LA FENOMENOLOGÍA DE HUSSERL COMO PROPUESTA EPISTÉMICA
LA
FENOMENOLOGÍA DE HUSSERL COMO PROPUESTA EPISTÉMICA
Prof. Gerardo Barbera [1]
El
punto de partida
En el punto de partida de la
fenomenología como propuesta epistémica, Husserl advierte que el método
positivista, racional y matemático con que se manejan las ciencias propias del
paradigma de la Modernidad, se ha vuelto reduccionista, al no poder dar respuesta
a lo humano en cuanto saber existencial. De modo que la misma filosofía como
saber, puede degenerar en un escepticismo existencial y en un relativismo
epistémico y moral. En este sentido Husserl (2014) expresa su preocupación
frente a la crisis del saber científico:
¿Se
puede hablar con seriedad simplemente de una crisis de nuestras ciencias? ¿No
es una exageración esta frase tan repetida en nuestros días? La crisis de una
ciencia, sin embargo, significa nada menos que lo siguiente: su auténtico carácter
científico, la forma toda en que plantea su tarea y el método que construye
para ella, se han vuelto cuestionables. Eso podría ser adecuado para la
filosofía que en la actualidad amenaza con sucumbir frente al escepticismo, al
irracionalismo, al misticismo. (p. 45)
El cambio en la concepción y
aceptación general del conocimiento científico se relaciona con lo que la
ciencia como saber había significado y lo que podría significar para la
existencia humana en cuanto a tecnología que mejora la vida misma de la persona
y de la sociedad; la ciencia se estaba convirtiendo en algo útil. En
consecuencia, el desvío antropológico de su verdadero sentido existencial no es
ajena la aceptación que ella tuvo por parte de la sociedad por la prosperidad
industrial que trajo consigo y por sus éxitos indiscutibles en todas las áreas
de la cotidianidad; y sobre todo que existía una relación directa entre los
avances científicos y el desarrollo social de un país; entonces, lo
existencial, lo filosófico, lo religioso, se comenzó a dejar de lado; si se
quiere, se lanzó al baúl de los recuerdos de épocas oscuras. Al respecto
Heidegger (2011) advierte a mediados del siglo XX sobre la pérdida del sentido
existencial del ser humano perdido en medio de un torbellino de saber científico:
Ninguna
época ha sabido conquistar tanto y tan variados conocimientos sobre el hombre
como la nuestra. Sin embargo, ninguna época ha conocido al hombre tan poco como
la nuestra. En ninguna época el hombre se ha hecho tan problemático como en la
nuestra. (p. 13)
Tales circunstancias
epistémicas, colaboraron en hacer posible que las ciencias positivas se
alejaran de preguntas que son decisivas para una auténtica humanidad, lo humano
estorbaba, la subjetividad se despreciaba, al punto de que desde el paradigma
de la Modernidad, se llegó a la conclusión de que meras ciencias de hechos
hacen meros seres humanos de hechos. El mismo hombre era considerado un hecho,
un dato, un número estadístico; el conocimiento científico tenía como condición
el ocultamiento de lo humano, o tal como lo afirma Morin (2003) al referirse a
la negación de la subjetividad de parte del paradigma positivista:
La
ciencia clásica se fundó bajo el signo de la objetividad, es decir, de un
universo constituido por objetos aislados (en un espacio neutro) sometido a
leyes objetivamente universales. En esta visión el objeto existe de manera
positiva, sin que el observador participe en su construcción con las
estructuras de su entendimiento y las categorías de su cultura. Es sustancial;
constituido de materia que tiene plenitud ontológica, es autosuficiente en su
ser. El objeto es pues una entidad cerrada y distinta, que se define
aisladamente en su existencia, sus caracteres y sus propiedades,
independientemente de su entorno. Se determina tanto mejor su realidad objetiva
cuando se le aísla experimentalmente. Así, la objetividad del universo de los
objetos se sustenta en su doble independencia con respecto del observador
humano y del medio natural. (p. 31)
Entonces, desde la praxis
concreta, en las ciencias físicas, biológicas y tecnológicas, domina cierto
tipo de objetividad con pretensiones absolutistas desde su identidad con el ser
ontológico en sí, que conduce a un positivismo filosófico y a una visión
positivista del hombre, de la comunidad, de la sociedad, del mundo y del
universo en su totalidad; sin embargo, Husserl, parte del hecho de que la
ciencia no siempre se concibió de modo reduccionista a lo largo de la historia
del pensamiento propio de la Cultura Occidental desde sus orígenes, o como lo
presenta Aristóteles (2010) en el primer capítulo de la Metafísica:
De
todo lo que acabamos de decir sobre la ciencia misma, resulta la definición de
filosofía que buscamos. Es imprescindible que sea la ciencia teórica de los
primeros principios y de las primeras causas, porque una de las causas es el
bien, la razón final. Y que no es una ciencia práctica lo prueba el ejemplo de
los primeros que han filosofado. Lo que en un principio movió a los hombres a
hacer las primeras indagaciones filosóficas fue, como lo es hoy, la admiración.
(p. 46)
De hecho, para Husserl
(op.cit), tal como para el pensamiento filosófico de la Antigua Grecia, la
verdadera ciencia es ciencia de la totalidad; es decir: sabiduría humana, las
ciencias forman parte de la unidad de un sistema teorético y existencial. Así,
pues, Husserl señala que se va a ocupar en particular de la Modernidad
filosófica, puesto que ella, inspirada en el Renacimiento, intenta a la vez una
repetición y una transformación universal del sentido de su idea de la
filosofía antigua y del verdadero método científico que devuelva a la cultura
europea su sabiduría trascendente, más allá de un saber práctico y tecnológico;
un conocer más humano:
No
siempre las preguntas humanas específicas del ámbito de la ciencia fueron
desterradas ni se dejó fuera de consideración su relación interna con todas las
ciencias, aun con aquellas cuyo tema no es el ser humano (como es el caso de
las ciencias naturales) (…) Mientras se comportó de otro modo, la ciencia pudio
reivindicar una significación para la humanidad europea. La comunidad europea
produce en el renacimiento un giro revolucionario (…) Tiene su modelo admirado
en la humanidad antigua, quiere reproducir en sí misma aquella manera de
existir. ¿Qué es lo que capta como lo esencial del ser humano antiguo? La forma
de existencia filosófica: el darse su regla libremente a sí mismo, a su vida
entera, a partir de la razón, a partir de la filosofía. (p. 51)
En definitiva, Husserl se
propone supera el reduccionismo epistémico del positivismo de las ciencias
físicas, biológicas, sociales; y, de modo, particular, y casi personal, las
pretensiones de la Psicología conductista de reducir al hombre a una cosa
observable, y la subjetividad a procesos neurológicos. La propuesta epistémica
La fenomenología es una propuesta epistémica que en la actualidad ha cobrado
relevancia en el ámbito de las investigaciones de las ciencias sociales, de
modo especial en el ámbito de la educación.
Además, la fenomenología se
ha convertido en el fundamento filosófico de las propuestas de metodologías de
investigaciones cualitativas y hermenéuticas. Y esta fenomenología es
considerada como una herencia metodológica y epistémica de Husserl. Ahora bien,
en lo esencial, la teoría del conocimiento propuesta por Husserl en su tesis
fenomenológica, describe el proceso mediante el cual se toma conciencia plena
de los distintos “estados de conciencia” propios del acto de conocer, que
comienza en “ el estado natural”, pasa luego a “la fenomenología eidética”,
hasta llegar a la “fenomenología trascendental”.
La dificultad radica en que
se señalan los criterios de cómo realizar el proceso de reducción
fenomenológica desde el estado natural de la conciencia, al estado de la
conciencia eidética, y finalizar su desarrollo hacia el estado trascendental;
pero, no son muchos los ejemplos concretos que se presentan para entender el
proceso y la metodología del fenomenalismo propuesto por Husserl.
Sin embargo, en el fondo, su
epistemología pretende superar las tesis del positivismo reduccionista de no
daba cabida a lo humano y del psicologismo naturista que centraba cualquier
intento de conocimiento verdadero en la esfera de las vivencias individuales,
reduciendo lo subjetivo a reacciones químicas y eléctricas entre el sistema de
neuronas, que no trascendía lo dado en un hecho de sensaciones particulares,
entonces, se daba una ciencia sin sujeto, y una psicología sin ciencia; no se
podría hablar de ciencia en cuanto conocimientos verdaderos como tales, con
intencionalidad de un sujeto; propia de lo humano; y si centraba sólo en
vivencias de un sujeto, entonces no se podía hablar de intemporalidad y de
universalidad de los conocimientos científicos alcanzados por una psicología
naturista, en este sentido Husserl (2006) afirma:
El
relativismo específico hace esta afirmación: para cada especie de seres capaces
de juzgar, es verdadero lo que según su constitución o según las leyes de su
pensamiento deba tenerse por verdadero... la constitución de una especie es un
hecho. Y de hechos sólo pueden sacarse hechos. Fundar la verdad en la
constitución de una especie... significa darle, pues, el carácter de un hecho.
Pero esto es un contrasentido. Todo hecho es individual, o sea, determinado en
el tiempo. Pero hablar de una verdad temporal sólo tiene sentido refiriéndose a
un hecho afirmado por ella (caso de que sea una verdad de hecho) más no
refiriéndose a ella misma. (p.34)
La mayor dificultad que se
puede encontrar para entender a plenitud las propuestas y fundamentos de la
teoría del conocimiento del fenomenalismo de Husserl, consiste en que la misma no se presenta como un sistema
racional y lógico de pensamiento filosófico, no se trata de teoremas
matemáticos, ni de teoremas lógicos, sino que esta fenomenología se propone a
sí misma, como un método que trasciende la lógica racional, dado que la
racionalidad lógica y matemática puede sucumbir en la inmanencia de la
subjetividad; es decir, su realidad se puede ser reducida a la esfera de lo
ideal, aunque sea ideas compartidas más allá del espacio y de las épocas, o
como lo afirma Hartmann (2005) en su texto de Ontología al referirse a la
naturaleza ontológica de los juicios:
¿Qué
manera de ser tiene, en efecto, un juicio? Patentemente no se agota en que lo
pronuncie alguien en el proceso de pensar. Resulta captado, comprendido,
reproducido por la conciencia ajena; resulta bien común de muchos, de toda una
colectividad contemporánea, a la que sobrevive históricamente. Una vez
formulado y enunciado, queda elevado a una objetividad que lo hace
independiente de la ejecución del acto. Su sentido, su validez trasciende el
límite de la conciencia; “peregrina” de persona en persona, de época en época,
sin alterarse en medio de su peregrinar. Pertenece a una esfera distinta de la
esfera de la realidad de las cosas materiales y de alma. Se llama a esta esfera
“esfera lógica”, se suscita la cuestión de la índole que sea, de la manera de
ser que tenga. (p. 14)
Por tanto, la fenomenología
no trata de “explicarse” dentro de un sistema de códigos lógicos o matemáticos
ajenas a la experiencia concreta y real necesaria y como punto de partida que
caracteriza el conocimiento científico; se presenta como una “experiencia”
propia del estado trascendental de la conciencia, que escapa a los límites
subjetivos de la racionalidad en sí de cada sujeto en cuanto individuo.
Entonces la realidad, lo que
“aparece” como objeto, debe ser comprendida en su pureza como acto propio del
conocer intuitivo y no como constructo racional sin referencia ontológica a la
realidad, así, Husserl (1969) llega a indicar la naturaleza esencial de lo
intuido: Una intuición empírica e individual puede convertirse en intuición
esencial (ideación) -posibilidad que por su parte no debe considerarse como
empírica, sino como esencial. Lo intuido en este caso es la correspondiente
esencia pura o eidos, sea la suma categoría, sea una división de la misma hasta
descender a la plena concreción (…) No hay teoría concebida capaz de hacernos
errar respecto al principio de todos los principios:
Que
toda intuición en que se da algo originariamente es un fundamento de derecho
del conocimiento; que todo lo que se nos brinda originariamente (por decirlo
así, en su realidad corpórea) en la intuición, hay que tomarlo simplemente como
se da, pero también sólo dentro de los límites en que se da. (p.24)
De este modo, la
fenomenología se presenta como una forma de saber centrada en el conocimiento
que se adquiere en la vivencia de un “éxtasis gnoseológico” propio de la
fenomenología trascendental, es una experiencia “mística”, “como quien escucha
caer la lluvia”. El conocimiento intuitivo es soñoliento, no se presenta claro
y distinto, no es un dato que se lee objetivamente; es eso, una intuición es
una experiencia que Sartre (2010) plantea como extrañez epistémica:
Yo
soy mi pensamiento, por eso no puedo detenerme. Existo porque pienso...y no
puedo dejar de pensar. En este mismo momento —es atroz— si existo es porque me
horroriza existir. Yo, yo me saco de la nada a la que aspiro; el odio, el asco
de existir son otras tantas maneras de hacerme existir, de hundirme en la
existencia. Los pensamientos nacen a mis espaldas, como un vértigo, los siento
nacer detrás de mi cabeza... si cedo se situarán aquí delante, entre mis ojos,
y sigo cediendo, y el pensamiento crece, crece, y ahora, inmenso, me llena por
entero y renueva mi existencia. (p. 82)
Por otra parte, García Bacca
(1963), en su libro, “7 modelos de Filosofar”, en el capítulo dedicado a
Husserl (p.196), utiliza el ejemplo del cubo de hielo sumergido en un
recipiente lleno de agua para explicar la fenomenología de modo didáctico y
sencillo. Se aclara: de este ejemplo me serviré para exponer los diferentes
estados de la conciencia en el proceso fenomenológico, se insiste en aclarar
que el ejemplo del cubo es de la autoría del profesor Juan David García Bacca,
aunque lo expondré según mi propio estilo e interpretación.
Entonces, el cubo de hielo
puede encontrarse en el recipiente lleno de agua, por lo menos de tres maneras
distintas. La primera forma, o la más natural en esta situación, sería que el
hielo flotase en el agua, sería cuestión de hacer la prueba; pero en todo caso
lo supondremos. De igual manera, en el estado natural, propio del conocimiento
común y del conocimiento positivista, la conciencia se concibe a sí misma como
flotando en la realidad, sostenida por la realidad. La conciencia sería fruto
del proceso natural.
Es decir, primero se da la
realidad y luego la conciencia. El sujeto realmente no existe como tal. El
sujeto es rechazado y valorado, como perturbación o como ruido, precisamente
porque es indescriptible según los criterios del objetivismo, ya que no habría
nada en las teorías actuales del pensamiento, del sujeto o de la conciencia que
permita distinguir lógicamente entre un objeto como una piedra y un sujeto como
unidad de conciencia, el cual aparece sólo como un montón de células si lo
ubicamos en el cuerpo de un animal o de un ser humano y lo llamamos “Yo”, o
conciencia.
El sujeto se vuelve fantasma
del universo objetivo, sería la misteriosa sustancia llamada alma que desafía
la descripción en términos de predicados aplicables a un objeto contenido en el
material y objetivo. Morin (1999) sostiene que a partir de esta disyunción
entre sujeto y objeto se fue fraguando la noción clásica de objeto en la
ciencia:
La
ciencia clásica se fundó bajo el signo de la objetividad, es decir, de un
universo constituido por objetos aislados (en un espacio neutro) sometido a
leyes objetivamente universales. En esta visión el objeto existe de manera
positiva, sin que el observador participe en su construcción con las estructuras
de su entendimiento y las categorías de su cultura. Es sustancial; constituido
de materia que tiene plenitud ontológica, es autosuficiente en su ser. El
objeto es pues una entidad cerrada y distinta, que se define aisladamente en su
existencia, sus caracteres y sus propiedades, independientemente de su entorno.
Se determina tanto mejor su realidad objetiva cuando se le aísla
experimentalmente. (p. 31)
En el estado natural, la
realidad se concibe como el fundamento de la existencia de la conciencia. La
actitud natural de la conciencia es la pasiva, recibir el ser del mundo
exterior. El conocimiento se presenta como lectura de una realidad que se
impone con toda la fuerza de su objetividad radical y su ser ontológico
aplastante. Así, la realidad se convierte en la fuente inagotable de estímulos
constantes con la que se alimentaría la necesidad de conocer de un subjetividad
que vive deslumbrada por la fuerza de una realidad que se le impone desde
afuera, frente a la cual la conciencia es “informada” en su pasividad eterna.
Husserl (1949), en su texto “Ideas”, manifiesta el sentido de la actitud
natural:
Pongámonos
esto en claro con detalle. En la actitud natural llevamos a cabo pura y
simplemente todos los actos mediante los cuales está ahí para nosotros el mundo.
Vivimos ingenuamente en el percibir y experimentar, en estos actos téticos en
que se nos aparecen unidades de cosas, y no sólo aparecen, sino que se dan con
carácter de lo “ahí adelante”, de lo real. Cultivando la ciencia natural,
llevamos a cabo actos de pensamiento ordenados según la lógica de la
experiencia... (p.116)
Por otra parte, siguiendo el
ejemplo del cubo, si dejamos el cubo de hielo flotando por mucho tiempo en el
agua, lo más lógico es que el hielo termine por derretirse, de manera que el
cubo de hielo se integraría al agua del recipiente, y no habría diferencias
entre el hielo y el agua. Tanto el hielo, como el agua formarían una misma
realidad, entonces, aparece el estado de la reducción eidética, como
trascendencia del estado natural de la conciencia. En el estado de conciencia
de la fenomenología eidética, la conciencia se concibe a sí misma como parte de
la realidad universal, en una especie de igualdad de condiciones ontológicas.
Desde el estado de la
conciencia de la fenomenología eidética, el conocimiento se da gracias a la
relación ontológica entre la realidad exterior, y la naturaleza en sí de la
conciencia, lo que produce y facilita la capacidad activa de la conciencia de
pasar de lo particular a lo universal. Y precisamente, esta relación se da en
la trascendencia ontológica, en cuanto que la conciencia y el objeto son
realidad en sí; tal como lo afirma Hartmann (2007) en su descripción de la
naturaleza del objeto y de la conciencia desde la ontología:
Lo
que constituye la dificultad del problema del conocimiento: que ni el sujeto se
reduce a su ser-sujeto para el objeto ni el objeto a su ser objeto para el
sujeto, proyecta precisamente más allá de sí al propio tiempo esta dificultad,
dando un primer punto de partida para su solución. En virtud de esta su
autonomía, sujeto y objeto adquieren un rasgo fundamental común que los une: el
ser. Sujeto y objeto se hallan uno frente a otro como miembros de una sola
conexión de ser, pertenecen a un solo mundo real, en que todo lo existente se
halla en diversas relaciones actuales, determinándose y condicionándose
recíprocamente de diversos modos (p. 378)
Por otro lado, siguiendo con
ejemplo del cubo de hielo, supongamos que por un milagro de la naturaleza el
hielo, sin derretirse, se hundiese como una piedra hasta el fondo del
recipiente lleno de agua, se daría el estado trascendental de la conciencia. En
el estado fenomenológico trascendental, la conciencia se concibe a sí misma
como una realidad más firme que la del mundo exterior, hasta el punto de que
sería la conciencia el fundamento de existencia de la realidad exterior, o en
términos de Husserl: “Todas las unidades reales en sentido estricto son
unidades de sentido. Las unidades de sentido presuponen...una conciencia que dé sentido, que por su parte
sea absoluta y no exista por obra de un dar sentido” (1969:29)
Sería como si de pronto, el
mundo apareciese como una carga, como un peso que la conciencia tiene sobre sus
hombros, como algo que más allá de su existencia en sí, necesita ser para el sí
de la conciencia, por lo menos en cuanto sentido, en cuanto ser comunicable, en
cuanto posibilidad de discurso científico y filosófico. Sartre (op.cit) en una
descripción fenomenológica existencial plantea un ejemplo del estado
trascendental de la conciencia:
La
Náusea no me ha abandonado. Y no creo que me abandone tan pronto; pero ya no la
soporto, ya no es una enfermedad ni un acceso pasajero: soy yo. Bueno, hace un
rato estaba yo en el Jardín público. (…)La raíz del castaño se hundía en la
tierra, justo debajo de mi banco. Yo ya no recordaba que era una raíz. (…)Las
palabras se habían desvanecido, y con ellas la significación de las cosas, sus
modos de empleo, las débiles marcas que los hombres han trazado en su
superficie. (…)Estaba sentado, un poco encorvado, baja la cabeza, solo frente a
aquella masa negra y nudosa, enteramente bruta y que me daba miedo. Y entonces
tuve esa iluminación. (…) Me cortó el aliento. Jamás había presentido, antes de
estos últimos días, lo que quería decir “existir”. (…) Éramos un montón de
existencias incómodas, embarazadas por nosotros mismos; no teníamos la menor
razón de estar allí, ni unos ni otros: cada ano de los existentes, confuso,
vagamente inquieto, se sentía de más con respecto a los otros. De más: fue la
única relación que pude establecer entre los árboles, las verjas, los
guijarros. (…) De más el castaño, allá, frente a mí un poco a la izquierda. De
más la Véleda... (p. 106)
En definitiva, García Bacca
(1963), presenta un resumen de los estados de la conciencia propuestos por la
fenomenología de Husserl, con la finalidad de introducirnos en el análisis y la
comprensión de las propuestas epistemológicas propias de la fenomenología:
En
primer lugar: un estado en que flotamos en las cosas, en que parece que ellas
nos sostienen, que tienen una existencia más firme que la nuestra propia;
estado que llama Husserl natural, instalación natural en el mundo. Segundo: un
estado en el cual nuestra realidad se encuentra como en equilibrio respecto a
las cosas, de manera que ninguna sostiene a la otra, ni ella a nosotros ni
nosotros a ellas; veremos que corresponde al estado de fenomenología eidética;
y un tercer estado nuestro en el cual, lejos de que nos sustenten las cosas,
parece como si nosotros la sustentásemos, como si hubiesen perdido ellas de
realidad, y se apoyasen en la nuestra, por más densa, por más consistente. A
semejante estado, dicho ya sin metáforas, se denomina técnicamente estado de
fenomenología trascendental. (p.198)
La fenomenología de Husserl
como método Ahora bien, ¿qué se entiende desde la tesis fenomenológica por
estado natural de la conciencia en el acto del conocimiento? Cada vez que
Husserl expone alguno de los estados de la conciencia, cada estado debe ser
interpretado sobre la base de la relación existente entre ellos. Así por
ejemplo, el hombre, en cuanto sujeto, puede relacionarse con un objeto dentro
del proceso de conocimiento, por lo menos de tres modos distintos: en primer
lugar, puede tener contacto directo con el objeto; segundo, el objeto puede ser
recordado, se da una relación indirecta a través de la memoria; y tercero, el
objeto del conocimiento puede ser imaginado, creado por la mente.
En el estado natural, la
conciencia se relaciona con el objeto en forma directa, sin intermediario. Esta
relación directa se logra a través del contacto particular y concreto por medio
de los sentidos. Así, pues, en el estado natural se prefiere al objeto real y
concreto. Y este objeto es captado con todo su peso ontológico, como ser en sí
mismo, e independientemente de la conciencia; y por supuesto, con mayor
realidad que el objeto que se posee en la memoria, o el producido por la imaginación.
En el estado natural de la
conciencia, el sujeto concibe con preferencia ontológica al ser dado
directamente en la experiencia concreta. Y es precisamente en esta relación
cognitiva, de la conciencia en estado natural, donde el objeto del conocimiento
es captado como una cosa plenamente definida. El objeto se presenta ante la
conciencia como un concepto unívoco, sin la más leve sombra de sospecha, libre
de cualquier estado de duda; en lo esencial, se trata del podo positivista de
la teoría del conocimiento y el fundamento epistémico del método científico; es
un modo en donde el conocer es algo tan natural como caminar, correr, bañarse.
En cuanto a la fenomenología
del conocimiento, Hartmann (op.cit) presenta este modo de conciencia natural,
como realismo ingenuo, como aquella teoría del conocimiento que supone un
proceso natural de captación de la realidad en donde la verdad se da de hecho
de manera espontánea:
Según
la concepción del “realismo ingenuo”, el hombre está rodeado de un mundo de
realidad de cosas, en cuyo seno nació y en el cual vive y muere, un mundo que,
por lo tanto, existe independientemente de él y se comporta indiferentemente
con respecto a su existir y a su conocer. El hombre conoce ese mundo por medio
de los órganos de los sentidos; su reflexión sobre él es una adaptación a él.
Todo su aprender y querer-entender las cosas y acaecimientos cae bajo ese punto
de vista. El conocimiento tiene la tendencia a ser copia fiel de lo real, y en
tanto se confirma prácticamente, háblese de un “conocimiento verdadero” (p.
162)
El objeto del conocimiento,
en el estado natural de la conciencia se presenta bajo el manto de la certeza
absoluta. Y es la certeza del conocimiento adquirido directamente de la
realidad exterior y objetiva, la que produce el estado natural de la
conciencia. La certeza es lo natural. En lo esencial, lo natural del
conocimiento consistiría en el poder conocer la realidad exterior con certeza,
sin sombra de duda, tal cual como es en sí; sin cuestionar el modo en que el
ser humano es capaz de captar la realidad con plena capacidad natural de
certeza en su conocer cotidiano y científico, en cuanto sistematización del
conocer natural.
Así, pues, el conocimiento
partiendo de esa capacidad antropológica de captar el objeto tal cual como es
en sí, se convertiría en la búsqueda constante de la certeza, de la verdad
absoluta que mostrase el orden lógico de la realidad existente, en función de
lo pragmático, de lo útil, de la tecnología como fin último de la ciencia. Es
lo que busca el conocimiento científico, y es lo que sostiene la posibilidad de
la filosofía racional. Pero, para Husserl, en esta certeza natural, se
encuentra el mayor obstáculo que impide el desarrollo de la conciencia hacia la
fenomenología trascendental, la conciencia natural se ha hecho modo de vida, es
fundamento del sentido común. En palabras de García Bacca (1963), se puede
resumir las características del estado natural de la conciencia:
Pero
creo que puede estar ya suficientemente en claro cuáles son las preferencias
que sentimos todos por dentro y que justifican el hablar, no teóricamente, sino
concretamente, casi, como tangible con la mano, de un estado natural que se
caracteriza primero por el sentimiento de certeza, por la búsqueda de la
certeza en todos los órdenes; segundo, por tratarnos inmediatamente con cada
objeto en particular, sin ambigüedad posible; y en tercer lugar, por querer
percibirlo, notarlo directamente, sin intervención de la memoria ni de
imaginación. Nos es menester explicar largamente este estado, porque como es
común y corriente en el que vivimos, lo experimentamos continuamente; por
desgracia, según Husserl, porque es el estado que hace imposible hasta cierto
límite el colocarse en estado fenomenológico trascendental. (p.206)
Después de haber descrito
algunos aspectos de la conciencia en su estado natural, surge la necesidad de
avanzar hacia la descripción del estado de la fenomenología eidética. ¿En qué
consiste la fenomenología eidética? Consiste en trascender la conciencia
natural que le es anterior y condición. Entonces, el estado natural de la
conciencia permite al sujeto ser informado por el objeto, en una relación
directa con el mismo. Es decir, el objeto le da forma a la conciencia, que se
hace intencionada, precisamente, por este objeto particular y concreto que le
es trascendente, y que posee existencia en sí, sin necesidad de la conciencia.
Pero la conciencia natural en su experiencia particular solamente puede dar razones
de lo particular. De hecho, el conocimiento de cada objeto en particular, no es
lo propio de la ciencia, ni de la filosofía.
En lo esencial, la ciencia
persigue la universalidad y validez de sus teorías. Se trata de describir al
perro, como un ente general, y no a la mascota “pulgoso” en particular. Pero,
la fenomenología eidética es el paso de trascender a la conciencia natural, en
donde el conocimiento es la relación entre un sujeto y un objeto particular y
concreto, hasta lograr el conocimiento de contenidos esenciales y universales.,
trascender lo sensible en cuanto particular, despojarlo de esos elementos
particulares, color, tamaño, olor, textura, peso, hasta hacer presente el ser
esencial en cada objeto particular.
Es decir, en la
fenomenología eidética, el conocimiento no se refiere a la cosa concreta, sino
a la esencia como objeto del conocimiento. Para alcanzar el conocimiento de la
esencia, durante el proceso de la fenomenología eidética, la conciencia despoja
al objeto de sus características particulares, hasta descubrir como objeto de
sí misma a la esencia, o eidos universal, que ya no puede ser reducido a la
cosa concreta del estado natural.
El ser para la conciencia no
es lo particular con sus detalles, sino, lo esencial que se presenta tras el
esfuerzo de trascender lo particular dado en la sensibilidad. En el proceso
mediante el cual la conciencia despoja al objeto de sus particularidades, el
sujeto deja de ser pasivo y se convierte en el descubridor de su propio objeto
de conocimiento, que no le viene dado de una manera directa o natural.
Por tanto, el encuentro con
la esencia, con el eidos no se da en forma natural, el eidos no se toca con las
manos, es fruto del despojo que la conciencia realiza a sí misma de sus
vivencias y prejuicios, y al objeto de
sus particularidades. La epojé que es el camino fenomenológico empieza por un
“poner entre paréntesis” todas las convicciones y prejuicios sobre la realidad
de los objetos y sobre la vida propias de la subjetividad histórica y concreta.
Esa acción es un verdadero “despojo” de nuestras ideas previas al conocimiento
del fenómeno, por eso es que Husserl la ha llamado “epojé”. Ese despojo reviste
diversos matices, cada vez más exigentes a través de la reducción
fenomenológica. El despojo debe ser completado con otros pasos, se inicia por
una “descripción” del fenómeno que se presenta ante la conciencia personal. Se
trata de encontrar las notas o características que sean esenciales a lo que
describimos. Luego, se debe llegar a una “reducción fenomenológica”, se debe
reducir a “puro” fenómeno lo que percibimos.
Entonces es que podemos
llegar a la esencia, a la “eidos” del fenómeno, llegamos a la “intuición
eidética”, no a una visión clara y distinta, sino a una especie de
alumbramiento en donde aparece la esencia presente en el objeto. Así, se inicia
desde lo epistémico, la reconstitución del mundo fenoménico. Por fin, una vez
que se ha encontrado sentido a la realidad, pues, la esencia fenoménica produce
una idea, un concepto, juicios, razonamientos…, entonces, se puede volver a la
misma realidad ante puesta entre paréntesis, pero con la convicción de que
ahora sí la comprendemos.
Se trata de un proceso de
“retorno”, de un “reconstrucción” o “reconstitución” del mundo con sentido y no
de un conjunto de cosas objetivas sin razón de ser. Por último, terminada la
reducción en el proceso de la fenomenología eidética, “el cubo de hielo se
deshace”. La conciencia se siente parte activa de la realidad del universo. Es
en este proceso, en donde la conciencia, al superar en su intimidad la
objetividad particular de la cosa concreta y material, deja en entredicho la
objetividad absoluta de la realidad material, tal cual como se daba en el
estado natural de la conciencia, dado que la esencia captada en la intuición no
es una cosa; sino, un eido producto de la sensación y la actividad subjetiva
como proceso fenomenológico.
Entonces, la objetividad del
mundo material y particular de cada objeto, comienza a perder la firmeza de su
existencia, ya no se impone con la misma fuerza. En la fenomenología eidética,
la conciencia se concibe a sí misma como protagonista del conocimiento. Ya no
se ve intencionada por el objeto material, objetivo y particular propio de su
estado natural. La conciencia se comienza a percibir intencionada, ya no por
las cosas concretas y particulares, sino por la esencia, por los eidos. Para
lograr el estado propio de la fenomenología eidética, se hace necesario un
cambio de actitud frente a la realidad material.
Se trata de vivir la
experiencia de superar el estado natural de la conciencia, en donde el objeto
siempre se muestra extremadamente pesado, demasiado material, compacto, macizo.
Se trata de comenzar un proceso que de ver al mundo exterior, más allá de lo
permitido por el objeto particular, mirar a cada objeto desde una experiencia
mística. En esta experiencia mística, la conciencia descubre que puede despojar
al objeto de sus particularidades.
De pronto, los objetos dejan
de ser pequeños, grandes, lindos, feos, reales, irreales, amarillos, verdes,
claros, oscuros..., al punto de que el objeto concreto comienza a perder la
consistencia de su existencia objetiva. El objeto particular, propio del estado
natural, desaparece lentamente, perdiendo su consistencia material y
transformándose en un ente casi flotante, sin peso, fantasmal. Y ese objeto
fantasmal, que aparece de pronto en la conciencia eidética ya no es tan
objetivo, ni produce sentimientos de aceptación o de rechazo; tanto el objeto
externo, como la subjetividad afectiva se esfuman lentamente, en una realidad
de ensueño epistémico, de inspiración gnoseológica, de creación de saber, más
allá de lo útil y pragmático.
Cuando el objeto pierde
todas sus características particulares, dando paso a la aparición de la esencia
o del eidos, se completa la primera etapa de la fenomenología eidética. Luego,
la conciencia se descubre intencionada por la esencia; una esencia que ha
cortado cualquier lazo de unión palpable con las vicisitudes del objeto
material y particular. El eidos se convierte en un ser para la conciencia; es
decir, en un fenómeno. La descripción del fenómeno es el proceso del conocer
propio de la fenomenología eidética. Este eido que la conciencia ha purificado
de toda particularidad no posee en sí mismo una consistencia de existencia
objetiva; Es decir, su existencia no se impone.
De tal manera, que la
conciencia se debe colocar en una actitud de “epojé”, en donde la misma
existencia del eidos tiene que ser colocada entre paréntesis. La conciencia
tiene que evitar ese hábito propio del estado natural de la necesidad de
fundamentar su propia existencia en el acto de afirmar o negar la realidad
material de los objetos. Además, la conciencia tiene que despojarse de su subjetividad
natural, que tiende a la afirmación o negación, y a la elaboración de juicios.
Se trata de adquirir el
hábito, o la actitud de neutralidad subjetiva frente al objeto. No afirmar, no
negar, mantenerse en espera de la aparición del eidos, tal cual es en sí mismo.
Y luego describirlo, negándose a cualquier intento de definición objetiva.
Cuando aparece el eidos tal como es en sí mismo. Y se logra la epojé, o la
neutralidad de la conciencia, que se niega a afirmar o a negar, cuando no se pretende
la definición objetiva de un ente; la conciencia en el estado de la
fenomenología eidética se descubre intencionada en su imaginación por el eidos.
El eidos se convierte en el objeto de conocimiento, ya no de la lógica, o de la
actitud racional del estado natural de la conciencia, sino en la imaginación.
Es allí, en la imaginación,
donde la conciencia consigue esa actitud neutral frente al eidos, se pierde la
necesidad de reducir al objeto en su supuesta objetividad absoluta. En la
imaginación la conciencia es libre, y el eidos se presenta tal cual como es en
sí. La trascendencia epistémica en el método fenomenológico El conocimiento se
establece como un proceso en donde la conciencia y el eidos trascienden el
conocimiento racional, hacia el estado de la fenomenología eidética de la
conciencia, en donde el conocimiento rompe todos los límites de la supuesta
objetividad del objeto y de los límites de las leyes lógicas de la conciencia
natural.
Ahora bien, el estado
fenomenológico trascendental de la conciencia es consecuencia de la
fenomenología eidética, en donde la conciencia puede lograr por un proceso
minucioso de abstracción despojar al objeto de sus características
particulares, hasta quedarse con el eidos esencial. Y además, en la
fenomenología eidética se colocaba la existencia del objeto entre paréntesis,
en una actitud neutral de la conciencia. Pero, ¿puede la conciencia, realmente,
colocar entre paréntesis su propia actividad subjetiva?, ¿puede la conciencia
ser neutral?, ¿puede la conciencia colocar entre paréntesis su propia
existencia, y esperar en actitud neutral que de manera espontánea aparezca el
eidos en su naturaleza real? Los interrogantes ponen entre paréntesis la
posibilidad real del método fenomenológico. Es decir, si la neutralidad de la
conciencia propuesta en la fenomenología eidética fuese posible, entonces no
sería diferente a la actitud natural, en donde la conciencia se concibe a sí
misma en actitud pasiva. Bastaría con interpretar la pasividad como una actitud
neutral, en donde la conciencia era informada por una cosa material y objetiva.
La misma posibilidad de la
fenomenología eidética, se explica desde una conciencia activa, que no puede
ser neutra. La conciencia es activa en el proceso del conocimiento. La cuestión
fundamental consistiría en saber hasta dónde llega la actividad de la
conciencia dentro del proceso cognitivo. Precisamente, la fenomenología
trascendental parte de la naturaleza esencial de la conciencia y de la
naturaleza de la actividad de la misma en el proceso cognitivo, en donde se
pretende trascender lo dado de manera natural en la conciencia en su captación
sensible del objeto.
Este proceso de trascender
el dato de la experiencia objetiva se da en la intimidad de la conciencia. Es
decir, el eidos es un fenómeno, un ser en y para la conciencia, cuya naturaleza
dependerá de la actividad de la conciencia. Husserl (1949) hace referencia a la
naturaleza intencionada de la conciencia:
La
realidad en sentido estricto tanto la de la cosa tomada en su singularidad como
la del mundo entero, carece esencialmente (en nuestro riguroso sentido) de
independencia. No es en sí algo absoluto que se vincule secundariamente a algo
distinto, sino que en sentido absoluto no es, literalmente, nada, no tiene,
literalmente, una “esencia absoluta”, tiene la esencia de algo que por
principio es sólo intencional, sólo para la conciencia, algo representable o
que aparece por o para una conciencia. (p.115)
La conciencia se plantea a sí
misma, en la fenomenología trascendental, como intencionada, como conciencia de
algo. No puede existir la conciencia no intencionada. Siempre la conciencia lo
es de algo, menos de sí misma. Y este algo, ya sea un pensamiento, una idea,
una fantasía, un sueño, una sensación, un sentimiento..., no determina la
naturaleza de la conciencia en sí misma, que consiste en ser intencionada.
Pero, la naturaleza del objeto del conocimiento, lo ideal, depende de la
actividad de la conciencia. La conciencia es quien determina dentro de sí misma
la naturaleza del eidos, lo conocido, trascendiendo cualquier reducción de su
actividad a la mera pasividad propia del conocimiento natural y objetivo. En el
libro “Ideas”, Husserl (1949) presenta un párrafo en donde describe la actitud
trascendental de la conciencia, como forma de superación de las ciencias
naturales:
La
reflexión puede, sin duda, llevarlo a cabo todo y traerlo a la vista de la
conciencia para que lo aprehenda; pero esto no basta para llevar a cabo una
reflexión fenomenológica, ni para que la consciencia aprehendida sea la
conciencia pura. Consideraciones radicales de la índole de las que hemos hechos
son, pues, necesarias para llegar a conocer que hay, incluso que puede haber,
algo así como el campo de una conciencia pura que no es parte integrante de la
naturaleza, y que no lo es hasta el punto de que la naturaleza sólo es posible
como una unidad intencional motivada en él por relaciones inmanentes.
Consideraciones semejantes son necesarias para conocer, además, que semejante
unidad se da y tiene que estudiarse teóricamente en una actitud enteramente
distinta de aquella en que se tiene que estudiar la conciencia “constituyente”
de esta unidad o sea toda conciencia absoluta. Las mismas consideraciones son
necesarias, por fin, para que en vista del miserable estado en que en vano nos
esforzamos por hacer filosofía bajo el lindo nombre de una visión del mundo
fundada en la ciencia natural, se ponga en claro que la investigación
trascendental de la conciencia no puede significar una investigación natural,
ni presuponer ésta como premisa, porque en la actitud trascendental que es
propia de ella queda por principio colocada entre paréntesis la naturaleza. (p. 76)
En lo esencial, la
conciencia se convierte en el fundamento de la realidad. Todos los sentidos y
definiciones que damos a las cosas, son creaciones en la intimidad de la
conciencia. En este sentido, García Bacca (1963) hace referencia a la capacidad
creadora de la conciencia que trasciende lo dado, ya sea en estado natural o en
forma de abstracciones universales fijas como entes eternos en la conciencia:
Cuando
espontáneamente, por la espontaneidad creadora de la conciencia, nos
configuramos de modo que no nos interesa la realidad ni presente, ni pasada, ni
futura, ni definir, ni valorar, sino simplemente el hecho de tener algo
presente, estamos imaginando; nos hemos modalizados de imaginación; cuando nos
automodelamos de modo que nos interese tener algo presente como afirmable, en
delimitación, estamos pensando. Cada objeto puede constituirse de modo original
por modificaciones de la conciencia, superponiendo, sintetizando, diversos
modos de mi realidad consciente, -- pensamientos, quereres, imaginaciones.
(p.225).
La fenomenología
trascendental consiste en describir a la conciencia intencionada en sus
diversas formas de concebir y crear el objeto de su conocimiento, trascendiendo
lo dado en la experiencia. Se trata de abarcar el problema del conocimiento por
el lado de la naturaleza esencial de la conciencia intencionada y trascender lo
dado en el estado natural de la conciencia. El conocimiento como saber no se
origina en el estudio de la cosa externa, no se alcanza leyendo el libro de la
naturaleza objetiva. Todo lo particular se convierte en esencia, y toda esencia
es creación íntima de la conciencia trascendental. Y es ahí en el estado
trascendental de la conciencia donde se encuentra el punto de partida del
conocimiento propuesto por el método fenomenológico.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Aristóteles (2010) Metafísica. Espasa Calpe.
Madrid-España.
Hartmann, N (2005) Ontología I. Fondo de Cultura
económica: México.
Hartmann, N (2007) Ontología II. Fondo de Cultura
económica: México.
Heidegger, M (2011) Kant y el problema de la metafísica.
Ed. taurus. México
Husserl. E. (1969) “IDEAS”. Ed. Fondo de Cultura
Económica. México
Husserl. E (2006) Investigaciones Lógicas. Ediciones
Paidos. Caracas- Venezuela
Husserl, E (2014) La crisis de las ciencias europeas y la
fenomenología trascendental. Ed. taurus. México. Morin. E. (1999) El Método III
(El Conocimiento del Conocimiento) Madrid: Cátedra.
Morin E (2003) Introducción al pensamiento complejo. Ed.
Gedisa. Barcelona-España.
García. J.D. (1963) “7 Modelos de Filosofar” Ed. UCV.
Caracas- Venezuela
[1] Profesor del
Departamento de Filosofía, de la Facultad de Ciencias de la Educación, de la
Universidad de Carabobo. Licenciado en Educación mención Filosofía (UCAB),
Especialista en Educación Superior (UC), Magíster en Desarrollo Curricular
(UC), Doctor en Educación (UC). Obras publicadas: “Ética, locura y muerte”,
“Ética, locura y muerte (segunda parte)”, “Reflexiones elementales en torno a
la ética”, “En torno al conocimiento”.
.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario