidad antropológica de las mujeres de este pueblo.
Margarita saca un viejo espejo de su bolso, se mira fijamente, no le
gusta lo que ve. Ahora, en ese momento infinito, la brujería del espejo la
invade, la sociedad le acaba de transmitir el virus de la vejez. Margarita se
siente horriblemente enferma, fea, desgarbada, no sabe si reír o llorar; se da
cuenta de lo terrible que es la miseria, la mala alimentación, las noches sin
dormir, las gripes curadas a media, el sexo violento durante su niñez, los
vestidos y pantalones recogidos de las sobras de esta humanidad. Así se siente,
como una sobra que se seca bajo el sol absurdo de esta plaza.
Margarita se olvida de todos, mira su rostro; piensa que ese detalle
puede ser una ventaja. Esa es la verdadera razón por la cual la eligieron para
ser una sirvienta desvalorizada. De eso se trataba todo, su valor social era su
propio rostro, su apariencia enferma. La señora de la casa, la dueña de todos
los objetos, tenía que comprar a una mujer poco atractiva, para evitar
cualquier problema afectivo y sexual con el marido. Ese señor Pedro se adueñaba
de todo, manipulaba cuanto había en la casa a su antojo.
Margarita tenía el trabajo asegurado, tenía todo para fracasar en la
vida, hasta convertir su existencia en la negación de cualquier teoría del amor
y de la esperanza en el espíritu y la verdad. Margarita era pequeña de
estatura, delgada hasta la enfermedad, dentadura descuidada, mirada perdida,
hablar campesino, su vida ha sido un largo caminar entre espinas, una fe que
destruyó la revolución que no ha llegado.
La enajenación es la felicidad en los ojos del hambre. Margarita es
feliz. Ella espera que pronto le den la buena noticia de su contrato. Se
marchará lejos, “más nunca volverá para este pueblo”. Si Dios le ayuda, enviará
algún dinero a sus hijos. El hijo mayor se llama Francisco, juega con sus
compañeros. Los juguetes son un palo de escoba y una pelota hecha con la cabeza
de una muñeca que encontraron en la basura. Él se quedará con la abuela y los
otros dos hermanos, Ramón de ocho años y Mary de apenas cuatro años. Francisco
se ha pasado la vida entre el trabajo, el hambre y el juego. A nivel de estudio
hizo lo que pudo, llegó a sexto grado, no fue un alumno mediocre. Lo malo es
que en el pueblo no hay un liceo. Parece que su vida ya está escrita, como la
de todos sus compañeros. Algunos de ellos sueñan con ir a la milicia, si tienen
suerte llegarían a ser policías. Para esto muchachos no existe la universidad,
ni vocación profesional según sus aptitudes. Ellos son herederos de la dignidad
de los que se mueren lentamente de hambre bajo el yugo de la dictadura de esas
que siempre han existido en la América Latina.
Por Agustín…, quiero ser educador.
Por Margarita…, quiero ser educador.
Por Francisco y sus hermanos…, quiero ser educador.
Por todos los pobres de América Latina…, quiero ser educador.
NON NOBIS DOMINE, NON NOBIS, SED NOMINE TUO DA GLORIAM
“LA VIDA DE JAIME STEVEN”
*
La muerte del ser humano condiciona las reflexiones sobre el
sentido de la existencia en los sistemas de filosofías antropológicas. Desde
luego, no se trata de una descripción de la muerte en cuanto hecho biológico y
natural que consistiría en dejar de respirar para siempre; además, como seres
conscientes, se experimenta profundamente de esa experiencia de saber que nos
convertiremos en gusanos inservibles, en humedad que se transforma lentamente
en cenizas olvidadas, hasta que la conciencia de ese “Yo” íntimo y personal se
haga unidad con la nada deforme y anónima, esa materia absoluta que tal vez
sirva de abono para las rosas de un triste jardín. El hombre sin Dios es una
cosa más, tan cosa coma la más sencilla piedra en el desierto. Sin Dios la
muerte es el final. El hombre del nuevo milenio propuesto y formado por el
materialismo de izquierda o de derecha, es una cosa, es un animal de consumo,
que destruye al planeta y odia a todo aquel que no piensa como ellos. Dios
Padre nos hace hermanos; la lucha por el tener, el placer y el poder
nos transforman en enemigos. Son dos paradigmas, uno de Amor, el
otro de Muerte.
La conciencia de saberse y entenderse mortal atormenta la quietud
del alma del ser humano y lo diferencia radicalmente de los animales del ecosistema
planetario. Los animales solamente viven, comen se reproducen y
dejan de vivir. La angustia oscura hace al hombre un ser extraño, inconforme,
melancólico, creyente, con esperanzas, pesimista, alegre, triste, devoto,
rodeado de imágenes de todo tipo que le prometan la vida eterna, o la felicidad
plena y terrenal. El hombre es un ser de fe, de esperanza. El Hombre es “Capaz
de Dios”, de buscar la trascendencia no por miedo a la muerte, sino por fe, una
dimensión misteriosa que conforma el Amor en el corazón de todos los seres
humanos.
El hombre vive la muerte en su realidad más íntima, desde ahí cuestiona
la vida como afirmación o negación de la fatalidad que siempre asecha para
destruirlo en cualquier instante, bien sea entre sábanas blancas olorosas a ese
alcohol etílico de los hospitales horrendos, o la muerte inesperada y
sorpresiva bajo la inclemencia del hampa. La enfermedad es muerte. El dolor es
muerte. La violencia es muerte. La tristeza es muerte. La cotidianidad muchas
veces se hace muerte cercana y real. Pero, ahí, en lo más oscuro de lo
cotidiano, se encuentra el Amor que se manifiesta en los seres queridos, la
madre, el padre, los hijos, los hermanos, los amigos, el vecino, la maestra, el
profesor de educación física, la novia, la vida el Amor y encuentro con el
Otro; y es ahí en el encuentro con el Otro, donde surge la luz de Dios; en el
encuentro con el Otro, Dios está presente como Padre amoroso, como
luz que ilumina, como fortaleza que sostiene.
Sin Dios, los cumpleaños serían un paso más hacia la tumba. La muerte es
la entrada a lo desconocido. La muerte es despedida inédita. La muerte es el
significado de la palabra “nunca”, un adiós a los seres queridos, a los que
dieron calor a esos momentos hermosos de la vida. La muerte es universal. La
muerte está en cada uno de nosotros, desarrollándose suavemente, devorando una
a una las células de nuestro cuerpo. Sin Dios, el hombre es un animal que se
muere. Dios es vida eterna; con Dios el Hombre es un ser para la eternidad.
Cuando rechazamos a Dios, al final, solamente quedará el grito de
auxilio, moriremos esperando que cualquier amigo nos consuele. Si rechazamos a
Dios, todo será oscuridad y absurdo cósmico, lodo orgánico, cielo sin luz,
nubes grises y sin primavera, morirán todas las estrellas infinitas. Si
rechazamos a Dios, desapareceremos en un universo sin memoria, sin sentido
histórico, sin conciencia, sin espíritu. Sin Dios, navegaremos en las aguas de
una realidad idéntica a la nada, al caos, a la totalidad inmóvil. No habrá
espacio para las mentiras existenciales. Si Dios no está,
entonces, las aguas del Ser serían indiferentes y oscuras, donde se
hunden todas las conciencias humanas e inexistentes.
Si Dios no está, El Ser y La Nada carecen de conciencia; el ser de la
conciencia sería la muerte de un “Yo” que se apaga lentamente. Esto es todo lo
que nos ofrecen los comunismos teóricos; este el final de la historia que nos
prometen los líderes de la izquierda revolucionaria. La revolución sin Dios,
nos promete la muerte; y cumple con sus promesas; la muerte absurda y vacía se
hace cotidiana; tan común, que ya ni lloramos a nuestros muertos. El Comunismo
se alimenta de fosas comunes.
Si Dios no está, en lo esencial, nos parecemos a esos animales
atropellados que se pudren en las autopistas. Ahí, bajo el intenso calor del
verano, se consume la esperanza de las mascotas o de cualquier animal del
monte. ¡Y eso puede ser todo! ¿Qué importa el modo de morir? ¡Siempre es lo
mismo para los animales del planeta! ¿De dónde la eternidad del espíritu?
¡Mejor sería la inconsciencia! El Dios vivo es la fuente de Vida y
de Esperanza.
Sin la fe en Dios Padre, la muerte es el misterio que frustra todo
intento de justificación racional o filosófica. ¡La muerte opaca a la razón
lógica! La muerte sería el vacío después de la fiesta y sus locuras
alcohólicas, ese cansancio tan rutinario que nos deja solos y silenciosos, con
náuseas y deseos desesperados de llegar al lavamanos para descargar toda la
basura, hasta quedar desnudos bajo la regadera, esperando que el agua fresca
nos anime para vivir la mentira de otra noche de música desenfrenada, hasta que
vuelva el otro amanecer, la locura se repita, y al final, los pulmones dejarán
de respirar y el corazón se detendrá. Sin Dios la vida es una locura, un
absurdo. Sin Dios el hombre está demás.
La guerra y el odio han sido los verdaderos protagonistas a lo largo de
toda la historia social, la muerte es el significado final de la existencia
personal y social de los socialismo militares. De nada sirven los placeres, el
dinero y el poder. La muerte lo destruye todo, lo consume todo, lo olvida todo
y no quedará ningún alma solitaria llorando entre las sombras de la noche
eterna de un universo petrificado y absurdo. ¡Sería profunda la tristeza del
último fantasma, que asustado y perdido se vaya apagando como una vela nocturna
en la oscuridad infinita!
**
El profesor Jaime, ensayista e investigador en el área de la
filosofía, de la psicología y de la sociología con un doctorado en “ciencias
epistémicas” se acomoda en el sillón de la oficina, acaricia el retrato del
líder socialista, como si fuese parte de un rito; toma café, mira las hojas
marchitas que caen a lo lejos, el otoño apacible llega a su final. El frío del
invierno se acerca. El universo será blanco y húmedo, como la vida misma, tan
monótona, tan helada, igual a las flores que desaparecen como aves sin rumbo.
Sin embargo, la vida se ve hermosa y apacible como la noche que se desliza
entre las cortinas.
No hay nada como las ráfagas prematuras del invierno para inspirar
profundas meditaciones ontológicas y hermenéuticas: ¿Qué es el Ser?, ¿qué
podemos conocer?, ¿porqué más bien el Ser que La Nada?, ¿cuál es el “puente
epistémico” entre el sujeto y el objeto? ¡Preguntas eternas, celestiales,
angélicas, divinas e inmortales! Él es una promesa intelectual del marxismo
latinoamericano ¡De su mente fluirá la nueva ciencia revolucionaria en contra
del imperio yanqui!
Sin embargo, el entorno no es tan inspirador dentro de la oficina, mirar
el techo blanco, las paredes eternamente verdes. El ambiente en su oficina es
una experiencia aburrida, pegajosa, absurda. Hacer Filosofía sentados como
cadáveres religiosos, carece de emociones alocadas y sensuales. Se necesita la
música interna, casi poética, tan necesaria para escribir el mejor libro de
filosofía antropológica sobre el amor perfecto inspirado en las enseñanzas del
socialismo obrero.
El movimiento vital, la fuerza de la energía mágica del universo, todo
ese descontrol animal está más allá de esa ventana. La vida real está esperando
ser admirada por una mente única y brillante. Esa vida virtual en la laptop es
pesada, en blanco y negro. Él necesita el calor del pueblo.
En efecto, dentro del mundo de la Internet, la humanidad camina hacia la
quietud histórica; como si de pronto, la sociedad estuviese llegando al
desfiladero oscuro y tenebroso. La computadora le parece fría, sin calor, ni
emociones. En cierto modo, dentro de esa pantalla, el hombre se convierte en un
patético receptor de mentiras, de ilusiones, de fantasías creadas por mentes
mercantiles y manipuladoras del imperio.
Los sabios del nuevo milenio saben solamente una canción, “la
historia ha muerto”, “ya no hay mensajes políticos universales”, “se derrumbó
el muro de Berlín”, “ya no hay proezas que narrar” “no hay religiones”,
“murieron las ideologías”. Ahora, el mundo se reduce a lo visto en la pantalla
virtual. La verdad la establece una máquina. El secreto es la energía eléctrica
que engaña y enajena. Pero, Él, el profesor Jaime Steven conmocionará al mundo
con el mensaje del socialismo del nuevo milenio, inspirado en la vida y obra de
Carlos Marx.
Él conoce el futuro, pronto el hombre será solamente un centro nervioso
con ojos y pocos dedos, lo demás rasgos corporales serán eliminados por la
evolución, seremos unas cuantas células nerviosas alimentadas por la realidad
virtual. Hasta la fe religiosa tiende a desaparecer, el mundo es lo mirado, el
hombre es una imagen, una moda, ojos azules, cuerpo atlético, licor, sexo y
poder. Según su fe marxista, “la religión es el opio del pueblo”; y Dios ni
siquiera ha muerto, simplemente nunca existió.
¿Quiénes viven de verdad esa realidad prometida en los sueños ofrecidos
en las redes virtuales o en el cine? ¿Quiénes viven el placer, tener y poder a
plenitud al estilo de esos actores virtuales? ¿Acaso, los siete mil millones de
seres humanos que habitan el planeta? ¿Mil millones? ¿Quinientos millones? En
la pesada realidad cotidiana, la vida plena de licores, dineros y orgasmos la
disfrutan solamente algunos elegidos o semidioses de cuerpos perfectos. Él
quiere ser uno de ellos; por eso, escribe y escribe. Los otros miles de
millones de terrícolas contemplan y sueñan, algunos zombis gozan de las
imágenes virtuales. Ya no se hace el amor, se conforman con fantasear frente a
una imagen virtual.
El mundo de placer está siendo suplantado por las imágenes en una
computadora. Entonces, ¿Qué es el hombre? Un ojo con cerebro ¿Qué es el mundo?
¿Cuál es el valor de las otras personas? Simplemente lo mirado; somos un par de
ojos atrapados en un universos de imágenes irreales. Desde luego, la otra
alternativa es la miseria, el hambre, la muerte, hacer cola todos los días
persiguiendo durante largas horas un poco de harina de maíz.
¡Muerte o enajenación! Estas son las dos alternativas que nos brinda el
materialismo marxista, o el materialismo de la cultura del Mercado. Jaime sabe
lo que quiere. Él sabe que pocos son los que viven el placer
prometido, y muchos los que mueren de hambre sin tener ni siquiera la
oportunidad de un mundo enajenado y virtual. Y si Él, el profesor, Jaime Steven
tiene que escribir libros de fantasías revolucionarias y de mentiras
históricas, lo hará; nadie verá al profesor Steven pasando hambre, ni haciendo
colas para comprar un jabón o rollo de papel higiénico.
***
Jaime había soñado con el título del primer capítulo de su nueva
novela filosófica: “El hombre es la náusea”, donde presentaría una crítica
radical a la antropología del consumo propuesta por el imperialismo salvaje. Se
trataría de la historia de un filósofo que vive profundamente todas las
dimensiones del amor sin fronteras. Mientras Jaime se imagina las escenas de su
personaje, las hojas secas de los árboles grises se hunden en el lodo frío, una
lluvia tímida se escucha a lo lejos. La novela promete ser otro éxito de
reflexión esotérica, masónica y revolucionaria, de esas enseñanzas que leen
algunos líderes políticos. También tomará en cuenta como probables lectores a
esos jóvenes que estudian filosofías orientales, escritas por
ancianos que alguna vez fueron los hippies de la década de los sesenta del
siglo pasado.
Jaime intuía que el amor perfecto y sin fronteras era la nueva etapa de
la evolución del hombre del siglo XXI, la única alternativa para superar la
virtualidad de las computadoras y el desenfreno consumista. Por supuesto, para
crear nuevos caminos de esperanzas tenía que volver a lo natural, al canto, la
poesía, el amor silvestre y sin ataduras, dar placer a todos los sentidos,
según el hedonismo más puro, vivir de un modo totalmente libre como las aves,
las flores y el viento; la revolución de acuario.
La filosofía novelada es la imaginación de un poeta sensible que se cree
y se proyecta como un ser medio angelical, sin sexo definido. Jaime es un
ejemplo vivo de los ensayistas sensibles, refinados, con ese modo tan peculiar
de hablar, caminar y de mirar de algunos intelectuales. Ahí, frente a su alma,
estaba escrita la frase, “La religión es el opio del pueblo”. Esta frase tan
original y magistral está en el centro de la pantalla de su computadora. El
profesor Jaime Steven siente en su piel la apatía del otoño.
El cielo es gris, las aves han perdido su encanto. El horizonte es gris.
La mañana es gris. La vida es gris. No hay una flor colorida en todo el jardín.
Jaime siente intensos deseos de componer un poema; tan tierno como el brillo
triste de la montaña, algunas letras que estremezcan a los lectores tan
sensibles como él, esos que pertenecen a redes de poetas: “Poemas de amor”,
“Poesías del corazón”, “Pozos del deseo”, “Oasis de amor”, “Encuentra lo tuyo”.
La revolución intelectual es un canto poético que quiere surgir de las entrañas
del poeta Jaime Steven.
La tarde gris le produce nostalgia existencial y la niñez del
filósofo renace en su alma. Jaime puede ver con claridad al niño que hace años
jugaba en las llanuras de su pueblo natal, en las lejanías de los Andes. Lo
recuerda casi todo, el padre y el abuelo siempre descansaban con las pipas
humeantes, la madre y la tía tejiendo preciosos calcetines de los que se usan
en el invierno. En aquellos años de infancia, el secreto de la vida era la
ingenuidad, la sencillez, la aceptación del ser en su estado más puro, sin el
juicio sucio de la conciencia adulta de los humanos.
El aire siempre fresco, las montañas hermosas, la campiña de los sueños,
el canto de las aves. ¿Acaso los animales se entristecen? La vida era la
negación de lo gris, la primavera eterna, la leche tibia de las vacas, el canto
matutino de los gallos, los perros fieles y contentos, el florecer eterno de la
campiña ; padres amorosos, abuelos paternales; sus dos hermanas mayores siempre
hablando de “los novios bellos”, fiestas, vestidos, maquillajes, revistas de
farándula y de modas. Por cierto, los zapatos de sus hermanas eran preciosos,
los zarcillos, las muñecas. En fin, aquellos días de la infancia marcaron su
sensibilidad vital y el gusto por las cosas rosadas y esplendorosas. La belleza
eterna del universo le daba a Jaime esa energía especial que pocas veces vio en
los amigos de la escuela, tan hostiles, sucios, mal educados, bárbaros y rudos.
El biscocho con la taza de chocolate mostraba el rostro tierno de la
humanidad. Por eso, el encuentro con el Otro era fácil en el seno familiar;
entender el amor como centro del proyecto humano, vivir plenamente el concepto
de libertad desde el corazón que crecía en el calor de una familia iluminada, su
mundo real, su entorno vital, su existencia concreta; todo sus recuerdos eran
fantásticos.
¿Qué es el hombre? El padre, la madre, los abuelos, las hermanas, ¿qué
es la sociedad? la dignidad del espíritu familiar, tan alejado de todo lo feo y
horrible. En su infancia aprendió que el hombre es encuentro fraternal,
relación personal y comunidad unida. Le enseñaron que la vida siempre tiene
sentido, que sus hermanas eran ejemplos de amor perfecto y de belleza sensual.
En su corazón siempre hubo amor. El amor era su aporte a la filosofía del
socialismo del nuevo milenio.
Ahora entendía que la relación entre los hombres constituye el centro de
significados existenciales antropológico y la oportunidad para el crecimiento
personal, el Otro es el camarada. El amor se hacía realidad al ver a sus
hermanas besándose con los “novios bellos”. Desde luego, desde estas vivencias
amorosas y afectivas, la filosofía del encuentro tenía sentido. El hombre
vuelve a ser el centro del universo. El hombre es la imagen de todas las
revoluciones del nuevo milenio.
Cuando Jaime piensa en la esencia de la humanidad socialista, revive la
habitación de sus hermanas, el rostro de sus hermanas, los vestidos de sus
hermanas, el modo de hablar de sus hermanas, los novios de sus hermanas. La
persona es un valor eterno y universal para el socialismo del nuevo milenio. La
vida consiste en la felicidad. La felicidad se encuentra en la relación entre
los camaradas. Se nace, se vive, se muere en comunidad. La humanidad entera es
una gran familia de hermanos revolucionarios, en donde todos somos hijos de los
mismos líderes de siempre, sin límites afectivos marcados por el sexo
biológico. ¡Qué viva la libertad del socialismo del siglo XXI!
Ahora, Jaime ve el inicio del otoño con la mirada de un filósofo
profundo, silencioso, capaz de encontrar la luz en la oscuridad del atardecer,
para iluminar con sus pensamientos el camino de salvación a todos los hombres y
mujeres que esperan sus maravillosas reflexiones filosóficas y sensuales. De
pronto, sus manos dejaron el teclado, el corazón estaba paralizado.
Del otro lado de la ventana, lo inesperado se hacía fatalidad. El
destino le recordó la soledad de la noche, un gorrión pecho amarillo quedó
muerto, fulminado por el frío, sus alas dejaron de moverse, el canto se perdió
en la oscuridad. La muerte siempre estaba del otro lado de la ventana, más allá
de la conciencia iluminadora de la existencia. La conciencia íntima tiene dos
caras, ilumina la belleza de la vida, y se atormenta con el silencio de la
muerte oscura, desgarradora. Jaime Steven es sin duda, un intelectual de la
izquierda revolucionaria.
Jaime volvió a deprimirse, todo lo bello se transformó en oscuridad,
quería llorar de tristeza amorosa, como lo hacía la abuela enferma. La noche
era la amenaza de la existencia, la espesa tiniebla lo envolvía todo, igual que
hace años, allá en los Andes. La Nada eterna y oscura sobrevivía en las aguas
del inconsciente, apareciendo solamente para acobardar y paralizar, la muerte
era el recuerdo del rostro de la abuela fría y pálida, tendida sobre una mesa
de madera de pino silvestre. La abuela se convirtió en un fantasma, en la hada
de los sueños infantiles.
La muerte del ave disolvió la belleza de los días de infancia.
¡Esa muerte tan cruel de la más hermosa de las aves! ¡Tanta tristeza era
demasiado para seguir escribiendo! ¡El rostro de la abuela muerta! Jaime
encendió su pipa, salió a caminar para despejar los sentidos; tal vez, con
algunas copas de vino, la inspiración regresaría a nutrir su sangre filosófica.
La muerte de un ave era tragedia que el alma sensible de un filósofo de
izquierda como Jaime, no podía soportar sin que apareciesen algunas lágrimas de
solidaridad existencial y holística con la muerte de ese pobre gorrión. ¡Cruel
y desgraciado universo! ¡No hay escape ni para los dioses! ¡Oh filosofía, calma
la tristeza mía! ¡Abuela muerta deja de atormentar la existencia universal! Si
la muerte le llega a un padre de familia en manos de la delincuencia… ¿Qué
importa? ¡Hombre o pájaro…da igual! Jaime llora frente a la muerte.
****
La mejor época para escribir reflexiones filosóficas en torno a la
importancia de los seres humano es la primavera, ese momento en donde toda la
naturaleza se convierte en un himno triunfal y revolucionario. La vida se hace
colores de arcoíris, el mar es más azul, el cielo más transparente, y el amor,
¡ah, ese sentimiento de los dioses! colmaría de placeres cualquier atardecer.
Jaime pensaba en la esencia antropológica universal: la felicidad. ¡La
inspiración inmortal había vuelto a la mente de Jaime! ¿Qué es el hombre? La felicidad,
la primavera, la negación de la muerte del gorrión; la abuela cantando y
tejiendo con alegría vital, una marcha infinita de camaradas.
Jaime se sentía luz entre las sombras, esperanza en la soledad,
estrella en el firmamento, el punto más alto de las olas del mar. El ser humano
es la dignidad espiritual, la trascendencia y la belleza de todo cuanto existe,
un alma capaz de sufrir la trágica muerte de un ave inocente y pura; un alma
que construye esperanzas en donde las rapiñas imperialistas devoran cadáveres.
El ser humano es superior a la muerte. La revolución es
superior a la muerte. ¡Qué viva el socialismo eterno! La raza humana vivirá
para siempre, hasta alcanzar la espiritualización total del cuerpo mortal.
Seremos ángeles en la tierra y revolucionarios infinitos. Nada podrá detener la
evolución de seres elegidos por los dioses extraterrestres y seremos como
dioses y reinará para siempre el socialismo del siglo XXI, en todos los
confines de la Tierra.
La novela de Jaime se desarrollaba al mismo ritmo que el vino en
su sangre. Al final triunfaría el éxito de la vida sobre la tristeza del otoño.
A cada noche le sigue el día más esplendoroso que se pueda imaginar. “El cielo
es el límite”. Lo mejor siempre está por venir. La mente siempre abierta a lo
positivo. “Somos lo que pensamos”, “la mente controla al universo”,
“concentrarse es aprender a vivir”.
Cada día es una aventura inmensamente formidable. La vida es el
río de los placeres inimaginables. Vivir es ser feliz. La vida misma es el
verdadero secreto de la juventud eterna que prometen las revoluciones. El
milagro de la felicidad está en el corazón, esperando que lo descubramos.
¡Todos viviremos felices para siempre! ¡El socialismo llegó para la eternidad!
¡No volverán los lacayos del imperio!
A los treinta y cinco años sentía que por su conciencia fluía toda la
inteligencia de la energía universal, podía sentir en cada una de sus células
la sabiduría del pensamiento filosófico legado por Marx y Lenin, tenía que
escribir sobre la belleza de la revolución, sobre el amor y la felicidad,
también sobre esos tristes momentos de muertes inevitables de las aves,
mascotas, flores del campo, la muerte de la abuela.
Aunque el tema central siempre sería la felicidad del universo, la luz
de la revolución universal, el equilibrio perfecto de un universo
que se mueve al ritmo de ese amor puro que sólo podía ser descubierto por un
corazón enamorado de la belleza, de la luz, de lo perfecto, por un escritor que
comprendiera el secreto sexual del mensaje de los dioses griegos.
Jaime escribía su filosofía de izquierda desde el espejo existencial de
su historia de vida. El mundo era comprendido desde sus vivencias, sus
recuerdos, la imaginación, sus ideas, su licor, el humo de la pipa. No tenía
hijos, esposa, novia, comunidad, padres; pero tenía patria. Su compromiso
consistía en escribir libros, aquí aislado de la vida mediocre. Jaime vivía en
sus novelas, en el perfecto mundo de los treinta y cinco años, buen trabajo en
la Universidad, hermosa y confortable casa en una urbanización de buen estilo,
moderno automóvil. Él era ejemplo de lo bien que podía vivir el
nuevo revolucionario del siglo XXI.
Las reflexiones filosóficas surgían a borbotones, como la espuma de esas
copas de la media noche. Él estaba destinado por los ángeles a iluminar con sus
ideas a ese mundo confuso de los jóvenes revolucionarios. Todos sus escritos giraban
en torno al mensaje eterno, “La filosofía de la
revolución socialista del siglo XXI”. Lo más importante era
prolongar para siempre el espíritu de la primavera, mantenerse firmes en la
actitud positiva frente a las adversidades y las guerras económicas del
imperio. Los problemas de la existencia se resolvían en la mente, “somos lo que
pensamos”, conclusión increíble que surgía de los genios de la última botella
de vino, de aquella noche de principio de otoño. Jaime se fue a su casa, que
estaba solamente a pocas cuadras. Se detuvo ante la puerta, se dirigió hacia la
parte posterior de la casa, pudo ver el cadáver congelado del gorrión, lo tomó
por una de las alas y lo arrojó al pote de la basura.
La noche era joven, la laptop había quedado encendida, podía escribir
una o dos páginas. La fuente del conocimiento se encontraba en la intuición
íntima, una experiencia que siempre aflora como una caricia fresca de esos
momentos especiales de inspiración. Recuerda que su primera novela la tituló
“El mareo”. Claro, en la Universidad donde trabajaba todos
aplaudieron la originalidad y lo inédito del tema. Se trataba del diario de un
hombre en París, que planteaba el absurdo de la existencia desde la experiencia
vivencial y cotidiana.
Según la novela de Jaime, la vida del ser humano carecía de sentido, la
existencia era libertad eterna y fastidiosa. No había ningún manual para la
existencia, cada día era inédito y lleno de conflictos ambiguos y grises. El
personaje de aquella novela era un joven intelectual “Jean Raquetín”, un
francés enamorado de una joven tan superficial y vacía como la vida misma. Al
final, “Jean” se descubre desnudo ante el ser en sí. El ser de las cosas
llegaba sin nombre, sin medida, sin lógica, chocaba en la mente y producía una
angustia, un “mareo existencial”, ese mareo era la intuición íntima que
anunciaba la presencia de un ser en sí externo a la conciencia.
Esta Novela de Jaime recibió el premio a la “Reflexión filosófica” de la
década de los noventa. Según el jurado, el tema era totalmente original y
novedoso, un salto cualitativo en el torbellino de los pensamientos
revolucionarios de la patria. Desde aquel día de la premiación, la vida de
Jaime cambió para siempre. Ya no se conformaría con una existencia trivial,
superficial, común; una familia que mantener, unos hijos que atender, hermanos,
primos, tíos, amigos comunes y vulgares, nada que tuviese ese olor tan parecido
a las plazas de los pueblos olvidados. Su intelecto era de otro nivel, capaz de
navegar por los senderos misteriosos de la revolución del nuevo
milenio y de los mares secretos del universo. Sin embargo, ya han pasado diez
años y todavía no ha perfeccionado su segunda novela.
El tiempo carece de importancia para el profesor Jaime, los estudios de
filosofía marxista lo han elevado más allá del tiempo y del espacio. La edad no
tenía importancia, siempre y cuando el espíritu revolucionario se mantuviese
fuerte, con energía para enfrentar y superar los obstáculos de la cotidianidad.
Nada en este mundo iba a perturbar su mente superior.
Ahora, en sus nuevas lecturas buscaba penetrar los misterios de la
otra vida. Él estaba seguro de que su alma había recorrido varias existencias
en el pasado. Las existencias vuelven al inconsciente a través de los sueños.
La última vez se vio a sí mismo con un hábito color café, como esos monjes
sabios de la Europa del siglo XIII. Jaime estaba convencido de que siempre su
destino ha sido el mismo, “el amor a la filosofía y a la revolución”.
Las ideas de la filosofía de Santo Tomás le parecían tan sencillas, “la
diferencia ontológica entre el Ser y el Ente”, “el proceso de abstracción de
las esencias y la actividad sin movimiento del intelecto agente en la intuición
del ser del ente en la conciencia”, todo le llegaba con facilidad inusitada, la
única explicación lógica apuntaba a sus vidas anteriores, cuando él era
probablemente compañero o maestro de Santo Tomás de Aquino.
Para Jaime, el secreto del sentido de la vida se encontraba en una
especie de sumatoria de las existencias pasadas, eso se podía observar en los
ojos de las personas. El último trabajo escrito por el profesor Jaime consistía
en una descripción antropológica de sus vidas anteriores y de la posibilidad de
encontrar un patrón existencial que determinase el sentido de la vida de todos
los hombres y mujeres de la humanidad rumbo al socialismo universal y perfecto.
Entre los secretos develados en su ensayo filosófico expuso la teoría de
que “los ojos son las ventanas del alma”. Las ideas filosóficas solamente
pueden ser asimiladas por almas especiales, por hombres elegidos por los
arcángeles fundadores de las civilizaciones dominantes. Jaime se sentía un
arcángel en potencia, un alma cuyo cuerpo era la cárcel indeseada. Recuerda
muchas veces las frases del abuelo, el de la pipa, el de los anteojos
amarillentos, el abuelo de mirada profunda, quien a diario le repetía, “Jaime,
cuídate de los Otros, de manera especial de los seres de ojos apagados y
bajos”.
Jaime fue aprendiendo que no todos estaban en el mismo nivel de
evolución, que existían seres cerca del estado de la iluminación espiritual y
seres humanos comunes, carnales, de esos cuyo olor a miseria se percibe a
cientos de metros. Él era un líder revolucionario, un futuro diputado marxista.
Para Jaime no existía nada más espantoso que el estado de pobreza y de
miseria; así, como viven esos personajes en los ranchos marginales, una vida
sin sentido, mejor es morir que vivir en la miseria. La vida era para
disfrutarla, vivir a lo ancho, sin prisiones mentales, sin compromisos absurdos,
sin tareas obligatorias; totalmente libres de las ataduras de la falsa moral
del imperio.
La vida era la libertad absoluta, sin temores, la libertad de los
elegidos por la conciencia revolucionaria del universo. Lo mejor era el vino,
el champagne bien espumoso, el sexo centrado en el placer de los sentidos, la
pipa que heredó del abuelo, las noches interminables al lado de seres bellos,
como los protagonistas de las novelas románticas. Vivir, vivir el amor, el
placer y el poder del conocimiento marxista.
Jaime es un dios sin definición sexual, se siente más allá del bien y
del mal, trasciende las ataduras de los órganos sexuales, vive a plenitud, como
los dioses libres, sin absurdas reglas morales y religiosas. Efectivamente, la
moral y la fe debilitan la evolución del verdadero hombre, el hombre en toda la
plenitud de sus potencialidades que lucha contra la falsa moral de los débiles.
¡Qué viva el nuevo revolucionario, libre y sin ataduras morales ni religiosas!
*****
El ensayo filosófico en que trabajaba Jaime, trataba sobre la
posibilidad que tienen algunos investigadores de conocer la historia de sus
vidas anteriores a través de la interpretación de los sueños, la exploración
del inconsciente individual y colectivo. En definitiva, sus investigaciones científicas
y objetivas le habían llevado a la conclusión de que los revolucionarios han
vivido muchas vidas anteriores ¡Somos viajeros del tiempo!
En el ensayo había decenas de descripciones fenomenológicas y
hermenéuticas sobre casos altamente impresionantes y eran pruebas irrefutables
de que todos los seres humanos venimos de vidas anteriores, la cuestión
consistía en hacer conscientes estas existencias que deambulaban en el
inconsciente, hasta lograr la conciencia plena del sentido y del punto del desarrollo
espiritual de la propia existencia, como punto de partida de la creación del
socialismo del nuevo milenio.
Jaime, que hace algunos años había escrito esa gran obra, “El mareo”, no
podía creer que sus compañeros de la cátedra filosófica se burlaran y no
pudiesen comprender la intensidad antropológica de sus disertaciones sobre las
vidas pasadas. Nada de eso le importaba realmente. Ya él estaba cansado de las
burlitas de sus colegas “oligarcas”, profesores mediocres del montón. Por
supuesto, nadie hablará jamás de esos mediocres, morirán en el olvido, sin un
epitafio significativo.
Los otros profesores de Filosofía no tenían la más leve idea de la
profundidad filosófica y revolucionaria alcanzada por la mente de Jaime Steven.
Su artículo sobre las vidas pasadas lo iba a llevar a una revista internacional
de gran prestigio científico: “El tarot de la Nueva Era”. El doctor Pancho
Cruz, su maestro, guía y amigo, director de la revista esotérica, quien le
había prometido a Jaime publicarle el ensayo, “Mi vida en el Tíbet”, un manual
de entrenamiento de marxismo místico para conseguirse consigo mismo en
historias pasadas.
En los sueños todo es posible, la relatividad del tiempo y del espacio
nos comunica con la relatividad de nuestras vidas pasadas. En el sueño todo es
uno, y la unidad lo es todo en un espacio y tiempo espiral y cíclico. He ahí el
secreto ontológico y epistemológico que permite conocerse a sí mismo en las
múltiples existencias del mismo “yo” en perfecta vía evolutiva.
Jaime disfrutaba plenamente de la vida, era un intelectual refinado, de
elegante vestir, siempre a la moda, nada importaba ciertos murmullos de algunos
de sus compañeros. Si algo había aprendido a lo largo de sus existencias, era
el considerar como absurdo los comentarios de la gente, para nada valoraba las
opiniones simplonas de personas que carecían de sentido de la existencia, esos
seres que se parecían a los animales, solamente nacen, crecen, se reproducen y
mueren cargando a los nietos, siempre se mueren de cualquier infarto.
Nada importan esas vidas y esas muertes, son como los animales de
cría, lo único que aportan son la prolongación del absurdo en cada hijo que
engendran. El hombre socialista se sabe superior a esas
razas inferiores.
Jaime siente esas miradas cuando camina por los pasillos de la
universidad, todos los ojos están pendientes de su modo de caminar, del color
florido y llamativo de sus camisas, de lo ajustados al cuerpo de sus
pantalones, todos parecen burlarse del modo en que acondiciona sus cejas, su
cabello, sus zarcillos, sus sortijas.
Él sabe que todos le critican, pero nada de eso importa. Jaime
vive libre de prejuicios, sin fronteras sexuales, ni morales. Él es digno
representante de la libertad absoluta de los seres superiores y
revolucionarios. Jaime es feliz y eso es lo importante.
La universidad es el ambiente perfecto para desarrollar todo el
potencial filosófico marxista del profesor Jaime Steven. Lo que no cuadra con
su ser espiritual son los alumnos y las alumnas, jóvenes de origen popular,
esos alumnos que se visten con lo que pueden, zapatos de marcas miserables,
vocabulario de barriada, colonias y perfumes de los más baratos, no saben leer,
no saben escribir, vienen demasiado mal preparados, ninguno de ellos ha leído
nunca algún texto de Carlos Marx. Jaime no ha podido encontrar entre los
alumnos a ninguno que haya leído la Divina comedia de
Dante Alighieri, ninguno de esos bachilleres ha escuchado jamás Las
cuatro estaciones de Antonio Vivaldi, ninguno es revolucionario.
La mayoría de esos alumnos son desaliñados, de mal aspecto y de
peores costumbres; comen empanadas de queso y carne en pleno salón de clases, a
veces alguna alumna trae al salón a un niño pequeño, y en plena actividad
académica los amamanta. Para Jaime, los alumnos existen arrojados
como objetos inertes, todos son hijos de obreros y de señoras del hogar, ninguno
posee una biblioteca digna en su casa, ni siquiera tienen un estudio en su
hogar. Con estos alumnos se hace imposible entablar un diálogo, un encuentro,
un círculo de aprendizaje. Ninguno es revolucionario.
De lo que se trata es de llegar al salón y hablar con los
espíritus, como si aquellos alumnos no existiesen, ignorarlos; mejor,
soportarlos, sin contaminarse. Si alguno de ellos quiere sobrevivir, tendrá que
fajarse hasta despojarse de su piel mestiza, negando su esencia histórica y
tratando de escudriñar algunas breves enseñanzas de un sabio filósofo como
Jaime. Ninguno de ellos es digno de pertenecer a la “Juventud del Nuevo
Milenio”.
Las clases de Filosofía marxista que enseñaba a esos jóvenes de la no le
satisfacían, ni los alumnos, profesores, estructura de los salones, la
biblioteca, la cantina, el comedor, el transporte, la seguridad, los gerentes
departamentales, de cátedra, del decanato; nada de aquel ambiente llenaba las
expectativas del gran sabio y filósofo marxista.
Por eso, Jaime deseaba terminar su tercera novela “El cuarto Ojo”, en
donde él sería protagonista central, un monje tibetano que viajaba por algunas
ciudades importantes de la cultura occidental, enseñando los secretos de los
poderes paranormales que se lograban con la aplicación de ciertas técnicas de
concentración, que le fueron iluminadas por un monje anciano, que al morir se
reencarnó en el cuerpo de un joven estudiante de Filosofía de la Universidad de
Londres, quien después de ciertas escenas de purificación, se hizo unidad en
pensamiento con el alma de aquel anciano, comenzando así una larga travesía de
historias espirituales, ayudando a los grandes genios y diseñadores de moda a
encontrar la verdadera libertad de espíritu, les enseñaría a todos el proceso
de negación de la carne, de lo corpóreo, de las miserias, del hambre, de la
vergüenza, hasta evolucionar en seres libres y revolucionarios como las
gaviotas en las alas de las olas del mar.
******
En el salón de clases estaban sentados cerca de cincuenta jóvenes del
cuarto semestre de Licenciatura en Educación. Sin duda, los alumnos de las
clases sociales más populares, de rendimiento de normal a bajo, de hábitos de
estudio casi inexistentes; estudiantes provenientes de las orillas,
de esas barriadas; jóvenes de piel oscura, de ojos pardos, de mirada
despistada, falta de concentración, de interés, de motivación, de cabello
resecos.
Definitivamente, aquel no era el ambiente de un profesor vestido a la
moda, que vivía en un urbanización de alta sociedad, que había estudiado en
Londres, que hablaba perfectamente el inglés, italiano, portugués y francés, a
parte de su lengua española.
Comenzaba el semestre, el primer día de clases, el calor insoportable,
ese aire acondicionado nunca servía para nada, los alumnos hablaban entre sí,
parecía que estuviesen en un transporte público. Lo peor era esa miradita
destructiva de algunos alumnos, como criticando su modo revolucionario y libre
de vestir, ya él conocía esa sonrisita maliciosa de los machistas ¡Todas esas
alumnas eran ordinarias!, todo el salón era ordinario, vulgar, pesado, de mal
gusto. ¡Dios, las clases eran la peor pesadilla! Él solamente quería escribir
novelas revolucionarias: “El hombre es la náusea” y “El cuarto Ojo”, no soportaba
dar clases a esos alumnos mal vestidos.
Jaime llegaba al salón, recorría los rostros y no encontraba esperanzas
de sabiduría en ninguno de esos alumnos. Antes de empezar las clases rezaba una
oración especial, una especie de plegaria repetitiva, un mantra secreto, que
solamente algunos filósofos marxistas del nuevo milenio habían memorizado, para
elevar el alma más allá de los maleficio de la cotidianidad imperialista. Se
trataba de la misma oración escrita por el rey Salomón para implorar la sabiduría
divina.
Jaime ya era un profesor de experiencia. No había nada nuevo, las
experiencias se podían predecir, “alumnos flojos”, “desinteresados”, “algunos
de esos alumnos iban a sobresalir”, “le prestaría especial atención a ese par
de jóvenes”, “tal vez hasta les invite a estudiar en su biblioteca personal,
allí donde tiene un ambiente especial para los alumnos especiales”, “la mayoría
de los alumnos y alumnas siempre salen aplazados con calificaciones mediocres”.
La libertad era la existencia de Jaime. Poco importaban los comentarios
de mal gusto de la gente. La libertad era lo que distinguía al ser humano de
cualquier animal. Esa libertad se hacía vida en los ojos cristalinos y
profundos de Jaime. Los alumnos que Jaime elegía siempre eran los más altos y
robustos. Nunca eran más de dos por semestre. Ninguna de esas “amistades”
duraba más de un año. La libertad consistía en la ausencia total de compromiso.
Para Jaime, todo compromiso esclaviza. Todo compromiso es manipulación y
explotación. La verdadera revolución es la libertad plena. Jamás se
dejaría manipular, ni utilizar por los otros seres de este planeta. La libertad
no tiene precio. Se vive a plenitud para satisfacer lo que el cuerpo y la mente
necesiten, gozar de la vida, del placer de los sentidos, del orgasmo corporal y
espiritual, sentir en la excitación de todo el sistema nervioso, hasta saciar
completamente las ganas de enseñar a esos dos alumnos lo que es bueno y lo que
es malo.
Jaime llevaba años enteros dando rienda sueltas a sus deseos y el lugar
más idóneo era la Universidad. Nada le ha detenido jamás en su visión
antropológica: la libertad encarnada en un una existencia espacio-temporal, la
libertad de un cuerpo sano y joven, la libertad de la búsqueda del placer más
allá de los convencionalismos sociales.
El profesor Jaime Steven era superior a todos los demás hombres y
mujeres comunes de la sociedad latinoamericana, centrada en el mito
de la familia como “célula fundamental de la sociedad”, no había una afirmación
más enfermiza y alienante, ninguna de esas barreras culturales detenían jamás
el hambre de libertad de Jaime, el profesor de Filosofía marxista.
La casa de Jaime era ideal, una cocina amplia con vista a un jardín de
flores y rosas, una sala adornada con cuadros de exquisito gusto artísticos,
repleta de algunos desnudos masculinos y femeninos, una mesa central con varios
ceniceros, dos sofás con múltiples almohadas de colores excitantes; en la pared
del fondo había un amplio “bar de caoba”, con las más variadas botellas de
licores para todos los gustos. Lo maravilloso era el cuarto especial, un
colchón que abarcaba casi todo el piso, las paredes pintadas de un rosado
intenso, desnudos de homosexuales, escenas de sexo entre homosexuales, espejos
en el techo, un refrigerador pequeño.
Toda la casa era un arca del paraíso sensual, de lo que Jaime entendía
por libertad y revolución marxista. En el sexo libre encontraba el
verdadero sentido de la vida. Sin duda, su existencia giraba en torno a los
jóvenes altos y robustos. El filósofo marxista Jaime Steven era discípulo de
los filósofos griegos, Sócrates, Platón, Aristóteles, Epicuro y todos aquellos
pensadores elegidos por los dioses del sexo sin barreras, el verdadero amor, la
verdadera vida, el verdadero placer, la libertad, la felicidad. ¡La
revolución del nuevo milenio había llegado!
Lo que más odiaba Jaime era la hipocresía religiosa. Los hombres y
mujeres que se daban “golpes de pecho” en las iglesias. Sin embargo, en la vida
oculta, en esa dimensión oscura y secreta de los seres humanos, esos mismos
hipócritas daban rienda suelta a los más bajos instintos. La vida verdadera, la
que no se muestra a los demás, casi siempre es una orgía vivida
clandestinamente en la oscuridad de una vergüenza culpable y enfermiza. Muy en
el fondo, la existencia es la frecuencia de relaciones sexuales. Para Jaime,
Dios era un estorbo, una enfermedad que impedía la evolución de la raza humana.
El sexo lo es todo para Jaime. El sexo es el sentido de la existencia y
de la revolución. El hombre es un ser sexual. Hago el amor, luego existo. La
salud, el dinero, el poder, el éxito, todo cobra su verdadero sentido en la
cama, al lado de la pareja deseada. La moral cristiana le estorbaba a Jaime,
“¡La religión es el opio del pueblo!”.
Pero, el sexo tenía que ser libre, según el propio apetito corporal, sin
ataduras, sin prejuicios, sin nombres, sin familias, sin culpa. La pregunta por
la esencia del ser humano se disuelve en el orgasmo masculino, en el éxtasis
del amor entre dos hombres de la misma raza. Para Jaime, el amor libre es el
hombre en sí mismo. ¡Qué mueran los dioses! ¡Qué viva la juventud sana, alta y
robusta! La religión está de sobra. La moral está de sobra. Las viejas de velos
blancos como la muerte están de sobra. ¡Qué viva el placer sexual y
revolucionario, que se desliza como la caricia de una nube azul sobre la
espalda! En la vida de Jaime Dios había desaparecido. Él era su propio dios. Él
era inmortal. Él era el placer, el tener y el poder, los dioses de la cultura
del Mercado.
La moral y la religión, la cultura de las buenas costumbres, todo esos
inventos mediocres de los débiles e insignificantes, han hecho de la muerte el
símbolo negligente de la existencia. Esas miserables existencias nacen para
sufrir esperando la recompensa más allá del cielo. Jaime dividió la humanidad
en dos razas, los revolucionarios y los esclavos de la
falsa moral del imperio.
El hombre es un sistema casi infinito de relaciones físicas y
emocionales, un sistema que no tiene límites, que se abre hacia la eternidad
finita de este espacio y del tiempo en que dure la respiración. La vida es
corta y Jaime la disfruta a placer, dándole a su cuerpo la sensualidad de todos
los jóvenes que pudiese llevar a su dormitorio especial. Para él, la vida se
hacía celestial entre las sombras del licor, liberando toda la energía de la
conciencia universal de la Nueva Era.
Jaime estaba profundamente convencido de que los tiempos cambiaban
cualitativamente, que el universo, el mundo, la humanidad se encontraba a punto
de un salto revolucionario y evolutivo, en donde la pareja concebida como la
unión de un hombre y una mujer no tendría espacio en la Nueva Era. La
revolución, la libertad, la igualdad y la fraternidad tomaban un camino hacia
el triunfo de la sensualidad sin límites, hacia el máximo placer profetizado
por el maestro Epicuro de la Antigua Grecia.
¿Qué es el la Filosofía? ¿Cuál es el misterio del ser del hombre? ¿Cuál
es el sentido de la vida? ¿Cuál es el destino de cada persona? ¿Hacia dónde va
la humanidad? ¿Existe Dios? ¿Qué es la realidad? ¿Qué es la
revolución del nuevo milenio? Todas las preguntas filosóficas que se
ha hecho el hombre racional en más de dos milenios de historia del pensamiento
occidental, Jaime la ha respondido perfectamente.
Él comprendía y conocía las respuestas a los misterios profundos e
insondables de cualquier filosofía, sociología, o de la ciencia en general. La
repuesta estaba en el límite del tiempo y del espacio, en los senderos del
placer sexual y en la extensión del poder, del dominio. El sentido de la vida
consiste en el gozo pleno de la sexualidad y en la explotación del Otro. En
este punto, Jaime estaba más que satisfecho, ahí estaba el secreto de la vida:
La subjetividad consistía en llevar el placer sexual hasta el centro más íntimo
del Yo. La objetividad era la esclavitud, la explotación. El Otro es el
esclavo, el dominado. La realidad externa era lo dominado, objeto de consumo,
lo que se utiliza y se convierte en basura desechable.
La filosofía es para Jaime el discurso del placer y del dominio. La vida
misma consiste en gozar al máximo lo sexual, en esclavizar al Otro y consumir
todo. Se trata de destruir a los animales, las plantas, los minerales, el agua,
el sol, las nubes, en utilizarlo todo, en transformar y destruirlo todo, nada
es más valioso que la “voluntad de poder”. El sentido de la vida está en el
poder. La revolución bolivariana sin Poder, carece de sentido.
Para Jaime, el poder lo es todo. La llave maestra de todo ese poder de
destrucción, placer y dominio es el dios dinero, dios de dioses, verdadero ser
trascendental, sin tiempo, sin espacio, sin límites, perfecto, inmortal,
todopoderoso, invencible, fascinante, precioso, rey de reyes, amo y señor de
toda criatura. Sin dinero no existe el ser humano. Quien no posee dólares es
una cosa sin valor, carente de razón de existencia. El problema de la
existencia de un ser absoluto, se resuelve en la cantidad de dólares que se
maneje. Contar dinero es hablar de los dioses. No se trata de un simple
discurso moralista oculto en metáforas cínicas. Si actualmente existe una
verdad objetiva, universalmente válida es la coronación y el ascenso espiritual
del “dios dinero”.
Jaime era fiel a su pensamiento filosófico marxista y a su modo de
vivirse como revolucionario. La dignidad de la persona se encontraba en el
“deber ser”, “en lo imaginario”, “en el deseo moralista”, “el rostro del Otro”,
“un alma inmortal”, “un Yo”, “la conciencia”, palabras vacías que se refieren a
nada, palabras subjetivas que no son más que fríos e insípidos poemas que ya
nadie lee. ¡La metafísica ha muerto! ¡Perdón! ¡Ha resucitado! ¡Aleluya! ¡Qué
viva el dólar! ¡Dios ha vuelto! El hombre débil siempre muere pobre y podrido,
en cualquier catre infernal de esos barrios populares repletos de seres
nauseabundos que mueren solitarios, abandonados, llorados solamente por la
madre que los parió, la misma mujer borracha que dormía en la plaza de aquel
pueblo olvidado.
Jaime camina triste, fue al médico…, está muy enfermo.
Jaime camina triste, lo expulsaron del Partido Comunista…, está muy
enfermo.
Jaime camina triste, lo expulsaron de la Universidad…, está muy enfermo.
Jaime camina triste, pronto sabrá si Dios existe…, está muy enfermo.
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