TRASCENDENCIA

 


 

 

TRASCENDENCIA (LIBRO)


 

Gerardo Barbera

 

 

 

                        PRIMERA PARTE

 

El Problema Filosófico como opción existencial

A lo largo de la  historia de la filosofía occidental se ha entendido la tarea filosófica de dos modos distintos, que pueden ser complementarios entre sí cuando la opción existencial va en el mismo sentido. Pero,  si se toma una perspectiva de modo radical, entonces, ambas maneras de entender  la tarea filosófica serían irreconciliables. 

Sucede pues, que la filosofía puede ser concebida como saber sistemático                           eminentemente racional, disciplinado, o como un modo de vivir según el saber racional alcanzado. De hecho, generalmente, se ha considerado filósofo a la persona que posee un saber especial, y vive de modo especial en coherencia con su pensamiento. Al respecto, Hessen (1978) expone lo siguiente, cuando existe separación entre vida y pensamiento:

“Al primero de estos elementos  lo distinguimos con la expresión “concepción del yo”; al segundo lo llamaremos “concepción del universo”. La historia nos ha probado que existe una constante oposición entre los dos elementos. A veces sobresale uno, a veces el otro; y cuanto más se eleva uno, más desciende proporcionalmente, el otro. Pero esto prueba ampliamente que  los dos elementos  pertenecen a su concepto esencial” (p. 13)

En resumidas cuentas, la filosofía entendida como un saber especial, racional, y  la filosofía entendida como un modo de vida especial, son  dos maneras de entenderla, que han alternado y a veces han convivido. En efecto, en su mismo origen griego, la filosofía surgió como una forma distinta de entender el mundo, desde la racionalidad, desde la explicación del porqué del universo.  También surgió como una escuela de vida, según  los principios de la misma filosofía racional.

Lo ideal sería que la filosofía sea ambas cosas para los filósofos, un saber especial y una forma de vida según los principios filosóficos. Este sería la aproximación al concepto de filosofía occidental: un saber racional y una vida fundada en ese saber. Dicho de otro modo, ambas dimensiones de la filosofía son verdaderas y se complementan. Finalmente, ambas dimensiones son inseparables cuando el problema es el sentido de la vida, cuando la filosofía se hace existencia personal y comunitaria.

En este sentido, Marías (1967) opina lo siguiente: “Hay una indudable implicación en los dos modos de entender la filosofía. El problema de su articulación es, en buena parte, el problema filosófico mismo. Pero podemos comprender que ambas  dimensiones son inseparables, y de hecho nunca se han dado totalmente desligadas” (p.1). Por consiguiente, la filosofía se presenta como un saber explicativo  y como una forma de vida fundamentada en ese saber.

En efecto, la filosofía se presenta como el saber que fundamenta el sentido de la vida personal y comunitaria desde un horizonte espiritual, verdaderamente humano.

Ahora bien, ¿cuál es la naturaleza del saber filosófico? Las ciencias particulares, como la matemática, la física, la biología,  las ciencias sociales, entre otras, pretender dar un conocimiento objetivo y exacto de una parcialidad de la realidad, que pueda ser sometida  al método experimental, con la finalidad de expresar resultados matemáticos de los hechos que estudian.

Es por ello, que Rosales (1996) afirma lo siguiente: “Como modelo del conocimiento, la matemática ha inspirado a la razón a extender el conocimiento sin reconocer sus propios límites. Su certeza apodíctica y su poder deductivo han sido atributos de conocimiento verdadero” (p.251). Sin duda,  la filosofía  plantea el problema del conocimiento más allá de la concepción científica del mismo. La vida no es un teorema matemático.

Debe señalarse, que la filosofía occidental  se presenta como la sabiduría, o el saber por excelencia, por encima de cualquier otro tipo de conocimiento, ya que su objeto de estudio está conformado por el ser del hombre, el ser del universo, y el ser Absoluto. Dicho de otro modo, la filosofía se plantea dos grandes áreas: la ontología, o el estudio del ente en cuanto ente, y la metafísica que abarca lo trascendente al ente y fundamento último de la existencia del mismo. El ente es la cosa, la metafísica es lo espiritual.

Ahora bien, estas dos grandes áreas del saber filosófico tenían su razón de ser en cuanto se convertían en principios de vida del  filósofo. En este sentido, Reyes (1992) comenta:

“Los antiguos practicaron la costumbre de vivir tal y como enseñaron, despreciando al mundo y manteniéndose alejado de él. Su objeto de conocimiento no fue otro que el de llegar a comprender el universo. Vivían exclusivamente para su concepción filosófica, sin dejarse arrastrar a otras cosas que no fuesen del interés de su pensamiento” (p.98)

Por consiguiente, cuando en la filosofía se habla de “modo de vida”, se trata de una vida fundamentada en el conocimiento filosófico, una vida teorética, que consiste en el esfuerzo constante por encontrar el sentido de la vida desde las razones filosóficas, que no se reducen a la comprensión intelectual. Lo racional trasciende lo meramente lógico e intelectual. Al respecto,  Whal (1988)  opina lo siguiente:

 

“La filosofía es esencialmente una búsqueda, una persecución del conocimiento, pero de un conocimiento que no es forzoso reducir a la comprensión intelectual. La meta de la filosofía pudiera ser algo más parecido a lo que ha llamado Alexander “co-presencia con las cosas”, Whitehead “prehensión” y Heidegger “ser en el mundo”. (p.35)

Sin embargo, se hace necesario precisar algunos elementos acerca de la definición de filosofía; en este sentido,  cabe señalar, que el término “filosofía” deriva del griego  y quiere decir amor a la sabiduría; en otras palabras, deseo de saber. Por esto,  Maritain (1978), refiriéndose  a la noción de  filosofía que proviene de la etimología misma de la palabra, señala lo siguiente:

“Los filósofos se llamaban antiguamente sabios. Fue Pitágoras quien,  fijándose en la sabiduría conveniente sólo a Dios, y queriendo, por consiguiente, ser llamado no sabio, sino amigo de la sabiduría, propuso el primero la palabra filosofía. No es una sabiduría infusa que se dé al hombre como una luz sobrehumana; tampoco es una luz espontánea e irreflexiva, una sabiduría que posea el hombre como un puro instinto de la naturaleza” (p.9)

De esta manera, la filosofía plantea la sabiduría esencial del hombre, el conocimiento que conviene al hombre  como consecuencia de su esfuerzo y de trabajo constante y perenne en busca de la verdad, de su razón de existencia trascendental, más allá de lo biológico.

De este modo, se puede definir la esencia de la filosofía, como un proceso sistemático de autorreflexión del pensamiento sobre el sentido de la vida, acerca de la naturaleza ontológica del universo, y sobre la posibilidad de lo Trascendente como sentido de la vida. Al respecto, Hessen (1978)  define  la filosofía del modo siguiente:

“La filosofía es un esfuerzo del pensamiento humano por lograr una concepción del universo mediante la autorreflexión de sus funciones valorativas teóricas y prácticas” (p.14).

Sin embargo, se aclara que la dificultad del estudio de la filosofía comienza por su misma definición, ya que la misma responde a la historia de vida personal y comunitaria del filósofo.

De hecho, en la cultura occidental no existe una sola definición de filosofía, ni una definición que se pueda llamar “la más completa”. En efecto, a lo largo de la historia del pensamiento occidental han surgido infinidades de definiciones en cuanto a la filosofía. En este sentido, Iriarte (1953) presenta un conjunto de definiciones de filosofía:

“Para ir declarando lo que es filosofía,  entresaco algunas de las definiciones dichas:

Platón la define: Conocimiento del verdadero ser o de las Ideas.

Aristóteles: Ciencia general del ser—Ciencia de la verdad.

Epicuro: Aspiración racional a la felicidad.

Séneca: Amor y anhelo de la sabiduría.

Cicerón: Conocimiento de las cosas divinas y humanas,  de las causas y principios de las cosas.

Escoto: Consideración del ser en cuanto ser, esto es, de las cosas en su quididad.

Bacón: Comprender y dividir  las nociones extraídas de las cosas según la ley de la naturaleza y las evidencias de las mismas cosas.

Locke: Conocimiento verdadero de las cosas.

Berkerley: Estudio de la sabiduría y de la verdad.

Kant: Ciencia de los altos conceptos del saber y del obrar.

Fichte: Cognición de la cognición total.

Hegel: Consideración intelectual de los objetos – Ciencia del Absoluto.

Cousin: El culto a las ideas.

Krause: La visión integral del ser y de la vida alcanzada en su más alto principio por medio de la razón… (p. 64)

Finalmente, en cuanto al concepto de filosofía, generalmente se trata de un sistema de pensamiento racional, que pretende dar respuestas al ser del hombre, a la naturaleza del universo y a la posibilidad de existencia de lo trascendental. 

De allí pues, que el concepto o la definición que se tenga de la filosofía, condiciona el contenido de la enseñanza de la misma, por lo menos, la perspectiva desde la cual se enfoca los contenidos de las asignaturas del área de la filosofía.

 No se trata, por tanto, de  un área del saber en donde todos enseñan el contenido desde una visón homogénea, se trata de un área del saber que tienen que ver con la conciencia misma del investigador, en cuanto a su concepción de persona, de mundo y de Dios.   Es decir, la filosofía es trascendente o inmanente antes de hacerse a sí misma.  La opción existencial siempre es anterior y responde a razones de vida. La opción ante la existencia de Dios es anterior a la propuesta filosófica.

 

 

 

Importancia de la Filosofía.

 

**

Reflexionar acerca de la importancia de la filosofía, dentro de una sociedad sumergida  en el pragmatismo más crudo que se haya vivido a lo largo de la historia de la humanidad puede sena reflexión vacía. Por consiguiente, profundizar en los contenidos filosóficos,  puede resultar un esfuerzo que probablemente carezca de significado. Por esto, las clases de filosofía  pueden convertirse  simplemente en un recuerdo insignificante de algún momento de la vida universitaria, donde un profesor cualquiera,  habló de una asignatura del pensum de la carrera, referente a cosas extrañas, ajenas a la vida  real, no sólo de los estudiantes, sino de  la casi  totalidad del profesorado; tal vez, ajena y extraña de la vida concreta de los mismos profesores   de  Filosofía.  Dentro de esta perspectiva Gervilla (2000) expone la situación siguiente:

En cuanto a materia académica, en nuestros institutos y universidades, la filosofía no goza de atractivo, ni de especial interés, para nuestros alumnos. La situación oficial actual, fruto de la reforma de la LOGSE, ha ocasionado, o quizás aumentado, el desprestigio y la “enfermedad” de la filosofía.

Ello, a nuestro entender, es debido a múltiples causas o razones, entre las cuales es de especial relevancia la importancia personal y social dada a lo práctico, concreto, útil, inmediato,  que deja sin valor, para muchos, cuanto no cae bajo su influencia (p.35)

En efecto,  el pragmatismo conforma el paradigma valorativo desde el cual se interpreta toda la realidad y todas las relaciones interpersonales en la sociedad del éxito personal y egoísta. Sin duda, la “utilidad” se ha convertido en la razón de ser de todo cuanto existe,  determina de manera fulminante el valor de todo cuanto nos rodea.  Dentro de este marco,  Gervilla (2000) manifiesta lo siguiente:

El problema no es nuevo. Ya Bertrand Russell alertaba del peligro del “hombre práctico” que sólo reconoce necesidades materiales, olvidando las necesidades del espíritu. Y Zubiri, en el mismo sentido, insistía en el cambio operado de las ideas de las cosas en el predominio actual del tacto, de lo material,    de la realidad sin ideas    (p. 35)

De esta manera,  cuando hacemos contacto con cualquier persona, con cualquier objeto, lo primero que preocupa es saber para qué sirve, y de ahí calculamos su importancia. Si la pareja “no sirve”, no tiene valor, no vale la pena seguir atado a una persona que “no sirve”. Si el anciano “no sirve”, ya no tiene nada que hacer en este mundo. Lo que no sirve se desecha. Hasta la fe religiosa tiene que servir para algo, si Dios “no sirve”, estorba. Si la fe no me da “la paz”, “la tranquilidad”, el placer de sentirme “salvo”, no sirve, luego, es inútil.

Cabe señalar, que la fuente del pragmatismo consiste en el poder de su lógica interna: “Lo que sirve tiene valor, lo que no sirve no tiene valor”. Y en honor a la verdad, parece lo más lógico del mundo. No tiene  sentido querer lo que no sirve...sería ilógico. En este sentido, el pragmatismo se presenta como la culminación del paradigma positivista, en donde solamente se valora lo dado, la realidad de las cosas tal como son, lo concreto, lo palpable,  sin importar otra cosa que lo material. En este marco de reflexión, Zubiri (1959)  remarca la función epistemológica del positivismo, del modo siguiente:

“Si en la antigüedad  predominaba la idea sobre las cosas, la vista sobre el tacto,  ahora predomina de tal suerte la cosa sobre la idea,  que nuestro saber del mundo se va convirtiendo en un palpar las realidades sin verlas, sin “tener ideas” de lo que son. Frente al ideísmo sin realidad, un reísmo sin ideas. El positivismo es la culminación de este modo de saber: cosas son hechos, naturaleza es ley, y ciencia es experimento (p. 130)

En todo caso, se trata ahora de indicar  los criterios según los cuales el pragmatismo determina lo que “sirve”, y descarta  lo que “no sirve”. En primer  lugar cabe señalar el bienestar económico que produce lo que se valora; es decir, si produce dinero, sirve, y es altamente valioso; por consiguiente, lo que no produce ganancias económicas, carece de valor.

Dentro de este orden de ideas, Barbera (2003), refiriéndose  a la ética, como una asignatura filosófica, afirma lo siguiente:

“¿Por qué la ética está de moda? ¿Acaso porque se siente la necesidad antropológica de profundizar desde la filosofía sobre el sentido de la vida? ¿Se trata de proponer  o defender algún sistema ideológico de pensamiento? ¿Por razones de interés filosófico? ¿Por necesidad de sabiduría? Estoy convencido de que el lema “crisis de valores” se ha puesto de moda, de ahí la ética como tema de moda para la venta de libros. No existe ninguna otra razón. La cultura del mercado y de la ganancia se ha convertido en la esencia del quehacer de la filosofía de los intelectuales ignorantes” (p. 35)

Evidentemente, desde esta perspectiva, no tiene sentido dedicar la vida a una  profesión que no produce ganancias económicas suficientes. El valor de cualquier profesión se calcularía por la ganancia económica que proporciona. Por otra parte, se puede mencionar el placer como criterio de valor. Lo que produce placer, en todos los sentidos posibles del término, sirve,  por tanto, vale.

De tal modo, que la vida se convierte en una cadena de momentos y situaciones placenteras, al extremo de que la existencia sin problemas, “vivir en paz”, sin molestias, como quien tiene sueño y desea dormir lo más cómodamente posible, para despertar con suficiente energía para gozar de la vida, se hace el deseo vital más profundo.

Por esto, la vejez se convierte en el temor supremo, como el fin de las posibilidades de una vida gozosamente sensual.

Finalmente, es preferible la muerte a una la vejez sin placer. La vida de un viejo enfermo no sirve y se convierte en el mayor de los absurdos, en el verdadero infierno.

Ahora bien, en cuanto a las relaciones, se impone el dominio, ser el mejor, “más que el otro”, estar por encima de mis rivales. Todo lo que me dé más poder, sirve. La vida se convierte en una competencia sin cuartel, donde lo más importante es dominar y no ser dominado. Todos luchan por el éxito, no importa la persona que muera en el camino. Evidentemente, se propone el éxito personal como el sentido de la vida, un éxito casi mágico, producto del “poder de la mente”. En tal sentido Ribeiro (1997)  afirma lo siguiente:

“Si usted tiene un juicio negativo sobre cualquier aspecto de sí mismo, con pensamientos de este tipo: “No soy bueno para el deporte”; “No tengo suerte en el amor”, “Mi destino es ser pobre”, ese juicio va a perseguirlo aunque cambie de país, de profesión, de religión,  de pareja o de lo que sea. Y todo continuará sucediendo del mismo modo. ¿Sabe por qué? Porque todo lo que ocurre en el universo físico ha ocurrido ante en su mente. Esto funciona en los dos sentidos.  Esto significa que usted puede cambiar a partir de su comportamiento o a partir de su pensamiento. Ya que el dueño de su voz interior es usted" (p. 49)

Por otra parte, cabe señalar, que el dinero, el placer y el poder, son realmente los criterios que el pragmatismo impone como fundamento de valor.

Por consiguiente, todo cuanto existe gira en torno al Tener, al Placer y al Poder, elementos que componen la moderna “Divina Trinidad”, centro de adoración de todos los seguidores del pragmatismo radical de nuestra época.

Dentro de este paradigma, el conocimiento en general se concibe como un “medio”, una especie de panacea laboral que nos lleva a conseguir las promesas del placer, del tener y del poder.

Generalmente,  se estudia y se investiga por razones pragmáticas. De hecho, un conocimiento que no tenga aplicabilidad inmediata, utilidad en el hacer, que no “resuelva algún problema”... no sirve...y si  alguna asignatura académica no resuelve algún problema, lo coherente es eliminarla del pensum, ya que si no resuelve ningún problema, si no concluye en una destreza aplicable, si no mejora alguna conducta observable, realmente sería lo más inútil que pueda existir.  Así,  dentro del campo de la investigación en las ciencias sociales existen  promotores y defensores de pragmatismo a su más elevada expresión.

En todo caso, los adoradores del pragmatismo, en nombre de  “las necesidades reales”, “de la actualización”, “de la eficiencia” construyen diseños curriculares “actualizados”, en función de las exigencias concretas de la tarea educativa.

Por  tanto, las asignaturas que  conforman cualquier pensum, deben tener alguna utilidad bien definida, nada de “teorías huecas” que se quedan en el olvido alienante.

Ahora bien, el resultado final puede ser un “obrero de la investigación”, cuya única meta en la vida consistiría en trabajar para comer, cuyo motivo de rebelión se reduciría a la lucha por unas cuantas monedas más, que le proporcionarían un tanto más de placer alienante. El pragmatismo aliena, cuando la adicción enfermiza se da en la dimensión cognitiva...el paciente no tiene remedio. Por consiguiente, sumergidos en el ambiente pragmático, la pregunta sobre la importancia, o si se prefiere, sobre el sentido de la filosofía en el pensum  de cualquier carrera, se hace complicada al constatar que el pragmatismo  domina más allá del discurso.

En consecuencia, a pesar de lo que se pueda decir en un ambiente académico romántico, la filosofía parece  no haber llegado al corazón de los miembros de la comunidad universitaria, y no me refiero a los alumnos solamente. La mayoría preferiría cambiar “Teoría del Conocimiento”  por un curso de Autoestima;  Filosofía de la Educación, por un taller de “Organización de Lunes Cívicos”; y Ética del Docente, por un  “Taller de Valores”.

Por otra parte,  para colmo de males, todo el mundo “sabe filosofía”, los psicólogos, los sociólogos, los orientadores, los educadores, los ingenieros, los médicos, y los investigadores de todos los niveles que puedan concebirse, saben filosofía.

Ahora bien,  a esta lista habría que añadirle  todas aquellas personas que pertenecen o han pertenecido a cualquier grupo religioso o “filosófico”.

De hecho,  según estos sabios, la filosofía “es la vida misma”, o “el aire que respiramos”, o en términos curriculares, “es un eje transversal omnipresente en todas las áreas del conocimiento”.  Dentro de este marco de ideas, Hessen (1957), presenta un comentario de Hegel, del modo siguiente:

“Esta ciencia tiene la mala suerte que aun aquellos mismos que nunca se han ocupado de ella se imaginan y dicen comprender naturalmente los problemas que trata, y ser capaces, ayudados de una cultura ordinaria, y en especial de los sentimientos religiosos, de filosofar y juzgar en Filosofía. Se admite que, respecto de las demás ciencias, sea preciso haberlas estudiado para conocerlas, y que sólo en virtud de dicho conocimiento se esté facultado para formular un juicio sobre ellas. Nadie duda de que para hacer un par de zapatos sea preciso haber aprendido y ejercitado el oficio de zapatero, aun cuando cada uno de nosotros tenga la medida de su zapato en sus propios pies, y tenga manos, y con ellas la habilidad natural para dicho oficio. Sólo para filosofar no se necesitará ni estudio, ni aprendizaje, ni trabajo” (p.12)

 

Es por ello, que el problema del pragmatismo académico, y de ahí la poca valoración de la filosofía, tiene su base en un principio gnoseológico de consecuencias antropológicas.

 Cabe señalar, que la “dimensión del hacer” no es más que una necesidad analítica, cuya existencia es únicamente ideal. Es decir,  en la realidad ontológica no existe tal dimensión del “hacer”. 

De hecho, el hombre sólo y exclusivamente es;  el carpintero no es un hacedor de carpintería, es carpintero. Resulta claro, que con mucha más razón, el educador, es educador, y no solamente un dador de clases.

En este sentido, las preguntas podrían ser: ¿Qué importancia tiene la Filosofía como asignatura en el ser del educador?, o si se prefiere   ¿Para qué le sirve a un estudiante universitario cursar asignaturas filosóficas?

Es por ello, que la concientización de la importancia de la filosofía, dentro del pensum es un problema que puede ser captado y vivido de manera concreta en la experiencia de aula, desde ahí, comenzar vivencias de concientización acerca de la importancia de las asignaturas filosóficas, como el elemento formativo que ayuda a los alumnos a encontrar las razones fundamentales de su ser como persona,  del sentido de la vida.

Por otra parte, la pregunta fundamental sobre el ser del hombre y sobre el sentido de la existencia, no pueden pasarse por alto, o dejarla al encargo del azar de la vida. En efecto,  en el caso de la vocación profesional, los problemas existenciales conforman todo el soporte antropológico de cada estudiante.

De allí pues, que  ningún educador puede darse el lujo de ignorar la necesidad de darle sentido a la vida, desde opciones transcendentales que la fundamenten.  Evidentemente, en esto consiste precisamente la formación en cuanto al ser de cada estudiante.

 Sin una formación filosófica adecuada, el investigador se convertiría en un obrero del saber.

 

En este orden de ideas,  Gevaert (1976)  sostiene que los interrogantes antropológicos son esenciales y centrales para fundamentar el propio sentido de la vida,  pensamiento que presenta del modo siguiente:

“¿Qué es el hombre? ¿Quién soy yo? ¿Cuál es el sentido de la existencia humana? Estos y otros interrogantes por el estilo dominan todo el campo de la antropología filosófica. Han sido en todas las épocas y en todos los niveles de cultura, bajo formas y medidas diversas, los inseparables compañeros de viaje del hombre. Hoy se plantean con mayor urgencia a la conciencia de todo el que quiere vivir su existencia de un modo verdaderamente humano. En el conjunto de la reflexión filosófica estos interrogantes tienden a ocupar el lugar de preeminencia” (p.11)

Dentro de este contexto de pensamiento, parece ser, a primera vista, que los interrogantes antropológicos pudiesen tener respuestas desde el conocimiento producido por la sociedad, dado lo especializado que se encuentra la ciencia, dado el inmenso avance del mudo de la comunicación. Sin embargo, no es menos ciertos, que  el hombre se encuentra más solitario y perdido, sin tener fuente orientadoras, en cuando a sus problemas existenciales.

 

 

En este sentido, Heidegger (1951), hablando de antropología filosófica, dice lo siguiente acerca del misterio del significado de la existencia:

 “Ninguna época ha sabido conquistar tantos y tan variados conocimientos sobre el hombre como la nuestra. Sin embargo, ninguna época ha conocido al hombre tan poco como la nuestra. En ninguna época el hombre se ha hecho tan problemático como en la nuestra” (p.189)

Dicho de otro modo, en este contexto cultural, que hemos llamado “tiempos de crisis”, la misma se plantea, no en cuanto a los conocimientos científicos, o sobre los alcances técnicos, sino simplemente en cuanto a la compresión del hombre en sí.

El educador es humanista por esencia, se trata de alguien dedicado a la formación de las nuevas generaciones, quienes, además de exigirle dimensiones “técnicas” de la tarea educativa, esperan de sus docentes, verdaderas orientaciones de vida, de tal manera, que se puede afirmar, que la tarea educativa está en función del ser, lo que hace absolutamente necesaria, una adecuada formación filosófica. En su famosa obra “¿Qué es el hombre?”, Hourdin (1954) plantea el interrogante filosófico del modo siguiente:

“¿Qué es el hombre? Cuestión banal, cuestión magnífica, cuestión eterna. Hace millones de años que los hombres se agitan por la superficie del globo como hormigas por un sendero del bosque, como mosquitos al lado de un estanque; y desde entonces millares y millones de hombres y mujeres se han planteado esta famosa cuestión. Lo han hecho incansablemente, con la misma angustia, con la misma insistencia, con el mismo sufrimiento.

¿Por qué nacemos a la luz del día? ¿Por qué amamos? ¿Por qué estamos destinados a desaparecer?

 ¿Por qué nos devoramos mutuamente?...Me parece que a través de los caminos de la historia, por encima de la diversidad de pueblos y de razas, este interrogante del hombre sobre sí mismo es el que domina y se eleva sin tregua, sin descanso. Todo lo que dura, todo lo que une, las obras de arte como las religiones, tienen por objeto ofrecer un balbuceo de respuesta a esta inquietante, a esta perpetua cuestión” (p124)

Finalmente, partiendo de la naturaleza y de la relevancia de las asignaturas del área de la filosofía, en función de la formación integral de los alumnos, el proceso educativo debe estar basado en el aprendizajes significativo, de tal modo, que la enseñanza de la filosofía  basada en el aprendizaje significativo, debe permitir al alumno la participación activa en todo el proceso,  la oportunidad de compartir sus experiencias y reflexiones con todos los participantes, sobre todo, formar su conciencia existencial.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

Albornoz, J (1980)  La persona humana en algunas de sus dimensiones constitutivas, Anthropos, (1), 49-60.

 

Barbera, G.(1987) Críticas socio-educativas de Ivan Illich, Anthropos, (15), 85-106

 

Barbera, G. (2003) Ética, Locura y muerta (segunda parte). Valencia-Venezuela: Predios.

 

Bigge, M. (1986) Teoría de aprendizaje para maestro. Caracas: Trillas.

 

Frondizi, R. (1979)  La enseñanza de la Filosofía en América Latina. Ponencia presentada en el IX  Congreso Interamericano de Filosofía. Universidad Central de Venezuela. Caracas.

 

Gervilla, E. (2000) La Filosofía de la Educación Hoy. Revista de Ciencias de la Educación, (184),  35-49.

 

Gevaert, J. (1976) El problema del hombre. Salamanca: Sígueme

 

Hessen, J (1957) Tratado de Filosofía. Buenos Aires: Sudamericana

 

Hessen. J (1978) Teoría del Conocimiento.  México: Editores Mexicanos Unidos.

 

Hourdin, G (1954) ¿Qué es el hombre?  Salamanca: Sígueme.

Iriarte, J (1953) El problema filosófico.  Barcelona-España: Luis Miracle.

 

María, J (1967) Historia de la Filosofía. Madrid: Revista de Occidente.

 

Maritain, J. (1978) Introducción a la Filosofía. Buenos Aires: Club de lectores.

 

Reyes, D. (1992) Hegel y la Modernidad. Apuntes Filosóficos, (1), 83-101.

 

Rodríguez, J (1987) Hacia Dios desde las relaciones intersubjetivas,    Anthropos,   (15), 5-24.

 

Rodríguez, J. (1989) ¿Cómo hacer filosofía?  Caracas: Editorial Salesiana.

 

Rodríguez, M (1999) Conocimiento previo y cambio conceptual. Buenos Aires: Aique.

 

Rosales, A. (2000) El final de la filosofía. Mérida, Venezuela: Fahe.

 

Rosales, A. (1996) La filosofía de la matemática de Kant en discusión: un comentario sobre “intuición y construcción” de Sabine Knabenschuh de Porta.  Apuntes Filosóficos, (9-10),  249-255.

 

Whal, J. (1988) Introducción a la Filosofía. México: Fondo de cultura económica.

 

Zubiri, X. (1959)  Naturaleza, Historia, Dios. Madrid: Editorial Nacional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SEGUNDA  PARTE

 

LA MUERTE COMO SENTIDO EXISTENCIAL EN LA ANTROPOLOGÍA DE  EDGAR MORIN

 

RESUMEN

Este análisis de los planteamientos antropológicos de Edgar Morin se realiza desde una opción fenomenológica existencial. Ahora bien, la antropología sobre la muerte, presentada por Morin, no son ejercicios de agilidad lógica para construir  la “esencia” de la naturaleza humana, algo parecido a la propuesta del “animal racional” de los griegos, quienes concebían  al hombre compuesto de un cuerpo que le hacía semejante a los demás animales, pero, con una esencia racional que lo definía como humano. En efecto, desde la antropología racional, el hombre vendría a  ser esencialmente distinto al resto de los seres de este planeta. En la cultura occidental, la dimensión racional del hombre lo ha convertido en una especie de arcángel terrenal elegido por los dioses. Morin, por el contrario, no admite ninguna diferencia esencial entre el hombre y el resto de los animales.

Palabras clave: Antropología, animalidad, muerte, fatalidad

 

La  Antropología  de la muerte

 

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Este análisis de los planteamientos antropológicos de Edgar Morin se realiza desde una opción fenomenológica existencial. Ahora bien, la antropología sobre la muerte, presentada por Morin, no son ejercicios de agilidad lógica para construir  la “esencia” de la naturaleza humana, algo parecido a la propuesta del “animal racional” de los griegos, quienes concebían  al hombre compuesto de un cuerpo que le hacía semejante a los demás animales, pero, con una esencia racional que lo definía como humano. En efecto, desde la antropología racional, el hombre vendría a  ser esencialmente distinto al resto de los seres de este planeta.

En la cultura occidental, la dimensión racional del hombre lo ha convertido en una especie de arcángel terrenal elegido por los dioses. Morin, por el contrario, no admite ninguna diferencia esencial entre el hombre y el resto de los animales.                         

Así, pues, en el proceso fenomenológico moriano, el hombre siempre es considerado como un habitante más del planeta, condenado como todo el universo a la desintegración y a la muerte total. Por supuesto, la humanidad tendría el mismo destino que el resto del universo material: desaparecer en la nada eterna.

 De hecho, la opción antropológica en el sistema de pensamiento de Morin, nace de la aceptación de la mortalidad como elemento inevitable del hombre como individuo y de la raza humana en su totalidad; nadie escapa de la muerte.

En efecto, toda religión y toda filosofía que presenten alguna posibilidad de trascendencia de la muerte como destino del hombre y de la humanidad  serían ideologías alienantes, representarían un atraso en la evolución antropológica.  Para Morin, la religión y las filosofías trascendentales o metafísicas son una misma cosa: oscuridad, falsedad, síntomas de ignorancia… “el opio del pueblo” surgido del temor a la muerte.

Ya en la obra El hombre y la muerte, Morin  plantea un modo de hacer antropología desde su teoría de la complejidad: “La antropología es la ciencia del fenómeno humano. A  diferencia de las ciencias que estudian los fenómenos dividiéndolos en partes inteligibles por sí solas, la antropología considera la historia, la psicología, la sociología, la economía, etc., no como partes independientes sino como componentes o dimensiones de un fenómeno global” (1999: 10)

De hecho, se parte de la visión de una antropología global o preferiblemente, de la complejidad, el hombre es en sí complejidad; por tanto, la antropología se hace desde el paradigma de la complejidad. Por supuesto, se trata de una complejidad inmanente a la realidad ontológica del universo, concebido como materia en sí mismo.

Claro, en la complejidad de Morin, el ser del universo es el ente del mismo. No existe en la complejidad de Morin ninguna ventana hacia la metafísica, solamente existe la posibilidad de la ontología materialista.

En el fondo, sigue siendo el mismo materialismo marxista de siempre, sólo que más complejo en su concepción teórica  de la materia  entendida como un sistema infinito de sistemas en relaciones. Lo que se supera es la visión  analítica del universo, pero no la concepción  monista material del mismo.

En este sentido, Morin es claro, en su obra El Método I, que es en definitiva un texto de ontología, expresa el punto de partida de su pensamiento marxista: “el objeto primero de este primer tomo es la Physis. Pero la Physis  no es ni un pedestal, ni un estrado, ni un soporte. La Physis es común al universo físico, a la vida, al hombre. La idea –trivial- de que somos seres físicos debe ser transformada en idea significante.

Así, en este tomo, evoco la organización biológica y la organización antropo-social, pero siempre bajo el ángulo de la organización física” (1977:44)

Sin duda, el punto de partida de todo el sistema de pensamiento de Morin, consiste en el materialismo absoluto, sin ninguna posibilidad de transcendencia, de realidades metafísicas o espirituales. De hecho, su antropología materialista comienza y termina en un ser para la muerte.

Por tanto, el hombre es un animal más de este planeta, cuya finalidad, si es que la puede tener, consistiría en ser  lo menos destructivo de su habita terrenal.

Se trata de una antropología de la desesperación, del vacío, del sin sentido, de la conformidad,  de la muerte. No se dice que sus planteamientos antropológicos sean falsos, pero sí que habría que asumir todas las consecuencias de una antropología materialista, sin ventanas de esperanza. Morin es simplemente un profeta de la fatalidad.

En definitiva, Morin no trata de realizar un ejercicio de especulación y destreza de conocimientos filosóficos, religiosos, lógicos, para encontrar la esencia o naturaleza oculta del hombre, con la cual poder definir a la persona como un ser especial, distinto y alejado del mundo natural, hecho que ha sido siempre el horizonte y el sueño (¿alucinación, alienación?) de las filosofías y sistemas de pensamientos “humanistas”, que según Morin,  solamente han propuesto mundos fantasmales e irreales.

En este sentido, Morin (2000), en su texto El paradigma perdido advierte acerca de esta necesidad alienante, religiosa y existencial del pensamiento humanista, ya sea de corte filosófico o científico, de separar al  hombre del resto de los seres de este mundo: “Así pues, el mito humanista del hombre sobrenatural es reconstituido en el propio seno de la antropología y la oposición naturaleza/cultura ha tomado la forma de paradigma, es decir, de modelo conceptual que dirige todo su pensamiento” (P.21).

Por eso, Morin sostiene que  la falsedad de los humanistas ha sido siempre considerar al hombre como un ser superior al resto de los animales.

En esencia, la postura central de la antropología moriana es la negación de lo sobrenatural. En consecuencia, el mundo espiritual, entendido como trascendencia al hecho de la muerte, se reduce a una ilusión infantil. De esto se trata, eso ha sido lo menos que el pensamiento marxista de cualquier época le otorga a los sistemas metafísicos: culpables, traidores, enajenados, alienados, embobados, ignorantes.

En el neo-marxismo de Morin, las teorías no materialistas, en el mejor de los casos serían valoradas como teorías infantiles,  propias de personas que todavía no han logrado la madurez de aceptarse como animales mortales. Efectivamente, cualquier sistema de pensamiento que mencione a Dios no sirve.

La antropología propuesta por Morin es la de un hombre solitario, moribundo, pero  consciente de su soledad y de la muerte que le espera al final de la enfermedad llamada vida biológica. En Morin se confirma, que cualquier sistema de pensamiento sin Dios, carece de esperanza.

Además, según Morin, cuando la antropología se realiza desde una epistemología analítica, empirista y lógica, el resultado tiende a ser un conjunto de ejercicios tautológicos sobre el alma, la conciencia, el espíritu, la razón, la cultura, el lenguaje, la inteligencia, el tamaño del cerebro, el número de neuronas, la imaginación, la capacidad de mentir, la creatividad, o cualquier otra “esencia” que haga al hombre distinto de los demás seres planetarios. Existe, en el fondo, una necedad existencial de concebirse distinto a la animalidad.

Según lo anterior, más allá de cualquier teoría antropológica,  el homo sapiens no se acepta animal, no quiere morir como un animal. De hecho, en su libro El hombre y la muerte (1999), escrito en el año 1951,  a pocos años de haber vivido y participado en los horrores de la guerra, coloca a la muerte como centro gravitacional de la verdadera antropología: “Si se quiere  salir del mito, de la falsa evidencia como del falso misterio, es preciso copernizar la muerte”  (p. 18)

Sin embargo, como buen marxista, en la fenomenología sobre la muerte, Morin no busca reducir al ser humano a una dimensión esencial. No define al hombre como “animal mortal”, ni siquiera como “homo sapiens consciente de su mortalidad”, en el sentido de que la muerte como hecho, o la conciencia que el hombre pueda tener sobre la muerte le hacen, en esencia, distinto en naturaleza al resto de los animales; por el contrario, la muerte es un fenómeno, que hace al hombre común en destino y naturaleza a los seres vivos,  al resto de los seres inorgánicos, sistemas planetarios, sistemas subatómicos; la muerte hace al hombre un ser planetario y universal.

Morin (1995) en Mis Demonios, advierte desde sus fundamentos ontológicos, que el hecho de la muerte es universal y parte de la dialéctica vida-muerte del ser en sí del universo: “Nuestro universo es catastrófico desde el principio. Desde la formidable deflagración que lo hizo nacer, está dominado por las fuerzas de dislocaciones, desintegraciones, colisiones, explosiones, destrucción.

 Se constituyó en y por el genocidio de la anti-materia por la materia, y su terrorífica aventura prosigue entre devastaciones, carnicerías e inauditas dilapidaciones. El final es implacable. Todo morirá” (p. 287)

Pero, en cierto sentido, si analizamos en profundidad, podría tratarse de una ética de la no responsabilidad; es decir, los asesinos solamente cumplirían con una ley natural propia de todo el universo, la guerra sería tan natural como el nacimiento de un bebé. Paradójicamente, ese decreto, “Todo morirá” es la propuesta nihilista que sería en realidad el verdadero opio del pueblo.

Ahora bien, desde la perspectiva de Morin, la muerte no es  una experiencia únicamente humana, ni especialmente humana, ni diferente en los humanos, es una ley  universal. Sin embargo, la muerte es una dimensión de la complejidad humana que ha tenido y tiene mucho que ver con  el modo de ser del homo sapiens.

Por eso, Morin sostiene que la conciencia realista de la muerte sitúa de modo real al hombre en el universo, es desde esta conciencia de la muerte que el hombre debería  interpretar el sentido de la vida y del universo. En efecto,  la muerte debería  estar ahí, presente, en diálogo permanente, transformador de la historia, de la conciencia, de la cultura del hombre y de la sociedad.

Lo que no está claro, en el pensamiento de Morin,  es el papel de la vida; el aspecto positivo de la existencia.

En efecto, por muy absurda que pueda parecer el sentido de la vida, no todo es signo de muerte, ni el ser humano es un obsesionado por el problema de  la muerte. En el peor de los casos, la muerte es el punto final de la vida, pero no es la vida misma. Lo importante no es morir, sino vivir dignamente como seres humanos. La vida es esperanza, lucha, logros, fracasos, no solamente fatalidad absoluta.

Sin embargo, más allá de cualquier sistema de pensamiento marxista, de la antropología fatalista de Morin,  desde una perspectiva teórica y filosófica, la muerte se convierte en un problema antropológico fundamental, es uno de los temas centrales, pero no es el “verdadero problema”, “la cuestión a resolver”, de hecho, Gevaert (1986), un pensador católico,  la presenta como uno de los temas de la antropología filosófica: “Entre todas las experiencias negativas de fracaso y de límite ocupa un lugar central la situación-límite de la muerte. Todas las antropologías, en su intento de aclarar el misterio del hombre, se ven por consiguiente obligadas a una confrontación explícita con la problemática de la muerte” (p. 295)

Sin duda, el problema de la muerte nos acecha, especialmente por ser un hecho cercano  y  lejano a la vez, pero no puede ser reducido a un “hecho objetivo”, casi impersonal, por muy natural que sea. En efecto, resulta cierto que algunas  veces la muerte parece mi problema; pero igual puede considerarse un problema más de la vida,  hasta puede ser vivido como el problema de otros; pero, sin embargo, su presencia cuestiona profundamente.

Ahora bien, algunas veces, parece una enfermedad, una especie de obsesión demoníaca, una maldición que revuelve un sin fin de sentimientos extraños, variables: dolor, tristeza, horror, compasión, indignación.  Aunque parezca extraño, en algunos casos, alegría; sobre todo,  cuando muere el enemigo.

La muerte, además de ser un hecho objetivo, es una vivencia subjetiva, cargada de sentimientos humanos. La muerte es un problema antropológico, no sólo un acontecimiento más en el devenir del universo. La muerte es vivencia. La muerte es problema desde la vida. Es el don de la vida lo que hace que la muerte sea un problema antropológico.

Por otra parte, la muerte logra  convertir a cada persona, comunidad, grupo, familia, de cualquier nivel cultural,  de cualquier clase económica,  de cualquier raza, en “pequeños filósofos”. Así, pues,  parece innegable el hecho de que la muerte en sí misma es un problema, nos hace metafísicos. No es para menos, la muerte, esa experiencia cotidiana, esa conciencia de saber que soy el próximo en la lista, ese horror de saber que moriré, no puede pasar desapercibida, como si se tratase de algo pasajero.

Tengo, tenemos, conciencia real de la existencia objetiva de la muerte subjetiva. A todos nos toca morir,  lo sabemos, nos causa horror. No es un hecho indiferente que se pueda superar con ejercicios de relajación, de concentración mental. Tampoco puede ser asumida como un hecho objetivo y frío.

En efecto,   sabemos, intuimos, que la muerte puede ser la desaparición del propio yo,  sólo el hecho de saber que ya no seremos, que vamos a morir, nos produce horror existencial, miedo, parálisis. Al respecto Morin (1999), manifiesta el siguiente comentario, pero haciendo énfasis no en la problemática existencial que cuestiona el sentido de la vida, sino, más bien, solamente en el aspecto de horror, que él atribuye a una herencia de alienación histórica que da vueltas en el inconsciente individual y colectivo. En el fondo, se trataría de una enfermedad a la espera de  que la persona acepte su ser animal  y supere el trauma de la muerte:

El horror a la muerte es, pues, la emoción, el sentimiento o la conciencia de la pérdida de la propia individualidad. Emoción, sacudida de dolor, de terror, o de horror. Sentimiento por una ruptura, un mal, un desastre, es decir, sentimiento traumático. Conciencia, en fin, de un vacío de una nada, que aparece allí donde antes había estado la plenitud individual, es decir, conciencia traumática. (p. 31)

Por otra parte, además de la dimensión subjetiva frente a la muerte, no hay que olvidar el aspecto existencial, histórico y social de la muerte. La muerte, además de ser un hecho concreto y objetivo,  es una experiencia cotidiana.

 

 

Este aspecto de ver  la muerte como un suceso de todos los días, como un proceso de enfermedad individual, existencial  y problema social se reduce a pocas líneas o al olvido en el pensamiento de Morin, quien insiste siempre en presentar  la muerte como un acontecimiento natural, que nos traumatiza, pero no por eso dejaría  de ser la muerte de un animal más de este planeta.

Así, pues, según Morin, cuando el hombre sea capaz de asumir la muerte como el suceso natural de un animal, entonces sonreirá antes de morir; así de simple.

Sin embargo, los sucesos de la vida no son tan naturales en su vivencia, si por natural y no traumática se ha de entender vida y muerte animal.  La muerte es antropológica, se da en la cotidianidad. Precisamente, la muerte recorre las calles de los barrios marginales, la sala de los hospitales.

La muerte penetra con la droga en la sangre o en el pulmón de esos dos muchachos, que en plena adolescencia se saben “malandros”, ahí está la muerte, acechando, esperando sigilosamente la presencia de su víctima, probablemente un hombre desprevenido,  un estudiante que sueña con un futuro mejor.

 

 

 

Además, la muerte se convierte en un problema político cuando es fruto de la violencia que producen las injusticias sociales que  brotan en la marginalidad, en la vida de los marginados, Morin (2002) advierte en su libro, Introducción a una política del hombre, sobre esta dimensión política y no sólo biológica del hecho de la muerte, pero, el problema político parece de la raza humana,  no del hombre, sigue siendo un problema del ecosistema mundial, claro, por supuesto, habría que borrar cualquier planteamiento filosófico que, en el fondo, no sería más que un modo de alienación metafísica e infantil:

 

“Al convertirse en mundial, la política no sólo se ha ampliado a horizontes planetarios: se ha dejado invadir por los problemas primeros, fundamentales, de la vida y la muerte de la especie humana. La irrupción del Tercer Mundo en la escena mundial ha hecho que el hambre, los alimentos, la salud o la natalidad surjan como problemas clave de la política mundial. En el otro extremo de la política mundial, en el polo del desarrollo técnico, el armamento termonuclear plantea el problema de la vida o la muerte de la especie, y esta alternativa de vida o muerte plantea al modo político el hasta ahora problema filosófico del hombre” (p. 17) 

 

Sin embargo, la muerte no es  explicable como hecho personal cuando se trata de la muerte de un ser amado.

 

Ahora bien, es cierto que puede explicarse y justificarse como condición de ser mortales, desde el punto de vista ontológico y metafísico al estilo de Leibniz, o del mismo Morin ; pero, ¿por qué a mí, y ahora?,

 ¿por qué esos niños-malandros están a punto de enviar a la nada a ese hombre desprevenido, que simplemente va a trabajar como cualquier lunes, de cualquier semana, como cualquier obrero de esta ciudad; por qué el inocente tiene que sufrir una muerte inesperada, horrible?

La muerte se vive como un vacío, en palabras de Morin, un viaje a la nada, al hueco negro: “La muerte humana comporta una consciencia de la muerte como agujero negro donde se aniquila al individuo” (2003: 51). Pero, en Morin los términos “vacío” y “hueco negro” son metáforas sin contenido existencial, sin significado, paradójicamente son términos vacíos. En la vida cotidiana, el término “vacío” es parte de la vida y de la muerte.  De eso se trata, de la aniquilación fulminante y total de ese joven padre de familia, que encontró la muerte a las seis de la mañana de un lunes anónimo;  todo, por un par de zapatos.

Ahora bien, cuando la muerte es  sufrida desde la existencia subjetiva de cada persona, necesita de una razón de ser. No se acepta así de sencillo el absurdo de la vida y de la muerte. Definitivamente, el absurdo no es humano. La vida y la muerte sin sentido es animalidad.

Quien supone que la muerte es un hecho natural, frío, hasta impersonal, simplemente no es humano.

Lo realmente humano es la lucha por el sentido, aún cuando parezca inútil. Nadie puede afirmar con certeza absoluta la existencia o la no existencia de lo espiritual y trascendente a la muerte; esta opción siempre es anterior a cualquier investigación,  responde a motivaciones de las diferentes historias de vida de cada científico, filósofo, o cualquier escritor preocupado por los problemas antropológicos. Pero, siempre la encrucijada consiste en optar por un animal común y cualquiera, o por apostar por una persona espiritual que trasciende la muerte.

Sin duda, la muerte es casi siempre  inesperada, absurda, inexplicable. Tal vez, explicable,  con sentido, al mismo tiempo inexplicable, sin sentido. Así, la muerte de este obrero, la muerte de Juan, es un hecho explicable, un simple homicidio  al inicio de cualquier semana, un cadáver más que levantar, un suceso producto de la “mala política” del gobierno de turno; un delito  fácil de resolver; un crimen, que a veces calificamos de animalidad.

Sin embargo, lo cruel del asunto es que en nuestra historia cultural, en la cotidianidad, el asesinato es humano, profundamente humano. Como lo expresa el mismo Morin (1999) un caso más de la violencia “natural” del ser humano:

 

Que el crimen sea fruto de la cólera, de la furia, de la locura si se quiere, como cuando los legionarios furiosos penetran en Corinto o en Numancia; que, por el contrario, obedezca a una decisión fría como cuando el emperador bizantino ordena la ejecución de sus prisioneros búlgaros; que el crimen sea a la vez lúcido y loco como cuando Nerón quiere ver perecer a los cristianos bajo la garras de las fieras; que sea en fin la industria clave del universo hitleriano, todo esto nos revela saña, odio, sadismo, desprecio, o voluptuosidad criminal, es decir,    una realidad propiamente humana. (p. 69)

Cabe destacar que, en Morin “lo propiamente humano” significa “lo propiamente animal”. Este es el punto clave de la interpretación de la postura antropológica de Morin, la identidad del hombre con su animalidad.

Sin duda,  la muerte es un hecho, que aunque pueda ser explicado como  un acontecimiento  inevitable, como la suerte que a todos nos espera, aunque sea fruto del crimen como actividad propiamente humana, será siempre una realidad compleja por excelencia, precisamente por su naturaleza existencial.

En el fondo, la dimensión existencial del hombre no encuentra cabida en la  complejidad  antropológica propuesta por Morin. Cabe señalar, que precisamente, la verdadera complejidad antropológica, a pesar de la animalidad de Morin,   se fundamentaría en la dimensión existencial de la persona.

En general, la muerte se convierte en problema simplemente porque  toca al hombre en su profundidad existencial; es decir, se trata de la muerte de un ser humano. No es que la muerte nos hace humanos, ni siquiera el hecho de la conciencia realista o la conciencia mítica de la muerte nos hace humanos, es la muerte en sí misma la que despierta y cuestiona la conciencia del hombre, como el acto final de un ser  humano, porque quien muere es un ser humano que tiene la capacidad de cuestionar el sentido de su existencia frente al hecho de la muerte.

Este cuestionamiento no es un ejercicio de lógica racional, incluye, además,  todas las dimensiones del ser humano en cuanto tal: su racionalidad, su irracionalidad, su consciente, su inconsciente, sus afectos, su historia de vida, su cultura particular, su fe religiosa, su opción anti-metafísica, sus relaciones familiares, su relaciones comunitarias, sus logros, sus fracasos, su posición social, su nivel económico, su nivel académico; en fin, es el hombre en su complejidad integral, que con todo su ser y su historia cuestiona el sentido de la existencia frente al hecho cotidiano de la muerte.

El hombre es existencia, tiene la capacidad de colocarse como ajeno de lo meramente objetivo para cuestionar el sentido de la realidad y de su propia vida. La dimensión existencial del hombre no puede ser negada, ni reducida a la animalidad: nacer, crecer, reproducirse, morir. Este ciclo animal sería la propuesta antropológica de Morin. Por el contrario, el hombre es más complejo que ese ciclo de vida animal.

El hecho de que la muerte de un ser humano complique la conciencia de la vida, de la realidad, nos hace especialmente humanos. Es decir, la muerte es esencialmente un problema existencial, que cuestiona el sentido de la vida. No es, precisamente, una problemática  “ontológica”, “metafísica”.

De ser así, solamente una cuestión ontológica, bastaría con recordar a toda la familia de Juan (madre, padre, esposa, hijos, hermanos, amigos) que la muerte es una ley material, universal,  por tanto, es lo más común que puede ocurrir por el mero hecho de ser seres materiales, finitos en el espacio y en el tiempo.

Me gustaría ver a un filósofo, a un científico consolando a los familiares de Juan con semejantes argumentos. Más allá de cualquier teoría antropológica, la muerte duele y cuestiona a cada ser humano de un modo tan particular, que no puede ser expresado en concepciones meramente lógicas del lenguaje.

En este sentido,  Morin (1999), presenta el dolor ante la muerte como una simple experiencia biológica que se manifiesta en el animal humano cuando se trata solamente de un ser querido, cercano, íntimo: “El dolor provocado por una muerte no existe más que cuando la individualidad del muerto estaba presente y reconocida: cuanto más próximo, íntimo, familiar, amado, o respetado, es decir “único” era el muerto, más violento es el dolor” (p. 31).

 

Se insiste en la idea de animalizar  la muerte, sólo sería un problema de subjetividad sentimental, un mero dolor por los seres queridos, del mismo modo como una vaca se lamentaría por la muerte de su becerro. En lo esencial de la antropología moriana, el dolor de la vaca y de la madre de Juan serían más o menos lo mismo.

Ahora bien, ¿en qué sentido se puede hacer una “fenomenología de la muerte”?, ¿desde dónde?, ¿desde Juan?, ¿desde el sentimiento de sus familiares?, ¿como un investigador social?, ¿desde la historia de vida de los asesinos?, ¿de lo que ocurre alrededor del cadáver, velorio, entierro, novenario? Lo cierto es que tiene que partir de la realidad vivida. No es sencillo, dado que la fenomenología es hermenéutica, en el sentido de que el escritor se entromete en los hechos, los interpreta, los vive, se cuestiona con ellos,  los describe.

Por otra parte, el hecho de la muerte de Juan  transciende la subjetividad del investigador, no es fruto de su imaginación, no es solamente una realidad noológica, es un dato real, que está más allá de su propia conciencia íntima. La muerte vino de afuera, inesperadamente, trágicamente, desafortunadamente.

De ahí, que más allá de la fenomenología íntima y exageradamente subjetivista de Husserl y otros, se propone una fenomenología en donde se integren todos los aspectos subjetivos y objetivos que se dan en el proceso del conocimiento, porque el conocimiento es en sí relación entre lo subjetivo y lo objetivo, solamente desde esta perspectiva se puede hablar con propiedad de la complejidad desde la fenomenología existencial, que no se reduzca a las propuestas de Morin.

El tema epistemológico postmoderno trasciende la estrecha vereda del conocimiento científico experimental, lógico y frío. De ahí, que el hecho de la muerte, no puede ser reducido a un análisis biológico, porque incluye la subjetividad con toda su carga existencial. En cuanto a la teoría y a sus intenciones, la fenomenología existencial no descarta ningún punto de vista, ni ninguna dimensión que aporte elementos al proceso del conocimiento. Es una fenomenología que acepta la subjetividad y la objetividad como fuentes del conocimiento, no cae en la tentación de establecer “preferencias” epistemológicas, ni reduccionismo.

Se aclara que en las propuestas  de Morin, ajenas a lo existencial, pueden existir residuos   reduccionistas, dada  la ontología materialista que la fundamenta, por lo que  no logra ir más allá  de su formación marxista tradicional; es decir, propone una complejidad a la cual él mismo no se encuentra abierto para aceptar.

La investigación desde el paradigma de la fenomenología existencial es mucho más que la simple suma de hallazgos, se trata de ampliar el campo del conocimiento  analítico, empirista y lógico de la modernidad. Sin duda,  la fenomenología existencial tiene que colocar al sujeto en su complejidad, en una realidad  compleja a la que pertenece. El sujeto no es una mónada, ni un alma asomada al mundo a través de los ojos. El sujeto se entiende en su auto-referencia situada en un universo complejo del que forma parte.

No sé si alguno de ustedes ha tenido la experiencia de visitar y observar  una morgue.  Se trata de un lugar extraordinariamente frío y solitario. Ahí, en la morgue, la fenomenología de la muerte se transforma en la fenomenología de un cadáver anónimo, con la misma estructura corporal de cualquier mamífero. En ese lugar, la muerte es un cuerpo, un objeto carente de significado existencial para  los sujetos que lo van a preparar, estudiar, descuartizar. Nada importa al médico de turno, ni al policía. Ese cuerpo ya no tiene importancia para todos los empleados de la morgue, es sólo un pedazo de carne que hay que revisar.

Tal vez, para estos empleados de la morgue, la conciencia sobre la muerte es realmente objetiva, el muerto es solamente un pedazo de carne que se descompone, que le cuestiona muy poco existencialmente. Sin duda, la conciencia de la muerte que experimentan los empleados de la morgue resulta altamente interesante, por el desprecio existencial de la llamada “humanidad” del cadáver.

Simplemente, para ellos no es más que un despojo, algo inservible, que está demás, algo que fastidia, “da trabajo”, algo que estorba, que rompe con la tranquilidad laboral. Definitivamente, se trata de una conciencia sin dolor, sin rencor frente al cadáver, se trata, si  se quiere, de una conciencia natural de la muerte. Aunque parezca inverosímil e inhumano esta actitud frente a la muerte es el ideal antropológico de las propuestas de Morin.

Desde esta perspectiva,  se llega a vivir la muerte del otro, como realmente del otro, por tanto, de un acontecimiento que no me toca. Pero esta conciencia natural puede transformarse en consciencia existencial, sobre todo,  cuando el cadáver que llega a la morgue es el de un ser querido, y entre más querido e íntimo sea el cadáver, deja de ser  un cadáver, para convertirse, en el más neutro de los casos, en “el cuerpo de Juan”, en el caso más común en “ya trajeron a Juan”, en el caso más íntimo “¡Por qué, Dios mío, por qué!”.

La conciencia “más natural”, la del empleado de la morgue, se puede transformar en conciencia existencial, cuando la muerte toca la puerta de la intimidad.

De hecho, cuando el cadáver adquiere nombre propio, se hace mi semejante, aparece otra conciencia fenoménica sobre la muerte que compromete más al individuo. Entonces, ya no se trataría de una conciencia natural o neutra frente al cadáver. Habría que enfrentarse a la realidad más íntima del ser humano.

 Frente al cadáver que tiene nombre, la conciencia se hace compleja, existencial,  aparece el horror, el miedo. La  necesidad de salir de ese horror  nos hace, en un primer momento autoreferentes, individuos, conciencia personal.

En definitiva, nos apreciamos como un “Yo” que algún día puede desaparecer, eso produce el horror. La conciencia personal, se descubre a sí misma como humana al reconocer el  nombre del otro.

Es en la realidad del otro, con su nombre, con su historia desde donde nace lo existencial en el ser humano. La muerte se hace mi problema existencial en la relación con el otro que tiene nombre y presencia participante en la vida propia.

En el fondo, siempre es la muerte del otro la que me cuestiona, no la mía. Por eso, la muerte de un animal atropellado en la carretera me puede impresionar. Pero, la muerte de un ser querido, el padre, la madre, el hijo, la esposa…, duele. Sin duda, este dolor humano, que es el modo concreto de vivir la intimidad de la muerte, cuestiona el sentido de la vida.

Sin embargo, Morin insiste en presentar la muerte como un problema del inconsciente, una simple “pérdida de la individualidad”, mejor conocido como terror ante la nada o al vacío, las sombras, la oscuridad; en definitiva, una enfermedad  (1999): “Este horror engloba realidades heterogéneas en apariencia: el dolor de los funerales, el terror a la descomposición del cadáver, la obsesión por la muerte.

 Pero el dolor, terror, obsesión tienen un denominador común: la pérdida de la individualidad” (p. 30).

Sin embargo,  no se trata solamente de una enfermedad psicológica, ya que cuando el cadáver me relaciona con el sentido de la vida, la muerte deja de ser solamente biológica, se transforma en cuestionamiento espiritual y metafísico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ahora bien, la actitud humana frente a la muerte siempre ha dejado una ventana hacia la esperanza llamada eternidad, frente a la cual solamente tenemos dos opciones: negarla entendiéndola como una enfermedad psicológica surgida del terror frente a la muerte (Morin); o entenderla como la superación trascendental de la animalidad.

De hecho, el tema de la inmortalidad se presenta en el pensamiento de Morin como necesidad antropológica de huir de la fatalidad ontológica y antropológica que representa la muerte; es decir, como negación de la muerte, como negación enfermiza de la animalidad de ser humano.

Por otro lado,  Morin afirma que de la  “síntesis” de la dialéctica entre la muerte y la inmortalidad surge el fantasma, el doble, la sombra, “el otro-yo”, la peor consecuencia de  la enfermedad y alienación psicológica personal y del inconsciente colectivo.

Según Morin, en el fondo, el ser humano, desde su cobardía enfermiza,  trata en vano de luchar por detener la descomposición del cadáver, en consecuencia, se niega a tener como destino final  ser comido por los gusanos. Morin (1972), expresa la necesidad del hombre primitivo de superar este destino horrible: “El primitivo es literalmente doblado a lo largo de su vida, para ser finalmente dejado en el mismo lugar, cadáver, harapo, en el momento de la muerte. Una vez destruida la carne y acabada la descomposición, el doble se libera definitivamente para convertirse en espectro, ghost, espíritu” (p: 35). En definitiva, el mundo espiritual surge del horror a la muerte.

Según Morin, la negación a morir como un animal es la fuente de la conciencia mítica, mágica y religiosa del homo sapiens, es el origen de todas sus alienaciones y desperfectos psicológicos, siendo su mayor esclavitud la invención de un mundo de fantasmas cuyo hogar es la eternidad; por supuesto, no existente. Los animales no tienen eternidad. Sin duda,  en la complejidad de Morin eso es el hombre: un animal más de los que habitan el planeta, cuyo fin consistiría en convertirse en materia inorgánica.

Se aclara, Morin no trata de explicar el proceso mediante el cual se ha adquirido la conciencia de la inmortalidad, de religiosidad, del ser espiritual. No es pues, un análisis psicológico de nuestros miedos, ni un estudio de la conciencia mítica actual, en el sentido de conocer la forma en que el hombre moderno enfrenta la dialéctica muerte-inmortalidad.

Lo más seguro, es que los elementos esenciales que poseemos en cuanto a la problemática planteada, frente al problema de la muerte, sean en nosotros, frutos de la transmisión cultural, a través de las instituciones sociales: familia, escuela, iglesia, grupos, etc.

 Así, pues, las mentiras enajenadoras y enfermizas han sido transmitidas por las instituciones sociales, esa es la función que han tenido a lo largo de la historia. Para Morin, toda la historia, sus instituciones y modos de gobiernos han sido el opio del pueblo,  esto seguiría hasta que el hombre sea capaz de vivir y reconocer su animalidad.

Es decir, para Morin, la conciencia religiosa no surgió sólo y exclusivamente  por miedo a la muerte, sino por transmisión cultural, claro, en donde para seguir la tradición más rancia del marxismo, el papel protagónico ha sido siempre otorgado a la religión.

Pero de lo que trata Morin, desde su óptica marxista, es  plantear el modo en que la especie homo sapiens fue enfrentando el problema de la muerte, mostrar cómo esa conciencia produjo una complicadísima red de realidades noológicas e inexistentes, las cuales a la vez que han sido producidas por el hombre y la sociedad, se revierten en productoras de la conciencia personal y de la cultura social de cada pueblo, de cada época, pero desde una perspectiva antropológica irreal, enajenada: “Si se quiere salir de la machaconería de la muerte, del ardiente suspiro que espera la revelación religiosa, del manual de serena sabiduría, del patetismo, de la meditación metafísica en la que se exaltan los bienes trascendentales, si se quiere salir del mito, de la falsa evidencia como del falso misterio, es preciso coopernizar la muerte” (1972:24).

En el fondo, Morin admite y asume las consecuencias de saber que  nuestra realidad es terrícola y nuestro ser corporal,  punto final. Todo termina con la muerte. Entonces, ¿cuál sería la novedad antropológica planteada por Morin? Ninguna. Es un marxista como los de siempre.

Sin embargo, “no es que la gente ignorante creía que la Tierra era redonda”, sino que pensar así era lo más lógico y evidente para la época.

 Del mismo modo, lo natural (no lo que “debería ser natural”) es que el hombre tema a la muerte, que tiemble de terror solamente de pensar que le llegará la hora de morir; no es para menos que el homo sapiens sintiera horror a la descomposición del cadáver, a la desaparición y destrucción de la individualidad; repito, no es para menos.

La vida del homo sapiens cavernícola tuvo que haberse desarrollado en un ambiente de lucha por la supervivencia, en un ciclo constante de vida y muerte. De lucha, en el sentido estricto del término contra las demás especies del planeta y contra otros grupos de su propia especie. Sin contar con el hecho muy probable, de que el homo sapiens haya sacado del planeta a su antecesor el hombre de Neandertal. En este sentido, resulta interesante la reflexión que Darnton (1998) en su novela Neandertal coloca en palabras de sus personajes:

“La primera vez que estuvimos en la caverna, cuando escapábamos de esas criaturas, lo vimos pintado en una de las paredes. Representaba una batalla, o mejor dicho, una serie de batallas entre dos enemigos implacables. En un bando estaba el Homo sapiens, nosotros. En el otro, el Homo neanderthalensis. En algún momento, ambos bandos se reunieron para celebrar una conferencia de paz. Arrojaron las armas a un lado, pero por el camino, el Homo sapiens cavó trampas para sorprender a los neandertales, y funcionaron. Son los vencedores, aunque no en un combate justo.

Ganaron la batalla gracias a la astucia. Probablemente hubo una tanda de batallas interminables. Tal vez se prolongaron a lo largo de muchos años, décadas, quizá incluso siglos. Pero el resultado era normalmente el mismo: ganaba el Homo sapiens, gracia  a su capacidad de engañar. Nada más y nada menos” (p. 413)

La vida cotidiana del homo sapiens era lucha concreta contra la muerte. Su conciencia surgió modelada por la muerte. Por una muerte que se experimentaba como la parálisis total, como la destrucción total, como la desaparición total, como lo más terrible. Pero, por otra parte, lo no explicable solamente desde el miedo, desde la superación al terror frente a la muerte, consistió en la aparición de la ventana hacia la eternidad.

Por eso, el ser humano aprendió a superar lo inevitable a través de la ilusión.  Aprendió a ilusionarse, aprendió a mirar más allá de la muerte. Sintió la necesidad de imaginar,  eso le hizo superior como especie. La muerte no podía ser aceptada sin más.

El homo sapiens no era estúpido, sabía que si la muerte era el destino, la vida perdía su sentido. Era como construir una casa sabiendo que irremediablemente iba a ser arrasada por un huracán, ¿para qué esforzarse?

No se trata de la pregunta metafísica por el sentido de la vida, sino por el sentido  de luchar contra la muerte.

Una pregunta que solamente podría surgir de un ser distinto, del primer ser que cuestiona la realidad y el sentido de la muerte, del primer ser que se niega a morir, y comienza a imaginar una solución, o un conjunto de soluciones soñadas, imaginadas; el primer ser con cuestiones existenciales.

Morin, en el Método V,  describe la conciencia de la muerte como la  fuente maligna de la que nace el homo sapiens religioso y espiritual:

“Es la consciencia realista de la muerte lo que suscita el mito: provoca semejante horror que se niega, se desvía y se supera en mitos en los que el individuo bien sea sobrevive como espectro o doble, bien sea renace como humano o animal. El rechazo de la muerte alimenta los mitos arcaicos de la supervivencia y del renacimiento, y después las concepciones históricas de la resurrección (religión de salvación) La formidable brecha que abre, en el interior de sí misma, la conciencia de la muerte ha hecho surgir las más grandiosas mitologías que la ocultan, pero sin hacerlas desaparecer” (p. 52)

 

Ahora bien, lo que no menciona Morin, es que resulta muy distinto especular sobre la muerte, hablar, hacer comentarios sobre la muerte, que verla cara a cara todos los días como parte esencial del sobrevivir. No solamente la muerte como un acto de un solo instante. No se trata solamente de ver al amigo, al compañero, al guerrero, al hijo, morir en batalla,  morir enfermo.

No es solamente la cuestión de ver cómo el otro deja de respirar para siempre, sino de tener que sentir, de mirar, de contemplar el proceso de descomposición del cadáver, de los cadáveres en el fondo de la cueva. No es una idea de la muerte, no es una problemática abstracta lo que cuestiona al homo sapiens, es la presencia del cadáver en la misma cueva donde duermen los vivos, es ver a los gusanos descomponer el cuerpo del valiente guerrero, de la misma forma como se comen el cuerpo de cualquier animal.

Por tanto, era el hecho de tener que convivir con el hedor putrefacto de los cadáveres de los suyos, el saber que él también será arrojado a ese rincón de la cueva para que se lo coman los gusanos. Saber que él también emanará ese putrefacto olor, le produce terror, le cuestiona. No es la idea de la muerte lo que le aterra, sino la muerte misma. Entonces, el terror es humano, no una mera conducta de un animal temeroso y cobarde. 

Por tanto, la necesidad de superar la propia muerte se hace una cuestión de existencia, que parte desde lo cotidiano. El hombre ha venido superando el problema de la muerte no como fenómeno evitable, como hecho real, sino desde lo trascendental, dando a su imaginación el poder de creación de un ser que escapa a la muerte, cuya naturaleza es metafísica.

 Sin embargo, desde el paradigma materialista, Morin (1999) afirma al respecto  que el origen de la capacidad de hacer surgir el doble a través de la imaginación, tiene un trasfondo meramente material y biológico, donde se refuerza la idea de la animalidad del hombre y la simplicidad ontológica de su ser:

El doble, por su parte, corresponde de forma extremadamente precisa al modo fundamental y universal de la reproducción. “Cuando un cromosoma, un centrosoma o un gránulo ciliar se multiplica, no se divide sino que construye una réplica igual a sí mismo. No se trata de una división sino de la fabricación de un doble. Este fenómeno ha recibido el nombre de duplicación. Como se verá, el doble (que fabrica quasi-automáticamente la experiencia del reflejo, del espejo, de la sombra, el doble, producto espontáneo de la conciencia de sí) es un mito universal (p. 14)

Así, pues,  Morin deja claro que ni siquiera la imaginación, que es la facultad de la conciencia que utiliza el hombre para “superar” el problema de la muerte, tiene raíces extrañas a lo material,  mejor, a lo biológico. No es, por  tanto, la imaginación un “don divino”, o algún “soplo de vida”. Morin se convirtió en un nuevo profeta de la llamada “muerte de Dios”. No hay originalidad en sus propuestas anti-religiosas.

Sin embargo, el homo sapiens se sentía solo en el planeta, rodeado de oscuridad,  de muerte, de una muerte a la mano, a la vista, cotidiana. El homo sapiens sabía que pronto le llegaría su turno, siente miedo.

A pesar de lo absurdo que parecía la existencia, el ser humano ha buscado elementos de vida,  descubre que así como las cosas mueren, también se reproducen. La existencia no es solamente experiencia de muertes.

Además,  en cuanto al problema de la materialidad absoluta del cuerpo, el hombre mismo ha tenido la sensación de superar los límites de la corporeidad, ha soñado que vuela por las nubes, que cae al vacío y despierta vivo, sin un rasguño. Él sabía que su cuerpo no puede volar, ni soportar una caída de esa naturaleza. Entonces, se ha imaginado a sí mismo como un ser espiritual, superior a toso los animales del planeta. Su capacidad de imaginación y sus sueños siempre ha sido una ventana antropológica hacia el encuentro con su verdadero ser espiritual.

En efecto, desde la lógica natural, sin importar la veracidad de las conclusiones, el ser humano cuando en sueño se ve caer  a un vacío sin fondo piensa que debería morir en la caída, pero si despertaba vivo, cree que  no se trataba de su cuerpo, sino de su ser no carnal, de su doble, que tenía que ser parecido a su sombra, al aire que puede volar.

Así pues, combinando elementos de la vida, con la experiencia de la muerte, la imaginación del homo sapiens se acrecentó y formó su realidad espiritual, pero en búsqueda de lo trascendental, como hambre de esperanza, como apertura antropológica hacia Dios, como inicio de relación con el Absoluto.

En definitiva, nada dice que el sueño y la ilusión sean una enfermedad, ya que estos nos hacen humanos con la posibilidad de la fe en lo trascendente, como una de las puertas de encuentro con Dios. Solamente el hombre es capaz de concebirse como un ser espiritual.

Por otra parte,  Morin (1999) al referirse a la aparición de las realidades noológicas, como consecuencia del ser biológico del hombre, concluye que se abrió la puerta al error, a la mentira, al nihilismo, a la nada, al vacío, a la desesperanza, a un mundo de fantasmas monstruosos, producido por las células de nuestro cerebro animal:

“En efecto, los dos mitos fundamentales, muerte-renacimiento y “doble”, son transmutaciones, proyecciones fantasmagóricas y noológicas de las estructuras de reproducción, es decir de las dos formas como la vida sobrevive y renace: la duplicación y la fecundación. La muerte-renacimiento es, en efecto, una vaga metáfora del ciclo biológico vegetal, pero que expresa ya no la analogía sino la “ley” del ciclo animal señalado por la muerte de los individuos y el renacimiento permanentemente de la especie”(p. 13)

En efecto, Morin afirma, que la  visión, la concepción, la vivencia de la realidad inmortal, fantasmal, aunque es producto de la capacidad de imaginación del homo sapiens, no es surgida de la nada. Todo fantasma, todo doble, todo espíritu, está hecho a semejanza del hombre.

Así mismo, todo cielo, paraíso, mundo astral, infierno, está configurado a semejanza de la sociedad que lo produce.

En todo caso, la superación de la muerte, a través de lo imaginario, solamente pretende continuar la vida “mundana”, que es la única que se conoce, que es la única que se puede extrañar.

 Pero, como en realidad, su propuesta antropológica no es coherente con el paradigma de la complejidad, no acepta que las vivencias concretas de la dimensión religiosa, con todos los límites que se le puedan señalar, pueden ser intuiciones de la realidad espiritual.

En este sentido, Morin (1999) reconoce que: “La muerte es, pues, a primera vista, una especie de vida que  prolonga, de una forma u otra, la vida individual. Efectivamente, la muerte, en los vocabularios más arcaicos, aun no existe como concepto: se habla de ella como un sueño, de un viaje, de un nacimiento, de una entrada en la residencia de los antepasados, y con frecuencia de todos ellos a la vez” (p. 24)

En el fondo, la muerte prueba la existencia de un ser, que más allá de ser pensante, de producir pensamientos, ideas, conocimientos, es a la vez capaz de cuestionarse desde la conciencia real, superar lo insuperable en una realidad imaginaria. Lo que no parece reconocer, Morin, es que el único ser con la capacidad de construir un sueño, que, aunque al final pudiese terminar en pesadilla es el hombre con su capacidad de intuir lo metafísico… ¿Por qué no?

Cuando el homo sapiens logra superar el problema de la muerte, trata de construir una realidad inmortal, no hay término medio. La muerte sólo se puede superar con la inmortalidad. Nada importa la naturaleza de esta inmortalidad, real o ficticia, lo importante para el homo sapiens es que esta inmortalidad es fruto de sus entrañas, toda inmortalidad nace en lo humano, así de sencillo.

Lo que en el fondo ha construido el hombre con su imaginación es el mundo de los muertos que tienen vida. De hecho, los muertos, los seres queridos y odiados que han muerto no son lanzados a la nada. Siempre de un modo, o de otro, se encuentran con vida, con la vida que también me espera a mí.

Sólo con la afirmación de la existencia real de los muertos como seres que han superado la muerte corporal, se puede pretender la supervivencia de la propia individualidad, esta supervivencia puede dar  sentido a la existencia individual y social. Así lo han creído y lo creen millones de personas, quienes, según Morin, serían la raza ignorante y enajenada de la humanidad. En las propuestas de Morin, carece de sentido realizar una fenomenología de las vivencias religiosas.

Sin embargo, en la sociedad del homo sapiens tendrá dos dimensiones: los vivos y los muertos que viven. Dos dimensiones de una misma realidad: nosotros.

Así, pues,  la realidad humana es material y espiritual, cuya existencia no se puede reducir a priori  a la conciencia individual y cultural del homo sapiens, al menos que de verdad se tengan pruebas objetivas y concluyentes sobre la no existencia de lo espiritual.

De pronto, la realidad deja de ser solamente el ambiente positivo que se ve, que se escucha, que se come, en donde se vive,  en donde se muere. Resultó ser, además, la casa de los espíritus. Por ejemplo,  Morin (1999) afirma al respecto, que a la obsesión por la muerte, le siguió la obsesión de la presencia cotidiana y casi palpable de los muertos:

“Igualmente podría achacarse a esta presencia obsesiva de la muerte, la presencia obsesiva de los muertos. Los espíritus (es decir los muertos) están, en efecto, presentes en la vida cotidiana, dirigiendo la fortuna, la casa, la guerra, la cosecha, la lluvia, etc.” (p.28)

Sin embargo, es necesario aclarar que  la negación absoluta de la realidad espiritual no es fruto de una investigación. Por otra parte, la realidad metafísica no estaría condicionada por la veracidad de las vivencias concretas en cada individuo, pueblo o cultura. En otras palabras, si en un pueblo se cree que una piedra tallada es un ser espiritual, en lo particular sería falso, pero esta vivencia no cuestiona para nada la existencia o la no existencia de Dios.

Es cierto que, en la vivencia cultural y concreta la evolución del reino de los muertos, ha condicionado la evolución del reino de los vivos. En otras palabras, se acepta que el “cuento del coco”, evolucionó en religión.

Por tanto, también se puede aceptar que toda visión religiosa presenta el estado ideal de hombre y de la sociedad en la superación de la muerte en una vida celestial, o en una condena eterna.

Pero nada de esto es prueba objetiva de la existencia o de la no existencia de Dios. En efecto, descubrir que “el niño Jesús” no es quien trae los regalos en navidad, no prueba la no existencia de Dios.

Sin duda, muertos y vivos fueron evolucionando en una relación dialéctica y condicionante.

Los vivos se parecen a sus muertos y viceversa. Son tal  para cual. Y siempre existe una relación entre ambos mundos, ya sea la relación espontánea y personal, ya sea la relación que evoluciona en religión y que se manifiesta a través de ritos muy específicos y sagrados.

De hecho, del mismo modo como la familia se constituye en la “célula de la sociedad”,  como la referencia social por excelencia, así mismo, la experiencia con el mundo de los muertos se inicia en el ámbito familiar. Morin (1999) afirma, “la vida de ultratumba de los ghost (espectros) tiene como punto de apoyo la casa familiar de los vivos” (p.152) Por  tanto, en la vivencia cultural los muertos tienen las mismas dimensiones de vida que los vivos, son igualmente seres individuales, familiares  y  sociales.

Claro, esta vivencia pueda que no se acerque a lo que es en sí la realidad espiritual; pero tampoco la niega, es un modo humano de vivir lo espiritual.

 

Así, pues, a la misma estructura individual y compleja del ser humano, corresponde a  una estructura idéntica en su complejidad a la realidad de los muertos, quienes en palabras de Morin (2001) son las proyecciones imaginarias y enfermizas de la realidad humana: “Tenemos que articular la noosfera en el mundo antroposocial según un complejo trinitario: psicoesfera, sociosfera, noosfera” (p. 125)

Es decir, a las realidades noológicas, (mundo producido por la mente humana), en especial, el mundo espiritual, le corresponde a cada espíritu una individualidad psicológica, una tarea, o rol  específico en su reino espiritual,  vivir en un universo particularmente espiritual. Todo esto  es  reflejo  de   un   hombre bio-psíquico-social, que proyecta un mundo imaginario racional e irracional, consciente e inconsciente.

En lo esencial, desde cualquier tesis marxista, la conciencia real de la muerte, que desde el sentimiento de horror, permite el desarrollo de la capacidad de imaginación en el homo sapiens, surgiría  el mundo de los fantasmas, el reino de los cielos, el paraíso, el opio del pueblo. Así, según Morin, todo lo anterior es producto de la mente humana, todo este mundo espiritual lo produce el temor y la imaginación del hombre.

En definitiva, el mundo natural no se origina del mundo celestial, ni somos hijos de los dioses, es todo lo contrario, como lo afirma Morin (2001) “Toda sociedad humana engendra su noosfera, esfera de las cosas, esfera de las cosas de la mente, saberes, creencias, mitos, leyendas, ideas,  en la que los seres nacidos de la mente, genios, dioses, ideas/fuerzas, han tomado vida a partir de la creencia y de la fe” (p. 50)

De pronto, lo que era miedo, lo que era imaginación se convirtió en “Fe”.

 Y así como el nacimiento de las primeras sociedades complicó las relaciones entre los hombres, la fe originó la religión y su estructura social del mundo de los muertos. Es decir, partiendo de las “debilidades científicas” propias de las vivencias religiosas de los diferentes pueblos, el marxismo siempre ha concluido en la no existencia de Dios, sin aportar jamás ningún argumento ontológico al respecto.

Finalmente, la antropología de la complejidad, las enseñanzas de Morin, consisten en tratar de superar la conciencia infantil y religiosa, proclamar la muerte de Dios, cantar el absurdo de la existencia y la animalidad esencial del ser humano, cerrase a toda esperanza…esperar la llegada de la muerte como la aniquilación final y total del individuo, de la sociedad y del universo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Fenomenología existencial del dolor humano

 

Todo era tristeza, dolor… “¿cuándo lo traen?”. Sentada en una silla, la madre de Juan lloraba. A la esposa la mantienen sedada. La hija parece que no sabe nada, pero está vestida de negro sin saber el motivo de tanto luto…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Darnton, J. (1998) Neandertal Bogotá, Colombia: Planeta

Gevaert, J. (1986) El problema del hombre. Salamanca, España: Ediciones Sígueme

Morin, E. (1972) El cine o el hombre imaginario. Barcelona, España: Seix Barral

Morin, E. (1995) Mis Demonios. Barcelona, España: Cairos.

Morin, E. (1999) El Hombre y la muerte. Barcelona, España: Cairos

Morin, E. (2000) El Paradigma perdido. Barcelona, España: Cairos

Morin, E. (2001) El Método IV (Las ideas) Madrid, España: Cátedra

Morin, E. (2002)  Introducción a una política del hombre. Barcelona, España: Gedisa

Morin, E. (2003) El Método V (La Humanidad de la humanidad) Madrid, España: Cátedra

Morin, E. (2003) Introducción al pensamiento complejo Barcelona, España: Gedisa.

 

TERCERA   PARTE

 

 

EL HOMBRE COMO RELACION: UNA OPCION ANTROPOLOGICA

 

RESUMEN

En este trabajo  se concibe a la persona  como esencialmente en relación con el otro; es decir, no existe el hombre como individuo, sino como complementado por la presencia del otro ser humano. Por otra parte, el artículo muestra los diferentes tipos de relación que vive la persona a lo largo de su vida, algunas relaciones son destructivas y otras son constructivas de la personalidad de cada sujeto. Finalmente, se presenta los niveles de la relación desde el amor como el proyecto que da sentido a la existencia del hombre y de la humanidad, desde el compromiso como acción moral y ética.

Palabras Clave: Hombre, Relación, Ética del Compromiso

 

 

EL HOMBRE COMO RELACION: UNA OPCION ANTROPOLOGICA

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La opción antropológica por la cual se opta en este trabajo se fundamenta en la ética del compromiso, entendida como la opción  que coloca al hombre como centro, protagonista y razón de ser de todo proceso de vida comunitaria,   y como horizonte trascendental desde el cual se le da sentido existencial a la vida.  Así, se postula desde la ontología un ser siempre en relación, como condición misma de su existir. El hombre es relación en sí mismo. Este modo de ser en relación no es una opción, sino un hecho ontológico.

Tomar consciencia de ser ontológicamente una persona en relación es el primer paso que fundamenta un humanismo realmente ético, centrado en el compromiso como acción moral de vida. Ahora bien, este proceso de toma de consciencia de vivirse en relación con el otro, no es una consecuencia espontánea o física de la realidad ontológica del ser humano, se trata de una opción, de un ejercicio existencial de libertad, es un modo de vida trascendental que identifica al ser humano en su dimensión espiritual. De aquí que el verdadero humanismo es complejo e integral, es ontológico y metafísico, es personal y comunitario, es soledad y encuentro.

Cabe señalar, que la mayoría de los sistemas filosóficos que han sido elaborados después del Renacimiento se han proclamado humanistas,  en consecuencia, se presentan como sistemas filosóficos y sociológicos centrados en la dignidad del ser humano, a favor de la construcción de una sociedad más humana y justa.

De hecho, el término “humanismo”, tiene en común, el hecho de centrar la reflexión filosófica desde el hombre; pero, he ahí el problema: ¿Qué es el hombre?, y de la respuesta que se le dé a esta pregunta, surgirán diferentes “tipos de humanismos”, que subrayan algún aspecto especial de la persona como el elemento esencial que define la condición de humanidad en el hombre.

Pero, esta supuesta esencia o elemento central de las antropologías humanistas pueden que sea una consecuencia de opciones ontológicas opuestas, ya sea  fundada en una ontología materialista; o fundada en una ontología que se complementa con la opción metafísica de la espiritualidad. Es decir, o se parte de un materialismo radical, o de una concepción trascendental y espiritual. 

Aquí se plantea que una antropología meramente fundada en una ontología materialista no es humanista, sino la negación de lo humano, ya que el hombre sería esencialmente materia sometida a las leyes físicas como cualquier animal terrestre condenado al absurdo de la muerte.

 Solamente un ser espiritual, que trasciende a la muerte, tiene opciones verdaderas, por tanto, este ser espiritual sería estructuralmente moral y capaz de fundar esta moral en postulados éticos que le den sentido a la existencia.

Se plantea entonces, una concepción antropológica,  parte del hecho de que el hombre no sólo existe en el mundo como si fuese una isla solitaria, sino que se relaciona con el mundo,  de manera especial, con los otros hombres, desde todas las dimensiones, tanto físicas como espirituales.

Por tanto, el ser humano no es un simple animal en un hábitat planetario. Claro, resulta sencillo afirmar que el hombre no es una isla egoísta, lo difícil es vivir y aceptarse como un ser en relación en una sociedad que valora como al hombre de éxito al más egoísta, al más fuerte, al más bello, al más adinerado. Sin duda, desde el egoísmo centrado en el llamado éxito personal, todo cobra sentido desde una opción ética inmanente, se vive como si mañana fuese a llegar la muerte, lo que importa es el momento presente con su carga de placer sensual.

Así, el discurso humanista va por un sendero poético anunciando la solidaridad y el amor como finalidad del ser humano, y la vida concreta llama a la vocación de dominio sobre el otro.

En el fondo, se trata de la dialéctica de vida y muerte; dos opciones opuestas, dos modelos de vidas opuestos, dos horizontes éticos opuestos.

Así pues, la verdadera opción ética del humanismo apuesta por la vida física y espiritual que trasciende cualquier determinismo biológico que se pretenda imponer a la humanidad.

De hecho, el ser humano es un camino, una profecía, una llamada constante de trascendencia. El ser humano es esperanza en la vida. La negación de la dignidad del hombre consiste en reducirlo a su temporalidad de su vida terrenal, condenándolo a la muerte absoluta, al fracaso existencial, al absurdo de una vida de placeres pasajeros e efímeros que gozan los más privilegiados. Sin embargo, la mayoría nace, crece y muere en la miseria, hundidos en el barro de las sobras de la sociedad consumista.

Si la vida consiste solamente en  gozarla lo mejor que se pueda, entonces no puede haber solidaridad; sino, la guerra contra los débiles, la muerte de los fracasados. En efecto, la vida sería  solamente una lucha de clases, en donde siempre triunfará la raza más apta, tal cual como ocurre con cualquier animal de este planeta. De tal modo, que la existencia se interpreta como un convivir en solidaridad entre personas y no entre simples animales en eterna lucha por la supervivencia de la especie.

Por supuesto, la interpretación que realiza el ser humano sobre su verdadera naturaleza solidaria, comunitaria y espiritual no es un ejercicio de lógica racional, sino un modo de vivirse que le hace persona y le da sentido a su convivir social y existencial.

En este sentido, Rodríguez (1987) afirma lo siguiente: “La existencia es un convivir, un vivir con los otros. Se evidencia esta convivencia en la transformación del mundo, en las decisiones culturales, políticas, en el trabajo como condición fundamental de la existencia, en el lenguaje como comunicación” (p. 5)

Así,  la vida es convivencia ontológica y metafísica de la persona, que puede optar por la  convivencia solidaria a favor de la vida, o por la guerra contra los más débiles o los que nacieron desposeídos. La vida es un compromiso moral que se hace a cada instante en una historia personal y comunitaria, entre hermanos de espíritu, hijos de un mismo Padre.Dicho de otro modo, el ser humano no existe, ni puede desarrollarse como persona, sino en la intercomunicación personal. En efecto,  el yo íntimo de la persona, sólo es tal, en la medida en que se trasciende a sí mismo en la intersubjetividad.

De ahí, que el vivir desde una opción ética se transforma en un existir desde una moralidad y política de fundamentos espirituales,  verdaderamente humanos. Sin duda,  la presencia dialogal  del otro es esencial en el proceso de ser persona.  Este proceso comienza en la misma concepción  biológica y permanece hasta  el fin de la existencia de cada persona. Por tanto,  el hombre es en sí mismo efecto de la relación intersubjetiva; es decir, el hombre es relación con el otro. Pero no se trata de una relación material, biológica, meramente física, animales de un mismo ecosistema. La intersubjetividad es comunicación existencial y  esencial en el desarrollo de la dimensión trascendental y espiritual del hombre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Por otra parte, después de la crisis filosófica producida al final de la Edad Media,  la reflexión filosófica se ha fijado directamente  sobre el ser del hombre como persona, desde su experiencia cotidiana, en sus gozos y angustias, en sus esperanzas y fracasos, entre sus signos de vida y signos de muerte. Por esto, desde una actitud fenomenológica y existencial, el hombre de la sociedad actual se plantea las preguntas sobre el sentido de la vida: ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Qué es el hombre? ¿Qué es la felicidad? ¿Por qué la muerte? ¿Por qué la injusticia? ¿Por qué el amor?  Evidentemente, las preguntas surgen de un yo personal  y la comprensión de las respuestas responden a un yo íntimo, que no puede ser reducido a ninguna totalidad social o panteísta.  En este contexto,  Gevaert (1976) plantea lo siguiente:

“Los interrogantes sobre la esencia del hombre y sobre el significado de su existencia, tanto hoy como en el pasado, no nacen en primer lugar de una curiosidad científica, encaminada al aumento del saber. Los problemas antropológicos se imponen por sí mismos, irrumpen en la existencia y se plantea por su propio peso. La existencia, al hacerse problemática, requiere una respuesta y obliga a tomar posiciones”(p.14)

De este modo, el hombre se descubre a sí mismo, como un ser inconforme, que no está acabado, que no responde determinado por sus instintos animales, que no posee respuestas terminadas a todos sus planteamientos.

Toda persona necesita por esencia salir de sí, conocer, proyectarse, transcenderse a sí mismo constantemente en cuanto ser espiritual por excelencia; pero siempre en relación con los demás, ya sea en una relación de conflictividad o de comunión, de identidad o de lucha, de iguales o de contrarios, de amigos o de enemigos, en una relación de vida o de muerte. El hombre al ser en sí mismo relación siempre busca respuestas al sentido de su vida en compañía del otro, desde cualquier tipo de relación.

En el fondo, ser relación es una condición ontológica del ser humano. Ahora bien, el tipo de relación es un acto de libertad, una opción no determinada por razones físicas o biológicas. El tipo de relación que se vive con el otro no es una respuesta instintiva hacia ciertos estímulos; sino, un acto de libertad trascendental o espiritual, que da sentido a toda la existencia. El sentido es humanidad.

El  determinismo biológico es el absurdo irracional que ha destruido todo a paso de guerras y muertes.

De igual modo, cabe señalar, que en la existencia cotidiana, no puede el hombre dejar de ser un yo íntimo en relación con los demás. El otro es complemento de la propia existencia,  en consecuencia, conforma la fuente del sentido de la vida en comunidad.  Sin embargo, la relación con el otro no es un hecho simple, una consecuencia física del ser ontológico o la naturaleza propia  del hombre. De hecho, se pueden vivir  opciones radicales y alienantes de relación comunitaria con el otro, que pueden transformarse en  modos  destructivo de entender y vivir la naturaleza del ser humano.

En este sentido, se puede  señalar dos maneras exageradas  en la que la persona tiende a perder su identidad: el yo concebido como un centro en torno al cual gira lo existente, un yo como lo más importante del mundo, muchas veces anunciado y proclamado como el hombre del éxito que vence a todos, que disfruta de la vida,  que todo lo puede obtener, sin importar para nada el bienestar del otro.

Por otra parte, suele proponerse un yo difuminado en la masa, ya sea desde una opción política totalitaria, en torno a un líder y a su grupo de elegidos, en donde lo diferente es considerado el enemigo;  o desde una opción religiosa, en donde la persona no es más que parte  insignificante de una totalidad material o espiritual panteísta, un momento perdido y sin importancia de la existencia verdadera de un dios impersonal.

Por esto, se hace necesario establecer los niveles de significación y tipos de relación comunitaria  en que se desarrolla el ser humano. Por tanto,  se señalan los siguientes niveles de relación interpersonal, desde una fenomenología existencial de lo que se vive en la cotidianidad, que permita un acercamiento hermenéutico en torno al  sentido de la verdadera humanidad espiritual hacia la opción por la ética del compromiso, que trasciende cualquier relación destructiva entre los seres humanos. Se trata de fortalecer la vivencia de una moral de la integración y del compromiso social y comunitario como modo de vida con verdadero sentido existencial.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La relación de muerte y dominio: es la relación en donde se establece una lucha de destrucción entre el yo dominante y los otros dominados,  manipulados. Aquí, solamente existe el otro como un enemigo a quien hay que eliminar o convertir en un objeto útil en función de los intereses del yo dominante. Se entiende que lograr pasar por encima del otro sería el verdadero éxito personal. Por tanto,  el crecimiento personal es hacia la muerte, el yo sobrevive en la medida en que destruye y domina al otro, se trata de la eterna ley de la sobrevivencia del más apto,  lo que sería lo mismo, la muerte de los débiles.

Si por casualidad, existe solidaridad, sería entre los dominantes en función de sobrevivir como especie superior sobre los cadáveres de los desposeídos, como expresión cotidiana de la ética pragmática y de la moral de lo útil. Así, pues, el ser y el valor se reducen a la utilidad. Si es útil tiene ser y vale. De no ser útil, nada vale su existencia. Así de sencillo. Es quizás lo que se quiere decir con aquel dicho “cuanto tienes cuanto vales”.

De hecho,  es la relación que se establece desde la perspectiva del pragmatismo radical, en donde el otro se convierte en lo manipulable, en lo que me produce utilidad, provecho, placer. En definitiva, la relación de dominio es donde el otro se convierte  en un objeto y se le niega su ser como persona, aquellos que son reducidos a sirvientes,  simples animales domésticos  al servicio de los amos.

Se trata de la ética del doble discurso y de la doble moral, se habla de vida, de progreso, pero se hace la guerra y se esclaviza al otro.

Ahora bien, en los mismos dominantes el ser persona carece de valor existencial. Solamente el tener, en función del poder y del placer complacen la sed existencial del yo dominante. En efecto, cualquier otro elemento tiene valor en cuanto fortalece la posesión de esta nueva “divina trinidad”: Tener, Poder, Placer son los verdaderos valores que se viven desde la opción del dominio.  Dentro de este contexto, Barbera (1987) señala lo siguiente:

“En este tipo de sociedad basada en el ansia de tener, se imponen necesariamente unas relaciones interpersonales de explotación, donde el otro está en función de mi tener, se convierte en un objeto que me produce. Esto se explica porque en el hombre existe una fuerza que lo lleva a ser siempre más, a superarse cada vez más; y  si el ser es convertido en tener, entonces el hombre desea tener  siempre más. Es claro que desde esta posición es imposible una relación de sujeto a sujeto” (p. 93)

De allí pues, que en este tipo de relación las personases siempre van a depender del representante de la estructura de poder en todas sus dimensiones, ya sea en el aspecto epistémico: la verdad pertenece al que domina, la verdad que se cosifica, se convierte en pertenencia, en obsequio, se hace académica, formal, evaluada, en definitiva, en un artículo de consumo,  si se prefiere, en una propiedad privada, la verdad se compra y se vende, recorre los mercados, se subasta en oferta  y la poseen los poderosos de siempre.

Los marginados en todos los niveles: personal, comunidad, ciudad, país, continente…, nunca poseen la verdad. Así, la verdad siempre viene de los países líderes del imperio. Tanto es así, que en cualquiera de los niveles, el marginado posee la verdad en cuanto es capaz de aceptar la verdad impuesta en el sistema de dominio; en esto consiste “el aprendizaje”, “el desarrollo”, “el crecimiento personal”.

De igual modo, en las dimensiones éticas y morales la relación es de imposición de un modelo de existencia, desde el cual se ha pretendido destruir cualquier posibilidad de alternativas en cuanto al proyecto y sentido de vida. El dominio es destructivo en el área de la moral y del sentido de la existencia, insiste en cerrar toda posibilidad de desarrollo de proyectos alternativos. A la clase marginal se le impone el modelo de vida, se le construye el recorrido de la existencia desde las opciones de quienes dominan.

La clase marginal, los otros cosificados por el Yo dominante, son dibujados por la conciencia dominante. La marginalidad consiste, entre otros aspectos, en aceptar ser la caricatura proyectada por el Yo dominante. Por ejemplo, la América Hispánica, ha sido concebida, y en muchos aspectos sus habitantes históricamente se han aceptado como la caricatura proyectada desde Europa. Lo interesante del caso consiste en la consciencia de ambos elementos de la dialéctica del dominio: el dominado acepta que el modo de vida que a él le conviene consiste en vivir, imitar al Yo dominante; pero como no puede acceder por motivos culturales, sociales y económicos al estilo de vida de sus ídolos, termina viviendo una historieta totalmente desdibujada.

De hecho, precisamente este modo de vida desdibujado permite a la clase dominante concebirse a sí misma con el derecho natural de dominar en todos los aspectos con la finalidad de enseñar a los marginados, los verdaderos valores de la humanidad. Así, en el fondo, dominar al marginal sería una vocación de servicio; un modo hermoso de solidaridad con los desposeídos. Por supuesto, las naciones poderosas son la moral, la cultura, el saber, la enseñanza. Los países marginales son la ignorancia, lo inculto, las sombras necesitadas de las luces del primer mundo. En definitiva, el dominio se manifiesta complejo y total.

 

 

 

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La relación de indiferencia: es el tipo de relación de dominio impersonal, en donde el otro se le niega su personalidad  existencial, su ser se reduce a lo desechable, sin valor, carente totalmente de rostro. En donde cada individuo se transforma en un número, en un código,  un dato,  uno más de la masa;  un voto, un soldado,  un compañero, el chofer,  el panadero,  el vecino sin nombre, etc.

De allí pues, que en la relación desde la indiferencia las personas desaparecen como tales, nada importa un muerto, tres muertos, da lo mismo. En este  tipo de relación, el marginal, el pobre sería uno más de la lista. En lo esencial, se trata de la dominación ontológica, se destruye el ser de cada persona, se reduce plenamente y se cosifica. El otro es una simple cosa, lo que es en sí mismo manipulable, desechable, útil, hasta que al final se convierte en desecho.

Ahora bien, en este modo de relación el Yo dominante destruye la existencia del otro dominado, hasta convertirlo en un momento anónimo e innecesario de la vida misma. La indiferencia significa el arrojo a la nada absoluta, a la ausencia total del rostro, a simples animales de una gran manada en la eterna pradera de la historia. Por eso, la sociedad se convierte en una inmensa colmena poblada por millones de seres programados para su utilización y su autodestrucción.

Así, el pragmatismo radical se convierte en el único sentido de la humanidad controlada por el afán de producción de poder, placer y dinero.

Algunos logran convertirse en los héroes de turno, en los amos necesarios y reconocidos en función de robar la identidad a los habitantes sobrantes, a todos los que son condenados a vivir contemplando el éxito ajeno, y que se identifican con un modo de vida inalcanzable para los seres comunes, los que nunca llegan a ocupar el titular de ningún periódico. A los seres sin rostros apenas  se le permite anhelar un puesto  en el viejo cementerio de un pueblo olvidado.

Por supuesto, en la relación de dominio desde la indiferencia  el pragmatismo no es una teoría, sino, un modo de vivir, de concebir el sentido existencial de la vida personal y el de la historia de la humanidad. El pragmatismo radical se está convirtiendo en la misma esencia vital de esta cultura occidental. Sin duda, este pragmatismo es más fuerte que cualquier paradigma teórico, o cualquier condición epistémica. Poco a poco sus raíces han penetrado más allá de un paradigma propio de una cultura regional, más allá de una episteme existencial, es un modo de vida, a tal nivel que fuera del pragmatismo vital no hay salvación.

Fuera del pragmatismo el ser humano no es persona, no tiene rostro, no tiene cultura, no posee valores, no existe. En el fondo, desde el pragmatismo radical, quien no dedica su vida a servir al dinero, al placer y al poder ha dejado de existir.

Para que el rostro de cualquier ser humano sea reconocido, debe ser considerado un profeta y ejemplo del éxito, tiene que ser alguien que encarne el poder, que su vida sea placentera y   cubierta de riquezas.

Cabe señalar, que toda relación de dominio se fundamenta en la muerte del débil, del considerado marginal, de los empobrecidos,  la gente que sobra, los manipulables, los ignorantes,  los ancianos, los enfermos. Pero, se puede manifestar de diferentes modos complementarios de un mismo vivir el pragmatismo de la muerte.

Sin embargo, se hace necesario resaltar la relación de indiferencia como resultado perverso y existencial, que carcome el sentido de la vida, roba la alegría y el brillo de la mirada. Los obreros se convierte en zombis, los alumnos y maestros se transforman  en parte anónima de la colmena social, en donde el aprendizaje es tan impersonal que simplemente aburre a los niños, a los jóvenes,  deja un sin sabor amargo en la vida de los educadores transformados en obreros que sólo suelen preocuparse por los problemas salariales.

Es la sociedad misma la que pierde poco a poco el rostro y el deseo de existencia, el gusto por la vida y sus dones. En efecto, da igual quien sea el chofer de la camioneta, el muchacho de la panadería, el policía de guardia, el enfermo de cualquier habitación, el rostro de un alumno universitario.

Así, la vida se va consumiendo en la oscuridad y en el vacío. Si no existe nombres, tampoco hay necesidad de compromiso. La ética del dominio, que se expresa en la relación de indiferencia destruye la opción por el compromiso solidario a favor de la promoción de la dignidad de la persona.

De ahí la necesidad de robar el rostro a las personas. Nadie se compromete con números, seriales, sueldos, consumidores, trabajadores, clientes, alumnos, profesores, conductores, pacientes, muertos, víctimas, prisioneros, soldados. No tiene el mismo significado expresar que el 30% de los niños de la escuela rural de Cocorote no desayunan, que visitar el rancho de Miguelito, ver como nadie en su casa desayuna. Lo primero carece de significado existencial, Miguelito, sus hermanos, la madre…, tocan la conciencia. He ahí la diferencia.

Precisamente, en las relaciones de indiferencia, el que domina no le permite al otro la categoría de enemigo. Al otro se le niega hasta su ser ontológico y se le transforma en cosa, en un dato estadístico, en un hecho de estudio, en un objeto. Por ejemplo, actualmente las ciencias sociales no trata problemas concretos, con rostros humanos, se ha colocado al servicio de los intereses económicos de la clase dominantes,  de los gobernantes de los países industrializados.

Las ciencias sociales son radicalmente pragmáticas y tratan temas como la  globalización, el destino económico en manos de las grandes naciones,  el desarrollo del capital, la crisis mundial, el hambre en África, las luchas en América Latina…, y otros temas desde una perspectiva científica; es decir, convirtiendo el problema humano en datos objetivos, números y cálculos estadísticos.

De hecho, todos los problemas son porcentajes; por eso, todas las soluciones son porcentajes. Así, la violencia en Caracas ha aumentado en los últimos cinco años en un 37%; la solución: aumentar en un 40% el número de policías. Y el caso se complica en la imposibilidad epistémica de análisis del problema y planteamiento de alternativas reales al problema. Los mismo pasa con la salud, la vivienda, la educación. Así, la dimensión económica es la única solución que el pragmatismo plantea para resolver cualquier problema social. Así, los problemas en el sector salud, se solucionan con más gasto; educación, más gasto; vivienda, más gasto. De hecho, es un dogma que entre más rico es un país, menos problemas sociales. 

Por otra parte, la relación de indiferencia descarga la conciencia existencial de cada persona frente a los retos de la su historia de vida. Si no existen rostros, no existen personas, todos carecen de nombre. Claro,  “62 muertos el fin de semana en Caracas”. Y ningún periodista narra o describe el velorio, el sufrimiento de los familiares de Miguel. Para la prensa, para el lector, “el maracucho” era un taxista más. Para los sociólogos, el maracucho se convirtió en un individuo poblacional de las víctimas de la violencia en Caracas. Sin embargo, para la señora Esther, será siempre su hijo, su alegría de muchos años, su Miguel; ahora, su dolor profundo.

El pragmatismo es un proceso lento de destrucción de la personalidad. Toda la tecnología actual y el modo del mercado se acercan a la total desaparición del rostro humano. Las relaciones carecen de nombres. Todo es dato, estadística, costo, dinero. Ahora el vecino es una cara en la pantalla de una computadora. Cada vez cobra sentido la cultura de los sin rostros. Hasta ya se puede procrear hijos sin conocer al padre, encargando por la Internet el ADN.

Pronto, ser hombre de éxito consistirá en obtenerlo todo de  nadie. Parece que la utopía pragmática consiste en encerrarnos en tristes celdas solitarias de la colmena anónima. No es descabellado pensar en una familia virtual, pareja virtual, amigos virtuales, trabajos virtuales, educación virtual, medicina virtual, mercado virtual, muertos virtuales, placeres virtuales…poder virtual.

 

Lo que no desaparecerá será el alma de la estructura social del pragmatismo: amos que dominan a los  marginados  que mueren en la miseria real y profunda. Porque el hambre y la muerte nunca son virtuales, sino la realidad en que nacen, crecen, se desarrollan, se reproducen y mueren los desposeídos.    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Relación desde el entenderse:   la relación humana es dialéctica, se desarrolla entre la vida y la muerte. Sin duda, la relación puede consistir en la destrucción del otro, en la evolución de un Yo que se descubre en la acción destructiva de lo diferente. La relación de exterminio procura la total desaparición del rostro humano. De hecho, el pragmatismo va a consistir en la ruptura del compromiso con el débil. En el fondo, el pragmatismo conlleva a una ética del placer, del tener y del poder, en una estructura de relaciones sociales donde el dominio es lo esencial y la destrucción.

Sin embargo, en la relación humana existe el extremo de vida, que se inicia en el mismo momento de la concepción biológica de cada persona. Así, pues, el hombre surge de la relación de sus padres, de sus abuelos y todos los componentes del árbol genealógico paterno y materno que componen una red de relaciones extremadamente compleja, que en definitiva dan origen a cada ser humano en particular.

Por otro lado, al hombre le es imposible sobrevivir sin la protección de sus semejantes. Ningún recién nacido puede sobrevivir sin la colaboración de los otros, la madre, el padre, la familia. Este modo de existir desde y en relación constituyen la existencia misma. De hecho, el tipo de relación condiciona el sentido de la vida.

 

 

Ahora bien, la relación es complejidad existencial y trascendental. No se trata de un hecho en blanco y negro. Desde el análisis académico y teórico se hace posible  hablar de los tipos de relación debido a la abstracción eidética de los hechos. Pero, en la cotidianidad la relación es existencial, un vivencia, un modo de existir, una historia de vida personal y comunitaria, en donde se viven signos de vida y signos de muerte. Por eso, la investigación se hace hermenéutica, en la medida que permite la interpretación de la vida personal y comunitaria en su espacio y tiempo concretos.

Sin embargo, los dos extremos están presentes. Por una parte, el pragmatismo radical conlleva a las relaciones de muerte y destrucción de los desposeídos, en donde la evolución social pretende rasgar el rostro de los pobres, de los seres sin éxito. La destrucción del otro en la sociedad pragmática se hace anónima, de ahí la ética del poder en función del tener y del placer.

  Por otra parte, la relación del compromiso ético se encuentra presente en la historia de vida de la persona y la comunidad. Existe, pues, esa relación que lucha por mantenerse y construir estados de convivencia solidarios, en donde cada persona tiene nombre propio e inconfundible, donde el valor es el encuentro con el otro.

Precisamente, ya en este nivel de relación se produce el encuentro  como un modo auténtico de relación intersubjetiva y  constructiva, en donde se identifica al otro con un nombre que le hace persona.

Se establece un acercamiento sincero entre dos o más personas que están dispuestas a compartir ideas, ideales, criterios y formas de vida.  Es por ello, que cuando dos personas se entienden, el otro tiene un rostro definido, posee un nombre particular y significativo; es el amigo, el compadre, mi profesor, mi maestra, mi vecina.

Dicho de otro modo, en este tipo de relación el yo es convivencia con el otro, se siente respetado, con derechos y deberes; de igual modo, el yo reconoce la presencia del otro, como una persona significativa, a quien conoce, con quien comparte, a quien le desea lo mejor. En este sentido, Albornoz (1980)  presenta el comentario siguiente:

“Repasando un poco mi vida, mis experiencias, recuerdo que me sentí feliz aquel día de mi cumpleaños cuando me miraron con cariño, me sentí feliz cuando una persona me miró con cariño y me dijo: “esto es para ti, consérvalo como signo de aprecio”, pero sobre todo me sentí feliz cuando al dar algo de mí, hice que una lágrima se transformara en sonrisa y que un hombre saliera de la oscuridad. En pocas palabras, parece que la felicidad está ligada a los otros, y a la capacidad de poder darme a los demás”(p. 50)

Sin embargo, la relación de entenderse es la vivencia de un encuentro particular de reconocimiento en comunidad, en el que pueden permanecer algunos elementos propios de las relaciones pragmáticas. Es decir, reconocer al otro es una vivencia comunitaria que puede permitir la trascendencia de las relaciones de dominio y de indiferencia; pero, no hace que desaparezcan automáticamente  los ideales de las relaciones de dominio.

De hecho, no bastaría con reconocer la presencia del otro, sino de aceptarse como esencialmente comunitario. Esto exigiría la opción vital por la ética del compromiso, como la única vía posible de vivir la existencia con sentido trascendental.

La relación de entenderse comienza en el nivel del conocimiento, saber, darse cuenta, identificar con rostro propio e inconfundible la presencia del otro. En lo esencial, el otro sale del anonimato y adquiere un nombre propio, espacio vital propio, oficio propio. Sin embargo, al conocido también se le puede manipular, convertir en cosa… y hasta reemplazarlo por otro más útil si eso ayudase a conseguir el éxito personal.

En el nivel de entenderse, el otro se hace parte de la propia existencia cotidiana. Los otros son los personajes de la historia personal y comunitaria de vida. Ya no se trata del panadero; sino, de Juan, el señor de la panadería; Mireya, la vecina que fuma tabaco todas las noches; el profesor Luis Aguilar; Julián, el bodeguero; la tía Adela. Laurencio, el gerente de compras. Ronaldo, el mecánico. Pedro Vargas, el director de la escuela primaria.

La señora Lisbhelia, la del transporte escolar. Mariana, la comadre. Antonio, Miriam, Luisa, Roberto, Orlando, Jesús, Mario, Guadalupe, Freddy, Germán, Miguel, Guillermo, Carmelo…todas las personas que participan en la propia historia de vida.

La relación de entenderse constituye un avance gigantesco hacia la trascendencia de la relación de dominio. Sin duda, el reconocimiento del otro como persona es condición fundamental para establecer la relación de entendimiento. No es posible entenderse con lo anónimo. Pero, cuando el otro es el vecino con su rostro existencial; entonces, se presenta la encrucijada moral de las opciones éticas.

Cuando los compañeros de trabajo, de estudio, los amigos, los familiares, la cajera del banco, el panadero, el chofer, la maestra, el profesor, el alumno, el médico, el policía, el abogado, el bodeguero, la señora que vende empanadas; en fin, los personajes de la vida cotidiana saben nombre y establecen una relación de conocimiento con nosotros, surge la necesidad de establecer la opción de vivencia comunitaria: 1)  Me comprometo. 2) Los destruyo. 3) Los ignoro. Pero, la opción ética no puede evadirse, aunque no se tenga conciencia plena de las opciones morales que vivimos en la propia historia de vida personal y comunitaria.

En este sentido, reconocer al otro brinda la oportunidad de entenderse desde la igualdad de la dignidad humana. En el fondo, la vivencia de ser persona se hace en la relación con el otro en igualdad de dignidad espiritual.

 Y no en la relación entre animales de una misma especie. Por eso, la relación de entenderse desde la ética del compromiso va más allá del reconocimiento intelectual del otro.

Entenderse significa trascendencia hacia el compromiso ético del respeto, la promoción y desarrollo de la dignidad espiritual de todos los que comparten la historia personal y comunitaria de vida. La ética del compromiso es historia de vida personal y comunitaria.

No se trata de asumir un principio formal  y universal kantiano que permita la convivencia. Tampoco se quiere establecer una nueva tabla de la ley con las mínimas exigencias para vivir sin molestar a los demás, ni ser molestados.

  La ética humana lleva al compromiso con el otro en la misma historia de vida comunitaria y personal, con toda la carga espiritual de la promoción integral de la dignidad del ser humano. De modo especial, el compromiso ético lleva a reconocernos en la historia de los más débiles, en cuanto sus rostros son los de nuestros hermanos.

Por tanto, no se trata solamente de salvar a la humanidad, al planeta, la lucha contra el hambre, contra la guerra. Se trata de entenderse y comprometerse en primer lugar con aquellos que conozco: familia, Mireya, Juan, Orlando, Jesús, Mario.

El compromiso es primeramente con los vecinos, amigos, compañeros de trabajo, alumnos, profesores, todos las personas que han vivido, viven y vivirán en la historia de cada quien y de las comunidades concretas. No se puede amar a la humanidad, sino se es capaz de comprometerse con los vecinos, familiares y amigos; sin ellos, la humanidad sería sólo un viejo concepto desgastado, vacío y sin sentido. La ética del compromiso es historia personal, comunitaria entre personas espirituales que recorren el mismo proyecto hacia una nueva sociedad más humana, más justa.

 

 

 

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

 

Albornoz, J (1980)  La persona humana en algunas de sus dimensiones constitutivas, Anthropos, (1), 49-60.

 

Barbera, G. (1987) Críticas socio-educativas de Ivan Illich, Anthropos, (15), 85-106

 

Gevaert, J. (1976) El problema del hombre. Salamanca: Sígueme

 

Rodríguez, J (1987) Hacia Dios desde las relaciones intersubjetivas,    Anthropos,   (15), 5-24.P

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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